CAPÍTULO 27
Cuando el minibús se detuvo frente al hotel, Maia ya estaba despierta.
Se había incorporado unos minutos antes, al notar que el movimiento uniforme de la autopista daba paso a frenadas más frecuentes y giros entre edificios. Aun así, conservaba en la mejilla el calor del hombro de Kenan y una sensación de sueño incompleto que le volvía pesados los párpados.
El teléfono vibró dentro de su bolso.
Maia retiró la mano de la de Kenan para buscarlo.
Elvira le había enviado dos mensajes. El primero confirmaba que había reservado una mesa para toda la delegación a las dos; el segundo, escrito apenas cinco minutos después, anunciaba que Zeynep insistía en asistir, aunque Elvira la acompañaría a casa en cuanto empezara a cansarse.
El segundo mensaje terminaba con una advertencia dirigida expresamente a ella:
Elvira: Y tú tampoco intentes escabullirte. Es una comida de despedida y estás incluida.
Maia sonrió mientras respondía que acababan de llegar y que estarían allí a tiempo.
—Elvira ha organizado una comida para toda la delegación —anunció en turco cuando el conductor apagó el motor—. La reserva es a las dos, así que tendremos algo más de una hora para dejar el equipaje y cambiarnos.
La noticia fue recibida con aprobación. Kenan se puso la chaqueta y dejó que Maia pasara delante, manteniendo una mano cerca de su espalda al descender, aunque sin llegar a tocarla.
El aire de Bilbao era menos frío que el de San Sebastián, aunque conservaba la humedad de la lluvia y el olor a piedra mojada.
El conductor abrió el maletero. Kenan localizó su equipaje y lo apartó del resto. Cuando apareció la maleta de Maia, alcanzó el asa antes que ella y la colocó junto a la suya.
Esta vez Maia no discutió.
Entraron en el hotel junto a los demás mientras Kenan arrastraba ambas maletas.
El vestíbulo recuperó de inmediato la actividad de toda la semana: pasaportes sobre el mostrador, preguntas sobre horarios y varias conversaciones a la vez. La reserva del Ercilla volvía a asignarles habitaciones individuales. Maia comprobó los datos y repartió las tarjetas.
Kenan permaneció a su lado, con las dos maletas junto a los pies.
No intervino ni intentó acelerar el proceso. Se limitó a esperar hasta que ella recibió su tarjeta y cerró la carpeta de la delegación.
—Puedo subir sola —dijo Maia.
—Lo sé.
La respuesta llegó sin que él soltara el asa.
Maia miró hacia los ascensores, donde Ece y Emine esperaban con Murat. Quedarse discutiendo delante de ellos llamaría más la atención que permitirle acompañarla.
—Solo hasta el ascensor.
Kenan aceptó la condición con un silencio que no parecía comprometerlo a cumplirla.
Avanzaron juntos por el vestíbulo. Cuando las puertas se abrieron, Ece se apartó para dejar espacio a las maletas y dirigió a Maia una mirada demasiado inocente. Emine, en cambio, contempló sin disimulo la maleta de Maia avanzando junto a la de Kenan.
Nadie hizo comentarios.
Al llegar a la planta de Maia, Kenan salió con ella arrastrando ambas maletas.
—Habíamos dicho hasta el ascensor.
—No recuerdo haber dicho nada.
—Tu silencio suele ser sospechosamente conveniente.
Kenan llevó las maletas hasta la puerta de la habitación y extendió hacia Maia el asa de la suya. Ella apoyó la tarjeta contra el lector, aunque no abrió de inmediato.
El pasillo estaba vacío. A través de una ventana situada al fondo llegaba una claridad pálida y el ruido del ascensor desapareció cuando los demás continuaron hacia sus plantas.
Durante unos segundos quedaron solos.
Maia dejó la mano sobre la manilla. Tenía menos de una hora para ducharse, cambiarse y conseguir que el sueño y el resfriado dejaran de resultar visibles, pero la proximidad de Kenan volvía difícil recordar por qué debía entrar en la habitación.
Él levantó una mano y le rozó la mejilla con los nudillos, justo sobre la marca tenue que la costura de su camisa había dejado durante el viaje. Después se inclinó y depositó un beso en el mismo lugar.
No intentó alcanzar su boca.
El gesto resultó más difícil de soportar que si lo hubiera hecho.
Kenan se apartó antes de que Maia pudiera retenerlo y regresó hacia los ascensores con su maleta.
Ella esperó hasta verlo desaparecer detrás de las puertas y entró en la habitación.
Dejó la maleta abierta sobre la cama y el bolso en el escritorio.
La habitación se parecía demasiado a la que había ocupado al comienzo de la semana: las mismas tonalidades neutras, el mismo mobiliario dispuesto con una precisión impersonal y una ventana abierta sobre las fachadas de Bilbao en lugar del mar.
El fin de semana pareció alejarse de golpe.
Maia sacó una blusa limpia y unos pantalones oscuros de corte recto. Al apartar la ropa, encontró el jersey de Kenan doblado tal como lo había guardado en San Sebastián.
Lo sostuvo durante unos segundos.
