Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Los miembros de la delegación empezaron a sacar sus equipajes del vestíbulo. Maia se dispuso a coger el suyo, pero Kenan alcanzó el asa antes que ella y echó a andar hacia la salida.

—Puedo llevarla yo.

—Lo sé.

No se detuvo ni le concedió la posibilidad de recuperarla. Maia lo siguió con la bolsa de la farmacia en una mano, consciente de que discutir no conseguiría que le devolviera la maleta.

Kenan entregó la maleta al conductor. Maia subió detrás de Emine, escogió un asiento junto a la ventanilla y dejó la bolsa de la farmacia a sus pies.

Él subió inmediatamente después. Guardó la chaqueta en el compartimento superior y ocupó el asiento contiguo antes de que Maia hubiera terminado de acomodarse.

Ella se giró a mirar las filas libres que quedaban detrás.

—¿Te has sentado aquí para vigilar mi resfriado?

Kenan se abrochó el cinturón y dejó el teléfono boca abajo sobre su muslo.

—Para asegurarme de que no repetimos el viaje de ayer.

Maia recordó los mensajes enviados desde el asiento delantero y el lugar al que los habían conducido unas horas después.

—Una vez superada la incomodidad del trayecto, no pareciste demasiado disgustado con las consecuencias.

Kenan dirigió una mirada hacia la bolsa de la farmacia.

—Las consecuencias no empezaron a toser hasta esta mañana.

—Y aun así no me arrepiento. No recuerdo haberme resfriado nunca por una causa mejor.

Kenan bajó la cabeza, aunque no consiguió ocultar la sonrisa que le provocó la respuesta.

—Y luego te preguntas por qué necesitas supervisión.

Maia sonrió a su vez y acomodó el bolso sobre sus rodillas mientras el resto de la delegación terminaba de subir.

El minibús abandonó el hotel pocos minutos después.

Las calles húmedas del centro se sucedieron tras la ventanilla y, al aproximarse al paseo, apareció la bahía bajo un cielo cubierto.

La luz de la mañana se desplazaba en manchas irregulares sobre el agua todavía agitada y la isla de Santa Clara se recortaba entre una bruma ligera.

Maia contempló la playa mientras avanzaban junto a la barandilla.

Volvería a San Sebastián. Había pasado allí otros fines de semana y la ciudad se encontraba lo bastante cerca de Vitoria para que ninguna despedida tuviera que ser definitiva.

Sin embargo, aquella mañana las fachadas, el mar y las curvas blancas de la barandilla parecían pertenecer a algo que no encontraría intacto cuando regresara.

Llevó una mano hacia el bolso, donde guardaba el teléfono con la fotografía del balcón convertida en su nueva imagen de perfil.

Kenan también miraba hacia la bahía.

Maia reparó entonces en que los dos asientos situados al otro lado del pasillo permanecían vacíos. Ece y Emine se habían instalado más adelante; Demir conversaba con Murat cerca del conductor y hasta Barış había encontrado acomodo varias filas por detrás.

La delegación parecía haber llegado a una conclusión que ellos continuaban empeñados en disimular, y aquellos dos asientos vacíos al otro lado del pasillo eran la máxima intimidad que podían concederles dentro de un minibús.

Maia dejó el bolso en el suelo y apoyó la mano sobre el asiento, entre ambos. Buscó los dedos de Kenan y los entrelazó con los suyos antes de volver hacia la ventanilla.

Él bajó la vista hacia las manos unidas, que descansaban sobre la pierna de Maia, ocultas por la altura de los respaldos.

Las contempló durante unos segundos y después inclinó la cabeza sin separar los dedos.

Rozó con los labios el dorso de la mano de ella y permaneció así un instante antes de erguirse.

Maia continuó mirando el mar. Las curvas blancas de la barandilla se sucedieron junto a la carretera. Kenan volvió a apoyar las manos enlazadas sobre su pierna, aunque esta vez cerró los dedos con mayor firmeza alrededor de los de ella.

Una ola rompió contra la costa y dejó una extensión de espuma que alcanzaron a distinguir desde el minibús.

—Hoy no te habría dejado entrar —dijo Kenan.

Maia volvió la cabeza hacia él.

—¿Ya has decidido cuál de los dos te da más miedo?

Kenan sostuvo su mirada. Los dedos continuaban enlazados sobre la pierna de Maia y su pulgar permaneció inmóvil contra la piel de ella.

—No hay nada que me dé más miedo que tú.

La sonrisa de Maia se desvaneció despacio.

Kenan no apartó los ojos ni intentó convertir la respuesta en una broma. Afuera, los últimos tramos de la barandilla empezaban a quedar atrás, ocultos por los edificios.

Maia sabía que él ya no estaba hablando del Cantábrico.

—Mañana a esta hora estarás camino de Estambul.

La frase inmovilizó los rasgos de Kenan, como si todo cuanto había estado dispuesto a responder hubiera dejado de servirle.

—Sí.

Maia no añadió nada.

—Todavía nos queda hoy —dijo él.

No dijo que un día fuera suficiente. Tampoco le pidió nada que alcanzara más allá del lunes. Mantuvo la vista al frente. Su pulgar recorrió una vez el lateral de la mano de Maia y quedó inmóvil sobre ella.