Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 28 #2
94%

CAPÍTULO 28 #2

Maia sostuvo su mirada. Ya no podía seguir utilizando el miedo de Kenan como excusa para el suyo.

Aun así, no consiguió decir nada.

Dejó el bolso sobre una butaca cercana y extendió hacia él el jersey que llevaba doblado sobre el brazo.

—Podemos empezar por algo menos peligroso. Esto es tuyo.

Kenan aceptó la prenda, aunque no llegó a apartarla. Sus dedos se cerraron sobre la lana al otro lado de los de Maia.

—¿Por qué lo has traído?

—No quería tener que devolvértelo mañana delante de los demás.

Bajó la vista hacia las manos de ambos antes de soltarla y dejar el jersey sobre el respaldo de la butaca.

—Podías quedártelo.

—No sin que me lo dieras.

—Deja de devolverme cosas, cariyem .

—Es lo único que pensaba devolverte.

Levantó los ojos hacia ella.

—No recuerdo haberte dado nada más.

—Lo que me llevo de ti —dijo Maia—. Eso me lo quedo.

La expresión de Kenan perdió cualquier resto de humor. Levantó una mano y retiró el mechón que había caído sobre la mejilla de Maia, llevándolo detrás de su oreja con una lentitud que no tenía nada que ver con el deseo apresurado de las noches anteriores.

Maia no bajó la mirada.

Él recorrió con los dedos el contorno de su mejilla hasta alcanzar la mandíbula. La congestión volvía más audible su respiración, pero Kenan no pareció encontrar en ella ninguna razón para detenerse.

—Deberías mirarme así menos a menudo.

Inclinó apenas el rostro contra su mano.

—¿Así cómo?

—Como si la tarjeta hubiera confirmado lo que creíste ver debajo.

—No creí verlo, sultán. Lo vi.

Los dedos de Kenan se detuvieron bajo su barbilla. No la contradijo, aunque el latido que Maia encontró al apoyar la palma sobre su pecho traicionó todo lo que él continuaba guardándose.

El beso comenzó con una suavidad muy distinta a la urgencia de las noches anteriores, pero Maia deslizó la mano hasta su nuca y eliminó la distancia que él aún intentaba conservar.

Kenan respondió durante unos segundos. Después se apartó lo suficiente para apoyar la frente contra la suya.

—Sigues congestionada.

—Gracias por el diagnóstico.

—Y estás cansada.

—Ya hemos mantenido esta conversación.

—No ha mejorado tu capacidad para responder.

—Ni la tuya para dejar de preguntar.

No respondió. Separó la frente de la suya y dejó que las manos descendieran hasta su cintura, donde permanecieron unos segundos antes de apartarse.

Se acercó a la maleta y apartó varias prendas.

Maia lo observó buscar hasta que sacó una camiseta limpia, oscura y lo bastante grande para cubrirle buena parte de los muslos. Regresó con ella y se la tendió.

—Veo que no has traído pijama.

Maia miró la camiseta, pero no la tomó de inmediato.

—No pensé que fuera a hacerme falta.

La mirada de Kenan descendió por su cuerpo con una intensidad que contradecía el sentido práctico de lo que le estaba ofreciendo.

—Mira cómo has acabado por no usarlo.

—He acabado resfriada, no arrepentida —dijo, tomando la camiseta.

La dejó sobre la cama y llevó las manos a los botones de la blusa. Kenan se adelantó antes de que pudiera desabrochar el primero.

—Puedo hacerlo sola.

—Eso nunca ha estado en duda.

Sus dedos liberaron el primer botón y descendieron hacia el siguiente con bastante más cuidado del que Maia había demostrado la primera noche.

—No hace falta que tengas tanto miedo —murmuró ella—. Estos están bien cosidos.

—El mío también lo estaba.

—No puedes demostrarlo.

La boca de Kenan insinuó una sonrisa mientras continuaba desabrochándola. Cuando alcanzó el último botón, apartó los bordes de la blusa y la deslizó por sus hombros. Maia liberó primero un brazo y después el otro antes de dejar la prenda sobre la butaca.

Kenan llevó las manos a la cintura de sus pantalones.

Ella arqueó una ceja.

—¿Eso también forma parte de ayudarme a ponerme el pijama?

—Estoy intentando evitar que te enfríes.

—Claro.

Maia alcanzó el cierre del sujetador mientras él desabrochaba el botón de los pantalones. La cremallera descendió despacio bajo sus dedos. Demasiado despacio.

Ella soltó el sujetador y dejó que los tirantes resbalaran por sus brazos. Kenan siguió el movimiento con la mirada. La reacción de su cuerpo resultaba imposible de confundir, pero no se acercó ni sustituyó aquella mirada contenida por una caricia.

Maia dejó la prenda sobre la blusa.

—Estás siendo muy considerado.

—Te encuentras mal.

—Solo es un resfriado, Kenan.

Él apoyó las manos en sus caderas y empujó los pantalones hacia abajo. Sus nudillos rozaron la piel, apenas lo suficiente para acelerar la respiración de Maia, pero se detuvo en cuanto la tela cedió.

Había algo distinto en él. El deseo continuaba allí, visible en la tensión de su mandíbula y en la forma en que sus ojos regresaban una y otra vez a su cuerpo. Sin embargo, parecía contener no solo cada gesto, sino también un montón de palabras que no encontraba la manera de ordenar.

Maia salió de los pantalones y los apartó con el pie.

