CAPÍTULO 27 #4
—Llevo años trabajando con él. Alguna consecuencia tenía que haber.
Al llegar al hotel acordaron reunirse de nuevo quince minutos después. Antes de subir, Maia pidió un jarrón en recepción. El empleado encontró uno pequeño y se lo entregó.
En la habitación, Maia colocó las flores junto a la ventana. El sobre permaneció dentro de la carpeta.
No lo abrió.
Se quitó los tacones con un alivio inmediato y cambió los pantalones formales por unos vaqueros.
Dudó ante el jersey de Kenan, todavía doblado sobre la silla, pero terminó eligiendo uno propio, fino y de color claro.
Se lo echó sobre los hombros, conservó la blusa y se soltó el cabello antes de abandonar la habitación con zapatos planos.
Cuando regresó al vestíbulo, la mayoría ya estaba allí. También ellos se habían desprendido de los trajes y las corbatas. Emine y Ece comparaban las fotografías de la comida y Murat mantenía el teléfono fuera del alcance de Barış.
Kenan descendió el último.
Había sustituido el traje por unos vaqueros y una camisa oscura, abierta en el cuello.
Salieron del hotel cuando estuvieron todos. Tras la lluvia, la tarde se había vuelto inesperadamente templada y las terrazas comenzaban a llenarse. Caminaron sin prisa hacia la ría, dejando atrás las calles más concurridas hasta que la cercanía del agua enfrió ligeramente el aire.
Encontraron sitio en una terraza desde la que se divisaban el museo y el reflejo cambiante de las nubes sobre las placas de titanio. Juntaron varias mesas, alteraron la distribución de las sillas y tardaron más en decidir dónde sentarse que en escoger las bebidas.
Maia se sentó entre Emine y Demir. Cuando Kenan ocupó una silla al otro lado de la mesa, quedó justo frente a ella.
Ninguno había buscado abiertamente aquella posición. A esas alturas, sin embargo, el grupo parecía haberse acostumbrado a dejar entre ambos la distancia suficiente para que pudieran encontrarse con la mirada y demasiada para tocarse.
Cuando se acercó el camarero, las peticiones se sucedieron en turco y Maia tuvo que pedirles que hablaran de uno en uno antes de traducirlas.
—¿Y tú? —preguntó Emine cuando terminó.
—Una infusión con limón.
Varias protestas se levantaron alrededor de la mesa.
—Es nuestra última tarde —se quejó Ece—. No puedes brindar con una infusión.
—Puedo levantar la taza exactamente igual que vosotros las copas.
—Eso no es un brindis. Es un desayuno tardío.
Maia se dispuso a responder, pero Kenan se adelantó desde el otro lado de la mesa.
—Está tomando medicación.
No añadió nada más. Tampoco hizo falta. Emine aceptó la explicación y continuó discutiendo con Ece sobre qué debían pedir, mientras Maia mantuvo los ojos sobre Kenan.
Él fingía interesarse por la carta de bebidas.
—Podía responder sola —dijo ella en voz baja cuando el ruido de las conversaciones volvió a envolverlos.
—Lo sé.
—Entonces empieza a parecer que te gusta hacerlo.
Kenan dejó la carta sobre la mesa.
—Empiezan a gustarme demasiadas cosas que no debería repetir.
La respuesta quedó protegida por la llegada del camarero. Maia tradujo los pedidos con el calor extendiéndosele otra vez por el cuello y se concentró en recoger las cartas, agradecida de que Zeynep no estuviera allí para presenciar su reacción.
Cuando sirvieron las bebidas, Demir levantó su copa antes de que nadie pudiera probarlas.
—Esta vez no habrá discursos.
—Gracias —murmuró Barış.
—Solo quiero brindar por una semana en la que hemos trabajado menos de lo que esperaba y discutido mucho más.
Murat señaló a Maia.
—Eso ha sido culpa de la intérprete. Antes no entendíamos las discusiones.
