CAPÍTULO 23 #3
—Eso arruina parte del dramatismo.
—Sobrevivirás.
Continuaron comiendo pipas mientras la luz descendía sobre la bahía.
Los adolescentes terminaron de recoger y abandonaron la playa cargados con las mochilas y el altavoz.
La pareja permanecía todavía dentro del agua, aunque se había alejado lo suficiente para convertirse en dos siluetas apenas distinguibles.
Maia tomó una cereza y dejó el hueso junto a las cáscaras. El frío empezaba a desaparecer bajo la camisa de Kenan y gracias al calor de su cuerpo, tan próximo al de ella.
—Tenías razón —dijo Kenan.
Ella volvió la cabeza.
—Necesito saber a cuál de todas mis afirmaciones te refieres. Han sido muchas.
—A esto.
Kenan señaló con una pipa la playa casi vacía, el agua tranquila y la bolsa abierta entre ambos.
—Estoy más relajado.
Maia lo estudió con fingida gravedad.
—Las pipas.
—Sin ninguna duda.
—Sabía que podía confiar en ellas.
—Aunque sospecho que también puede influir que nadie haya pronunciado mi apellido durante varias horas.
Maia siguió su mirada hacia el mar.
—Aquí solo eres el hombre que ha intentado ahogar a una turista.
—Tú no eres una turista.
—Eso empeora mucho las cosas.
—Tampoco he intentado ahogarte.
—Mi versión era más interesante.
Kenan giró una pipa entre los dedos sin abrirla.
—¿Quién soy para ti?
La pregunta llegó con la misma naturalidad que las anteriores, pero dejó a Maia sin ninguna respuesta ligera detrás de la que esconderse.
Volvió despacio la cabeza.
Kenan ya no miraba el mar. Mantenía la pipa entre los dedos y la observaba con una seriedad que no permitía fingir que la pregunta había sido casual.
Ella dejó a un lado la bolsa de cerezas. Durante unos segundos no dijo nada.
—Me acojo a mi derecho a guardar silencio.
Una ligera arruga apareció entre las cejas de Kenan.
—¿Por qué?
Maia sostuvo su mirada. Podía ofrecerle una respuesta ligera, convertirlo en el hombre que se había comido casi todas sus pipas o recordarle que todavía continuaba bajo contrato. Sin embargo, cualquiera de aquellas salidas habría sonado exactamente a lo que era: una forma de ocultarse.
—Porque, si te dijera la verdad, probablemente saldrías corriendo sin mirar atrás.
Kenan quedó inmóvil.
El ruido del agua ocupó el espacio que ninguno de los dos llenó. Una ola llegó hasta la arena húmeda y se retiró dejando una línea de espuma que perdió enseguida su forma.
—No tienes una opinión demasiado buena de mí —dijo finalmente.
—No he dicho eso.
—Crees que saldría corriendo.
—Tú mismo me advertiste que no buscas una relación y que no puedes prometerme una. No voy a entregarte una respuesta que no has pedido de verdad y obligarte después a decidir qué hacer con ella.
Kenan bajó la vista hacia la pipa que todavía sostenía.
—Te lo he preguntado.
—Sí, mientras estamos sentados en una playa, después de pasar dos noches juntos y sabiendo que esto termina el lunes. No estoy segura de que quieras conocer la respuesta cuando deje de ser una conversación agradable junto al mar.
Kenan no apartó la mirada de ella.
—Quizá deberías dejar que yo decida eso.
—Quizá. Pero acabas de aprender a relajarte y no quiero arruinarte el progreso.
Maia intentó acompañar la frase con una sonrisa, pero esta se deshizo casi antes de aparecer.
Kenan lo advirtió.
Permaneció en silencio durante unos segundos más, como si estuviera buscando una forma de insistir sin ofrecer a cambio algo que todavía no sabía si podía sostener. Al final dejó caer la pipa sin abrir dentro de la bolsa.
—Eso no ha sido guardar silencio.
—Soy terrible ejerciendo mis derechos.
—Lo he notado.
Maia tomó otra pipa y se la ofreció.
—Come. Estabas mejorando.
Kenan la aceptó, pero no la abrió. Su rodilla continuó apoyada contra la de Maia y, cuando ella volvió hacia el mar, él permaneció observándola.
La conversación había recuperado una apariencia ligera.
Solo la apariencia.
Ella tomó otra cereza y continuó hablando, satisfecha de haber evitado una pregunta para la que todavía no estaba preparada.
No advirtió que Kenan había dejado de comer pipas.
—No saldría corriendo.
Maia volvió la cabeza.
La afirmación había llegado sin énfasis, casi confundida con el rumor de las olas. Kenan mantenía los ojos sobre el mar y todavía sostenía la pipa sin abrir entre los dedos, como si hubiera pasado todo aquel tiempo buscando una respuesta.
—No hace falta que me tranquilices.
—No intento tranquilizarte.
—Entonces ¿qué intentas?
Kenan tardó en responder.
—Todavía no lo sé.
