CAPÍTULO 26 #3
Una frase casi idéntica había significado algo distinto la noche anterior. Entonces había sido un intento de aplazar la despedida y una promesa encerrada dentro de unas pocas horas. Pronunciada bajo la luz de la mañana, mientras la carretera los alejaba del mar, ya no resultaba tan sencilla.
El paseo desapareció tras una hilera de edificios y el mar quedó reducido a destellos intermitentes entre las calles que descendían hacia la costa. Maia siguió buscándolo hasta que el minibús tomó una curva y la ciudad empezó a cerrarse detrás de ellos.
Kenan no soltó su mano.
Las conversaciones de la delegación llenaban el vehículo con un murmullo tranquilo, menos animado que durante los trayectos del día anterior.
El cansancio del fin de semana se notaba en las voces más bajas, en las cabezas apoyadas contra los respaldos y en el silencio de quienes contemplaban el paisaje sin participar en ninguna conversación.
El teléfono de Kenan vibró sobre su muslo.
Lo recogió con la mano libre y leyó el mensaje que acababa de enviarle Barış. Maia no alcanzó a ver el contenido, pero supuso que estaría relacionado con la nueva hora de llegada o con alguno de los compromisos que todavía les quedaban en Bilbao.
Kenan respondió con unas pocas palabras. Al regresar a la lista de conversaciones, la nueva fotografía junto al nombre de Maia detuvo sus dedos.
Tocó la imagen para ampliarla.
Durante unos segundos contempló en silencio la cortina blanca elevada por el viento, la silla girada hacia el interior y el mar visible más allá de la barandilla.
—¿Cuándo la has hecho?
—Antes de bajar.
Kenan acercó ligeramente la imagen con los dedos. En la pantalla, uno de los rayos de sol atravesaba las nubes y caía sobre el agua, mientras la cortina ocupaba un extremo de la fotografía como si hubiera entrado en ella por accidente.
—Has quitado tu foto.
—Me ha gustado.
La explicación era cierta y, al mismo tiempo, insuficiente. Kenan levantó los ojos del teléfono. Maia sostuvo su mirada unos segundos antes de volver el rostro hacia la ventanilla.
—Podrías haber elegido cualquier otra fotografía del mar —dijo él.
—Sí.
Kenan esperó, pero Maia se limitó a recorrer con el pulgar el lateral de la mano de él.
—Pero la vista era mejor desde allí —añadió finalmente.
Kenan miró de nuevo la fotografía, deteniéndose en la silla girada y en la cortina blanca.
Bloqueó el teléfono, aunque no lo guardó de inmediato. La mano que mantenía entrelazada con la de Maia se cerró con mayor firmeza.
El calor empezó a acumularse en el interior del minibús. Maia se abrió la chaqueta y dejó caer la cabeza contra el respaldo, aunque el movimiento uniforme del vehículo y la noche casi sin sueño no tardaron en volverle pesados los párpados.
Kenan la observó cerrar los ojos.
—Duerme.
—No tengo sueño —protestó Maia sin abrirlos—. Solo estoy descansando de tu vigilancia.
—Entonces puedes continuar hasta Bilbao.
Maia abrió los ojos lo suficiente para mirarlo.
—Eso supondría perderme más de una hora de conversación contigo.
—No creo que consigas permanecer despierta tanto tiempo.
La seguridad con que lo dijo despertó en ella un deseo inmediato de demostrarle que se equivocaba.
Se incorporó un poco, pero una nueva tos arruinó el intento.
Maia sacó el botellín de agua del bolso y bebió mientras Kenan esperaba sin hacer ningún comentario, con esa paciencia que resultaba mucho más irritante que cualquier «te lo dije».
Cuando volvió a guardar el agua, él levantó el brazo y lo dejó extendido sobre el respaldo de su asiento. No llegó a rodearla; se limitó a ofrecerle un espacio al que podía acercarse si quería.
Maia contempló la invitación y después miró los asientos vacíos al otro lado del pasillo.
Se inclinó hacia él y apoyó la cabeza en su hombro, demasiado cansada para fingir que prefería la ventanilla.
Kenan bajó el brazo hasta rodearla y dejó la mano sobre la parte superior del brazo de Maia, oculta entre ambos cuerpos.
—No pienso dormirme —murmuró ella.
—Por supuesto.
La respuesta llegó acompañada por una caricia lenta desde el hombro hasta el codo.
No contenía ninguna intención distinta a mantenerla cerca y, quizá por eso, Maia dejó de resistirse.
El olor limpio de la camisa de Kenan, el calor de su cuerpo y el sonido uniforme del motor fueron borrando cuanto la rodeaba.
Kenan supo que se había dormido cuando la mano que conservaba entrelazada con la suya perdió fuerza.
Esta vez no necesitó mirarla para comprobarlo. Continuó contemplando la carretera mientras ajustaba apenas el brazo alrededor de sus hombros, protegiéndola de los movimientos del vehículo. A su alrededor, las conversaciones habían disminuido hasta convertirse en un murmullo lejano.
Después levantó la vista hacia el compartimento superior.
La chaqueta permanecía doblada sobre su bolsa de viaje. El pequeño paquete continuaba oculto en el bolsillo interior.
Ahora Maia llevaba en su teléfono el balcón que habían compartido y descansaba contra su cuerpo mientras la carretera los acercaba a una despedida que ninguno de los dos sabía cómo afrontar.
Kenan deslizó el pulgar sobre los dedos de ella.
No había decidido cómo entregárselo.
Pero ya no podía llevárselo de vuelta a Estambul.