CAPÍTULO 29 #2
—Si alguien pregunta, diré que me la ha regalado un hombre que consideró insuficiente dejarme como recuerdo un resfriado.
La boca de Kenan insinuó una sonrisa que no llegó a vencer la tristeza de sus ojos.
—Eso reducirá mucho las posibilidades.
—Podría añadir que es un hombre con una alarmante tendencia a escoger el peor momento para decir cosas importantes.
—Entonces Barış no tendrá ninguna duda.
Maia dejó escapar una risa pequeña. El sonido se extinguió demasiado pronto y el silencio volvió a extenderse entre ellos.
Todavía tendrían el desayuno, el trayecto hasta el aeropuerto y una despedida rodeada de personas.
Sin embargo, aquella era la última vez que estarían solos.
Cuando Maia atravesara la puerta, Kenan volvería a ser el presidente de la fundación y ella la intérprete que debía acompañar a la delegación hasta el final del viaje.
Los dos parecieron comprenderlo al mismo tiempo.
Kenan le tomó el rostro entre las manos y la besó. No fue un beso largo, pero tampoco tuvo nada de prudente. Maia se aferró a su camiseta y respondió con la desesperación contenida de quien sabe que no puede permitirse pedir otro minuto.
Cuando él se apartó, mantuvo la frente apoyada contra la suya.
—Deberías irte.
—Deja de decirme eso.
—Si no lo digo ahora, no voy a hacerlo.
Maia cerró los ojos. Después aspiró profundamente y retrocedió antes de que su voluntad volviera a abandonarla.
Recogió el bolso y caminó hacia la puerta. Kenan la siguió, pero se detuvo cuando ella apoyó la mano sobre el tirador.
—Nos vemos abajo —dijo Maia.
Las palabras pretendían restar importancia a la separación. Solo consiguieron que sonara más cercana.
—En un rato —respondió él.
Maia abrió la puerta. El pasillo estaba vacío, iluminado por la claridad impersonal de la mañana. Dio un paso fuera de la habitación y se volvió.
Kenan permanecía al otro lado del umbral. La distancia entre ellos no alcanzaba un metro y ya parecía pertenecer a una vida distinta.
Maia tocó la pequeña barandilla sobre su pecho.
Después echó a andar sin mirar atrás, porque sabía que, si lo hacía, no llegaría nunca a su habitación.
El trayecto hasta su habitación no ocupó más de un minuto.
A Maia le pareció mucho más largo.
Avanzó deprisa, con el bolso sujeto contra el costado y la tarjeta preparada en la mano. No se cruzó con nadie, aunque al pasar junto a cada puerta esperó escuchar el ruido de una cerradura o encontrar a alguno de los miembros de la delegación saliendo al pasillo.
Solo cuando entró en su cuarto y la puerta se cerró tras ella se permitió apoyar la espalda contra la madera.
La habitación estaba exactamente como la había dejado: la cama intacta, el equipaje casi terminado, el ramo junto a la ventana y la tarjeta abierta por la página en la que Kenan había dejado sus palabras.
Nada parecía distinto.
Maia sí lo era.
Atravesó la estancia y cerró la tarjeta sin volver a leerla. No lo necesitaba. Conocía cada frase y sabía que regresaría a ellas cuando él ya estuviera demasiado lejos.
Entró en el cuarto de baño, se lavó los dientes y se recogió el cabello todavía húmedo. Después aplicó una capa ligera de maquillaje para disimular el cansancio y la congestión.
No consiguió ocultar la tristeza de sus ojos.
Durante unos segundos, contempló su reflejo. La gargantilla destacaba sobre la ropa de la noche anterior y la pequeña barandilla dorada parecía pertenecer a una mujer que todavía conservaba algo a lo que aferrarse.
Maia apartó la mirada.
Escogió unos pantalones cómodos, una blusa y una chaqueta ligera. Se cambió con movimientos precisos, concentrada en decisiones pequeñas que no exigían pensar más allá de los próximos minutos, guardó el neceser y comprobó que llevaba la medicación y la carpeta.
Cerró la cremallera.
Se sentó sobre la cama y permaneció allí, con las manos apoyadas a ambos lados de las piernas.
Había prometido que no desaparecería. Eran palabras sinceras, pero no resolvían qué ocurriría cuando él regresara a Estambul y ella se marchara a Múnich. No establecían cuándo volverían a verse ni impedían que el miedo de Kenan terminara imponiéndose con la distancia.
Maia no se arrepentía de lo que le había dicho.
Eso no evitaba que tuviera miedo.
Consultó la hora en el teléfono. Faltaban diez minutos para el desayuno y la pantalla no mostraba ningún mensaje nuevo.
No había razón para que Kenan le escribiera. Volverían a encontrarse enseguida.
Aun así, Maia tardó unos segundos en guardar el teléfono dentro del bolso.
Antes de abandonar la habitación, se miró en el espejo de cuerpo entero. La gargantilla destacaba sobre la blusa.
Maia sostuvo su propio reflejo durante unos segundos.
Después cogió la carpeta y salió.
En el comedor ya se encontraba la mayor parte de la delegación. Ece y Emine ocupaban una mesa cerca de las ventanas y Barış tomaba café mientras consultaba el teléfono.
Demir fue el primero en verla.
