Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 23 #4
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CAPÍTULO 23 #4

—Ortega y Gasset escribió: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

Yo siempre lo he entendido así: la vida que nos ha tocado forma parte de nosotros, pero eso no significa que solo podamos aceptarla.

También podemos decidir qué hacemos con ella.

Quizá hoy tú has decidido hacer algo distinto con la tuya.

Kenan guardó silencio durante unos segundos.

—A mí eso me parece una forma muy cómoda de fabricar excusas.

Maia volvió el rostro hacia él.

—¿Excusas?

—Cualquiera puede utilizar sus circunstancias para justificar lo que hace. Haber crecido sin dinero puede explicar por qué alguien desea tenerlo, pero no lo absuelve si decide robarlo. Tener un mal padre tampoco convierte en inevitable que su hijo acabe pareciéndose a él.

La elección del último ejemplo hizo que Maia lo observara con más detenimiento.

Kenan mantenía la vista sobre el agua. La calma que había adquirido durante el paseo seguía presente en su postura, pero algo se había cerrado en su mirada.

—Eso no contradice lo que acabo de decir —señaló ella—. Ortega no hablaba de absolver a nadie. La circunstancia te condiciona, pero no decide por ti. La responsabilidad está precisamente en lo que haces con ella.

—Si necesitas explicarlo, ya estás buscando una forma de justificarlo.

—No es lo mismo una causa que una excusa.

—La diferencia depende de cuánto quieras perdonar a quien toma la decisión equivocada.

La dureza de la respuesta no estaba dirigida hacia ella. Maia la reconoció en la forma en que Kenan presionó la espalda contra el muro y en la quietud repentina de la mano que aún descansaba sobre su pecho.

—No estás hablando de filosofía —dijo.

Los ojos de Kenan regresaron a ella.

—Tú has introducido a Ortega y Gasset en la conversación.

—Y tú acabas de enfadarte con él.

—No estoy enfadado.

—Claro.

La negativa perdió parte de su fuerza cuando Maia sonrió. El pulgar de Kenan volvió a moverse sobre su pezón, quizá por decisión o quizá porque acababa de recordar dónde tenía la mano.

—¿Siempre haces eso? —preguntó él.

—¿Qué?

—Convertir una discusión en una broma cuando crees que has encontrado algo que la otra persona no quiere mostrarte.

Maia consideró la pregunta.

—Solo cuando insistir sería una falta de educación.

—No pareces demasiado preocupada por la educación desde que hemos salido del hotel.

—Eso afecta únicamente a tu bañador y a mi bikini. Con los traumas ajenos soy mucho más respetuosa.

Kenan la miró.

Maia había utilizado la palabra en tono ligero, pero ninguno de los dos se rio. Él no confirmó que existiera un trauma, aunque tampoco rechazó la palabra. Retiró la mano de debajo de la camisa y cruzó ambos brazos alrededor de su cintura.

El contacto perdió su intención sexual sin volverse menos íntimo.

—Las circunstancias no deciden quién eres —dijo Kenan después de un silencio—. Si permites que lo hagan, terminas convirtiéndote en alguien que nunca has elegido ser.

Maia entrelazó los dedos con los suyos.

—Nunca he dicho que decidan. Pero ignorarlas tampoco te hace libre de ellas.

—¿Y qué propones?

—Conocerlas. Decidir qué conservas y qué no. Nadie elige el lugar desde el que empieza, pero sí puede decidir hacia dónde camina.

Kenan bajó la mirada hacia sus manos enlazadas.

—Eso sigue dejando toda la responsabilidad en quien decide.

—Por supuesto. Nunca he dicho lo contrario.

Él permaneció callado.

Maia dejó que el silencio se extendiera. Las luces del paseo empezaban a reflejarse sobre el agua y, a lo lejos, la pareja que seguía bañándose había iniciado el regreso hacia la orilla. Una ola alcanzó la arena húmeda y se retiró con un sonido suave.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo Kenan finalmente.

—En eso, sí.

—No has intentado convencerme de lo demás.

—No necesito que pienses como yo para disfrutar hablando contigo.

La respuesta pareció sorprenderlo.

La tensión desapareció de sus brazos, aunque no la soltó. Apoyó la mejilla contra el cabello de Maia y dirigió la vista hacia la bahía.

—¿Echas de menos este lugar cuando estás fuera? —preguntó.

—¿El mar? Siempre.

—¿Aunque pases los veranos en Çeşme?

—No son intercambiables. El Mediterráneo es más amable; el Cantábrico te recuerda que no le importa si has venido desde la otra punta del mundo para verlo.

—Ahora entiendo por qué te gusta.

Maia le dio un pequeño golpe en el antebrazo.

—¿Tú no sientes añoranza por ningún lugar?

Kenan se tomó unos segundos antes de responder.

—No.

—¿Por ninguno?

—Nunca me ha gustado ningún sitio lo suficiente.

—Eso es bastante triste.

—Es práctico. No puedes añorar algo si no permites que se convierta en imprescindible.

Maia giró despacio la cabeza.

Kenan había pronunciado la frase con naturalidad, pero dejó de jugar con sus dedos al comprender lo que acababa de revelar.

—Eso tampoco parece una elección muy libre —dijo ella.

—¿Por qué?

—Porque sigues dejando que el miedo a perder algo decida cuánto te permites quererlo.

Kenan sostuvo su mirada.

Esta vez no respondió.

Maia tampoco intentó suavizar la frase. Se limitó a permanecer dentro de sus brazos mientras la noche avanzaba sobre la bahía.

Al cabo de unos segundos, Kenan volvió a entrelazar los dedos con los suyos.

No le había dado la razón.

Pero tampoco la había soltado.