Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

El silencio que siguió fue breve, pero bastó para que Maia sintiera agravarse el calor de su rostro. No sabía dónde mirar. Emine y Ece la contemplaban con una sonrisa; Demir parecía satisfecho con cada palabra y Elvira mostraba ese orgullo abierto que siempre conseguía avergonzarla todavía más.

Buscó refugio en su amiga y descubrió que no la estaba mirando.

Zeynep tenía los ojos fijos en Kenan, al otro lado de la mesa. Él parecía haber olvidado por unos segundos la cautela que mantenía delante de los demás y continuaba pendiente de Maia. Fue la primera en romper el contacto, solo para encontrarse con la mirada de su amiga.

El cambio en su expresión fue pequeño, pero Maia la conocía lo suficiente para comprender que acababa de sumar una nueva pregunta a todas las que pensaba hacerle cuando estuvieran solas.

Emine se levantó entonces con un ramo de flores envuelto en papel claro. Entre los tallos asomaba un sobre con el nombre de Maia escrito en él.

—Esto es de parte de todos —dijo Barış—. Gracias por habernos prestado tu voz durante una semana y por no utilizarla para mandarnos de regreso a Turquía antes de tiempo.

La mesa volvió a llenarse de risas, pero a Maia le llegaron como desde lejos. Recibió las flores con las dos manos y las acercó al pecho, agradecida por disponer al fin de algo tras lo que ocultarse.

—No teníais que hacer esto.

—Lo sabemos —respondió Barış—. Por eso se le llama regalo.

Maia intentó responder, pero al levantar la mirada se encontró de nuevo rodeada por la expectación de todos. Tuvo que respirar antes de reunir las palabras en turco.

—Cuando Elvira me pidió que sustituyera a Zeynep, pensé que mi única responsabilidad sería conseguir que entendierais cuanto se decía durante las jornadas. No esperaba que me hicierais sentir parte del grupo.

Su voz congestionada vaciló en la última frase. Maia bajó los ojos hacia las flores, molesta consigo misma por permitir que la emoción se uniera a la vergüenza.

—Gracias por haber confiado en mí —continuó— y por haber tenido paciencia cuando las cosas no han salido exactamente como estaban previstas. Si esta semana ha resultado especial, no ha sido por lo que yo haya hecho, sino porque vosotros me lo habéis permitido.

—Eso es porque no sabes aceptar un cumplido —señaló Demir.

—Lo estoy intentando.

—Tendrás que practicar más.

La risa de Maia se mezcló con la del resto y consiguió que sus hombros se relajaran. Murat detuvo por fin la grabación y guardó el teléfono antes de que ella pudiera descubrirlo.

Solo entonces Kenan bajó la mirada hacia su taza. Zeynep lo vio hacerlo y, cuando volvió a mirar a Maia, ya no quedaba curiosidad en su expresión.

Emine fue la primera en levantarse para abrazarla.

Lo hizo con cuidado de no aplastar las flores y le dijo algo al oído que consiguió que Maia volviera a sonreír, todavía escondida a medias detrás del ramo.

Ece la siguió y, después, el gesto se extendió alrededor de la mesa hasta deshacer la disposición ordenada de la comida.

—Necesitamos una fotografía —anunció Ece—. Una en la que estemos todos.

La propuesta provocó un movimiento desordenado de sillas y abrigos.

Murat pidió ayuda a uno de los camareros, mientras Demir intentaba decidir dónde debía colocarse cada uno como si la distribución tuviera consecuencias diplomáticas.

Maia quedó en el centro con el ramo entre los brazos; Elvira y Zeynep se situaron a un lado y Emine la rodeó por la cintura desde el otro.

Kenan ocupó uno de los extremos de la fila posterior.

Estaba lo bastante cerca para entrar en el encuadre y lo bastante lejos de Maia para que nadie pudiera atribuir importancia a su posición. Cuando el camarero levantó el teléfono, Kenan miró hacia la cámara con la misma expresión serena que habría mostrado en una fotografía institucional.

Solo Zeynep advirtió que, durante los segundos anteriores a que el camarero tomara la fotografía, sus ojos descendieron una vez hacia Maia.

Tuvieron que repetir la fotografía porque Demir había cerrado los ojos. En la segunda, Barış hizo algún comentario que el camarero no entendió y las sonrisas dejaron de parecer preparadas. Maia terminó riendo con el rostro vuelto hacia Emine, ajena a la forma en que Kenan la observaba desde atrás.

La comida se prolongó únicamente lo necesario para terminar los cafés. Mientras las conversaciones se reanudaban alrededor de la mesa, Elvira se inclinó hacia Maia.

—¿Vas a venir a cenar a casa? —preguntó Elvira—. Los chicos se alegrarán de verte.

Maia acomodó mejor las flores entre sus brazos antes de mirar a los miembros de la delegación, todavía distribuidos alrededor de la mesa.

—Esta noche me quedaré con la delegación. Es su última noche aquí y, después de cómo me han acogido, quiero pasarla con ellos.

—Claro —respondió Elvira sin insistir—. Entonces ven mañana después de que los dejemos en el aeropuerto.

—Debería regresar a Vitoria.

—Trabajas el martes, no mañana por la tarde —le recordó Zeynep—. Puedes concedernos unas horas antes de volver.

—Y los chicos querrán despedirse de ti antes de que te marches a Múnich —añadió Elvira—. Comemos en casa y después te vas con calma.

