CAPÍTULO 24 #3
El primer estremecimiento le cerró el cuerpo alrededor de Kenan y la obligó a morderse el labio para contener el sonido.
Él la incorporó contra su pecho, cubrió la mano que seguía aferrada a la barandilla y continuó moviéndose dentro de ella mientras las oleadas se sucedían con demasiada intensidad para distinguir dónde terminaba una y empezaba la siguiente.
Maia volvió el rostro hacia él y Kenan atrapó su boca en un beso desordenado. Ella gimió contra sus labios cuando una última contracción le recorrió el vientre.
Él perdió entonces la regularidad de sus movimientos.
Hundió el rostro en el cuello de Maia y la sostuvo con más fuerza. Sus caderas se encontraron varias veces, con movimientos profundos y ya sin la contención que había mantenido hasta entonces. Maia deslizó una mano hacia atrás y le cerró los dedos sobre la nuca, manteniéndolo pegado a su cuerpo.
—No te detengas —susurró.
Kenan respondió con un sonido ahogado contra su piel. Entró una vez más, hasta el fondo, y permaneció inmóvil dentro de ella mientras el placer tensaba todo su cuerpo.
Durante varios segundos ninguno fue capaz de moverse.
La respiración de Kenan llegaba caliente al hombro de Maia, en contraste con el aire fresco que soplaba desde el mar. Sus brazos continuaban rodeándola y su cuerpo permanecía inclinado sobre el de ella, manteniéndola pegada a su calor.
Maia fue la primera en recuperar la voz.
Volvió la cabeza hacia el mar, aunque las luces de la bahía aún parecían incapaces de permanecer quietas.
—El Cantábrico sigue sin parecerte tan peligroso como yo, ¿verdad?
Kenan depositó un beso bajo su oído.
—Ahora mismo no estoy en condiciones de valorar los riesgos.
Maia sonrió y giró el rostro lo suficiente para rozarle la boca.
—La interrupción ha sido mezquina.
—No vuelvas a enviarme esa clase de mensajes cuando no pueda tocarte, cariyem .
—Esa no es una promesa que esté dispuesta a hacer, sultán.
La risa de Kenan fue baja, todavía entrecortada. Apoyó la frente en su sien y permaneció abrazándola mientras ambos recuperaban el aliento.
El movimiento con que salió de ella fue cuidadoso.
Maia se volvió entre sus brazos y advirtió que el brillo provocado por el juego seguía allí, aunque ahora el cansancio y la satisfacción habían suavizado su expresión.
Kenan le pasó una mano por la espalda y la atrajo hacia su pecho cuando la brisa le erizó la piel.
—Tienes frío.
—Un poco.
Kenan la levantó del suelo antes de que Maia pudiera adivinar su intención.
Ella le rodeó el cuello con los brazos.
—Puedo caminar.
—Lo sé.
—Entonces esto es completamente innecesario.
—También lo sé.
Kenan cruzó la habitación con ella y la depositó sobre la cama. Después regresó al baño para asearse.
Maia lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta.
La habitación conservaba el olor húmedo de la ducha y la brisa continuaba agitando las cortinas. El cabello de Maia aún le mojaba los hombros y en las caderas permanecía la huella reciente de las manos de Kenan.
Cuando él regresó, cerró la puerta del balcón, pero dejó las cortinas abiertas.
Maia se había introducido bajo la sábana. Kenan se acostó a su lado y ella se volvió hacia él, todavía con una sonrisa cansada. La mano de Kenan encontró su cintura y la atrajo hacia el calor de su cuerpo.
Kenan miró la hora en el teléfono que descansaba sobre la mesilla.
—¿A qué hora habéis quedado para desayunar?
—A las nueve.
Dejó el teléfono de nuevo.
—Volveré a mi habitación a las ocho.
Maia tardó un instante en asimilar la frase.
No había dicho que se quedaría. Tampoco necesitaba hacerlo. Elegir la hora a la que se marcharía daba por sentado que continuaría allí hasta la mañana.
Apoyó la frente bajo su barbilla para ocultar la sonrisa que empezaba a formarse. Kenan le pasó el brazo alrededor de los hombros y la acercó un poco más.
La quietud que se instaló entre ellos no se parecía a la de la noche anterior. Entonces habían dormido vencidos por el cansancio y protegidos por la postura en que Kenan se había colocado detrás de ella, sin concederse la oportunidad de observarse demasiado.
Ahora ninguno parecía tener sueño. Sus cuerpos estaban relajados, pero la conciencia del otro permanecía despierta en cada movimiento.