Su mirada se detuvo en el rostro de Maia y descendió después hasta la gargantilla. La observó apenas un instante antes de volver a sus ojos. No hizo ninguna pregunta, aunque la leve inclinación de su cabeza indicó que había reparado en una novedad que no recordaba haber visto el día anterior.
Maia sostuvo su mirada sin llevarse la mano al cuello.
Después ocupó la silla vacía junto a Barış.
—Buenos días —saludó.
La congestión volvió innecesario cualquier intento de parecer descansada.
Emine le acercó la jarra de café. Ece preguntó si se encontraba mejor y Murat recomendó un remedio cuya explicación requirió la intervención simultánea de otras dos personas. Maia agradeció la preocupación sin intentar seguir todas las indicaciones.
Barış levantó los ojos de la pantalla.
Reparó primero en la gargantilla y después en el cuidado con que Maia había intentado ocultar el cansancio bajo el maquillaje. Había algo en sus ojos que la congestión no bastaba para explicar.
—¿Has dormido algo?
—Lo suficiente.
Maia intentó sonreír, pero él no correspondió al gesto. Barış miró hacia la entrada del comedor antes de inclinarse hacia ella, acercándose lo suficiente para que su voz no alcanzara a Ece ni a Emine.
—Sabes que Estambul está a cuatro horas de avión, ¿verdad?
—Como si la distancia fuera lo difícil.
Barış sostuvo su mirada. La respuesta pareció confirmar algo que ya había comprendido por sí mismo.
—No —admitió en voz baja—. Con él, probablemente no lo sea.
Después se recostó de nuevo en la silla.
—Deberías comer algo. El café no cuenta.
Maia acercó una rebanada de pan a su plato, más para tranquilizarlo que porque tuviera apetito.
—Gracias, Barış.
Él asintió y regresó al teléfono, concediéndole la discreción de fingir que no había advertido el brillo que empezaba a acumularse en sus ojos.
Kenan entró unos minutos después.
Llevaba el traje oscuro, la camisa impecable y la corbata ajustada con la precisión de los primeros días. No quedaba en su aspecto ningún indicio del hombre que había permanecido desnudo entre sus brazos menos de una hora antes.
La visión produjo en Maia un dolor inesperadamente físico.
Kenan saludó al grupo y ocupó la silla libre frente a Barış. Solo entonces se permitió mirarla.
La mesa continuó llena de voces, tazas y conversaciones sobre equipajes. Para Maia, todo quedó suspendido en aquel instante.
La mirada de Kenan descendió hacia la gargantilla. La mano con que estaba retirando la servilleta del plato se detuvo y, durante un segundo, la exactitud del traje dejó de ocultar al hombre que se la había colocado alrededor del cuello unas horas antes.
Después volvió a mirarla.
Maia no apartó la mirada. Le había advertido que no podría esconder lo que sentía cuando lo tuviera delante.
No lo intentó.
Algo se tensó en el rostro de Kenan. Fue él quien apartó la mirada, sirvió café y preguntó a Barış si habían comprobado todos los pasaportes.
La pregunta obtuvo una respuesta inmediata y devolvió la mesa a los preparativos de la partida, pero la normalidad que Kenan intentaba reconstruir le pareció a Maia más frágil que nunca.
El desayuno avanzó sin que Maia pudiera recordar después qué había comido.
Barış repasó la hora de salida y las últimas indicaciones antes de que la conversación volviera a dispersarse entre asuntos sin importancia.
Ece prometió enviar las fotografías en cuanto llegaran a Estambul.
—Y no se te ocurra abandonar el grupo de WhatsApp cuando termine el viaje —advirtió a Maia—. Lo creaste tú, así que tienes que seguir dentro.
—No pensaba abandonarlo.
—A partir de ahora podremos utilizarlo para cosas importantes —intervino Murat.
Barış levantó los ojos.
—Me preocupa saber qué consideras importante.
La conversación provocó algunas risas. Emine insistió en que Maia debía visitarlas y varios se sumaron a la invitación. Incluso Barış parecía menos interesado en recuperar el orden que en prolongar unos minutos más el tiempo alrededor de aquella mesa.
A las nueve menos cuarto, Kenan miró el reloj.
—Debemos recoger el equipaje.
Las sillas comenzaron a desplazarse.
Maia permaneció sentada un segundo más, con las manos alrededor de la taza ya fría. Kenan se levantó al otro lado de la mesa y sus miradas se encontraron de nuevo.
Esta vez ninguno tuvo que fingir que el lunes acababa de empezar.
Los dos sabían que ya se estaba terminando.
El vestíbulo fue llenándose de maletas.
Las puertas del ascensor se abrían cada pocos minutos y dejaban salir a miembros de la delegación con equipajes que parecían haberse multiplicado durante la semana.
Murat salió del ascensor arrastrando una maleta mucho más abultada que al comienzo del viaje.
—No quiero comentarios —advirtió antes de que Barış pudiera abrir la boca—. Está cerrada y eso es lo importante.
Barış observó la tensión de la cremallera.
—Hasta que la pesen.
Maia bajó con su equipaje, la carpeta bajo el brazo y el ramo protegido dentro de una bolsa.
Barış esperaba junto a la entrada con el teléfono en una mano y una lista en la otra. Anotó su llegada sin levantar la cabeza.
—Nueve.
—Yo no vuelo.
Él alzó los ojos.