Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Envolverse en su jersey y respirar su olor no iba a cambiarlo.

Volvió a ocuparse de la maleta.

En la planta inferior, Kenan recogió la chaqueta de la habitación y salió del hotel sin avisar a Maia.

El retraso del minibús le proporcionaba tiempo suficiente y ya conocía el camino. Había localizado la farmacia durante la primera tarde en San Sebastián, cuando aún podía fingir que comprar preservativos era una medida sensata destinada a resolver una posibilidad remota.

El domingo estaba cerrada.

Un cartel en la puerta indicaba la dirección de la farmacia de guardia.

Kenan introdujo la ubicación en el teléfono y comprobó que se encontraba a menos de diez minutos.

Echó a andar hacia el centro mientras las calles empezaban a llenarse de vecinos, corredores y turistas que buscaban dónde desayunar.

La farmacia de guardia tenía la cruz encendida.

La mujer que atendía hablaba suficiente inglés para comprender que buscaba algo para una congestión leve, irritación de garganta y los primeros síntomas de un resfriado.

Le hizo varias preguntas que Kenan no supo responder: si Maia tenía alergias, si tomaba alguna medicación o si padecía alguna enfermedad.

El desconocimiento le produjo una molestia inesperada.

Terminó comprando unas pastillas para la garganta, un aerosol de agua salina, pañuelos y un termómetro que la farmacéutica consideró innecesario.

Kenan lo añadió de todos modos.

Salió con una bolsa pequeña y la sensación de haber olvidado algo que no sabía identificar. Consultó la hora. Todavía disponía de más de veinte minutos antes de que llegara el minibús.

Emprendió el regreso por una calle paralela al paseo.

La joyería ocupaba un local estrecho entre una tienda de ropa y una galería que vendía grabados de la ciudad. Acababan de levantar la persiana y un pequeño cartel junto a la puerta anunciaba el horario especial de los domingos durante la temporada turística.

Kenan habría pasado de largo si una de las piezas del escaparate no hubiera reproducido un motivo que llevaba varios días viendo junto al mar.

Se detuvo.

La gargantilla descansaba sobre un expositor oscuro. Estaba formada por diminutas cuentas que alternaban tonos negros y plateados, interrumpidas a intervalos por varios motivos pequeños. En el centro, una pieza dorada reproducía las curvas de la barandilla de La Concha.

No incluía el nombre de la ciudad ni tenía el aspecto evidente de un recuerdo turístico. Alguien que no conociera San Sebastián solo vería un diseño geométrico de líneas limpias. Elegante, pero sin la ostentación de las joyas que Kenan acostumbraba a ver en actos y recepciones.

Pensó en Maia.

La vio bajo la lluvia, caminando a su lado por el paseo.

La recordó con los pies descalzos en Ondarreta, discutiendo sobre filosofía mientras sostenía una bolsa de pipas y defendía que formaban parte de un tratamiento médico.

Volvió a sentir la mano de ella entrelazada con la suya y aquella libertad extraña que había encontrado durante unas horas junto al Cantábrico.

También recordó haber pronunciado: «Todavía nos queda mañana».

La puerta de la joyería se abrió.

—¿Quiere verla?

La mujer habló primero en español y repitió la pregunta en inglés al advertir su falta de respuesta.

Kenan debería haber consultado la hora y continuar hacia el hotel.

Entró.

La dependienta retiró la gargantilla del escaparate y la extendió sobre una pieza de terciopelo.

De cerca, las cuentas oscuras presentaban reflejos metálicos que cambiaban al recibir la luz.

Seis pequeños motivos se distribuían entre ellas y la barandilla central, bañada en oro, destacaba sin romper la sobriedad del conjunto.

La mujer explicó que la pieza era de plata y hematita. Después señaló el cierre y la extensión que permitía ajustar la longitud.

Kenan apenas la escuchó.

Tomó la gargantilla por los extremos y dejó que las cuentas resbalaran entre sus dedos.

Resultaba fácil imaginar el contraste sobre la piel de Maia, la pequeña barandilla asentada en el hueco entre sus clavículas, cerca de la marca que él había tenido que esforzarse por no mirar durante el desayuno.

La dejó de nuevo sobre el terciopelo.

—Me la llevo.

Pagó y observó cómo la dependienta colocaba la gargantilla dentro de un pequeño estuche.

—¿Es un regalo? —preguntó.

Kenan miró la caja abierta.

—Sí.

Fue consciente de la respuesta cuando ya la había pronunciado.

La mujer cerró el estuche y lo envolvió en un papel claro, rematándolo con una cinta dorada.

Kenan contempló el proceso sin interrumpirla.

El cuidado del envoltorio confería a la compra una intención que no había tenido cuando se detuvo frente al escaparate, pero ya era demasiado tarde para fingir que se trataba de otra cosa.

Al salir, el aire de la mañana le pareció más frío.

La noche anterior había pasado horas intentando decidir qué podía ofrecerle sin interferir en su futuro. A la mañana siguiente había comprado, por impulso, un objeto destinado a acompañarla después de que él se marchara.

La contradicción no le pasó inadvertida.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Barış informaba de que el nuevo minibús acababa de llegar.

Kenan emprendió el regreso al hotel con la bolsa de la farmacia en una mano y el pequeño paquete protegido en el bolsillo interior de la chaqueta.

Todavía no sabía cuándo se lo entregaría.

Tampoco estaba seguro de ser capaz de hacerlo.