Kenan permaneció agachado un instante más de lo necesario. Después se incorporó y recogió la camiseta de la cama para tendérsela.

Ella no la tomó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Esa respuesta nunca te funciona conmigo.

La mirada de Kenan se desvió hacia la maleta abierta antes de regresar a ella.

—Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

—Eso explica por qué tus manos parecen estar en otro sitio.

—Mis manos saben perfectamente dónde están.

Las dejó sobre su cintura, como si necesitara demostrarlo, pero incluso entonces conservó una cautela que Maia no le conocía.

Ella apoyó las palmas sobre su pecho.

—Entonces es el resto de ti lo que no está aquí.

Kenan guardó silencio.

Maia lo observó con mayor atención. No parecía arrepentido ni distante. Era una vacilación impropia de él, como si hubiera ensayado unas palabras y ninguna hubiera sobrevivido al momento de pronunciarlas.

—Me estás empezando a preocupar, sultán.

—No tienes motivos.

—Estás delante de mí mientras yo estoy medio desnuda, ofreciéndome una camiseta en lugar de intentar quitármelo todo. Algún motivo tengo.

Esta vez la sonrisa de Kenan llegó a sus ojos, aunque desapareció demasiado pronto.

—Póntela, cariyem .

Maia aceptó la camiseta, pero continuó mirándolo.

—No creas que voy a olvidar que estás tramando algo.

—Nunca confiaría tanto en mi suerte.

Desplegó la camiseta como si fuera a ponérsela. En lugar de hacerlo, la dejó sobre la cama.

—Eso puede esperar. Ahora me toca a mí.

Llevó las manos a la camisa de Kenan y desabrochó el primer botón. Él no intentó impedírselo, aunque tampoco la ayudó. Maia alcanzó el segundo y separó la tela lo suficiente para apoyar los labios sobre la piel que acababa de descubrir.

Cuando sus dedos descendieron hacia el tercero, Kenan le sujetó suavemente las muñecas.

Maia levantó la cabeza.

Él se inclinó y la besó. Fue un beso breve, apenas una presión de sus labios sobre los de ella, sin la urgencia que recorría su cuerpo ni la invitación a continuar. Después se apartó antes de que Maia pudiera profundizarlo.

—Espera.

La palabra salió tan baja que habría resultado fácil fingir que no la había oído.

Maia dejó las manos inmóviles entre las suyas. La camisa permanecía abierta solo hasta el pecho y la respiración de Kenan elevaba la tela bajo sus nudillos. Su cuerpo parecía contradecir aquella interrupción. Su expresión, no.

—Necesito hablar contigo antes.

Kenan soltó sus muñecas, pero no añadió nada. Bajó la mirada hacia ella y volvió a apartarla. Abrió la boca una vez sin llegar a pronunciar palabra.

Maia comprendió que llevaba preparándose para aquel momento desde antes de que ella cruzara la puerta. Quizá desde que había escrito la tarjeta.

No le preguntó qué ocurría. Tampoco intentó aliviarlo con una broma.

Acortó la distancia y lo abrazó con fuerza, rodeándole la cintura con los brazos. Enterró el rostro en su cuello y permaneció allí, pegada a él, sin exigirle que encontrara las palabras antes de estar preparado.

Kenan se quedó inmóvil.

Solo durante un instante.

Después cerró los brazos alrededor de ella. Una mano se extendió sobre su espalda desnuda y la otra se hundió en su cabello, sujetándola contra él con una fuerza que revelaba mucho más de lo que había conseguido decir. Hundió el rostro junto a su sien y dejó escapar el aire despacio.

Maia sintió cómo parte de la tensión abandonaba el cuerpo de Kenan, aunque su corazón continuaba golpeando demasiado deprisa bajo la camisa.

—No tienes que decir nada, sultán —murmuró contra su cuello.

—Sí —dijo tras unos instantes—. Esta vez sí.

Permaneció abrazado a ella unos segundos más. Después recogió la camiseta de la cama y se la tendió de nuevo.

—Póntela.

Maia miró la prenda y luego a él.

—Empiezo a pensar que tienes dificultades para concentrarte.

—No estoy pensando con suficiente claridad desde que has entrado en esta habitación medio desnuda.

—He entrado completamente vestida. El resto ha sido cosa tuya.

Una breve sonrisa alivió la expresión de Kenan.

—Maia.

Ella entendió la súplica bajo la advertencia y, esta vez, no discutió. Se pasó la camiseta por la cabeza y dejó que la tela, demasiado grande, descendiera hasta la parte superior de sus muslos.

Él se sentó en el borde de la cama.

Maia ocupó el espacio a su lado sin separarse del todo. Dejó una pierna recogida sobre el colchón y esperó, resistiendo la tentación de llenar el silencio por él.

Kenan contempló sus manos.

—No sé hacer esto.

—¿Hablar?

—Hablar no. Lo que viene después.

Maia permaneció inmóvil.

—Mañana yo regreso a Estambul y tú vuelves a Vitoria.

Dentro de unas semanas te marcharás a Múnich y ni siquiera sabes qué harás después de presentar la tesis.

—Entrelazó los dedos—. No voy a pedirte que cambies tus planes ni que me prometas algo que ninguno de los dos sabe cómo cumplir.

Pero tampoco quiero subir a ese avión y dejar que esto se convierta en una semana que no nos atrevamos a mencionar de nuevo.

Maia volvió el rostro hacia él.

Kenan extendió una mano y cubrió la suya sobre el colchón.