CAPÍTULO 25
Poco antes de quedarse dormida, Maia se había girado entre sus brazos hasta quedar frente a él.
Kenan supo que el sueño la había vencido cuando los dedos apoyados sobre su pecho dejaron de moverse.
Permaneció inmóvil.
La respiración de ella era ya lenta y regular, y el peso de su cabeza descansaba por completo sobre su hombro. Una pierna continuaba entrelazada con la suya bajo la sábana. Kenan mantenía una mano sobre su espalda; también aquella caricia se había detenido, aunque no la apartó.
Tras el cristal llegaba el rumor amortiguado del mar.
Maia había dejado de mirarlo.
Descendió la vista hacia su rostro.
Con el cabello extendido sobre su pecho, Maia no podía advertir la forma en que Kenan recorría su rostro con la mirada. Él se demoró en la curva de sus pestañas, la ligera separación de los labios y el rubor que todavía teñía sus mejillas, protegido de la posibilidad de que ella lo descubriera.
Aun así, no consiguió apartar los ojos.
Había pasado media vida deseando escapar del escrutinio ajeno, y había bastado una tarde en la que Maia pareció verlo de verdad para que la ausencia de aquella mirada le resultara insoportable.
La contradicción le produjo una presión desagradable bajo el esternón.
Kenan deslizó los dedos por la espalda de Maia. Ella se movió apenas, acercándose más a su cuerpo sin abandonar el sueño. Sus labios rozaron la piel situada sobre su corazón antes de quedar inmóviles otra vez.
Lo que le producía aquella sensación desagradable no era imaginar el aeropuerto ni el vuelo, sino cuanto desaparecería después.
No volvería a escuchar la risa que Maia intentaba contener cuando Barış se divertía a su costa. Nadie interrumpiría una conversación seria para preguntarle si el Cantábrico le daba más miedo que ella. Tampoco volvería a hablar con ella de cualquier cosa hasta olvidar la hora.
Maia regresaría a su vida y él a la suya.
Primero visitaría a sus padres y después se marcharía una temporada a Múnich.
Kenan conocía esos planes porque se los había oído explicar, aunque hasta entonces los había considerado poco más que lugares y fechas.
Ahora Múnich empezaba a parecerle el comienzo de una vida completa en la que él quedaría fuera.
Kenan cerró los ojos.
No tenía derecho a sentirse traicionado por un final que conocía desde el principio. Maia no le había ocultado el riesgo y él tampoco le había mentido: no buscaba una relación y no podía prometerle una.
Había contado con que el deseo se agotaría una vez satisfecho.
No había ocurrido.
Continuaba queriéndola allí, y no solo desnuda en una cama. Quería volver a escuchar sus bromas, discutir con ella, saber cómo le iría en Múnich y descubrir qué nueva provocación aparecería cuando empezara a sonreír de aquella manera.
Maia se movió de nuevo. La pierna que mantenía sobre las de Kenan descendió un poco y él sintió que el peso de su cabeza cambiaba sobre su pecho. Durante un instante creyó que iba a despertarse, pero ella solo respiró más profundamente y deslizó la mano hasta rodearle el costado.
Incluso dormida, lo retuvo.
Kenan volvió a contemplarla.
Podía marcharse. La ropa permanecía en el baño y el pasillo estaría vacío a aquella hora.
Le bastaba con sostener la cabeza de Maia, deslizar una almohada bajo ella y apartarse antes de que despertara.
Había abandonado otras habitaciones sin necesidad de convencerse y nunca había experimentado nada parecido a aquella resistencia.
La idea devolvió cierto orden a sus pensamientos.
Retiró con cuidado el brazo que rodeaba a Maia. Después deslizó una mano bajo su nuca y levantó apenas la cabeza que descansaba sobre su pecho. Ella frunció ligeramente el ceño al perder el contacto, pero no abrió los ojos. Con la mano libre, Kenan empezó a acercar la almohada.
Maia buscó su cuerpo.
Lo hizo sin despertarse, guiada únicamente por la pérdida de calor. Su mano recorrió la sábana hasta encontrar el abdomen de Kenan y se cerró sobre él mientras acercaba de nuevo el rostro a su costado.
Kenan detuvo el movimiento.
Permaneció con una mano sosteniendo la nuca de Maia y la otra apoyada sobre la almohada.
Ella se acomodó contra él y volvió a quedarse quieta.
La facilidad con que confiaba en que seguiría allí hizo que la opresión bajo el esternón adquiriera una forma distinta. Kenan dejó la almohada en su sitio, apoyó con cuidado la cabeza de Maia sobre su pecho y volvió a rodearla con el brazo.
No sabía si quedarse era una decisión o la incapacidad de tomar la contraria.
Por primera vez, no le importó demasiado la diferencia.
Maia exhaló contra su piel. La tensión desapareció de su rostro y los dedos que mantenía sobre su abdomen se aflojaron.
Kenan volvió a apoyar la cabeza en la almohada.
Continuó contemplándola durante mucho tiempo.
Cuando la postura empezó a entumecerle el cuello, dirigió la mirada hacia el techo, aunque apenas tardó unos minutos en regresar a ella.
La oscuridad fue perdiendo densidad alrededor de los muebles y el rumor de algún vehículo aislado dio paso a los primeros sonidos de la mañana.
