Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 24
79%

CAPÍTULO 24

Cuando abandonaron la playa, las luces del paseo se reflejaban ya sobre la bahía.

Maia se había puesto de nuevo la parte superior del bikini, todavía húmeda, y se había vestido con la camiseta y los vaqueros.

Kenan se puso los suyos sobre el bañador, recuperó la camisa y se la abrochó mientras ella guardaba la toalla, las botellas vacías y el paquete de pipas en la bolsa.

De las provisiones solo quedaban unas cuantas cerezas y uno de los bocadillos.

—Tu tratamiento ha resultado efectivo —dijo él al recoger las cáscaras—. No hace falta que carguemos también con las pruebas.

—Quiero que conste que las pipas han conseguido relajarte.

—Creo que estás atribuyéndoles méritos ajenos.

Maia levantó la bolsa y echó a andar hacia la rampa.

—No sé de qué hablas.

Kenan la alcanzó antes de que llegara al paseo y tomó la bolsa de su mano. Esta vez no necesitó que Maia lo guiara ni esperó a que ella buscara el contacto. Entrelazó los dedos con los suyos en cuanto quedaron uno al lado del otro.

Emprendieron el regreso sin prisa.

La temperatura había descendido lo suficiente para que la ropa húmeda resultara incómoda, pero Maia no quiso acelerar.

Kenan lo advirtió. Le soltó la mano únicamente para pasarle el brazo alrededor de los hombros y atraerla contra su costado.

Maia entrelazó los dedos con los que descansaban junto a su cuello y, con el brazo libre, le rodeó la cintura antes de deslizar la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

Kenan bajó la mirada hacia ella. Una sonrisa lenta apareció en su rostro antes de inclinarse y besarle la sien. Después estrechó el brazo alrededor de sus hombros y continuó caminando.

Durante los primeros minutos continuaron hablando sobre la discusión de la playa, entretenidos ahora en precisar los pocos puntos en los que aún discrepaban. Después la conversación se volvió más dispersa y acabó desapareciendo sin dejar un silencio incómodo.

A medida que avanzaban, la bahía quedó a su derecha, salpicada por los reflejos de las farolas y las luces de los edificios, mientras el aire secaba poco a poco el cabello de Maia. Encontraron más gente al acercarse a La Concha, pero nadie los reconoció ni volvió la cabeza al verlos pasar.

Kenan no aflojó el brazo alrededor de sus hombros.

Solo lo retiró al doblar la esquina del hotel.

La separación fue tan repentina que Maia sintió el frío en todo el costado.

Sacó la mano del bolsillo de sus vaqueros y dejó caer el brazo antes de advertir el motivo.

Desde la entrada podían ver a dos hombres de la delegación conversando con el recepcionista.

No eran Barış ni Demir, pero bastaba su presencia para devolverlos al mundo del que habían conseguido olvidarse durante unas horas.

Kenan redujo el paso.

Maia miró hacia el vestíbulo. El cabello húmedo, la bolsa con la toalla y el aspecto de ambos después de varias horas en la playa habrían convertido cualquier encuentro en una sucesión de preguntas que no necesitaban escuchar.

—Entraré yo primero.

Kenan asintió.

—Dame diez minutos.

La forma en que la miró eliminó cualquier duda sobre dónde pensaba reunirse con ella después. Maia sintió regresar la satisfacción de la playa y no intentó disimularla.

Kenan le rozó la mano antes de dejarla marchar.

Maia cruzó la calle y entró en el hotel.

El vestíbulo estaba tranquilo a aquella hora. Saludó al recepcionista y sostuvo la bolsa apartada de las piernas para evitar que la toalla mojada rozara los vaqueros. Cuando alcanzó el ascensor, los dos hombres ya habían desaparecido.

Subió sola. En cuanto entró en su habitación, cerró la puerta y dejó la bolsa junto al armario.

Después se quitó la camiseta, los vaqueros y el bikini mojado, dejó las prendas húmedas sobre el lavabo y se envolvió en una toalla.

El olor a sal seguía adherido a su piel y en el cabello quedaban pequeños restos de arena que notaba al pasar los dedos entre los mechones.

Consultó la hora.

Las diez y veintisiete.

Llamaron a la puerta.

Maia comprobó por la mirilla antes de abrir.

Kenan continuaba con los vaqueros y la camisa que se había puesto al abandonar la playa. El cabello seguía húmedo en las puntas y algo de aquellas horas permanecía todavía en su expresión: una ligereza desprovista de la vigilancia que habitualmente acompañaba sus movimientos.

Entró y esperó hasta que Maia cerró la puerta.

La habitación conservaba el aire fresco procedente del balcón. Las cortinas se movían con la corriente y, desde la bahía, llegaba el rumor acompasado del agua.

Kenan se acercó sin apresurarse y apartó de la mejilla de Maia un mechón todavía húmedo. Sus dedos siguieron hasta la nuca y permanecieron allí, calientes contra una piel que el aire empezaba a enfriar.

—Tienes frío.

—Necesito quitarme la sal.

Kenan dirigió la mirada hacia el baño y después regresó a ella. No hubo ninguna réplica ni una invitación explícita. Maia tampoco la necesitó.

Tomó su mano y caminó hacia la ducha.

