CAPÍTULO 28 #3
—No sé qué nombre darle a lo que ha ocurrido entre nosotros ni cómo encajarlo en la vida que me espera al volver. Solo sé que no quiero perderte porque resulte más sencillo fingir que esta semana no ha significado nada.
Maia bajó los ojos hacia sus manos unidas.
—No creo que ninguno de los dos pudiera fingir eso.
—Yo llevo años fingiendo cosas más difíciles.
No había orgullo en la confesión.
Su pulgar recorrió lentamente los nudillos de Maia.
—Me importas. Mucho más de lo que debería ser posible después de una semana y bastante más de lo que sé manejar. Cuando no estás cerca, te busco. Cuando estás conmigo, intento recordar por qué debía mantenerme alejado. Y mañana voy a marcharme sin saber cuándo volveré a verte.
El resfriado dejó de ser el motivo por el que a Maia le costaba respirar.
—¿Eso era lo que no sabías cómo decir?
—No. —Kenan sostuvo su mirada—. Lo difícil era admitir que quiero pedirte que no desaparezcas y que no puedo hacerlo.
Maia contempló sus dedos enlazados.
—¿Por qué no?
—Porque he construido mi vida para estar solo. Nunca he querido una relación y no sabría cómo mantenerla si la tuviera. —Su pulgar se detuvo sobre los nudillos de Maia—. Pretender que permanecieras cerca mientras averiguo qué soy capaz de ofrecerte no sería justo.
—No pretendo que me ofrezcas nada.
—Lo sé. Pero no voy a pedirte que esperes por si algún día aprendo a hacerlo.
La tarjeta no la había preparado para verlo con los hombros tensos y la mano aferrada a la suya, como si esperara que fuera a retirarla.
—Antes de que ocurriera nada entre nosotros, te dije que no sabría tratarlo como una experiencia agradable y olvidarme después.
—Lo recuerdo.
—Entonces ya sabías que no iba a desaparecer fingiendo que esta semana no había significado nada.
Kenan sostuvo su mirada.
—Saberlo no me da derecho a pedirte que te quedes.
—No. Pero sí me permite decidirlo a mí.
Kenan no reaccionó de inmediato.
—No deberías decidirlo solo porque mañana me marcho.
—No lo hago por eso.
—Maia…
—Te he escuchado. Ahora escúchame tú.
Él guardó silencio.
Maia giró la mano bajo la suya hasta entrelazar sus dedos.
—Tampoco sé qué nombre ponerle a esto, Kenan. Dentro de unos meses estaré en Múnich, en octubre tendré que defender la tesis y después… —Se encogió ligeramente de hombros—. Después no tengo la menor idea de dónde estaré ni de qué estaré haciendo.
Kenan le buscó la mirada.
—Responderé cuando me llames. Te escribiré cuando quiera saber cómo estás y no fingiré que solo fuiste parte de una delegación a la que acompañé durante una semana. —Maia hizo una pausa—. Pero no voy a prometerte que esto será fácil.
—No esperaría que lo fuera.
—Ni que sabré mantener las distancias.
Esta vez la sonrisa de Kenan apareció despacio.
—Ya hemos establecido que ninguno de los dos posee esa habilidad.
—Entonces, si algún día quieres que me aparte, tendrás que decírmelo tú. No voy a desaparecer para ahorrarte la decisión.
La sonrisa abandonó el rostro de Kenan.
—No puedes saber si dentro de unos meses seguirás queriendo estar cerca. Puede aparecer otra persona en tu vida.
—También en la tuya.
—Nunca he dado opción a que eso ocurra.
—Yo tampoco estaba buscando a nadie cuando entraste en la universidad y te vi —le recordó Maia—. Ese riesgo lo corremos los dos.
Kenan contempló sus dedos entrelazados.
—No parece preocuparte.
Maia le sostuvo la mirada. Buscó una respuesta que no la dejara tan expuesta, pero ya había utilizado todas las que conocía.
—Aquí viene la parte que probablemente te hará salir corriendo.
El cuerpo de Kenan se quedó inmóvil.
—Maia…
—Espera a oírla antes de decidirlo. —Entrelazó con más fuerza los dedos que aún mantenía unidos a los suyos—. Me he enamorado de ti.
Kenan no retiró la mano, aunque algo en su expresión perdió toda posibilidad de protegerse.
—Por supuesto que me preocupa que aparezca otra persona —continuó ella—.
En tu vida o en la mía. Me preocupa no volver a verte, que dentro de unas semanas dejemos de encontrar motivos para llamarnos o que un día decidas que esto ha sido demasiado complicado.
No estoy aceptando el riesgo porque me dé igual cómo termine.
—Entonces ¿por qué lo aceptas?
—Porque ya ha empezado. Fingir lo contrario no va a conseguir que cambie nada.
Kenan continuó mirándola.
—No tienes que decirme que sientes lo mismo —añadió Maia—. Pero no me pidas que actúe como si yo tampoco lo sintiera.
Sus dedos se separaron apenas, no para soltarla, sino como si de pronto temiera hacerle daño.
—Nadie me había dicho algo así.
No había incredulidad en su voz. Había desconcierto.
Durante unos segundos, Maia tuvo que resistir el impulso de retirar lo que acababa de ofrecerle.
—No estoy intentando que me convenzas de nada —continuó—. Sé quién soy y no voy a pedirte que seas alguien distinto conmigo.
Apartó los ojos por primera vez, como si necesitara encontrar en la habitación algún punto que no lo obligara a recibir aquellas palabras de frente.
