CAPÍTULO 28
Habían regresado al hotel más tarde de lo previsto. Después de abandonar la terraza, caminaron junto a la ría hasta que Barış propuso buscar un restaurante cerca del hotel.
La cena transcurrió sin discursos ni fotografías organizadas.
Hablaron de los lugares que no habían tenido tiempo de visitar, discutieron sobre qué parte del viaje merecía repetirse y evitaron convertir la última noche en una despedida anticipada.
Maia apenas tuvo que intervenir más que para trasladar los pedidos a los camareros.
Ya en el vestíbulo, acordaron que desayunarían a las ocho y el minibús pasaría a recogerlos a las nueve y media.
Después se distribuyeron entre los ascensores. Maia subió con Ece, Emine y Murat, mientras Kenan permanecía junto a Barış y Demir. No hubo despedidas ni necesidad de prolongar las buenas noches; dentro de pocas horas volverían a reunirse en el comedor.
Kenan levantó la mirada hacia Maia cuando las puertas empezaron a cerrarse.
Ella le sostuvo la mirada hasta que el vestíbulo desapareció.
Al entrar en la habitación, Maia dejó los zapatos junto a la puerta y el bolso sobre la cama. Se quitó el jersey claro que llevaba puesto y lo dejó junto al bolso.
El ramo continuaba junto a la ventana, algo más abierto que durante la tarde, y la tarjeta la esperaba donde la había dejado, protegida entre las hojas de la carpeta.
El teléfono vibró antes de que pudiera acercarse al escritorio.
Kenan: No olvides tomar la siguiente dosis antes de acostarte.
Maia sonrió y se sentó en el borde de la cama.
Maia: Qué forma tan poco sutil de comprobar si sigo despierta.
Kenan: Sé que sigues despierta. Te he visto entrar en el ascensor hace menos de tres minutos.
Maia: Entonces tu mensaje resulta todavía menos romántico.
Los indicadores de escritura aparecieron y desaparecieron varias veces.
Kenan: No estaba intentando ser romántico. Tómate las pastillas.
Maia dejó escapar una risa congestionada, buscó el medicamento dentro del bolso y tomó un comprimido con agua.
Maia: Ya está.
La respuesta tardó algo más.
Kenan: ¿Cómo te encuentras?
Maia: Mejor que esta mañana.
Kenan: No es una respuesta.
Maia: Es exactamente una respuesta. Lo que ocurre es que no contiene todos los datos que te gustaría analizar.
Kenan no entró en la provocación.
Kenan: No quiero hacer nada que te haga empeorar. Si necesitas descansar, descansarás.
La sonrisa de Maia cambió. Había algo entrañablemente absurdo en que el mismo hombre que había recorrido su cuerpo sin demasiadas reservas exigiera ahora una valoración clínica antes de verla.
Maia: Mi resfriado opina que debería dormir.
Kenan: Por una vez, estoy de acuerdo con él.
Maia: Yo no recuerdo haberle concedido derecho a voto.
Esta vez, la única respuesta fue su nombre.
Kenan: Maia.
Podía escuchar su voz en aquella palabra, grave y cargada con la advertencia que empleaba cuando ella empezaba a empujarlo hacia un lugar del que no sabía cómo regresar.
Maia: Kenan.
Kenan: Te lo estoy preguntando en serio.
Maia dejó de jugar con el borde del blíster. Él no necesitaba una respuesta ingeniosa, sino la certeza de que ella se encontraba bien.
Maia: Estoy cansada y sigo congestionada, pero no me encuentro mal. Si quisiera dormir, te lo diría.
Esperó antes de enviar un segundo mensaje.
Maia: Lo que no quiero es pasar sola la última noche.
Los indicadores aparecieron durante unos segundos.
Kenan: Tu habitación está junto a la de Emine. Barış está en la siguiente.
Maia miró hacia la pared, como si pudiera averiguar cuánto se oía al otro lado.
Maia: Qué considerado. Prefieres que sea yo quien recorra el hotel a estas horas.
Kenan: Mi habitación está en otro pasillo y no hay nadie de la delegación cerca.
Maia: ¿Qué habitación?
El número apareció en la pantalla. Debajo llegó un segundo mensaje.
Kenan: Abre la tarjeta antes de venir.
Maia dejó el teléfono sobre la cama y volvió a mirar la carpeta. El sobre asomaba entre el programa de las jornadas y las hojas cubiertas con sus anotaciones, como si formara parte del trabajo que había realizado durante aquella semana.
Lo extrajo con cuidado.
Su nombre ocupaba el centro, escrito por Emine con letras grandes. Alrededor, los demás habían añadido palabras y pequeños dibujos hasta convertir el frente en una composición desordenada.
Introdujo un dedo bajo la solapa y abrió el sobre.
La tarjeta estaba llena por ambas caras.
Ece le agradecía haberle enseñado a pronunciar correctamente varios nombres en euskera; Emine prometía enviarle las fotografías que no se atrevía a compartir en el grupo; Murat aseguraba que conservaría el vídeo como prueba de que Barış podía hablar en serio, y Demir había escrito que esperaba volver a encontrarla en algún lugar donde ninguno de los dos tuviera que cumplir un programa.
Maia avanzó despacio por las dedicatorias. Algunas ocupaban varias líneas; otras consistían en una frase y una firma, pero todas conservaban algo de la persona que las había escrito.
La de Kenan estaba al final.