En algún momento debió de quedarse dormido.
Cuando abrió los ojos, una claridad gris empezaba a perfilar las cortinas. Maia continuaba acurrucada contra su costado.
Kenan localizó el teléfono sobre la mesilla.
Faltaban diecisiete minutos para que sonara la alarma.
La apagó antes de que pudiera despertar a Maia. La llegada de la hora de marcharse siempre había restablecido una distancia cómoda; aquella mañana no sintió ningún alivio al comprobar que el momento había llegado.
Dejó el teléfono de nuevo sobre la mesilla.
Necesitaba apartar a Maia para levantarse, pero permaneció varios segundos sin intentarlo.
La claridad que se filtraba entre las cortinas empezaba a devolver color a su rostro.
El cabello se había secado sobre su pecho formando ondas desordenadas y una de sus manos continuaba alrededor de su costado.
Kenan deslizó los dedos por su espalda.
— Cariyem .
Ella no reaccionó.
Kenan volvió a llamarla, esta vez junto a su oído. Maia respiró profundamente y se movió contra él antes de abrir los ojos. Durante unos segundos no pareció recordar dónde estaba. Después levantó la cabeza y la somnolencia dio paso a una sonrisa pequeña.
—Sigues aquí.
La frase no contenía sorpresa suficiente para ser una pregunta. Kenan sostuvo su mirada.
—Te dije que me marcharía a las ocho.
Maia buscó el teléfono con los ojos.
—¿Ya son las ocho?
—Casi.
Dejó caer de nuevo la mejilla sobre su pecho, como si los minutos restantes le pertenecieran. Kenan sintió que algo se cerraba bajo sus costillas.
Maia permaneció así hasta que la respiración volvió a acompasarse a la suya. No se había dormido; sus dedos recorrían distraídamente la piel de su costado y, de vez en cuando, se detenían sobre alguna marca que no parecía recordar haber encontrado antes.
Kenan inclinó la cabeza y la besó.
Al principio fue un contacto leve, todavía impregnado de sueño.
Maia deslizó la mano hasta su nuca y lo retuvo cuando intentó apartarse.
El beso se prolongó sin convertirse en una invitación a empezar de nuevo, aunque la cercanía de sus cuerpos y la calidez acumulada bajo la sábana hicieron que la posibilidad apareciera entre ambos.
Kenan fue el primero en separarse.
—Tengo que irme.
Maia mantuvo los dedos en su nuca unos segundos más antes de soltarlo.
—Ya lo sé.
Kenan deslizó una mano bajo su nuca y le sostuvo la cabeza mientras apartaba el cuerpo y acercaba la almohada. Maia se acomodó sobre ella, observándolo mientras se sentaba en el borde de la cama.
La ropa permanecía donde la había dejado. Kenan se puso los vaqueros y recogió la camisa, seca ya después de tantas horas. La tela conservaba todavía restos de arena en los puños. No se molestó en sacudirlos antes de abrochársela.
—Te has saltado uno —dijo Maia.
Kenan bajó la vista.
Había empezado a abrochar la camisa por el ojal equivocado y los bordes se cerraban de manera desigual sobre su abdomen. Lo corrigió bajo la mirada de ella.
—Empiezo a pensar que tienes algún problema con mis camisas.
—Esta vez ni siquiera la he tocado.
La sonrisa apareció en el rostro de Maia, pero desapareció antes de llegar a convertirse en risa. Permanecía cubierta hasta el pecho por la sábana, con el cabello extendido sobre la almohada y una expresión demasiado tranquila para la incomodidad que él sentía al vestirse.
Kenan se calzó y recogió el teléfono.
El momento de salir había llegado sin proporcionarle ninguna de las respuestas que llevaba media noche buscando.
Maia extendió una mano hacia él.
Kenan regresó a la cama y entrelazó los dedos con los suyos. Esperaba que ella tirara de él o hiciera alguna broma destinada a retrasarlo. En lugar de hacerlo, Maia se incorporó y depositó un beso en la comisura de sus labios.
—Nos vemos abajo.
Kenan le sostuvo la nuca y la besó de nuevo.
Esta vez no hubo suavidad.
Maia tomó aire contra su boca cuando él profundizó el beso y cerró ambas manos sobre su camisa. Durante unos segundos, Kenan olvidó la hora, el pasillo y la habitación a la que debía regresar. Solo se apartó cuando el impulso de volver a tumbarla empezó a resultar demasiado difícil de ignorar.
Mantuvo la frente contra la de Maia mientras recuperaban el aliento.
—Ahora sí tengo que irme.
—Eso has dicho antes.
Kenan rozó una última vez su boca.
Después se obligó a levantarse.
Comprobó el pasillo por la mirilla. No había movimiento al otro lado. Abrió la puerta lo suficiente para escuchar y esperó unos segundos antes de salir.
Maia seguía sentada en la cama cuando se volvió hacia ella.
Cerró la puerta con cuidado.
El pasillo estaba vacío. La moqueta amortiguó sus pasos mientras avanzaba hacia las escaleras. Prefirió no llamar al ascensor y descendió hasta la primera planta sin cruzarse con nadie.
Se detuvo un instante en el rellano antes de dirigirse a la habitación que compartía con Barış. Ninguna puerta se abrió durante el trayecto.