Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 29 #3
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CAPÍTULO 29 #3

—No estaba contando pasajeros. Estaba comprobando que todos hubieran bajado.

—Entonces yo no debería preocuparte.

Volvió a mirar la lista antes de contemplarla con absoluta seriedad.

—Precisamente tú eres ahora mismo el mayor riesgo logístico de esta delegación, Julieta.

—No tengo intención de encadenarme al minibús.

La mirada de Barış se desplazó hacia el ascensor. Kenan acababa de salir acompañado por Demir.

—No eres tú quien me preocupa.

Maia siguió la dirección de sus ojos.

—Romeo tiene demasiado sentido del deber para perder un avión.

—Hasta hace una semana también tenía sentido común.

Barış marcó la última casilla y guardó el teléfono en el bolsillo antes de que ella encontrara una respuesta.

La sonrisa de Maia duró poco. Kenan avanzó hacia el grupo con una maleta de tamaño mediano y la americana doblada sobre el brazo. Se detuvo para responder a una pregunta de uno de los profesores, pero su mirada recorrió el vestíbulo hasta encontrarla.

Maia sintió el impulso de tocar la gargantilla y mantuvo la mano alrededor del asa de su equipaje.

Aquel parecía ser el esfuerzo que les exigiría la mañana: continuar viéndose sin poder acercarse.

Elvira llegó a las nueve y cuarto acompañada por Zeynep. La sorpresa hizo que Maia se separara del grupo; su amiga debía haber regresado a casa con sus hermanos.

—No sabía que venías —dijo cuando su amiga se acercó.

—Yo tampoco, hasta esta mañana.

La ligereza de la respuesta no engañó a Maia. Zeynep la examinó con el mismo detenimiento con que la había observado la tarde anterior, cuando había comprendido demasiado sin necesidad de hacer preguntas.

—No me llamaste anoche —añadió en voz baja.

—Se hizo tarde.

—Ya.

No hubo reproche en el monosílabo. Su silencio había bastado para llevarla hasta el hotel.

Zeynep iba a abrazarla cuando reparó en la gargantilla. Su mirada descendió hacia el motivo dorado y permaneció allí un instante antes de desplazarse, casi involuntariamente, hacia Kenan.

Él hablaba con uno de los profesores al otro lado del vestíbulo.

Cuando Zeynep volvió a mirar a Maia, la preocupación de su rostro se había mezclado con una comprensión nueva.

—Es preciosa —dijo.

Maia cubrió el motivo central con los dedos.

—Sí.

Zeynep no preguntó quién se la había regalado.

No había nada que pudiera preguntarle allí ni ninguna respuesta que Maia fuera capaz de pronunciar sin desmoronarse antes de llegar al aeropuerto.

Elvira saludó al grupo y confirmó con Barış la hora de salida. Había llevado el coche para que ella, Zeynep y Maia pudieran regresar juntas del aeropuerto.

Después señaló el ramo.

—Puedes dejarlo con tu equipaje en el coche, si quieres. No tiene sentido llevarlo hasta el aeropuerto para traerlo de vuelta.

Maia aceptó y dejaron en el coche las flores y la maleta.

El minibús se detuvo frente al hotel a las nueve y veinticinco. Barış organizó la carga con la eficacia de quien necesitaba mantenerse ocupado hasta que el grupo comenzó a salir.

Maia esperó junto a la puerta mientras Elvira terminaba de hablar con el recepcionista. Kenan se dirigió hacia la salida y, al llegar a su altura, redujo el paso sin detenerse.

—¿Has tomado la medicación? —preguntó en voz baja.

—Me has visto hacerlo.

Echó a andar junto a él.

—Pregunto si llevas la siguiente dosis.

Ella levantó ligeramente el bolso.

—También me has visto guardarla.

Kenan asintió, pero no se adelantó. Adaptó el paso al de Maia mientras atravesaban juntos las puertas del hotel.

—Deja de buscar cosas de las que ocuparte —murmuró ella.

Él volvió la cabeza.

—No sé qué hacer si no.

La respuesta la alcanzó antes de que pudiera protegerse. Maia bajó los ojos y, durante unos pasos, caminaron juntos sin rozarse siquiera.

Kenan se detuvo para dejar que Maia subiera primero. Ece y Emine se habían instalado juntas y Demir se encontraba junto a la ventanilla en la fila posterior.

Quedaban dos asientos libres al final del vehículo.

Elvira y Zeynep se dirigieron al coche después de acordar con Barış que seguirían al minibús hasta el aeropuerto.

Maia ocupó el asiento de la ventanilla. Kenan subió detrás de ella y se sentó a su lado sin preguntar si la plaza estaba libre.

Barış fue el último en entrar. Comprobó que todos estuvieran dentro y ocupó el asiento más cercano al conductor.

El minibús arrancó. A través de la ventanilla, Maia vio incorporarse el coche de Elvira detrás de ellos.

Bilbao comenzó a deslizarse al otro lado del cristal: fachadas conocidas después de una semana, semáforos, terrazas que acababan de abrir y personas que se dirigían al trabajo sin saber que para Maia aquella mañana tenía algo de final del mundo.

Kenan mantuvo las manos sobre las piernas.

Ella dejó la suya entre ambos, con la palma hacia arriba.

Él la contempló durante un instante. Después entrelazó sus dedos con los de Maia.

Maia apoyó la cabeza contra la ventanilla. Kenan acarició una vez el interior de su muñeca con el pulgar y ella cerró los ojos.