Reconoció su letra antes de leerla, recta y contenida, con la misma precisión de las anotaciones que le había visto realizar durante las jornadas.
Pensé que el Cantábrico sería lo más difícil de olvidar de este viaje.
También creí que sabría mantener las distancias contigo y que marcharme sería la parte sencilla.
Me equivoqué en las tres cosas.
Kenan
Maia permaneció inmóvil.
La primera frase le había provocado una sonrisa que no llegó a completarse. En la segunda, el aire pareció detenerse a mitad de camino hacia sus pulmones. Cuando alcanzó la última, tuvo que regresar al principio y leerlo todo de nuevo.
Kenan no había escrito una despedida cortés ni un agradecimiento que pudiera confundirse con los de los demás. Había admitido que aquella semana también lo había alterado a él.
Maia rozó con el pulgar el borde de la tarjeta, justo debajo de su firma. La emoción se le concentró en la garganta, mezclada con una tristeza que no podía separar de la felicidad de saber que él tampoco había salido indemne de aquella semana.
Ahora comprendía su seguridad en la terraza.
Cogió el teléfono.
Maia: Ya la he abierto.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Kenan: ¿Y?
Maia miró otra vez la dedicatoria.
Maia: Tenías razón.
Los indicadores de escritura aparecieron y desaparecieron.
Kenan: ¿En cuál de mis tres errores?
La pregunta consiguió que Maia sonriera entre la emoción.
Maia: En que iba a mirarte de otra manera.
Esta vez Kenan tardó más en contestar.
Kenan: Quiero verlo.
Maia dejó la tarjeta sobre el escritorio y se levantó. Al pasar frente al espejo encontró sus mejillas encendidas y una vulnerabilidad en los ojos que no habría sabido esconder, aunque se hubiera concedido una hora para intentarlo.
Maia: Para eso tendré que ir a tu habitación.
Kenan: Te he enviado el número con esa intención.
Maia: Y yo que pensaba que solo te preocupaba mi resfriado.
Kenan: Me preocupa. No significa que sea lo único en lo que estoy pensando.
El calor que ya ocupaba el rostro de Maia descendió bajo el cuello de la blusa.
Maia: Eso ha sonado peligrosamente sincero.
Kenan: La tarjeta debería haberte advertido.
Maia guardó el teléfono en el bolso junto con la tarjeta de la habitación y el medicamento para la mañana siguiente. Dejó la tarjeta colectiva sobre el escritorio, junto al ramo.
Antes de salir, miró el jersey de Kenan doblado sobre la silla.
Lo tomó y lo llevó consigo.
El pasillo estaba vacío. Maia cerró la puerta con cuidado y se alejó de las habitaciones de Emine y Barış. Llevaba el jersey doblado sobre un brazo; cualquiera que la encontrara habría podido pensar que se limitaba a devolver una prenda olvidada.
Atravesó el corredor central y dobló hacia el ala opuesta. La habitación de Kenan se encontraba al fondo, apartada de las del resto de la delegación.
Maia recorrió la distancia sin apresurarse, aunque el pulso se aceleró con cada puerta que dejaba atrás. Cuando levantó la mano para llamar, la puerta se abrió.
Kenan vestía los mismos vaqueros y la camisa oscura de la tarde, con las mangas remangadas y el cuello algo más abierto. La habitación a su espalda estaba iluminada únicamente por una lámpara junto a la cama.
Su mirada se detuvo en el jersey que Maia llevaba sobre el brazo antes de ascender hasta su rostro. Durante unos segundos, ninguno habló.
—Has tardado —dijo Kenan.
—Tu dedicatoria requería una segunda lectura.
—¿Solo una?
—No quería hacerte esperar toda la noche.
La satisfacción que apareció en la expresión de Kenan hizo que Maia levantara una mano.
—No te emociones, bombón. No pienso pedirte que recites poesía.
—Me alegra saber que todavía conservas algún límite.
—Tres frases sobre el Cantábrico han sido una sorpresa suficiente para una noche.
La boca de Kenan se curvó apenas antes de que se apartara para dejarla pasar.
—¿Cuál de los errores te ha traído hasta aquí?
Maia cruzó el umbral y esperó a que cerrara antes de volverse hacia él.
—El de creer que marcharte sería la parte sencilla. Ese error no es solo tuyo.
Kenan permaneció junto a la puerta, con la mano todavía sobre la cerradura. La frase pareció alcanzarlo más despacio que cualquiera de las provocaciones con que Maia lo había desarmado durante aquellos días.
—Yo no te he escrito nada —añadió ella.
—No necesitas una tarjeta. Puedes decirme lo que quieras.
Maia lo estudió durante unos segundos. No sabía por dónde empezar.
—No estoy segura de que sea una buena idea.
—¿Por qué?
—Porque, si te digo lo que estoy pensando, es posible que llegues a Turquía antes que tu equipaje. Y sin necesidad de coger el avión.
Un destello de humor atravesó la expresión de Kenan, aunque la mano permaneció sobre la cerradura.
—Eso parece una excusa muy elaborada para no decirlo.
—Es una forma prudente de evitar que salgas corriendo.
Kenan bajó la vista hacia su propia mano, como si acabara de reparar en que continuaba junto a la puerta. La retiró y avanzó hacia ella hasta dejar el umbral varios pasos atrás.
—Ya no estoy junto a la salida.
—Todavía puedes alcanzarla.
—Tendrás que arriesgarte.