CAPÍTULO 26
Maia terminó de recoger lo poco que quedaba en la habitación. Antes de cerrar la maleta, se quitó el jersey de Kenan y lo dobló con cuidado.
Durante el desayuno había aceptado llevarlo porque tenía frío y él se había negado a recogerlo, pero bajar al vestíbulo con la prenda puesta era distinto.
Le quedaba demasiado grande y resultaba fácil reconocer que no era suya.
Ece y Emine ya habían reparado en más de lo conveniente; Barış no necesitaba ninguna confirmación y Demir parecía capaz de descubrir incluso aquello que nadie le contaba.
Lo colocó sobre la ropa, en lugar de devolvérselo, y sacó una chaqueta ligera antes de cerrar la cremallera.
Recogió la carpeta, guardó un botellín de agua junto al paquete de pañuelos y comprobó por última vez que no dejaba nada atrás.
Cuando llegó a la puerta, volvió la cabeza.
La habitación conservaba el desorden leve de las últimas horas: la cama sin hacer, la silla del balcón ligeramente girada y la cortina blanca recogida a un lado del cristal. Maia dejó la maleta donde estaba y regresó hacia la ventana.
Abrió la puerta del balcón.
El aire entró de inmediato, húmedo y cargado de sal, y levantó la cortina hasta hacerla ondear dentro de la habitación.
El cielo estaba cubierto de nubes blancas, aunque algunos rayos de sol conseguían atravesarlas y descendían sobre el mar en haces oblicuos, tan definidos que parecían señales trazadas desde algún lugar al otro lado de las nubes.
Abajo, el Cantábrico había perdido la calma de la noche. Las olas avanzaban unas detrás de otras y rompían contra la costa con un estruendo que llegaba hasta el balcón mezclado con el grito lejano de las gaviotas.
Maia permaneció junto a la puerta, respirando el olor a mar.
Después sacó el teléfono.
No había llevado a San Sebastián la cámara que solía acompañarla en sus viajes, pero no necesitó pensar demasiado para encontrar el encuadre.
Retrocedió hacia el interior de la habitación y enfocó el balcón desde allí: la silla todavía girada, la pequeña mesa junto a la barandilla y, más allá, el mar agitado bajo los rayos de sol.
Esperó a que el viento elevara de nuevo la cortina y tomó la fotografía cuando la tela blanca entró en el encuadre, rodeándolo como un marco irregular.
Hizo varias más. Cambió ligeramente el ángulo, acercó la silla al centro de la imagen y esperó a que una ola rompiera con suficiente fuerza para dejar una línea de espuma visible desde la habitación.
En ninguna de las fotografías aparecía Kenan.
Sin embargo, Maia sabía que no podría volver a mirarlas sin verlo allí.
Bajó el teléfono. La imagen en la que la cortina blanca se elevaba alrededor del balcón continuaba abierta en la pantalla. Sin pensarlo demasiado, accedió a su perfil de WhatsApp y sustituyó la fotografía que llevaba desde hacía meses.
Contempló el resultado.
Reducida al pequeño círculo, solo se distinguían la tela blanca, la silueta oscura de la silla y una parte del mar iluminado. Para cualquiera que la viera sería una fotografía bonita de San Sebastián. Nadie reconocería aquella silla ni sabría por qué Maia había elegido precisamente ese balcón.
Nadie salvo él.
La certeza hizo que el pulgar de Maia permaneciera sobre la pantalla, dispuesto a deshacer el cambio.
No lo hizo.
Bloqueó el teléfono y lo guardó en el bolso antes de concederse tiempo para reconsiderarlo.
El aire frío empezaba a introducirse bajo su blusa y a empeorar la irritación de la garganta, pero permaneció unos segundos más frente al mar. Después dejó escapar un suspiro que no consiguió aliviar el nudo instalado bajo sus costillas, cerró la puerta del balcón y colocó la cortina en su sitio.
Se puso la chaqueta, tiró de la maleta hacia la salida y no volvió a mirar atrás.
Al salir al pasillo, la irritación de la garganta terminó por vencerla. Reprimió una tos, cerró la habitación y emprendió el camino hacia el ascensor. A mitad del trayecto tuvo que detenerse para buscar un pañuelo en el bolso.
El ascensor la dejó en un vestíbulo bastante más concurrido que una hora antes. Las puertas automáticas dejaban entrar ráfagas de aire húmedo cada vez que alguien cruzaba desde la calle. A través de los cristales se distinguía el minibús detenido frente al hotel.
Los miembros de la delegación habían empezado a reunirse cerca de la salida. Ece y Emine ocupaban uno de los sofás mientras Murat intentaba encajar dos bolsas entre varias maletas. Demir hablaba con uno de los profesores y Barış permanecía junto a la puerta, consultando el teléfono.
Kenan no estaba con ellos.
Maia entregó la tarjeta de la habitación en recepción y se acercó al grupo. Barış levantó la cabeza al verla y guardó el teléfono en el bolsillo.
—Llegas a tiempo. El conductor está colocando el equipaje y, si nadie ha olvidado nada en las habitaciones, podremos salir en unos minutos.
—Parece que el pinchazo no va a alterar demasiado el programa.
La tos le impidió continuar. Maia se cubrió la boca con un pañuelo y esperó a que remitiera la irritación, consciente de que Barış había dejado de prestar atención al minibús.