Maia dibujó distraídamente una línea sobre el pecho de Kenan.
—Todavía nos queda mañana —dijo él.
Sus dedos se detuvieron.
Ninguno había mencionado el lunes, pero la fecha permanecía allí, al otro lado de aquellas horas.
Maia alzó la cabeza.
—Eso ha sonado peligrosamente optimista.
—No arruines el momento.
—Jamás haría algo así.
Kenan le cerró la mano alrededor de los dedos y se los llevó a los labios. Depositó un beso en sus nudillos antes de dejarlos otra vez sobre su pecho.
El gesto borró la sonrisa de Maia.
Él cerró los ojos, ajeno al cambio. Relajado sobre la almohada, con el cabello aún húmedo cayéndole sobre la frente, parecía más joven y, de alguna manera, desprotegido.
Maia lo contempló en silencio.
Apartó con cuidado el mechón de su frente y dejó que los dedos descendieran por la sien hasta seguir la línea de su pómulo.
Kenan abrió los ojos.
Maia no retiró la mano. El pulgar quedó detenido sobre su mejilla mientras lo observaba con una ternura que llegó antes de que pudiera esconderla.
El cambio fue inmediato.
Kenan no se apartó, pero su cuerpo se tensó contra el de ella. Sus ojos recorrieron el rostro de Maia como si buscaran la intención oculta detrás de aquella caricia y no encontraran ninguna que supiera manejar.
La mano que descansaba sobre su cintura quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Maia.
—Nada.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
Kenan desvió la mirada hacia la ventana. Maia retiró los dedos de su rostro y dejó la mano sobre su pecho, aunque ya no sintió bajo la palma la misma calma de unos segundos antes.
Él se incorporó.
El aire frío ocupó el espacio que dejó entre ambos. Kenan se sentó en el borde de la cama y apoyó los antebrazos sobre los muslos, de espaldas a Maia. Permaneció así durante unos instantes antes de mirar los vaqueros que seguían en el suelo, junto a la puerta del baño.
Maia reconoció el impulso.
No necesitaba que Kenan se vistiera para saber que una parte de él acababa de llegar hasta el pasillo.
Se incorporó contra el cabecero y se cubrió con la sábana.
El primer instinto fue romper la tensión con alguna broma, devolverlos al terreno en el que ambos sabían desenvolverse.
No lo hizo. Cualquier intento de convertir aquella mirada en algo trivial habría confirmado que existía una razón para temerla.
Kenan se pasó una mano por el cabello.
—No sé qué hacer con esto —dijo al fin.
Maia contempló su espalda desnuda, la tensión acumulada otra vez entre sus hombros.
—No tienes que hacer nada.
Él dejó escapar el aire y bajó la cabeza. La respuesta no pareció aliviarlo.
—Como si fuera tan fácil.
—No —respondió Maia después de un instante—. No lo es.
Kenan volvió el rostro hacia ella.
Maia sostuvo su mirada sin intentar recuperar la expresión anterior, pero tampoco le ofreció ninguna explicación.
Kenan apartó los ojos primero.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Durante un segundo, Maia creyó que abriría de nuevo el balcón; en lugar de hacerlo, apoyó una mano en el cristal y contempló la bahía. La luz nocturna recortaba su silueta contra las cortinas.
Maia no fue tras él.
Tampoco le dijo que podía marcharse. La puerta estaba a pocos pasos y Kenan conocía el camino. Ofrecerle la salida habría sido otra manera de protegerlo de una decisión que solo le correspondía a él.
El silencio se prolongó.
Después Kenan se apartó de la ventana.
Regresó a la cama sin mirarla y levantó la sábana. Maia se deslizó hacia un lado para dejarle espacio. Él se acostó detrás de ella y la atrajo hasta apoyar su espalda contra su pecho.
Así no tenía que enfrentarse de nuevo a sus ojos.
Su brazo rodeó la cintura de Maia. La mano quedó abierta sobre su abdomen y ella depositó la suya encima. Ninguno habló mientras sus respiraciones buscaban otra vez un ritmo común.
Kenan terminó entrelazando los dedos con los suyos.
Depositó un beso en su nuca y permaneció allí, con los labios apoyados sobre la piel.
—A las ocho —murmuró.
Maia cerró los ojos.
—A las ocho.
No era una promesa más allá de aquella habitación ni una respuesta a todo lo que había pasado entre ellos. Pero seguía allí y acababa de confirmar, por segunda vez, que pensaba quedarse hasta la mañana.
Por el momento, era suficiente.