CAPÍTULO 25 #2
Al entrar, encontró las cortinas todavía corridas y la otra cama ocupada. Barış no se movió.
Kenan dejó la tarjeta sobre la mesa y se dirigió al baño. Cerró la puerta antes de encender la luz.
Su reflejo en el espejo le devolvió un aspecto muy distinto del que necesitaría presentar durante el desayuno: el cabello desordenado, la sombra oscura sobre la mandíbula y las señales de una noche casi sin sueño.
Llevaba el olor de Maia adherido al cuerpo y todavía notaba el peso de su cabeza sobre el pecho.
Abrió el grifo de la ducha.
El agua tardó en calentarse. Kenan permaneció bajo el chorro frío sin apartarse, como si la temperatura pudiera devolverle la claridad que no había encontrado durante la noche.
No lo consiguió.
A las nueve menos cinco, Kenan abandonó la habitación junto a Barış.
La ducha no había conseguido borrar el cansancio de su rostro, pero la camisa limpia y el cabello ya peinado le devolvían un aspecto lo bastante cercano al habitual.
Llevaba un jersey ligero sobre el brazo.
Barış lo observó con una ceja levantada y el comienzo de una sonrisa. Kenan sostuvo su mirada sin decir nada.
La sonrisa desapareció.
Barış comprobó que llevaba la tarjeta, cerró la puerta y echó a andar hacia el ascensor sin hacer ningún comentario sobre la hora a la que lo había oído entrar.
Kenan agradeció el silencio.
El comedor ocupaba una sala luminosa en la planta baja.
Las conversaciones de la delegación se mezclaban con el ruido de la vajilla y el aroma del café recién hecho.
Demir estaba sentado junto a Murat y Emine, mientras Ece regresaba del bufé con un plato demasiado lleno para alguien que aseguraba no tener hambre.
Los demás miembros de la delegación ocupaban una mesa contigua, demasiado pequeña para reunirlos a todos en torno a la misma.
Maia todavía no había bajado.
Kenan eligió un sitio desde el que podía ver la entrada sin necesidad de volver la cabeza. Se sirvió café y atendió a Demir, que le preguntó por la hora prevista de llegada a Bilbao. Respondió después de comprobar el programa, aunque ya conocía la respuesta.
Las puertas se abrieron pocos minutos después.
Maia entró hablando por teléfono. Llevaba el bolso colgado del hombro, el cabello recogido todavía húmedo y la carpeta de la delegación bajo el brazo. Escuchó mientras avanzaba hacia las mesas y respondió en español con una voz algo tomada.
Kenan dejó la taza sobre el plato.
No entendía lo que estaba diciendo, pero reconoció el tono con que Maia afrontaba cualquier alteración del programa.
Se detuvo cerca de la entrada, abrió la carpeta apoyándola contra el antebrazo y buscó una hoja mientras hacía varias preguntas.
Una tos breve la obligó a apartar el teléfono de la boca.
Kenan siguió cada uno de sus movimientos.
Al colgar, todos la estaban mirando.
—El minibús ha sufrido un pinchazo cuando venía hacia el hotel —explicó en turco—. El conductor está esperando otro vehículo porque no puede cambiar la rueda donde se ha detenido. Llegará alrededor de una hora más tarde.
Las preguntas que siguieron fueron prácticas. Maia explicó que retrasarían la salida y que el hotel guardaría el equipaje después de dejar las habitaciones. Había resuelto ambas cosas durante la llamada.
—Así que podéis desayunar con calma —concluyó.
La última palabra se le quebró ligeramente y volvió a toser.
—¿Desde cuándo estás así? —preguntó Kenan.
La rapidez con que intervino hizo que Maia dirigiera hacia él una mirada de advertencia. Kenan comprendió que había hablado antes que nadie y tomó de nuevo la taza, aunque ya no tenía intención de beber.
—Desde que me he despertado —respondió ella—. Solo tengo la garganta un poco irritada.
Ece la examinó desde su asiento.
—Te has resfriado.
—Estoy bien.
Maia estornudó antes de terminar la frase.
Emine señaló hacia ella con la cuchara.
—El Cantábrico.
—El Cantábrico no provoca resfriados.
—Bañarse en agua helada tampoco ayuda —dijo Murat.
Varias sonrisas recorrieron las mesas. Maia sacó un pañuelo del bolso y se sonó la nariz con toda la dignidad que pudo reunir.
Kenan no sonrió.
La congestión incipiente y el cansancio que alcanzaba a distinguir bajo sus ojos le provocaron una preocupación desproporcionada. Sabía que una tos y un estornudo no justificaban aquella necesidad de comprobar por sí mismo que estaba bien, pero la certeza no consiguió aliviarla.
—No creo que tenga fiebre —añadió Maia al advertir su expresión.
—No te lo he preguntado.
—Lo estabas pensando.
El intercambio duró apenas unos segundos, pero la familiaridad de la respuesta hizo que Demir alzara los ojos de su taza. En la mesa contigua, uno de los profesores miró primero a Maia y después a Kenan antes de regresar a su plato.
Ella pareció advertirlo.
No hizo ningún comentario y ocupó el asiento libre frente a Kenan. Se sirvió café, tomó una tostada y respondió a una pregunta de Ece sobre la nueva hora de salida. Su tono recuperó la eficacia habitual, aunque la voz tomada desmentía parte de la normalidad que intentaba ofrecer.