La lana aún conservaba parte de su colonia y el olor salino que había penetrado en todas las prendas durante aquellos días. Maia recorrió el cuello con los dedos antes de dejarlo sobre una silla, separado del resto del equipaje.
Después entró en el baño.
El agua caliente alivió la pesadez de su cuerpo y despejó durante unos minutos la congestión. Maia se había recogido el cabello para no mojarlo de nuevo; al salir, lo soltó y terminó de secar la humedad que aún conservaba.
Permaneció frente al espejo mientras el vapor iba borrando su reflejo por los bordes.
La mujer que la observaba desde el centro conservaba señales que ninguna ducha podía eliminar: los labios algo más oscuros, el cansancio bajo los ojos y una marca tenue en la clavícula que el corrector apenas conseguiría ocultar.
Volvió al dormitorio.
Se vistió con la blusa y los pantalones, eligió una chaqueta entallada y sacó del fondo de la maleta los zapatos de tacón que había abandonado al comienzo del fin de semana. Las rozaduras ya no dolían con la intensidad de los primeros días, aunque sus pies protestaron en cuanto se calzó.
Durante tres días había caminado con calzado cómodo, el cabello suelto y ropa elegida para soportar lluvia, playas y trayectos en minibús.
Había llevado una camisa de Kenan sobre el bikini, se había envuelto en su jersey y había recorrido una ciudad de su mano sin preocuparse por quién pudiera reconocerlo.
La mujer que terminó de vestirse frente al espejo se parecía de nuevo a la intérprete que había recibido a la delegación en Vitoria. Sin embargo, Maia conocía ya todo cuanto quedaba oculto bajo aquella imagen.
Maia se recogió el cabello, corrigió la palidez de su rostro con algo de maquillaje y se puso unos pendientes discretos. Recogió el bolso y la carpeta.
Antes de salir, miró el jersey doblado sobre la silla.
Después cerró la puerta.
A la una y cincuenta, regresó al vestíbulo.
Kenan ya estaba allí.
El cambio en él fue todavía más evidente.
Había dejado atrás los vaqueros, las camisas remangadas y el cabello alterado por el viento.
Vestía un traje oscuro, camisa blanca y corbata; el cabello peinado y el reloj ajustado bajo el puño devolvían a su imagen la exactitud con que Maia lo había visto llegar a Vitoria.
Durante un instante permanecieron frente a frente, separados por unos metros de suelo brillante y por todo lo que la ropa formal pretendía devolver a su lugar.
Kenan interrumpió la conversación que mantenía con Demir al verla acercarse. Su atención descendió desde el cabello recogido de Maia hasta los zapatos de tacón y regresó despacio a su rostro.
—Has vuelto a los tacones.
—Es una comida formal. Tú también has recuperado el uniforme.
—Parece que los dos hemos decidido recordar por qué vinimos a Bilbao.
Sus ojos volvieron a encontrarse. Durante unos segundos ninguno hizo ademán de apartarse y Demir, que había seguido el intercambio en silencio, dirigió una mirada hacia Barış antes de alejarse con la discreción de quien acababa de descubrir una ocupación urgente al otro lado del vestíbulo.
Maia esperó a que quedaran solos.
—Me gustaba más la otra versión de ti.
La mano con que Kenan acababa de ajustar el puño de la camisa se detuvo. Permaneció así durante unos segundos antes de levantar los ojos hacia ella.
—¿Qué otra versión?
Maia recorrió el traje con la mirada, aunque no era la ropa lo que estaba viendo.
—La que no parecía un ejecutivo intocable, demasiado acostumbrado a llevar sobre los hombros responsabilidades que nadie más puede compartir.
—No es una apariencia. Eso es precisamente lo que soy.
La convicción de la respuesta hizo sonreír a Maia.
—Eso es lo que te empeñas en creer. Y se te da muy bien conseguir que los demás también lo crean.
Se acercó lo suficiente para alisar con dos dedos una arruga inexistente en la solapa. Kenan bajó la vista hacia su mano, pero no retrocedió.
—Pero yo he visto lo que hay debajo —añadió ella en voz baja—. Y no me refiero solo al relleno del bombón.
La sonrisa con que acompañó la frase pretendía convertir en provocación algo que había dicho demasiado en serio. Sin embargo, no consiguió ocultar la ternura tranquila que permanecía en sus ojos.
Kenan permaneció inmóvil.
Durante un instante, ni el traje impecable ni la compostura consiguieron hacerlo parecer inaccesible. Maia volvió a ver al hombre que había recorrido Ondarreta de su mano, reído con ella en el mar y continuado a su lado cuando abrió los ojos aquella mañana.
Kenan no preguntó qué había visto debajo ni fingió confundir sus palabras con la insinuación. Se limitó a sostener su mirada.
Demir regresó hacia ellos antes de que ninguno dijera nada más.
—Parece que ya estamos todos.
Maia apartó la mirada de Kenan y comprobó que todos se encontraban ya en el vestíbulo.
—El restaurante está a cinco minutos. Elvira dice que nos espera allí.
Salieron del hotel cuando los últimos miembros de la delegación bajaron de sus habitaciones. La lluvia había cesado y algunos claros se abrían entre las fachadas, reflejándose sobre el pavimento húmedo.