CAPÍTULO 27 #5
Los ojos de Kenan descendieron hacia los dedos que Maia mantenía alrededor de la taza y permanecieron allí un instante antes de regresar a su rostro.
—Ya lo he descubierto.
Demir apuró el vaso y se levantó con el pretexto de ayudar a Ece a tomar una fotografía desde la barandilla. Emine ya se había acercado a ellas y, poco después, Murat consiguió arrastrar consigo a Barış, que continuaba corrigiendo el encuadre desde la mesa.
Cuando Maia quiso darse cuenta, las sillas más próximas habían quedado vacías.
Kenan continuaba frente a ella.
Ninguno de los dos comentó la retirada repentina de los demás. La terraza seguía llena, el ruido de las conversaciones llegaba desde las mesas cercanas y sus compañeros permanecían a pocos metros, pero la ausencia de cuerpos entre ellos hizo que la distancia resultara mucho más visible.
Kenan dejó el vaso sobre la mesa.
—No has abierto la tarjeta.
Maia pensó en el sobre guardado dentro de la carpeta.
—¿Cómo sabes que no la he abierto?
—Porque, si lo hubieras hecho, me estarías mirando de otra manera.
—Eso presupone que has escrito algo capaz de cambiar mi forma de mirarte.
—Lo presupone.
Maia miró a sus compañeros junto a la barandilla. Demir estaba claramente pendiente de ellos pese a fingir que ayudaba a Ece con el teléfono. Barış ni siquiera se molestaba en disimular.
—Creo que esperan que ocurra algo —dijo.
Kenan observó al grupo sin mostrar ninguna incomodidad por el interés que despertaban.
—Tendrán que seguir esperando.
—No pareces muy preocupado por decepcionarlos.
—Llevan una semana entreteniéndose a mi costa. Sobrevivirán.
Maia volvió a rodear la taza con las manos. La infusión ya había perdido casi todo el calor, aunque el aroma del limón persistía cada vez que acercaba el rostro.
Demir regresó antes de que Maia pudiera preguntarle cuánto se había atrevido a escribir. Ocupó de nuevo su silla y dejó el teléfono sobre la mesa con la pantalla abierta en una fotografía del museo.
—Ece considera que he estropeado el encuadre.
—Ha puesto el dedo delante del objetivo —explicó ella al reunirse con ellos—. En las tres fotografías.
—Quería asegurarme de que se supiera quién las había hecho.
Barış y Murat volvieron también a la mesa, demasiado satisfechos con la interrupción para fingir que no habían estado pendientes de la conversación.
Maia se concentró en las imágenes y Kenan recuperó su vaso, aunque durante unos segundos continuó observándola por encima del borde.
La tarde avanzó sin que nadie propusiera marcharse. Pidieron una segunda ronda y el sol apareció y desapareció entre las nubes, alterando el color del museo y alargando las sombras sobre el paseo.
Maia habló menos de lo habitual. El cansancio del fin de semana empezaba a pesarle en el cuerpo y la congestión le obligaba a recurrir con frecuencia a los pañuelos, pero se resistía a que aquellos detalles precipitaran el final de la tarde.
Escuchó las discusiones de Ece y Emine, las historias con que Demir parecía capaz de prolongar cualquier tema y las intervenciones de Barış, que ya no comprobaba la reacción de Kenan antes de hacer una broma.
A su alrededor, la delegación se comportaba como si aún quedaran días por delante.
Solo las maletas preparadas en las habitaciones y el vuelo de la mañana siguiente contradecían aquella ilusión.
Cuando la tarde comenzó a perder claridad y las placas del museo recuperaron sus tonos grises, Maia llamó al camarero para pedir la cuenta. Kenan entregó su tarjeta antes de que nadie pudiera discutir cómo dividirla.
—Es la última tarde —dijo cuando varios protestaron—. Dejad que invite yo.
—No estaba previsto en el programa —señaló Barış.
—Precisamente por eso.
Al abandonar la terraza, nadie quiso regresar directamente al hotel. Caminaron junto a la ría, deteniéndose ante el museo y las esculturas que encontraban a su paso. Cerca del agua, el aire había empezado a refrescar y Maia terminó poniéndose el jersey que llevaba sobre los hombros.
Kenan se situó a su lado mientras los demás se adelantaban hacia la explanada.
—Estás cansada.
—No pienso reconocerlo. Barış podría incluirlo en la próxima versión de su discurso.
—No habrá otra versión.
—Eso ha dicho él. Yo no confiaría demasiado.
Maia hundió las manos en los bolsillos del pantalón y redujo el paso para contemplar el reflejo del museo en el agua. Kenan se detuvo con ella.
—Podrías volver al hotel y descansar antes de la cena —dijo.
—También podría pasar mi última tarde con vosotros.
Kenan guardó silencio. El grupo continuó avanzando unos metros antes de que Emine se volviera para comprobar dónde se habían quedado.
—Esta noche no tienes que trabajar —recordó él.
—Lo sé.
—Ni asegurarte de que todos los demás estén bien.
Maia volvió la cabeza hacia él.
—No me he quedado porque creyera que me necesitabais.
—Entonces ¿por qué?
—Por mí. Porque mañana os vais y todavía no quiero que esta semana termine.
Kenan permaneció inmóvil, como si la franqueza de Maia hubiera eliminado todas las respuestas con las que habría podido protegerse.
—Yo tampoco.