La luz se reflejó sobre el espejo cuando entraron. Maia dejó que el agua corriera hasta que el vapor empezó a empañar el cristal y el sonido llenó el baño, aislándolos del pasillo y de cuanto pudiera existir al otro lado de la puerta.

Soltó la toalla y la colgó junto al lavabo.

Kenan la observó con el mismo desconcierto que había aparecido en la playa cuando se quitó la parte superior del bikini.

Maia entró bajo el agua caliente.

El calor le recorrió el cabello, los hombros y la espalda, llevándose la sal y el frío de la playa. Cerró los ojos y dejó que el agua le cayera sobre el rostro mientras, detrás de la mampara, la ropa de Kenan quedaba sobre la encimera.

La puerta se abrió.

Él entró y volvió a cerrarla.

La ducha era lo bastante amplia para dos personas siempre que ninguna pretendiera conservar demasiada distancia. Kenan se situó detrás de Maia y apartó con ambas manos el cabello mojado de su nuca.

Ella sintió el primer beso sobre la piel antes de que sus brazos la rodearan.

Kenan depositó otro beso en su nuca antes de apartarse.

Tomó el frasco de champú y vertió un poco en la palma.

—Cierra los ojos.

Maia obedeció.

Los dedos de Kenan se introdujeron en su cabello y distribuyeron el champú desde la raíz. La presión de las yemas fue lenta, más cercana a un masaje que a la necesidad de quitarle la sal. Maia inclinó la cabeza hacia atrás y la dejó descansar contra su hombro.

Kenan le inclinó la cabeza bajo el chorro para aclararle el cabello. Maia mantuvo los ojos cerrados mientras sus dedos continuaban recorriéndole el cuero cabelludo, firmes y lentos, y el agua arrastraba los últimos restos de arena y sal por su espalda.

No había prisa en sus manos. Tampoco la intención evidente con que la había tocado en el mar.

El gesto tenía algo doméstico que habría resultado difícil de imaginar en él unas horas antes: Kenan Gökalp, con el pelo pegado a la frente y el cuerpo todavía marcado por el sol, comprobando con una concentración absurda que no quedara espuma detrás de sus orejas.

Maia abrió los ojos.

—Creo que ya está.

—Todavía tienes arena.

—He pasado media vida entrando y saliendo del Cantábrico. Sé convivir con ella.

Kenan deslizó los dedos por su nuca y apartó el cabello mojado hacia un lado. El agua caía entre ambos y el vapor había calentado ya el pequeño espacio de la ducha.

—Yo no.

La respuesta llegó acompañada por el recorrido de su pulgar sobre el hombro de Maia. El pulgar bajó despacio por su brazo, sin apartar los ojos de la piel que acababa de limpiar, y ella comprendió que hacía ya un rato que la arena había dejado de preocuparle.

Apoyó las manos en su pecho.

—Te toca.

Kenan le cedió el sitio bajo el agua. Maia vertió champú en la palma y hundió los dedos en su pelo, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza.

Él cerró los ojos y se dejó hacer, con la misma confianza silenciosa con que poco antes se había abandonado al movimiento del agua.

Continuó masajeándole el cabello mientras el agua resbalaba por las líneas de su rostro.

Solo abrió los ojos cuando ella pasó los dedos por su frente para retirar la espuma. La sonrisa de Maia seguía allí, tan cerca que apenas tuvo que inclinarse para alcanzar su boca.

El primer beso fue breve. Casi perezoso.

El segundo se prolongó mientras las manos de Kenan regresaban a su cintura. La besaba como si dispusieran de toda la noche y, al mismo tiempo, fuera consciente de que cada minuto pertenecía a una cuenta atrás que ninguno quería mencionar.

Kenan la hizo retroceder hacia la pared, pero interpuso una mano entre los azulejos y su espalda para protegerla del frío mientras la otra descendía por su costado.

—Esto no se parece demasiado a lavarme el pelo —murmuró él.

—Te distraes con facilidad.

—Solo desde que te conozco.

La frase quedó entre los dos, demasiado sincera para hacerla pasar por una broma. Maia dejó de sonreír y lo besó antes de que Kenan pudiera descubrir en su rostro cuánto la había afectado.

Recorrió su pecho con las manos y descendió por su vientre. Una de ellas encontró su erección entre ambos y cerró los dedos a su alrededor.

Kenan contuvo el aire, pero terminó sujetándole la muñeca y manteniéndola inmóvil junto a su cadera.

La besó de nuevo, esta vez sin ninguna pereza. Cuando se apartó, los dos respiraban con dificultad.

—Llevo todo el maldito día pensando en ese balcón.

Había redactado aquellos mensajes protegida por varias filas de asientos, segura de que Kenan no podría acercarse a ella. Ahora lo tenía desnudo, excitado y mirándola como si recordara cada palabra.

Kenan acercó la boca a su oído.

—En cómo voy a colocarte frente al mar —murmuró—. En cómo tendrás que aferrarte a la barandilla para no hacer ruido. Y en lo poco que va a importarte que la puerta continúe abierta cuando esté dentro de ti.

La respiración de Maia se quebró.

Kenan dejó que el silencio prolongara la imagen antes de rozarle el lóbulo con los dientes.

—Eso es lo que me has obligado a imaginar durante todo el trayecto.

Cerró el grifo.