Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 29 #4
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CAPÍTULO 29 #4

Barış se apartó antes de que pudiera responder y se reunió con el grupo.

Al pasar junto a Kenan, le dirigió una mirada que contenía una advertencia demasiado antigua para haber nacido aquella mañana.

Demir fue el siguiente.

No le ofreció la mano. Abrazó a Maia con la naturalidad afectuosa que había mantenido desde el primer día y le besó ambas mejillas.

—Ahora ya sabes que puedes encontrar una familia en lugares muy extraños.

Maia cerró los ojos un instante.

—No me lo pongas más difícil.

—No era mi intención.

—Mientes fatal.

—Es una de las pocas habilidades que mi sobrino no ha heredado de mí.

Maia se apartó lo suficiente para mirarlo. Demir conservaba la sonrisa, pero sus ojos habían adquirido una gravedad que no consiguió engañarla.

—Dale tiempo —murmuró—. A veces necesita comprender que algo no es una amenaza antes de permitirse nada más.

—No puedo hacer ese trabajo por él.

—No. —Demir le apretó los brazos—. Y no debes intentarlo.

La soltó y se alejó para reunirse con Elvira. El gesto dejó libre el espacio que Kenan todavía no se había decidido a cruzar.

Los demás empezaron a desplazarse hacia el control.

Ece llamó a Demir; Murat levantó las tarjetas de embarque y Barış fingió revisar los pasaportes para conceder a su jefe unos minutos que no figuraban en ningún programa.

Kenan se acercó.

Cada paso pareció despojarlo de la autoridad con que había caminado junto a la delegación.

Cuando se detuvo frente a Maia, continuaba llevando el traje impecable y la corbata perfectamente colocada, pero ella solo reconoció al hombre que unas horas antes había escondido el rostro en su cuello para no dejarla marchar.

Durante unos segundos, ninguno habló.

A su alrededor continuaban rodando maletas. Una voz anunció la salida de un vuelo y las puertas del control se abrieron y cerraron para dejar pasar a otros pasajeros.

Kenan levantó una mano hacia la gargantilla.

Se detuvo antes de tocarla, consciente de las personas que los rodeaban, pero Maia cubrió sus dedos con los suyos y los llevó hasta la pequeña barandilla.

—Te dije que no pensaba quitármela.

—Lo sé.

—Y que no voy a desaparecer.

—También lo sé.

—No parece suficiente.

Él cerró la mano alrededor del motivo central. Sus nudillos rozaron el pecho de Maia.

—Nada de lo que pueda decirte aquí va a ser suficiente.

—Dime algo de todas formas.

Él miró sus dedos unidos sobre la gargantilla.

—No sé cómo hacer esto.

—Puedes empezar llamándome cuando aterrices.

—No me refiero a hoy.

—Yo tampoco.

La mirada de Kenan regresó a la suya. Toda la incertidumbre que había intentado ordenar durante la noche continuaba allí.

—Puedo hacerlo mal —admitió.

Maia sintió que los ojos comenzaban a empañársele.

—Entonces hazlo mal. Pero no conviertas el miedo en silencio.

Algo cedió en el rostro de Kenan.

Él soltó la gargantilla y le tomó la cara entre las manos.

La besó delante de todos.

No fue un beso largo ni tuvo la intimidad de los que habían compartido a solas.

Fue algo más difícil para él: una elección imposible de negar después, la renuncia a esconderla tras la prudencia con que había intentado protegerlos durante toda la semana.

Maia se aferró a las solapas de su americana y lo besó con la visión empañada, sin permitir que la emoción la obligara a apartarse.

Cuando se separaron, Kenan no retiró las manos.

—Voy a llamarte —dijo.

—Más te vale.

La respuesta pretendía ser firme, pero se rompió a la mitad.

Él le acarició el pómulo con el pulgar.

—No llores, cariyem.

—No puedes seguir diciéndome eso cuando eres tú quien se marcha.

—No sé qué otra cosa decirte.

—Dime que volveré a verte, sultán.

Kenan cerró los ojos durante un instante.

—No sé cuándo.

—No te he pedido una fecha.

Cuando volvió a mirarla, había desolación en su rostro.

—Volverás a verme.

—¿Es una promesa?

—Es lo único que puedo prometerte ahora.

No resolvía nada de cuanto habían dejado en el aire. Pero era una promesa.

Y Maia le creyó.

Kenan la abrazó.

Maia rodeó su cintura y escondió el rostro contra su pecho, respirando una vez más el olor que había aprendido a reconocer antes de verlo. Él apoyó la mejilla sobre su cabello y la estrechó con los dos brazos, sin reservarse ya nada para las personas que pudieran estar observándolos.

Barış lo llamó desde el control.

—Kenan.

No añadió que debían marcharse.

No era necesario.

Kenan se apartó lentamente. Maia sintió cómo sus manos descendían por sus brazos hasta encontrar las suyas y cómo sus dedos se resistían a soltarlas.

—Tienes que irte —susurró ella.

Él sostuvo su mirada.

—Deja de decirme eso.

Maia dejó escapar una risa rota. La frase regresaba a ella con toda la crueldad de la mañana.

—Si no lo digo ahora, no voy a hacerlo.

Kenan acercó su mano a los labios y besó sus nudillos.

Después la soltó.

Retrocedió un paso sin dejar de mirarla. Luego otro. Cuando se volvió hacia el control, Maia tuvo que aferrarse a la carpeta para no seguirlo.

Kenan entregó la tarjeta de embarque y el pasaporte. Atravesó la barrera y recogió sus documentos al otro lado. Los miembros de la delegación aguardaban unos metros más allá, pero él se detuvo antes de reunirse con ellos.

Se volvió.

Maia continuaba en el mismo lugar, con las lágrimas brillándole en los ojos y la pequeña barandilla dorada entre los dedos.

Kenan apoyó una mano sobre su propio pecho.

El gesto apenas duró un instante.

Después Barış se acercó a él y ambos comenzaron a avanzar hacia el control de seguridad. La delegación desapareció poco a poco entre otros pasajeros, maletas y paneles informativos. Demir fue el último en levantar una mano.

Kenan no volvió a mirar atrás.

Maia tampoco se lo pidió.

Permaneció ante la barrera incluso después de perderlo de vista, sosteniendo entre los dedos la parte del Cantábrico que él le había dejado y todas las cosas que ninguno de los dos había sabido prometer.