CAPÍTULO 24 #2
El silencio repentino hizo más audible la respiración de ambos y el agua que continuaba goteando sobre el plato de ducha. Kenan tomó una toalla, la pasó apenas por el cuerpo de Maia y la dejó caer sin molestarse en secarla del todo.
Abrió la mampara y salió con ella del baño. Se detuvo junto a la mesilla, abrió el cajón donde había guardado la caja de preservativos la noche anterior y sacó uno.
No hizo falta que Maia preguntara adónde iban.
Kenan apagó la luz de la habitación y la condujo hacia la puerta abierta del balcón. Al salir, dejó el preservativo sobre la pequeña mesa situada junto a las cortinas. La brisa procedente de la bahía alcanzó la piel húmeda de Maia.
Fuera, el mar era una extensión oscura salpicada por el reflejo de las luces. No había edificios enfrente ni ventanas desde las que alguien pudiera observarlos, solo la curva lejana de la costa y el rumor de las olas elevándose desde la playa.
Kenan se colocó detrás de ella y apartó el cabello mojado de su espalda. El primer beso alcanzó su nuca; el siguiente descendió hasta el hombro mientras una de sus manos rodeaba la cintura de Maia y la atraía contra él.
Su erección presionó la parte baja de su espalda.
Maia tomó aire.
Kenan la hizo avanzar hasta la barandilla metálica y permaneció pegado a su espalda. La brisa húmeda le erizó los brazos mientras Maia contemplaba las luces que se curvaban alrededor de la bahía.
La boca de Kenan regresó a su oído.
—Apoya una mano en la barandilla.
Maia obedeció. Kenan tomó la otra y la condujo despacio por su vientre hasta introducirla entre sus muslos.
—Y esta, aquí.
La respiración de Maia se alteró cuando él hizo que sus dedos presionaran la piel ya húmeda. Kenan cubrió la mano de ella con la suya y le mostró el ritmo que quería, guiándola apenas antes de dejarla continuar sola.
—Así.
Sus labios recorrieron el cuello de Maia mientras ella mantenía una mano aferrada a la barandilla y se acariciaba con la otra.
—Dime que todavía lo quieres.
No era una provocación ni una pregunta cuya respuesta estuviera dispuesto a suponer. Maia volvió la cabeza lo suficiente para encontrar su mirada.
—Lo quiero.
Kenan permaneció inmóvil un instante detrás de ella. Su respiración le rozó la sien y la mano que aún cubría la de Maia aumentó ligeramente la presión, como si aquella respuesta hubiera tensado algo en todo su cuerpo.
Después apartó la mano de la suya, pero no se alejó. Acercó los labios a su oído.
—Sigue.
La voz, baja y áspera, le provocó un estremecimiento. Maia obedeció. Mientras continuaba acariciándose, las manos de Kenan ascendieron desde su cintura hasta cubrirle los pechos. Los pulgares rozaron lentamente los pezones endurecidos y ella arqueó la espalda contra su pecho.
Él bajó la cabeza y atrapó entre los labios la piel sensible bajo su oído.
Maia aceleró apenas el movimiento de sus dedos.
Kenan debía de percibirlo en la tensión de su cuerpo, en la respiración que se le quebraba cada vez que el pulgar encontraba el punto exacto, porque una de sus manos descendió hasta cubrir la suya.
Esta vez no la dirigió. Se limitó a acompañar su movimiento, presionando sobre sus dedos mientras su erección se deslizaba entre sus nalgas.
Maia cerró los ojos.
La barandilla seguía bajo su mano izquierda. Más allá solo existían el mar, la noche y las luces de la bahía, pero la puerta abierta a su espalda y el aire fresco recorriéndole la piel hacían imposible olvidar que estaban fuera de la habitación.
Kenan movió las caderas.
Su erección se deslizó entre los muslos de Maia sin llegar a penetrarla. La fricción le arrancó un gemido que él apagó buscando su boca por encima del hombro. Repitió el movimiento con mayor lentitud, dejando que la punta rozara la humedad que ella había extendido con los dedos.
Maia separó un poco más las piernas.
Kenan se detuvo.
—No —murmuró contra sus labios—. Todavía no.
La mano que descansaba sobre la de Maia se retiró. Kenan le sujetó las caderas e impidió que retrocediera para buscarlo, aunque continuó rozándola lo suficiente para mantenerla suspendida en aquella cercanía insoportable.
Sus manos recorrieron la curva de su cintura y descendieron por sus muslos mientras los labios se demoraban en su cuello.
Maia continuó acariciándose hasta que Kenan cubrió su mano una última vez y la apartó con suavidad, llevándola hasta la barandilla junto a la otra.
Depositó un beso en su hombro antes de separarse.
Maia volvió la cabeza. Kenan recogió de la mesa el preservativo que había sacado de la mesilla y rasgó el envoltorio.
No había nada apresurado en sus movimientos, aunque su excitación resultaba imposible de ocultar. Se colocó el preservativo bajo la mirada de Maia, dejó caer el envoltorio sobre la mesa y regresó detrás de ella.
El calor de su cuerpo volvió a envolverla. Kenan deslizó una mano por su abdomen y la otra por su espalda, siguiendo la línea de la columna hasta detenerse en la parte baja.
—Inclínate un poco, cariyem .
