Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 27 #2
89%

CAPÍTULO 27 #2

Demir esperó a que Maia se reuniera con el grupo y le ofreció el brazo. Ella lo aceptó, agradecida por la estabilidad que suponía caminar junto a él sobre los tacones mientras esquivaban las zonas más resbaladizas de la acera.

Kenan avanzaba cerca, acompañado por Barış. No lo bastante próximo para participar en su conversación, pero sí para escucharla.

—¿Qué harás cuando te libres de nosotros? —preguntó Demir.

—Dormir durante dos días.

—Creía que los jóvenes os recuperabais con mayor rapidez.

—Los jóvenes, quizá. Yo necesitaré además varios litros de café y que nadie me hable en ningún idioma.

Demir dejó escapar una risa. La mano con que Maia se sujetaba a su brazo se movió al bajar de la acera, buscando apoyo hasta que alcanzaron el otro lado de la calle.

—No me refería a mañana —aclaró él—. Elvira me ha contado que tu contrato con la universidad termina pronto.

—A finales de junio.

—¿Y después?

Maia miró hacia delante. Ece y Emine caminaban juntas unos pasos más allá; Murat se había unido a uno de los profesores y Barış empezaba a retrasarse, atraído por una discusión acerca de quién había ocupado más espacio en el minibús.

—Me voy a Múnich. Pasaré allí unos meses y volveré en octubre para defender la tesis.

Demir esperó algo más. Cuando comprendió que Maia había terminado, volvió la cabeza hacia ella.

—¿Y después de octubre?

—Después de octubre todavía no existe.

—Una respuesta extraña para alguien que parece tener siempre un plan.

—Tengo varios, pero ninguno lo bastante concreto para llamarlo así. Primero necesito terminar la tesis y averiguar si alguna universidad está dispuesta a seguir contratándome.

Kenan se había acercado sin que Maia advirtiera en qué momento y caminaba ya al otro lado de ella.

—Con dos carreras, un máster y un doctorado a punto de terminar, no debería resultarte difícil —intervino.

—Eso demuestra que nunca has intentado conseguir una plaza en una universidad española.

Demir dejó escapar una risa, pero Kenan continuó observándola.

—Puedes trabajar en otros países.

—Eso es lo que haré en Múnich.

—Durante unos meses.

No había una pregunta en aquellas palabras, aunque Maia percibió la espera que dejaron detrás.

—Después ya veremos.

Demir miró primero a Maia y después a Kenan, que caminaba al otro lado de ella.

—Entonces no sabes dónde estarás al terminar el año.

—No.

—Debe de resultar incómodo.

Maia pensó en su despacho prestado, en el contrato con fecha de caducidad y en la facilidad con que durante años había ido enlazando lugares sin conceder a ninguno el derecho a retenerla.

—A veces. Otras veces resulta bastante liberador.

Kenan guardó silencio. El grupo llegó a un cruce y se detuvo a esperar que cambiara el semáforo. La luz roja se reflejaba en el pavimento húmedo y el aire conservaba el olor de la lluvia reciente.

—Supongo que depende de si tienes algún motivo para querer saber dónde vas a estar —añadió Demir.

Esta vez Maia no respondió.

Kenan tampoco.

Elvira esperaba a la entrada del restaurante.

Zeynep estaba a su lado.

Parecía más delgada que al comienzo de la semana y conservaba algo de palidez, aunque había recuperado la energía suficiente para separarse de Elvira en cuanto vio aparecer al grupo.

Saludó primero a Demir y a los miembros de la delegación que se acercaron a preguntarle por su estado.

Después encontró a Maia entre ellos y la alegría de su rostro se atenuó, sustituida por una expresión que nadie más habría sabido interpretar.

A primera vista, era la misma mujer que había ocupado la cabina de interpretación al comienzo de las jornadas: cabello recogido, ropa formal y la carpeta bajo el brazo. Pero Zeynep la conocía demasiado para dejarse engañar por aquella normalidad.

Maia continuaba hablando con Demir, pero un movimiento de Kenan a su espalda bastó para que sus ojos lo buscaran antes de que pudiera evitarlo.

Algo se encendió en ellos al encontrarlo y se apagó casi en el mismo instante, cuando la proximidad del hombre pareció recordarle que dentro de unas horas ya no estaría allí.

Apartó la mirada enseguida y recuperó la sonrisa con la que había recibido a su amiga.

Zeynep guardó aquella reacción antes de abrazarla con fuerza.

—Te has resfriado.

—No empieces tú también.

La voz congestionada arruinó cualquier intento de restarle importancia. Zeynep se apartó para examinarla y, al hacerlo, miró por encima de su hombro.

Kenan acababa de saludar a Elvira. El traje y la corbata le devolvían la formalidad de los primeros días.

Cuando Zeynep volvió a mirar a Maia, encontró en su rostro la cautela de quien acababa de comprender que su amiga había visto demasiado.

—No digas nada —murmuró Maia.

Zeynep la abrazó de nuevo, esta vez más despacio.

Kenan dejó a Elvira y se acercó para darle la bienvenida a Zeynep.

