CAPÍTULO 29
El despertador de Maia sonó a las seis y cuarenta y cinco en algún lugar del suelo.
Ninguno de los dos se movió.
La melodía continuó abriéndose paso entre la ropa abandonada y la claridad grisácea que empezaba a filtrarse por las cortinas.
Maia mantuvo los ojos cerrados, consciente del brazo que le rodeaba la cintura y de la respiración de él contra su nuca.
La pequeña barandilla descansaba sobre su pecho, templada después de varias horas en contacto con su piel.
El teléfono dejó de sonar.
Durante unos segundos, la habitación recuperó el silencio.
—Volverá a hacerlo dentro de un rato —murmuró Maia.
—Lo sé.
La voz de Kenan no tenía el espesor de quien acababa de despertarse.
Maia se volvió entre sus brazos. Él tenía los ojos abiertos y el rostro despojado de la expresión con que acostumbraba a recibir el día.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
Kenan apartó un mechón de su mejilla.
—El suficiente para considerar varias formas de inutilizar tu teléfono.
—Lo necesito.
—Ese ha sido el principal inconveniente de todas.
La sonrisa de Maia apenas llegó a formarse. Más allá de las cortinas, Bilbao empezaba a despertar. Dentro de la habitación, la maleta abierta recordaba que a las nueve y media habría un minibús esperando frente al hotel.
Kenan siguió con los dedos la curva de su rostro. Maia comprendió que llevaba un tiempo observándola, quizá tratando de retener detalles que unas horas antes todavía creía tener tiempo de aprender.
—Todavía tenemos cinco minutos —dijo él.
—No quiero cinco minutos.
La mano de Kenan se detuvo junto a su cuello.
—¿Cuánto quieres?
Maia sostuvo su mirada.
—Todo lo que podamos robarle a esta mañana.
Algo cambió en la expresión de Kenan. La atrajo hacia él y la besó.
No hubo cautela. Sus bocas se reconocieron con la intimidad adquirida durante aquellos días y con una urgencia nueva, dolorosa, que no nacía de la impaciencia, sino de saber que el tiempo se terminaba. Maia se aferró a sus hombros y él la estrechó hasta borrar el espacio entre ambos.
Kenan recorrió su espalda por debajo de la camiseta que le había prestado la noche anterior.
La tela ascendió lentamente bajo su mano.
Maia se separó lo necesario para permitirle quitársela y la prenda cayó junto a la cama, sobre el resto de la ropa que ninguno de los dos se había molestado en recoger.
Durante unos segundos, él se limitó a mirarla.
No había únicamente deseo en aquella mirada. Maia sintió que algo se abría dentro de ella con una vulnerabilidad mucho más difícil de soportar que la desnudez.
Intentó atraerlo de nuevo para esconderse en un beso, pero Kenan le tomó las manos y las mantuvo entre ambos.
—No.
La palabra carecía de dureza.
Llevó una de sus palmas hasta su pecho y la dejó allí, sobre unos latidos demasiado rápidos para la quietud con que la observaba.
—Quiero acordarme —dijo Maia.
Kenan cubrió su mano con la suya.
—Yo también.
La tendió bajo él y empezó a besarla con una lentitud que no se parecía a ninguna de las noches anteriores. Sus labios recorrieron la curva de su cuello, se detuvieron en la marca casi borrada de la clavícula y descendieron hasta el lugar donde descansaba la pequeña barandilla.
El metal quedó atrapado un instante entre su boca y la piel.
—Ahora formas parte de mi mar —susurró Maia.
Kenan levantó la mirada hacia ella.
—Solo de la parte que te llevas.
Maia le rodeó el rostro con las manos y lo atrajo de nuevo hacia su boca antes de que pudiera decir algo capaz de romperla.
Se tocaron sin reservarse nada.
Recorrió la anchura de sus hombros, la espalda que tantas veces había contemplado alejarse y la marca que todavía permanecía junto a su cadera.
Kenan reconoció con las manos cada curva de su cuerpo, deteniéndose allí donde una caricia conseguía alterar su respiración.
No hubo bromas ni desafíos. Incluso el deseo parecía haberse vuelto más profundo, limpio de cualquier necesidad de protegerse.
Kenan alargó una mano hacia la mesilla sin apartar la mirada de ella. El envoltorio rompió el silencio con un crujido breve y Maia le ayudó a colocárselo, prolongando el contacto hasta que la respiración de ambos perdió la calma que habían intentado conservar.
Cuando él se acomodó entre sus piernas, Maia no cerró los ojos.
Permaneció inmóvil, apoyado sobre los brazos, mirándola como si todavía esperara una respuesta que ella ya le había dado durante la noche.
Maia le acarició la mejilla.
—No voy a desaparecer.
La respiración de Kenan se quebró.
Después entró en ella despacio.
Lo recibió sin apartar la mirada. El contacto arrancó un estremecimiento a los dos, pero Kenan no se apresuró. Permaneció unido a ella sin moverse todavía, prolongando aquel instante en que la distancia entre ambos había dejado de existir, y apoyó la frente contra la suya.
No hicieron el amor como si pudieran detener la mañana. Lo hicieron sabiendo que no podían.
Cada movimiento fue lento al principio, casi contenido, prolongado por la necesidad de sentirlo entero. Maia rodeó su cintura con las piernas y lo atrajo más profundamente. Kenan ocultó el rostro en su cuello, pero ella lo obligó a levantarlo.
