Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 28 #4
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CAPÍTULO 28 #4

Kenan levantó una mano y la apoyó contra su mejilla.

—Voy a echarte de menos desde el momento en que cierres esta puerta.

Maia tragó con dificultad.

—Eso no ayuda.

—No pretendía que lo hiciera.

—Entonces podrías haber escogido una mentira.

—Contigo nunca me han servido.

Una risa frágil escapó de los labios de Maia.

Kenan la atrajo hacia él y ella se acomodó contra su pecho, rodeándole la cintura.

Permanecieron sentados en el borde de la cama, abrazados en medio de la ropa abandonada y la maleta abierta, sin intentar resolver una distancia que todavía no había empezado.

—Hay una cosa más —murmuró Kenan junto a su cabello.

Maia alzó la cabeza con cautela.

—Como sea otra confesión, voy a necesitar una dosis mayor de las pastillas.

Kenan no sonrió.

—¿Te has dado cuenta de que recurres a la ironía cada vez que te sientes demasiado expuesta?

—¿Y tú de que respondes con una frase cortante cada vez que alguien se acerca demasiado?

—Sí. Pero contigo no funciona.

La sencillez de la admisión borró la respuesta ingeniosa que Maia ya estaba preparando. Kenan mantuvo los ojos en los suyos unos segundos antes de mirar hacia la maleta abierta y deshacer lentamente el abrazo.

Se levantó y cruzó la habitación. Maia lo observó apartar varias prendas de la maleta hasta alcanzar la chaqueta que había guardado al regresar al hotel.

Introdujo la mano en el bolsillo interior y permaneció unos segundos de espaldas, como si todavía pudiera arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer.

Cuando volvió junto a la cama, llevaba un pequeño paquete envuelto en papel de la joyería.

Maia se puso en pie antes de pensarlo y dio un paso atrás, como si aquel paquete hubiera reducido de pronto el espacio de la habitación.

Kenan se detuvo. Una sombra de diversión suavizó su expresión, aunque la forma en que lo sostenía entre los dedos revelaba que él tampoco estaba tranquilo.

—¿Ahora eres tú la que piensa salir corriendo?

Maia alternó la mirada entre el paquete y su rostro.

—¿Qué es eso?

—Tendrás que abrirlo.

Kenan cruzó la distancia que Maia había interpuesto entre ambos. Le tomó una mano y tiró con suavidad de ella hasta obligarla a recuperar el paso que había retrocedido.

Maia quedó frente a él, todavía pendiente del paquete. Kenan se inclinó y le dejó un beso breve en la punta de la nariz, un gesto inesperadamente ligero para todo lo que aquel envoltorio parecía contener.

Después volvió su mano hacia arriba y depositó el paquete sobre la palma abierta.

Bajó la mirada. Deshizo el envoltorio con cuidado y descubrió debajo un pequeño estuche de joyería.

Entonces volvió a mirar a Kenan.

El estuche apenas pesaba, pero Maia tardó en levantar la tapa.

En el interior encontró una gargantilla formada por diminutas cuentas de hematita que alternaban tonos oscuros y plateados. Entre ellas se distribuían seis pequeños motivos y, en el centro, destacaba una reproducción dorada de la barandilla de La Concha.

Maia la reconoció al instante.

Rozó con la yema de un dedo la pequeña barandilla.

El contraste entre su brillo cálido y las cuentas oscuras hacía que la pieza resultara elegante sin parecer delicada en exceso, distinta de cualquier joya que ella habría escogido para sí misma y, sin embargo, extrañamente suya.

En aquel diseño reconoció las mañanas de lluvia, el mar extendido frente al paseo y la tarde en que había caminado junto a Kenan sin soltarle la mano.

—¿Cuándo has comprado esto?

—Esta mañana. La joyería estaba cerca de la farmacia.

Levantó los ojos.

—Has salido a comprarme medicamentos y has vuelto con una joya.

—No estaba previsto.

—Eso ya lo había deducido.

Kenan extrajo la gargantilla del estuche y dejó que las pequeñas cuentas resbalaran entre sus dedos.

—La vi en el escaparate cuando regresaba al hotel. No sé por qué, pero tuve que entrar.

La confesión resultaba tan impropia de él que Maia no encontró ninguna broma con la que recibirla.

—Mañana tengo que marcharme —continuó Kenan—, pero no soportaba la idea de que todo lo que te dejara de esta semana fueran un jersey prestado y un resfriado.

La risa de Maia se quebró antes de llegar a formarse. Bajó la mirada hacia la gargantilla, incapaz de ocultar el brillo que empezaba a empañarle los ojos.

—No sabía si debía dártela —admitió él—. No quería que pareciera una promesa que no sé si puedo cumplir ni que te sintieras obligada a convertirla en algo más de lo que es.

—¿Y qué es?

La pregunta lo obligó a mirarla.

—Algo que escogí para ti cuando aún estaba intentando convencerme de que marcharme sería sencillo.

Maia contempló de nuevo la pequeña barandilla, suspendida entre los dedos de Kenan.

—Entonces no representa una promesa. Representa otro de tus errores.

—Empiezo a acumular demasiados.

—Este pienso quedármelo.

Kenan levantó la gargantilla.

—Date la vuelta.

Maia recogió el cabello y se lo llevó sobre un hombro antes de girarse.

Sintió el contacto fresco de las hematitas al rodearle el cuello y después los dedos de Kenan buscando el cierre junto a su nuca.

La pequeña barandilla dorada quedó asentada en el centro de su pecho, acompañada por los otros motivos que salpicaban la gargantilla.

Kenan no retiró las manos inmediatamente. Sus dedos siguieron el recorrido de las cuentas hasta los lados de su cuello y permanecieron allí mientras Maia soltaba el cabello.

—Ahora puedes llevarte el Cantábrico a Múnich. Y a mí con él —murmuró.

Maia cubrió la gargantilla con una mano antes de volverse entre sus brazos. Las lágrimas habían terminado por acumularse en sus pestañas, aunque esta vez no bajó la mirada ni intentó esconderlas detrás de una sonrisa.

—Gracias.

Kenan recogió con el pulgar la humedad que empezaba a descender por su mejilla.

—No llores, cariyem.

—No puedes regalarme el Cantábrico la noche antes de marcharte y pretender que reaccione con sensatez.

—Tú has empezado ofreciéndomelo.

—Sí, pero el mío no cabía en una caja.

—No pretendía meterlo entero. Solo quería que pudieras llevarte una parte.