—Entre vosotros siempre os habéis entendido perfectamente —replicó ella—. No pienso cargar también con esa responsabilidad.
Las copas chocaron unas contra otras por encima de las mesas. Maia levantó su taza y recibió varias burlas hasta que Demir acercó solemnemente el borde de su vaso al de la porcelana.
—Todo brindis necesita a alguien sensato que recuerde lo ocurrido —declaró.
—Entonces hemos elegido mal —dijo Barış—. Maia se duerme cada vez que sube al minibús.
La protesta de Maia se perdió entre las risas. Kenan no se unió a ellas, aunque la ligera inclinación de su boca demostró que recordaba demasiado bien dónde había dormido ella durante el último trayecto.
La conversación se desplazó pronto hacia las fotografías acumuladas en los teléfonos.
Ece enseñó una en la que Demir aparecía en Zarautz con los pantalones remangados y una expresión de profundo desacuerdo con la temperatura del agua.
Murat encontró otra de Barış dormido contra una ventanilla y Emine comenzó a enviar imágenes al grupo de mensajería.
El teléfono de Maia vibró varias veces dentro de su bolso.
Cuando lo sacó, encontró las fotografías de las playas, del puerto de Getaria y de la comida de despedida.
En la primera imagen del grupo sostenía el ramo frente al pecho y sonreía directamente a la cámara.
En la segunda tenía el rostro vuelto hacia Emine, riéndose de algo que ya no recordaba.
Abrió la segunda fotografía y separó los dedos sobre la pantalla antes de pensar qué estaba buscando.
Kenan aparecía detrás. No miraba al camarero que sostenía el teléfono, sino a ella.
Maia redujo la imagen y bloqueó la pantalla.
Al levantar la cabeza descubrió que él volvía a observarla desde el otro lado de la mesa, como si supiera exactamente qué fotografía acababa de ver. Kenan sostuvo su mirada durante unos segundos y después alzó el vaso hacia ella en un brindis que nadie más advirtió.
Maia respondió levantando la taza.
El gesto fue tan pequeño que se perdió entre las conversaciones, pero la distancia que los separaba dejó de parecer prudente y empezó a resultar insoportable.
Murat la llamó desde el extremo de la mesa y le indicó que comprobara el teléfono. El vídeo de la comida acababa de aparecer en la conversación del grupo.
—No pienso verlo aquí —advirtió Maia.
—Solo queremos comprobar que se oye bien —dijo Barış.
—Tú quieres escucharte otra vez.
—Es la primera vez que pronuncio un discurso serio. Puede que no vuelva a ocurrir.
—Eso esperamos todos —intervino Demir.
Maia guardó el teléfono sin abrir el archivo. Sabía que terminaría viéndolo a solas, cuando la voz de Barış y las imágenes de todos alrededor de la mesa pertenecieran ya a una semana terminada.
El sol apareció entre las nubes y alcanzó las placas del museo.
La superficie cambió de un gris apagado a un tono dorado que se movía con la luz, y durante unos instantes hasta las conversaciones de la mesa perdieron intensidad.
Algunos sacaron de nuevo los teléfonos; otros se limitaron a contemplar la ría.
—Ahora entiendo por qué hablabas del Cantábrico como si fuera tuyo —dijo Kenan.
Maia reconoció la referencia al paseo de San Sebastián.
—Este no es el Cantábrico.
—Está lo bastante cerca.
—Eso es una imprecisión preocupante en un hombre de ciencias.
—He pasado una semana contigo. Empiezo a aceptar ciertos márgenes de error.
Demir, sentado a su lado, desvió los ojos del museo hacia Kenan. No intervino, pero la expresión satisfecha con que bebió un sorbo resultó más elocuente que cualquier comentario.
Maia apoyó las manos alrededor de la taza, aprovechando el calor que aún conservaba.
—Ten cuidado. Podrías acabar descubriendo que no todo puede medirse.