Maia obedeció y volvió a aferrar la barandilla con ambas manos. El cambio de postura elevó sus caderas hacia él y expuso su cuerpo a la caricia de la brisa.
Kenan la contempló durante unos segundos.
Ella no podía verle el rostro, pero sintió la lentitud con que su mano recorrió la curva de una nalga antes de separarle las piernas con la rodilla. La punta encontró su entrada y se deslizó sobre ella sin avanzar.
Maia apretó los dedos alrededor de la barandilla.
—Kenan.
Él le sostuvo la cadera con una mano y apoyó la otra sobre la barandilla, junto a la suya.
Entró en ella despacio.
La postura hizo que el primer movimiento resultara más profundo de lo que Maia esperaba. El aire abandonó sus pulmones y su cuerpo se cerró en torno a él. Kenan se detuvo cuando estuvo completamente dentro, inclinado sobre su espalda, con la boca junto a su oído.
—¿Así?
Maia asintió, incapaz de confiar todavía en su voz.
Kenan retrocedió casi por completo antes de volver a entrar en ella. La lentitud del segundo avance la obligó a contener un gemido. Él le rodeó la cintura con el brazo y la incorporó un poco, manteniéndola pegada a su pecho mientras repetía el movimiento.
Maia giró la cabeza en busca de su boca.
El beso resultó torpe por la postura, cargado de respiraciones entrecortadas y labios que apenas conseguían encontrarse. Kenan la sujetó con más fuerza y empezó a moverse con un ritmo profundo y constante, haciendo que cada avance presionara el cuerpo de Maia contra el suyo.
La barandilla dejó de estar fría bajo sus manos.
La ciudad parecía haberse quedado lejos, pero Maia era dolorosamente consciente del aire nocturno sobre sus pechos, del rumor del mar y de la puerta que continuaba abierta a pocos pasos de ellos. Aquella mezcla de exposición y seguridad intensificaba cada sensación.
Una de las manos de Kenan descendió por su vientre.
Encontró el lugar que los dedos de Maia habían abandonado y comenzó a acariciarla al mismo ritmo que sus caderas. Ella cerró los ojos. El placer creció de inmediato, alimentado por la presión de su cuerpo y la precisión con que él adaptaba cada movimiento a sus reacciones.
Se detuvo.
Antes de que Maia pudiera comprenderlo, retiró la mano y salió completamente de ella.
La pérdida simultánea de ambas caricias la dejó suspendida en el límite. Maia soltó un sonido de protesta y se volvió hacia él, todavía apoyada en la barandilla.
Kenan permanecía a un paso, con el pecho agitándose y el cuerpo tan tenso como el suyo. La recorrió con una mirada oscura, demorada, sin hacer nada por aliviar la excitación que acababa de interrumpir.
—¿Qué haces?
Él se acercó hasta rozarle el vientre con la erección, pero no llegó a tocarla con las manos. Inclinó la cabeza y le habló contra la boca.
—Devolverte el viaje en minibús.
Maia comprendió.
Kenan deslizó los labios por su cuello mientras sus manos descendían hasta las caderas. La colocó de nuevo frente al mar, pegada a su pecho, y le separó un poco más las piernas con la rodilla. La punta rozó su entrada, extendiendo la humedad, pero no penetró en ella.
—He pasado todo el camino imaginándote así —murmuró junto a su oído—. Inclinada sobre la barandilla, con las piernas abiertas para mí y una mano entre ellas mientras yo entraba en ti.
Maia retrocedió para buscarlo. Kenan cerró los dedos sobre sus caderas y mantuvo las suyas fuera de su alcance.
—Y tú estabas delante, tan tranquila, fingiendo que mirabas la carretera mientras yo no podía dejar de imaginarlo una y otra vez.
Volvió a rozarla, apenas lo suficiente para que Maia contuviera el aliento, y se retiró antes de entrar.
Maia cerró una mano sobre la suya y la condujo hacia el lugar que había abandonado.
—Pues deja de imaginarlo, sultán.
Después retiró la mano y se inclinó sobre la barandilla, ofreciéndose a él sin necesidad de añadir nada.
La contención de Kenan duró una respiración.
Regresó a su cuerpo, le sujetó las caderas con ambas manos y entró en ella con un único movimiento profundo.
El placer interrumpido regresó con tal intensidad que sus piernas cedieron durante un instante. Kenan la sostuvo contra él y permaneció inmóvil, completamente dentro de su cuerpo, como si quisiera obligarla a sentir toda la profundidad que acababa de negarle.
—Kenan…
Él retiró las caderas y volvió a entrar con la misma profundidad.
No necesitó recuperar el ritmo anterior. El cuerpo de Maia continuaba suspendido en el límite al que él la había llevado y cada avance volvía a acercarla con mayor rapidez. Kenan lo sabía. La mano con que le sujetaba la cintura descendió por su vientre y encontró el lugar que había abandonado.
Esta vez no se detuvo.
Maia se aferró a la barandilla. Las luces de la bahía se deshicieron ante sus ojos mientras Kenan aceleraba detrás de ella, alternando movimientos lentos y profundos con otros más rápidos que le impedían anticipar el siguiente.
Sus dedos mantuvieron una presión constante, sin concederle ya ningún alivio.
—Ahora sí —murmuró contra su oído.
El placer la alcanzó casi de inmediato.