Kenan se obligó a atender la conversación.
Lo consiguió hasta que Maia reprimió un escalofrío.
Tomó el jersey que había dejado sobre el respaldo de la silla y se lo tendió, sin levantarse ni decir nada.
Maia bajó la vista hacia la prenda.
Después lo miró.
Kenan sostuvo su mirada el tiempo suficiente para que comprendiera que no pensaba retirarlo. Maia no discutió. Tomó el jersey y se lo puso sobre la blusa antes de continuar desayunando. Las mangas le cubrieron parte de las manos.
No había ocurrido nada que no pudiera explicarse como un gesto de cortesía.
Aun así, cuando Kenan levantó la vista, descubrió que Ece ocultaba una sonrisa detrás de la taza.
Demir observaba por la ventana con un interés excesivo y los dos profesores de la mesa contigua habían reducido la voz.
Nadie dijo nada.
No lo necesitaban.
Maia terminó el café y se levantó para servirse otro. Kenan esperó unos segundos antes de acercarse también al bufé. Ella se encontraba ante la cafetera, todavía enfundada en su jersey, intentando abrir un sobre de azúcar sin dejar la taza.
Kenan se lo quitó de los dedos y rasgó el borde.
—Puedo abrir un sobre.
—No lo estabas consiguiendo.
—Porque tengo las manos ocupadas con tu jersey.
Kenan vertió el azúcar en la taza y dejó el envoltorio vacío sobre un plato.
—Deberías haberte secado el pelo antes de bajar.
Maia removió el café.
—Empiezo a sospechar que te tomas este resfriado como una afrenta personal.
—Anoche ya tenías frío.
—En la playa.
—Y durante el camino de vuelta.
—Pero no creo que la culpa sea del Cantábrico.
Kenan apoyó una mano sobre la encimera y se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿De quién es entonces?
—Quizá tenga algo que ver con haber pasado un buen rato en un balcón, con el pelo mojado y desnuda.
La respuesta salió antes de que Maia recordara dónde estaban.
Sus dedos se detuvieron alrededor de la cucharilla. Volvió la cabeza hacia las mesas y comprobó la distancia que los separaba de los demás.
Las conversaciones continuaban.
Maia dejó escapar el aire y bajó aún más la voz.
—Olvida que he dicho eso.
—No.
—Podría haberme oído alguien.
—Pero no ha ocurrido.
—Eso no mejora mi capacidad para mantener una relación profesional contigo.
Kenan contempló el jersey que le quedaba demasiado grande y las manos medio ocultas por las mangas mientras rodeaban la taza.
—Creo que esa capacidad lleva varios días mostrando algunas deficiencias.
Maia levantó los ojos hacia él.
La sonrisa apareció antes de que ninguno consiguiera contenerla. Durante un instante volvieron a estar en Ondarreta, lejos de la delegación y de cuanto los esperaba al otro lado de la mañana.
Kenan le rozó los dedos al retirar la cucharilla de la taza.
El contacto fue breve, pero, al mirar de nuevo hacia las mesas, Kenan descubrió que Ece los observaba. Ella apartó los ojos enseguida, con una discreción demasiado rápida para resultar convincente.
No había podido oír lo que decían.
Tampoco lo necesitaba.
Cuando regresaron a la mesa por separado, todos estaban ocupados en sus propias conversaciones.
O fingían estarlo.
El desayuno terminó poco después.
Maia se levantó y empezó a quitarse el jersey de Kenan, pero él detuvo el movimiento con una mirada.
—Quédatelo.
—Ya no tengo frío.
Un nuevo temblor desmintió la afirmación.
—Devuélvemelo cuando lleguemos a Bilbao.
Maia pareció dispuesta a discutir. Después miró alrededor, advirtió que algunos miembros de la delegación todavía permanecían en las mesas y se limitó a doblar los puños sobre sus muñecas.
—Como quieras.
Kenan la vio alejarse hacia el ascensor con las mangas remangadas y el jersey cayéndole muy por debajo de la cintura. La imagen le produjo una satisfacción demasiado íntima para el comedor de un hotel.
Esperó a que las puertas se cerraran antes de levantarse.
En su habitación, Maia dejó la carpeta sobre el escritorio y abrió la maleta encima de la cama.
Había recogido casi todo antes de bajar. Solo quedaban el neceser, el cargador del teléfono y las prendas húmedas de la playa, que introdujo en una bolsa antes de guardarlas. Trabajó despacio, con la cabeza algo pesada y la garganta cada vez más áspera.
El jersey de Kenan le dificultaba los movimientos. Había tenido que remangar las mangas varias veces y, aun así, los puños insistían en deslizarse sobre sus manos.
No se lo quitó.
La lana fina conservaba el olor de su perfume, mezclado con el jabón de la ducha y algo más tenue que pertenecía únicamente a su piel. Cada vez que Maia se inclinaba sobre la maleta, el cuello amplio se acercaba a su rostro y la envolvía de nuevo en aquel aroma.
Era absurdo.
También resultaba agradable.
Cerró los ojos durante un instante y cruzó los brazos sobre el cuerpo. El tejido la rodeó con mayor fuerza, creando la impresión de que Kenan continuaba detrás de ella, protegiéndola del frío como había hecho junto al muro de Ondarreta.
Maia abrió los ojos antes de que aquella sensación pudiera conducirla demasiado lejos.
El lunes él se marcharía.