Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Continuó abrazada a él durante unos pasos más, dejándose llevar mientras Kenan avanzaba hacia la orilla. Después se inclinó y depositó un beso en su mejilla.

No hubo provocación en el gesto. Sus labios permanecieron apenas un instante sobre la piel húmeda antes de separarse.

—Hazme caso en una cosa.

Kenan volvió el rostro hacia ella.

—Eso sí que sería nuevo.

Maia sonrió. Desenroscó las piernas de su cintura, se soltó de sus brazos y, sin añadir ninguna explicación, se dejó caer de espaldas sobre el agua.

La superficie se cerró alrededor de sus oídos. Extendió los brazos, aflojó las piernas y permitió que las pequeñas ondulaciones movieran su cuerpo sin intentar corregir la dirección.

Kenan permaneció frente a ella, observándola con una mezcla de sorpresa y cautela.

—¿Qué haces?

Maia abrió los ojos.

—Cuando no puedo más con el estrés o con todo lo que tengo dando vueltas en la cabeza, hago esto. Me tumbo sobre el agua y dejo que cargue con mi peso durante un rato.

—¿Y funciona?

—No resuelve nada. Pero durante unos minutos todo pesa menos.

Kenan contempló la superficie como si acabara de proponerle algo bastante más complejo que flotar.

—Túmbate conmigo.

—Sé nadar, Maia.

—Ya lo sé. No estoy intentando enseñarte a nadar.

—Entonces, ¿qué intentas enseñarme?

—A no hacer nada.

La respuesta lo mantuvo inmóvil durante unos segundos.

Kenan se apartó lo suficiente para disponer de espacio y se tendió de espaldas con la seguridad de quien conocía perfectamente el agua.

La postura era correcta y su cuerpo permaneció a flote, pero los brazos realizaban pequeños movimientos para conservar la posición y mantenía el cuello ligeramente elevado, atento a cualquier cambio del oleaje.

Maia giró la cabeza hacia él.

—Estás haciendo trampas.

—Estoy flotando.

—Estás trabajando para flotar. No es lo mismo.

—No sabía que hubiera normas.

—Solo una. Deja de intentar hacerlo bien.

Kenan volvió el rostro hacia el cielo.

—Eso no parece una instrucción muy útil.

—Cierra los ojos y deja que el agua te sostenga.

Esta vez obedeció.

Maia observó cómo desaparecían poco a poco los movimientos de sus manos. El cuello terminó por relajarse, la respiración se hizo más profunda y el cuerpo cedió unos centímetros hasta encontrar su propio equilibrio sobre la superficie.

Entonces se tendió de nuevo a su lado.

El agua les cubría los oídos y convertía las voces de la playa en sonidos remotos. Sobre ellos, la luz cálida se extendía por los bordes de las nubes; debajo, la bahía soportaba un peso que Kenan había dejado de empeñarse en sostener solo.

Maia buscó su mano entre ambos y entrelazó los dedos con los suyos.

Kenan no abrió los ojos.

Permanecieron así durante un tiempo que Maia no intentó medir. Las pequeñas ondulaciones modificaban apenas su posición y la luz continuaba descendiendo sobre la bahía, pero él no volvió a corregir el movimiento ni preguntó cuánto debía durar aquello.

Al final, sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de los de Maia. Kenan abandonó la postura con un movimiento fluido y tiró suavemente de su mano para ayudarla a incorporarse. Antes de que ella empezara a nadar, pasó los brazos bajo sus muslos y volvió a atraerla contra él.

Maia rodeó su cintura con las piernas casi por reflejo.

Kenan permaneció inmóvil durante unos segundos. Su rostro conservaba una serenidad distinta, como si una parte de él continuara todavía tendida sobre el agua.

Se inclinó y depositó un beso en la punta de su nariz.

—Gracias.

Maia lo miró sin recurrir a ninguna broma.

—De nada.

Kenan emprendió el regreso hacia la orilla.

La playa se encontraba casi vacía, nadie sabía quiénes eran y Kenan la llevaba entre los brazos como si no tuviera ninguna prisa por recuperar la distancia habitual entre ambos.

Por una vez, Maia decidió no recordárselo.

Kenan siguió avanzando hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Ya puedes soltarme —dijo Maia.

—También podía hacerlo antes.

—Empiezo a notar un patrón preocupante.

—¿Cuál?

—No obedeces ninguna de mis sugerencias.

—No parecías considerar eso un problema cuando eras tú quien ignoraba las mías.

Kenan la llevó unos pasos más, hasta que una ola pequeña se retiró alrededor de sus rodillas. Solo entonces permitió que Maia deshiciera las piernas de su cintura y volviera a apoyar los pies sobre la arena.

Maia se apartó antes de que pudiera retenerla otra vez y corrió los últimos metros hasta la arena seca, donde el aire le pareció mucho más frío en cuanto dejó atrás el agua.

La toalla continuaba extendida cerca del muro. Maia llegó hasta ella y se detuvo al recordar que todavía conservaba la humedad de Zarautz.

—Esta planificación tuya tiene algunos fallos —dijo Kenan a su espalda.

—No esperaba bañarme dos veces cuando salimos esta mañana.

Maia tomó la toalla y se frotó los brazos antes de envolverla alrededor del cuerpo. La tela retiró parte del agua, pero no el frío que empezaba a erizarle la piel.

Kenan recogió su propia toalla y se secó el cabello, el rostro y el pecho antes de pasársela por los brazos. Cuando terminó, Maia continuaba envuelta en la suya, con los hombros encogidos y la humedad de la tela pegada al cuerpo.