—Eso suena peor que durante el desayuno.
—Solo tengo la garganta irritada y un poco de congestión. Se me pasará en cuanto deje de estar junto a la corriente.
Al volver la vista al grupo, Maia comprobó que Kenan seguía sin encontrarse entre ellos.
—¿Dónde está?
No necesitó pronunciar su nombre. Barış siguió la dirección de su mirada antes de responder.
—Ha salido. No me ha dicho adónde iba, pero le he avisado de que el minibús ya está aquí y viene de regreso.
La respuesta debería haber bastado, pero Maia continuó mirando hacia la calle. Kenan no acostumbraba a desaparecer sin avisar.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Maia se cerró la chaqueta y cruzó los brazos, pero la tela ligera no la protegía de las corrientes que entraban cada vez que se abrían las puertas.
Barış advirtió el gesto y señaló los sillones situados al otro lado del vestíbulo.
—Espera allí. Estarás lejos de la corriente y Kenan nos encontrará, aunque no permanezcamos vigilando la puerta.
Maia estuvo a punto de asegurarle que no la estaba vigilando, pero una nueva ráfaga de aire húmedo le hizo seguirlo sin protestar.
No llegó a sentarse. Las puertas automáticas volvieron a abrirse antes de que alcanzara los sillones.
Kenan entró con una bolsa blanca en una mano.
Localizó a Maia casi de inmediato y recorrió la distancia que los separaba mientras la tensión de su rostro se suavizaba un poco.
Su mirada descendió hacia la chaqueta que llevaba puesta y se detuvo allí una fracción de segundo, como si hubiera esperado encontrar otra prenda, pero el pañuelo entre sus dedos y el cansancio que empezaba a advertirse bajo sus ojos desplazaron cualquier otra reacción.
Maia miró la bolsa.
—¿Dónde estabas?
—En la farmacia. La que conocía estaba cerrada y he tenido que buscar la de guardia.
Kenan se detuvo frente a ella y le tendió la bolsa, aunque mantuvo los dedos alrededor de las asas cuando Maia intentó cogerla.
—También hay un aerosol de agua salina para la congestión.
Maia dejó la mano sobre la bolsa sin tirar de ella.
—¿Has ido a buscar todo eso por mí?
La pregunta pareció incomodarlo más que la caminata o el retraso. Kenan desvió un instante la mirada hacia las puertas, que acababan de cerrarse tras él.
—No sabía si tenías alergias o estabas tomando alguna medicación. No podía comprar otra cosa sin preguntarte.
—No tengo alergias ni tomo ninguna medicación —aclaró Maia—. Solo algún analgésico de vez en cuando.
Kenan asintió, como si acabara de resolver una cuestión importante, y soltó por fin las asas.
La bolsa estaba demasiado llena para contener únicamente unas pastillas y el aerosol. Maia miró en su interior, apartó un paquete de pañuelos y encontró debajo una caja alargada.
—Has comprado hasta un termómetro. Solo tengo un poco de congestión.
Kenan contempló la caja entre los dedos de Maia como si la utilidad del objeto no admitiera discusión.
—No es un poco de congestión. Según tú es el resultado de haber pasado media noche desnuda en un balcón con el pelo mojado.
Barış, que permanecía a pocos pasos, volvió la cabeza hacia la calle con una rapidez admirable.
El calor ascendió por el cuello de Maia y se extendió hasta sus mejillas. Kenan tardó un instante más en comprender qué acababa de decir y, sobre todo, dónde lo había dicho.
Miró a Barış, que estudiaba el minibús con una concentración excesiva, y después recorrió el vestíbulo para comprobar quién más se encontraba lo bastante cerca.
—No ha oído nada —dijo en voz baja.
Maia cerró la bolsa.
—Claro que lo ha oído.
—Estoy tratando de olvidarlo —intervino Barış sin volverse—, pero agradecería que no añadierais más detalles.
—Podrías haber dicho únicamente que me mojé en la playa.
—No te limitaste a mojarte. Te bañaste.
—Un poco tarde, pero muchas gracias por la precisión.
La comisura de la boca de Kenan se movió apenas, aunque el gesto desapareció cuando un nuevo escalofrío recorrió el cuerpo de Maia.
Maia abrió la bolsa, sacó una pastilla del blíster y buscó el botellín de agua en el bolso. La tomó sin discutir. Kenan siguió el movimiento hasta comprobar que lo había hecho y después miró la chaqueta ligera que llevaba puesta.
—¿Dónde está mi jersey?
—En la maleta. Pensaba que bajar con él puesto sería demasiado indiscreto, aunque está claro que no tanto como lo que tú acabas de decir sobre el balcón.
Barış levantó una mano sin volverse.
—Sigo intentando olvidarlo.
Kenan giró la cabeza hacia él y frunció el ceño.
—¿Sigues aquí?
Barış guardó el teléfono y adoptó una expresión irreprochablemente seria.
—Ayer me prohibiste ir a Ondarreta. Desde entonces procuro no moverme sin autorización.
Maia bajó la cabeza para disimular la risa. El ceño de Kenan se acentuó, pero Barış ya se había vuelto hacia el minibús, satisfecho con haber tenido la última palabra.