—Mírame, sultán.
Él obedeció.
Maia quiso conservar aquella imagen: el cabello desordenado, la vulnerabilidad sin refugio y sus ojos fijos en ella. Kenan pronunció su nombre contra su boca y Maia respondió aferrándose a él, entregándole con el cuerpo todo lo que había intentado expresar durante la noche.
El ritmo cambió sin perder la ternura. Kenan la besó mientras Maia temblaba bajo él y continuó moviéndose hasta que ambos dejaron de distinguir dónde terminaba el deseo y empezaba la pena.
Maia alcanzó aquel límite con el nombre de Kenan entre los labios.
Kenan la siguió poco después, abrazándola con tanta fuerza que durante unos instantes Maia apenas pudo respirar. Permaneció dentro de ella mientras los latidos se calmaban, sin permitir que la distancia regresara todavía a la cama.
El despertador volvió a sonar.
Esta vez ninguno de los dos hizo bromas.
Kenan estiró el brazo sin apartarse de Maia, encontró el teléfono a tientas y silenció la alarma. Después dejó caer la mano junto a la cama y hundió el rostro en el hueco de su cuello.
Maia le acarició el cabello. La pequeña barandilla había quedado atrapada entre sus cuerpos.
—Tenemos que levantarnos —susurró.
—Lo sé.
Sin embargo, Kenan no se movió.
Ella tampoco volvió a pedírselo. Cerró los ojos y lo abrazó mientras la luz continuaba apoderándose de la habitación, sintiendo cómo el lunes llegaba alrededor de ellos sin que ninguno estuviera preparado para recibirlo.
Permanecieron abrazados hasta que el sonido del agua en una habitación cercana y el golpe de una puerta en el pasillo les recordaron que el hotel había comenzado a despertar.
Kenan fue el primero en levantarse. Recogió el teléfono de Maia y comprobó la hora antes de tendérselo.
—Son las siete y veinte.
Maia permaneció unos segundos entre las sábanas, contemplando la claridad que ya ocupaba la habitación.
—A las ocho tenemos que estar abajo.
—Lo sé.
Ninguno de los dos hizo ademán de apresurarse. Kenan dejó el teléfono sobre la mesilla y Maia se incorporó.
—Todavía tengo que regresar a mi habitación, vestirme y cerrar la maleta —dijo.
Pronunciarlo convirtió la mañana en una sucesión de pasos que terminarían llevándolos al aeropuerto.
Kenan le tendió la mano.
—Primero dúchate conmigo.
Esta vez el agua no dio lugar a juegos ni provocaciones.
Le lavó la espalda con movimientos lentos y Maia permaneció apoyada contra él mientras el vapor borraba los límites del cuarto de baño.
Hubo besos breves, caricias que no pretendían despertar otra cosa y silencios demasiado llenos para romperlos.
Cuando cerraron el grifo, la separación pareció comenzar en el mismo instante en que dejaron de tocarse.
Maia se secó y volvió a ponerse la ropa de la noche anterior. La camiseta de Kenan quedó doblada sobre la cama. Durante unos segundos contempló la posibilidad de llevársela, pero no quiso convertir aquella prenda en otra despedida.
Kenan terminó de vestirse antes que ella. No se puso la camisa con la que bajaría a desayunar; permaneció con el pantalón y una camiseta oscura, observándola mientras Maia trataba de devolver cierto orden a su cabello frente al espejo.
No había forma de disimular la noche en su rostro. Tampoco lo que acababa de ocurrir.
Guardó el teléfono en el bolso y tomó una de las pastillas que Kenan le había dado el día anterior. Él llenó un vaso de agua sin que tuviera que pedírselo.
—Gracias.
Kenan esperó hasta verla tragar y le devolvió el envase.
—La siguiente después de comer.
—Sé leer las instrucciones.
Maia introdujo las pastillas en el bolso. Cuando levantó la cabeza, Kenan continuaba de pie junto a la cama, con los brazos a los lados y una expresión demasiado seria incluso para él.
—¿Qué ocurre?
Su mirada descendió hasta la gargantilla.
—Si quieres, puedes quitártela antes de bajar.
Maia siguió la dirección de sus ojos.
—¿Por qué iba a querer?
—Para evitar preguntas. Es evidente que ayer no la llevabas y algunos se fijan en demasiadas cosas. —Kenan hizo una pausa—. No quiero ponerte en una situación incómoda delante de la delegación. Ni de Elvira.
Maia cubrió con los dedos el motivo central.
—No pienso quitármela.
— Cariyem , no tienes que demostrar nada.
—No intento hacerlo.
Él sostuvo su mirada, como si quisiera asegurarse de que comprendía las consecuencias de aquella decisión.
—Van a darse cuenta.
—Kenan, tampoco creo poder esconder lo que se me nota en los ojos cuando te mire. Así que me da exactamente igual que descubran la gargantilla.
La seriedad de su rostro no desapareció, pero algo cedió bajo ella.
Maia se acercó y alisó con las manos la camiseta sobre su pecho.
—Además, anoche te dije que pensaba quedármela. No que fuera a guardarla en un cajón hasta que nadie pudiera verla.
Kenan tocó el motivo central con la punta de un dedo.
—No quiero que tengas que dar explicaciones por mi culpa.