Maia estrechó sus dedos.
—Cuando tengas uno de esos días en los que todos esperan que sepas qué hacer, puedes llamarme. Puede que no entienda algunas de tus preocupaciones, pero te escucharé. Conmigo no tienes que estar al frente de nada.
Kenan se quedó inmóvil. Maia sintió sus dedos tensarse entre los suyos.
—Puedo ofrecerte el Cantábrico, Kenan. Tardes como la de Ondarreta, conversaciones de filosofía que terminan en discusiones imposibles y baños irresponsables en agua helada. —La sonrisa le tembló—. Esa libertad, sultán. Lo que soy.
Kenan cerró los ojos.
Fue un instante, pero Maia percibió que algo cedía en él. Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba en su rostro la serenidad que mostraba al resto del mundo.
—No sabes lo que estás ofreciendo —dijo.
—Sí lo sé.
—No. —Su voz se quebró antes de que consiguiera dominarla—. No sabes lo fácil que sería acostumbrarme a eso.
Maia acercó un poco más el rostro, sin apartar la mirada de él.
—No te estoy pidiendo que te acostumbres esta noche. Solo que no cierres la puerta antes de averiguar si podrías hacerlo.
Kenan bajó la cabeza hacia sus manos unidas. El silencio se prolongó hasta que Maia creyó que había llegado demasiado lejos, pero él entrelazó de nuevo los dedos con los suyos y los sostuvo con una fuerza que ya no intentaba ocultar.
—He pasado la mayor parte de mi vida procurando que nadie viera las cosas que acabas de pedirme que te cuente —admitió—. No porque no existan, sino porque no sé qué hará alguien con ellas cuando llegue a conocerlas. No sé cómo dejar entrar a alguien sin darle también la posibilidad de destruirme.
—Puedes probar conmigo. Porque conocer tus miedos no hará que me marche ni que los utilice contra ti.
Aquello pareció alcanzarlo en un lugar para el que no tenía defensa. Maia vio el esfuerzo que le costaba no apartarse.
—Tener algo que perder es lo que más miedo me da —confesó.
Maia llevó la mano de Kenan hasta su pecho y la mantuvo allí, sobre el latido que ya no podía esconderle.
—A mí me da más miedo que no me dejes intentarlo.
Kenan la contempló durante varios segundos. Cuando habló, lo hizo sin retirar la mano.
—No sé si puedo darte lo mismo.
—No te he pedido que lo hagas hoy.
—¿Y si nunca aprendo?
Maia tragó antes de responder. No podía prometer que aquello no la heriría ni convertir su amor en una paciencia infinita que terminara borrándola.
—Entonces algún día tendré que decidir si lo que puedes darme es suficiente. Pero deja que esa decisión sea mía.
—Eso significa que podría hacerte daño mientras lo averiguas.
—Sí.
—No quiero hacerlo.
La respuesta salió con una urgencia que no había aparecido al hablar de sus propios miedos.
—No puedes prometerme que nunca ocurrirá —dijo—. Igual que yo tampoco puedo prometerte que nunca te lo haré yo a ti.
Kenan inclinó la frente hasta apoyarla contra la de ella. Su respiración tembló entre ambos.
Maia cerró los ojos.
—No sé entregarte el corazón y reservarme al mismo tiempo la parte que podría dolerme. Va todo junto.
Kenan permaneció con la frente apoyada contra la suya. No intentó responder con una promesa ni buscó una de aquellas frases precisas con las que acostumbraba a recuperar el control.
Bajo la mano que Maia mantenía sobre su pecho, los latidos continuaban desordenados.
—No sé qué hacer con todo lo que acabas de darme —admitió.
—No tienes que decidirlo esta noche.
Kenan abrió los ojos. La cercanía no le permitía esconderse ni desviar la mirada sin que Maia lo notara.
—Deberías exigirme más.
—Puede que lo haga algún día.
—¿Y si no sé dártelo?
—Entonces discutiremos. Ya hemos demostrado que eso sí sabemos hacerlo.
La boca de Kenan se curvó apenas, aunque la emoción continuaba expuesta en su expresión.
—Eso no resulta tranquilizador.
—No pretendía que lo fuera.
La coincidencia con sus propias palabras hizo que la sonrisa de Kenan apareciera por completo. Maia alcanzó a devolvérsela antes de que él cerrara la distancia.
El beso no tuvo la urgencia de las noches anteriores.
Kenan sostuvo su rostro entre las manos y la besó despacio, como si intentara recibir con aquel gesto todo lo que todavía no sabía responder.
Maia apoyó una mano en su nuca y dejó la otra sobre su pecho, allí donde el corazón continuaba latiendo demasiado deprisa.
Cuando se separaron, Kenan no se alejó. Rozó una vez su boca con la de Maia y permaneció a pocos centímetros, respirando el mismo aire.
—Sigo aquí —murmuró.
—Lo había notado.
—Y ninguna de tus confesiones ha conseguido que corra hacia la puerta.
—Todavía queda noche.
—No abuses de tu suerte, cariyem .
Maia devolvió la sonrisa, aunque notó que los ojos comenzaban a escocerle. Bajó la mirada antes de que él pudiera advertirlo.
—Voy a echarte de menos, sultán —dijo.
La frase salió apenas por encima de un susurro. Más desnuda que cualquiera de las prendas que había dejado sobre la butaca.
Kenan dejó de sonreír.
Maia sintió que sus dedos se tensaban alrededor de los suyos.
—No tienes que decirlo —añadió, concediéndole la misma salida que él había intentado ofrecerle.