Le preguntó por su salud con la misma cortesía que habría dispensado a cualquier otra persona a la que hubiera conocido brevemente durante las jornadas.

Ella respondió en turco y le agradeció que su enfermedad no hubiera alterado demasiado el programa.

—Maia se ha ocupado de que así sea —contestó él.

Maia recibió el reconocimiento con una inclinación de cabeza.

—Solo he hecho mi trabajo —respondió Maia.

La frase no habría llamado la atención de Elvira ni de los demás. Zeynep, sin embargo, percibió el pequeño esfuerzo que les había costado mantenerla en el terreno profesional. Kenan se apartó para dejar paso a Elvira cuando los invitaron a entrar en el comedor.

No preguntó cómo se encontraba Maia ni se acercó a ella. Con Elvira y el resto del grupo delante, cuidaba demasiado cada gesto. Aun así, su mirada regresó a ella cada vez que tosió contra el pañuelo.

Zeynep volvió despacio la cabeza hacia su amiga. Maia ya estaba hablando con Elvira y parecía concentrada en explicarle dónde iban a sentarse, pero había algo excesivamente cuidadoso en la manera en que evitaba comprobar si Kenan las seguía.

No necesitaban mirarse para saber dónde estaba el otro.

Enlazó el brazo con el de Maia y entró con ella en el comedor sin hacer ninguna pregunta.

Ya tendría ocasión de hacerlas cuando no hubiera una delegación entera alrededor ni un hombre a pocos pasos empeñado en fingir que solo estaba pendiente de que la comida de despedida transcurriera según lo previsto.

La comida avanzó entre conversaciones sobre la costa, los pintxos y los lugares que cada uno habría querido visitar con más tiempo. Maia trasladó alguna petición y aclaró los ingredientes de un plato, hasta que las intervenciones se hicieron menos frecuentes y pudo dedicarse a escuchar.

Cuando retiraron los platos del postre y comenzaron a servirse los cafés, Barış golpeó suavemente su cucharilla contra la taza para reclamar la atención de la mesa.

Maia levantó la cabeza. A su lado, Zeynep dejó de hablar con Elvira, mientras Emine ocultaba algo junto a sus piernas y Murat colocaba el teléfono contra una copa, con la cámara orientada hacia ellos, sin que Maia reparara en ninguno de los dos movimientos.

—Me han pedido que hable en nombre de todos —anunció Barış—. Todavía no he decidido si considerarlo un honor o una venganza.

—Dependerá de cuánto tardes —advirtió Demir.

Las risas se extendieron alrededor de la mesa. Barış esperó a que se apagaran y apoyó las manos en el respaldo de la silla que acababa de abandonar.

—Cuando llegamos a Vitoria, ninguno de nosotros conocía a la persona que iba a acompañarnos durante las jornadas.

Maia tampoco nos conocía a nosotros y, por la expresión que puso la primera vez que intentamos hablar todos a la vez, sospecho que durante unos minutos deseó que Zeynep se recuperara de inmediato.

Maia negó con la cabeza, aunque la sonrisa terminó traicionándola.

—Solo durante unos minutos —admitió.

—Luego comprendiste que era demasiado tarde para escapar —continuó Barış— y decidiste hacer lo posible para que sobreviviéramos juntos a la semana.

Varias voces protestaron por la elección del verbo. Barış levantó una mano, reclamando el derecho a terminar.

—Te contrataron para interpretar durante las jornadas, y lo has hecho incluso cuando los ponentes hablaban demasiado deprisa o convertían una pregunta sencilla en una conferencia.

Pero también has estado ahí cada vez que algo no salía como estaba previsto, has conseguido que nadie se quedara al margen y hasta que los más serios recordaran que un viaje puede ser algo más que una sucesión de reuniones.

—Nunca te había oído hablar tanto tiempo en serio —lo interrumpió Demir.

Barış volvió la cabeza hacia él.

—Estoy descubriendo que no compensa. El público pierde la concentración enseguida.

La interrupción alivió por un momento la atención que pesaba sobre Maia. Aprovechó las risas para llevarse la taza a los labios, aunque el café se había enfriado y apenas consiguió beber.

Al dejarla de nuevo sobre el plato encontró los ojos de Kenan.

Él no sonreía como los demás. Permanecía apoyado contra el respaldo de la silla, con una quietud que lo separaba del movimiento de la mesa, y la contemplaba sin disimulo.

Maia fue quien cedió. Se volvió hacia Barış justo cuando retomaba el discurso.

—Hace una semana éramos un grupo de personas obligadas a compartir un programa demasiado apretado. Hoy sabemos quién ocupa más espacio en el minibús, quién llega tarde al desayuno y quién asegura que no está cansado hasta que se queda dormido durante el trayecto.

Las acusaciones cruzadas interrumpieron otra vez sus palabras.

—Lo que intento decir —añadió Barış cuando recuperó la atención— es que Maia no se ha limitado a interpretar para nosotros. Ha conseguido que dejemos de sentirnos como desconocidos. Y, al menos en mi caso, ha hecho que esta semana sea mucho más difícil de olvidar de lo que esperaba.