La sinceridad impidió que Maia utilizara otra broma para aligerar el momento. Tampoco quiso obligarlo a precisar una respuesta que probablemente no poseía. Tomó la pipa que él seguía sosteniendo entre los dedos, la abrió y dejó la cáscara dentro de la bolsa.
—Cuando lo sepas, me avisas.
Kenan la miró.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas que organizara una reunión para analizarlo?
—De ti, sí.
—Estamos de vacaciones —le recordó—. Quedan prohibidas las reuniones.
Los labios de Kenan se curvaron apenas.
Maia abrió uno de los bocadillos y lo dividió en dos antes de entregarle una mitad. Comieron contemplando el mar mientras la conversación regresaba poco a poco a lugares menos peligrosos.
Kenan quiso saber por qué Elvira pasaba los veranos en Çeşme, y Maia terminó contándole la sucesión de casualidades que había llevado a Elvira hasta allí y cómo un viaje previsto para quince días se había convertido en una costumbre que repetía cada verano.
De allí pasaron a los lugares de Turquía que ambos conocían.
Discutieron sobre si Estambul podía considerarse habitable durante agosto, sobre la tendencia de Maia a abandonar cualquier itinerario en cuanto encontraba una carretera secundaria y sobre la absoluta incapacidad de Kenan para comprender por qué alguien elegiría conducir durante horas pudiendo tomar un avión.
La ligereza regresó sin borrar por completo lo ocurrido.
La pregunta permanecía entre ellos, pero había dejado de exigir una respuesta inmediata. Kenan continuaba sentado con la rodilla apoyada contra la de Maia y, de vez en cuando, tomaba una pipa de la bolsa como si hubiera olvidado que pretendía demostrar que no las necesitaba para relajarse.
La temperatura descendió cuando el sol empezó a ocultarse tras Igueldo. Maia se frotó las piernas y Kenan lo advirtió.
—Tienes frío.
—Todavía no.
—Eso significa que sí.
Kenan se sentó con la espalda apoyada contra el muro que separaba la playa del paseo.
Desde allí no podían ver a quienes caminaban por encima y, por el mismo ángulo, tampoco resultaban visibles para ellos.
Solo alguien que descendiera por una de las rampas o se acercara desde la arena podría descubrirlos.
A aquella hora, la posibilidad parecía remota.
La familia y los adolescentes ya se habían marchado y la única pareja que permanecía en la playa continuaba demasiado ocupada consigo misma para prestarles atención.
Kenan tomó a Maia por la cintura y la hizo retroceder hasta sentarla entre sus piernas, con la espalda apoyada contra su pecho.
La rodeó con un brazo y cerró la camisa alrededor de ella, cubriéndola mejor. El gesto podía atribuirse al frío, aunque la forma en que la atrajo hasta encajarla contra su cuerpo sugería que darle calor no era su única intención.
Maia apoyó las manos sobre el antebrazo que le cruzaba el abdomen.
—Así está mejor —admitió.
—Lo sé.
La mano libre de Kenan se introdujo bajo la camisa.
No hubo vacilación ni el menor intento de fingir que pretendía únicamente comprobar la temperatura de su piel. Ascendió despacio desde el vientre desnudo hasta cubrir uno de sus pechos.
Maia tomó aire.
La palma estaba caliente en contraste con la piel de Maia, todavía fría. Kenan la acomodó sobre la curva y el pulgar encontró el pezón, endurecido por el frío.
Lo rozó una vez.
Maia giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Abrió la boca, dispuesta a señalar que aquel método para darle calor resultaba bastante cuestionable, pero Kenan inclinó el rostro antes de que pudiera hablar.
Sus labios rozaron el borde de su oreja.
—¿Se puede saber qué me has hecho, cariyem ?
La pregunta no contenía el tono seguro con que la había provocado dentro del agua. Sonó más baja, casi incrédula.
La caricia se hizo más firme.
Maia perdió durante un instante la respuesta.
—No sabía que hubiera hecho nada.
—Me has llevado de la mano por medio San Sebastián, has conseguido que entre dos veces en el Cantábrico y me has comprado pipas como si fueran un tratamiento médico.
—No te he obligado a nada.
—Ese es el problema.
Maia sostuvo su mirada. En los ojos de Kenan permanecía la ligereza que había aparecido durante el paseo, acompañada ahora por un desconcierto mucho más difícil de ocultar.
—Quizá solo he cambiado tus circunstancias.
Kenan inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Mis circunstancias?
—Durante unas horas nadie sabe quién eres. No hay periodistas, reuniones ni una fundación esperando que tomes decisiones. Barış está demasiado lejos para molestarte y Demir no puede reorganizarte el día. Aquí no tienes que ser nada para nadie.
—Sigo siendo yo, aunque todo eso desaparezca.
—No desaparece. Solo has cambiado unas circunstancias por otras.
La mano de Kenan dejó de moverse, aunque permaneció bajo la camisa. Maia apoyó las suyas sobre el brazo que le rodeaba la cintura y volvió hacia la bahía.