Él se acercó y sujetó uno de los extremos.

—Así no vas a entrar en calor.

Antes de que Maia pudiera discutirlo, desenvolvió la toalla y la dejó extendida junto a las demás cosas. Después recogió la camisa.

—Póntela.

—Está seca.

—Esa es la idea.

—¿Y tú?

—No tengo frío.

Maia contempló las gotas que todavía le recorrían el pecho y el modo en que el aire empezaba a secarlas sobre su piel.

—Por supuesto. Eres inmune al Cantábrico.

Kenan le tendió la camisa.

Maia la aceptó y la dejó un instante sobre el bolso. Después llevó ambas manos a la espalda y deshizo el cierre del bikini.

Kenan se quedó inmóvil.

Ella se quitó los tirantes de los hombros, retiró la prenda mojada y la escurrió antes de dejarla extendida junto a sus cosas.

No se volvió ni intentó cubrirse. Acababan de pasar varios minutos tocándose bajo el agua y no encontró ninguna razón para fingir ahora una modestia que habría resultado absurda.

Tomó la camisa y metió un brazo en la primera manga.

Cuando buscó la segunda, advirtió que Kenan continuaba inmóvil.

—¿Qué ocurre?

Él levantó los ojos desde su cuerpo hasta su rostro.

—Nada.

Maia introdujo el otro brazo y se acomodó la camisa sobre los hombros.

—Tu cara no opina lo mismo.

Kenan tardó un instante en responder.

—No esperaba que hicieras eso.

—El bikini está mojado.

—Ya lo veo.

La respuesta consiguió que Maia mirara hacia abajo. La camisa permanecía abierta y, desde donde se encontraba, Kenan podía verla casi por completo.

—Me has visto desnuda.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

Kenan no contestó.

Maia comprendió que tampoco él sabía explicarlo.

La noche anterior había podido contemplarla desnuda porque el deseo convertía aquella visión en parte de algo que ambos habían decidido hacer.

En la playa, sin una cama cerca ni urgencia alguna que justificara el gesto, Maia acababa de quitarse el bikini y ponerse su camisa como si compartir aquella intimidad con él fuera lo más natural del mundo.

Cerró un botón.

—Puedes dejar de mirarme cuando quieras.

—Podría.

No lo hizo.

Maia abrochó otro botón, pero Kenan se acercó antes de que alcanzara el siguiente. Le apartó las manos con suavidad y continuó él. Sus dedos cerraron la camisa despacio sobre el cuerpo de Maia, dejando abiertos los dos botones superiores.

—Puedo vestirme sola —dijo ella.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo haces tú?

Kenan levantó los ojos.

—Porque quiero.

Maia olvidó la réplica que estaba preparando.

Él alisó el cuello de la camisa sobre sus hombros y sacó con cuidado el cabello mojado que había quedado atrapado bajo la tela. Sus dedos rozaron la nuca de Maia antes de apartarse.

La camisa le cubría las caderas y descendía sobre la parte alta de los muslos. Conservaba el olor limpio de Kenan, que empezaba a mezclarse con la sal de su propia piel. Maia cruzó los brazos sobre el pecho para guardar el calor.

—Mucho mejor —dijo.

Kenan seguía mirándola.

—¿Qué?

—Te queda bien.

—A ti también. Por eso te la devolveré cuando deje de tener frío.

Kenan sonrió apenas, pero en su mirada permanecía algo más: un desconcierto que no tenía relación con verla semidesnuda.

Maia no intentó descifrarlo. Se sentó sobre la toalla, buscó la bolsa de pipas y la levantó hacia él.

—Ha llegado el momento de comprobar mi teoría.

Kenan tardó un segundo en reaccionar antes de sentarse a su lado.

Maia sacó las botellas, las cerezas, las galletas y el paquete de pipas. Él se acomodó con una pierna flexionada y los brazos apoyados sobre las rodillas.

Abrió la bolsa y se la ofreció.

—Adelante.

Kenan miró el paquete.

—¿Qué esperas que ocurra?

—No lo sé. Tal vez cierres los ojos, respires profundamente y alcances un estado de paz ancestral.

—Son semillas de girasol.

—Siglos de tradición te contemplan.

Kenan tomó un puñado.

La primera pipa desapareció entre sus labios y la cáscara reapareció abierta entre sus dedos con una rapidez que confirmó todas las sospechas de Maia. Kenan dejó caer una cáscara dentro de una bolsa vacía que Maia había colocado entre ambos.

Ella lo señaló.

—Lo sabía.

—¿Qué sabías?

—Eso. Ni siquiera has tenido que pensar.

—Comer pipas no exige una gran capacidad intelectual.

—No intentes restarle importancia. Ha sido un acto reflejo.

Kenan abrió otra.

—Has vivido en Turquía. No puede sorprenderte.

—Me fascina que un hombre capaz de convertir una rueda de prensa en una operación militar conserve habilidades tan cotidianas.

—No convierto las ruedas de prensa en operaciones militares.

Maia tomó una pipa.

—Barış probablemente discreparía.

—Barış lleva demasiado tiempo exponiéndote sus opiniones.

—Todavía no me ha contado ninguna. Imagínate cuando lo haga.

Kenan dejó caer otra cáscara dentro de la bolsa.

—No pienso permitir que os quedéis a solas.

—Hoy has amenazado con despedirlo para quedarte tú a solas conmigo.

—No fue una amenaza.

—¿No?

—Barış sabe perfectamente que no voy a despedirlo.