No hablaron.

Habían dejado demasiadas cosas en el aire para confiar en que una frase pronunciada en aquel momento pudiera sostenerlas. No sabían cuándo volverían a verse ni si las llamadas prometidas serían suficientes para atravesar la distancia.

Solo tenían aquella mano entrelazada y los minutos que el tráfico tardara en conducirlos hasta el aeropuerto.

Cuando el minibús tomó la salida hacia Loiu, los dedos de Kenan se cerraron con más fuerza alrededor de los suyos.

Maia no abrió los ojos.

Todavía no estaba preparada para ver acercarse el lugar donde tendría que soltarlo.

El minibús se detuvo frente a la terminal demasiado pronto.

Las manos de Maia y Kenan se separaron antes de que Barış se levantara para anunciar que habían llegado.

Fuera, el ruido de las ruedas y las puertas automáticas sustituyó al silencio del vehículo. La delegación se agrupó alrededor de las maletas.

Maia descendió la última.

El aire de la mañana olía a combustible y asfalto húmedo.

Se quedó junto al minibús con la carpeta apretada contra el pecho, observando cómo cada miembro recuperaba su equipaje.

Al comenzar la semana, había imaginado aquel momento como el final de un trabajo: la delegación regresaría a Estambul y ella volvería a su vida después de cumplir con el encargo.

Ahora no sabía qué hacer con las manos ni dónde situarse cuando ya no quedaba ningún problema que resolver.

Kenan sacó su maleta y extendió el asa. Antes de apartarse, miró hacia ella.

Elvira y Zeynep se acercaron desde el aparcamiento después de dejar el coche. Zeynep buscó a Maia entre el grupo mientras Elvira se ajustaba el bolso sobre el hombro.

—Vamos dentro —dijo Elvira al llegar junto a ella.

La delegación ocupó una fila entera frente a los mostradores de facturación. Murat tuvo que abrir su maleta para repartir parte del contenido entre dos compañeros. Maia tradujo las indicaciones, agradecida por disponer de un problema concreto en el que concentrarse.

Kenan permaneció cerca de Barış, pendiente de la documentación y de las tarjetas de embarque. Cada vez que Maia levantaba los ojos, lo encontraba en un lugar distinto de la fila.

A veces hablaba con alguien.

Otras, se limitaba a observar el avance de los trámites.

Siempre sabía dónde estaba ella.

Cuando entregaron la última maleta, ya no quedó ninguna razón para demorarse.

El grupo avanzó hacia el control de seguridad y se detuvo antes de la barrera que separaba a los pasajeros de quienes habían acudido a despedirlos. Durante unos segundos, nadie pareció dispuesto a iniciar lo inevitable.

Elvira lo hizo.

Se despidió primero de los profesores, agradeció la visita en nombre de la universidad y les deseó un buen viaje. Después abrazó a Ece y Emine, estrechó la mano de Murat y aceptó de Demir la promesa de que la próxima vez serían ellos quienes ejercieran de anfitriones.

Aquella primera despedida rompió la contención del grupo. Los demás comenzaron a acercarse a Elvira y Zeynep mientras Maia permanecía unos pasos atrás, consciente de que su turno también acababa de llegar.

Zeynep se mantuvo junto a Maia.

—Llámame esta noche, cuando llegues a Vitoria —dijo en voz baja.

—Vamos a pasar juntas buena parte del día.

—Precisamente. Para entonces sabré si intentas convencerme de que estás bien.

—No creo que tenga mucho que contar.

Contempló la gargantilla y después el rostro de su amiga.

—Entonces no me cuentes nada. Pero llama.

Ece fue la primera en acercarse a Maia. La abrazó con tanta fuerza que la carpeta quedó atrapada entre ambas.

—Vendrás a Estambul.

No lo formuló como una pregunta.

—Eso espero.

Emine se unió al abrazo antes de que Maia pudiera liberarse y le hizo prometer que escribiría. Murat quiso estrecharle la mano, cambió de opinión en el último momento y terminó rodeándola con los brazos mientras anunciaba que le enviaría el vídeo del discurso de Barış.

Los demás fueron acercándose hasta convertir la despedida en una sucesión de abrazos, palabras de agradecimiento y promesas pronunciadas con la sinceridad precaria de los finales de viaje.

Barış esperó a que terminaran.

Cuando llegó su turno, se colocó frente a Maia y le tendió la mano con una solemnidad deliberada.

—Ha sido un placer trabajar contigo, Julieta.

Maia aceptó el gesto.

—¿Eres consciente de cómo terminó esa historia?

Barış frunció el ceño, como si hiciera un esfuerzo por recordarlo.

—Debí de perderme esa parte de la película.

—Mueren los dos.

—Eso parece una decisión narrativa excesiva.

La seriedad con que lo dijo arrancó a Maia una carcajada inesperada.

Varias personas se volvieron hacia ellos y Barış sonrió, satisfecho de haber conseguido apartar durante unos segundos la tristeza de su rostro.

Entonces tiró de la mano que todavía sostenía y la atrajo hacia un abrazo.

—Prefiero otro final para vosotros —murmuró cerca de su oído.

La risa se apagó lentamente en los labios de Maia.

—Yo también.

Barış la estrechó un instante más antes de soltarla.

—Entonces procurad no beber nada que os ofrezca Demir.

Maia volvió a reír, esta vez con los ojos empañados.

—Os echaré de menos.

—Lo sé. Somos inolvidables.