Maia miró a una y a otra.

—De acuerdo. Iré a comer.

—Bien —concluyó Elvira—. ¿A qué hora pasa el minibús a recogeros?

—A las nueve y media. El vuelo sale a las doce y cinco.

Elvira hizo un cálculo rápido.

—Entonces estaré en el hotel a las nueve y cuarto.

—No es necesario que vengas tan temprano.

—No te he preguntado si era necesario. He dicho que estaré allí.

Maia sonrió, demasiado acostumbrada al tono de Elvira para intentar discutir.

La comida se dio por terminada y comenzaron las despedidas. Elvira se acercó a varios miembros de la delegación mientras Zeynep acompañaba a Maia hasta la silla donde había dejado sus cosas.

Le sostuvo el ramo para que pudiera ponerse la chaqueta y esperó a que se colgara el bolso al hombro antes de devolvérselo.

—¿No vas a abrirlo? —preguntó.

—Luego, en el hotel.

—Podríamos leerlo ahora.

—Por eso mismo voy a esperar.

Zeynep recogió la carpeta de la silla, extrajo el sobre del ramo y lo guardó entre las hojas para que no se estropeara. Después se la tendió.

—Tienes razón. Así podrás fingir que no buscas primero una dedicatoria concreta.

Maia dejó de acomodarse la carpeta bajo el brazo.

—No estoy buscando nada.

—Todavía no has abierto la tarjeta. Técnicamente, es verdad.

—Zeyno…

Su amiga levantó las manos, pero la diversión se le desvaneció al advertir la súplica que había bajo la advertencia. Miró alrededor antes de acercarse un poco más. Elvira continuaba despidiéndose de Demir y Kenan se encontraba al otro extremo del comedor, ocupado con Barış y uno de los profesores.

—No voy a preguntarte nada aquí —dijo en voz baja.

—No hay nada que preguntar.

—Mai, llevo años viéndote mirar a hombres que te gustan y fingir después que no te interesan. Nunca te había visto esforzarte tanto por no mirar a uno.

Maia bajó los ojos hacia las flores. Sus dedos se cerraron alrededor de los tallos y el papel crujió entre ellos.

—Se marcha mañana.

La respuesta salió antes de que pudiera contenerla. Zeynep guardó silencio y, cuando Maia reunió el valor necesario para levantar la cabeza, ya no encontró curiosidad en el rostro de su amiga.

—Lo sé.

No intentó consolarla ni pronunció ninguna de las frases que Maia no habría sabido escuchar. Se limitó a colocarle correctamente el cuello de la chaqueta y a retirar una pequeña hoja que se había prendido en su cabello.

—Llámame esta noche.

—Estaré bien.

—No te he pedido un parte médico.

Maia sonrió a pesar suyo.

Elvira regresó para abrazar a Maia antes de marcharse. Zeynep se despidió con una última advertencia acerca de la llamada y salió con su madre mientras la delegación terminaba de reunirse junto a la puerta.

Maia las vio alejarse a través del cristal. Cuando se volvió, Kenan se había quedado unos pasos detrás de los demás. Su atención descendió hacia el ramo antes de regresar a su rostro.

—¿Nos vamos? —preguntó.

Maia asintió y se reunió con él.

Al salir del restaurante, nadie pareció tener prisa por regresar al hotel.

La lluvia había limpiado el aire y las nubes se habían abierto lo suficiente para dejar pasar una luz inesperadamente tibia después de la mañana húmeda.

Ece fue la primera en detenerse en mitad de la acera y mirar hacia el cielo.

—No podemos pasar nuestra última tarde encerrados en las habitaciones.

—Podríamos sentarnos en alguna terraza —propuso Emine—. En un sitio desde el que se vea la ciudad.

Varias voces se sumaron de inmediato. Demir afirmó que aceptaría cualquier plan que no incluyera subir cuestas y Murat añadió que, después del discurso de Barış, necesitaba una copa para recuperarse.

—El que ha hablado he sido yo —protestó Barış.

—Precisamente. Los demás hemos tenido que escucharte.

Maia contempló el ramo, la carpeta que llevaba bajo el brazo y los tacones con los que ya empezaba a arrepentirse de haberse reconciliado.

—Podemos pasar primero por el hotel para dejar las cosas y cambiarnos. Hay varias terrazas junto a la ría y desde allí podemos acercarnos después al Guggenheim.

La propuesta quedó aceptada antes de que terminara de explicarla. Reanudaron el camino hacia el hotel sin el orden de los días anteriores, dispersos por la acera en pequeños grupos que se separaban y volvían a encontrarse en cada semáforo.

Barış se acercó a Maia y le quitó la carpeta de debajo del brazo.

—Puedo llevarla sola.

—También puedes tropezar sola, pero no creo que debamos permitirlo.

Maia miró hacia sus zapatos.

—He caminado con tacones durante años sin supervisión.

—Eso fue antes de que te resfriaras y empezaras a mirar hacia lugares que no coinciden con la dirección en la que caminas.

No necesitó seguir la trayectoria de los ojos de Barış para saber a qué se refería. Kenan avanzaba unos pasos por delante con Demir y no parecía escuchar, aunque redujo ligeramente el paso cuando la tos obligó a Maia a detenerse.

—Te estás pareciendo demasiado a tu jefe —dijo ella.