CAPÍTULO 23
A aquella profundidad, el agua escondía cuanto ocurría por debajo de sus hombros. Desde la playa apenas debían de distinguir dos cabezas demasiado próximas, mientras las manos de Kenan podían recorrer lentamente la parte posterior de las piernas de Maia sin que nadie advirtiera el movimiento.
Maia se inclinó para besarlo.
Kenan respondió sin la reserva anterior. La sujetó con más fuerza y la acercó hasta encajarla contra él, mientras el movimiento del agua hacía que sus cuerpos se rozaran con una lentitud que ninguno de los dos podía atribuir por completo al oleaje.
La mano apoyada en su muslo ascendió.
Maia interrumpió el beso.
—Eso tampoco parece muy prudente.
—Aquí nadie puede verlo.
—Yo sí sé dónde tienes la mano.
—Ese era el propósito.
Ella soltó una risa breve, pero desapareció cuando los dedos de Kenan encontraron el borde de la braga del bikini y siguieron su contorno sin llegar a cruzarlo.
El contacto resultaba casi inocente comparado con lo que había hecho la noche anterior.
Allí, oculto bajo el agua y acompañado por la posibilidad remota de que alguien volviera la vista hacia ellos, produjo un efecto mucho mayor.
Maia apretó las piernas alrededor de su cintura.
—Estás empeñada en complicar esto.
—Fuiste tú quien decidió adentrarse en el agua.
—Porque no dejabas de provocarme.
—¿Y esto pretende castigarme?
El pulgar recorrió otra vez el límite de la tela.
—Todavía no he decidido qué pretende.
Maia hundió los dedos en el cabello mojado de su nuca y lo obligó a mirarla.
—Estás perdiendo facultades, sultán. Normalmente tienes una respuesta para todo.
—Normalmente no mantengo esta clase de conversaciones con una mujer enroscada a mi cintura.
—Deberías probarlo más a menudo.
El cambio en la expresión de Kenan no fue brusco ni necesitó palabras. Bastó la forma en que la mano se cerró sobre el muslo de Maia y el modo en que sostuvo su mirada para que ella comprendiera que la broma había rozado un lugar inesperado.
—No —dijo él—. No debería.
Lo dijo con una certeza que afloró antes de que Kenan pudiera ocultarla tras alguna observación más prudente.
Maia dejó de sonreír durante un instante. Después rozó su boca con la de él.
—Entonces será mejor que aproveches esta.
Kenan la besó antes de que pudiera añadir nada más.
La mano que mantenía bajo su muslo la sostuvo mientras la otra descendía por su espalda hasta alcanzar la cintura del bikini.
Esta vez no se detuvo en el borde.
Los dedos se deslizaron bajo la tela, recorrieron la piel desnuda de su cadera y avanzaron hacia la unión de sus muslos.
Maia aspiró bruscamente contra su boca.
Desde la orilla no debía de percibirse ningún cambio. El agua continuaba rozándoles el cuello y sus cuerpos permanecían ocultos bajo una superficie que reflejaba el cielo. Sin embargo, la conciencia de hallarse en una playa pública volvió más intenso el avance pausado de aquella mano.
—Kenan.
Él se apartó apenas lo necesario para mirarla.
—¿Quieres que pare?
La pregunta llegó sin juego. Maia reconoció en su expresión la misma atención con que había esperado cada una de sus respuestas la noche anterior y negó despacio.
—Quiero que dejes de preguntar cosas cuya respuesta ya conoces.
—No pienso suponerla.
La seriedad de la respuesta consiguió que Maia sintiera algo más peligroso que el deseo. Lo ocultó acercándose de nuevo a su boca.
—No pares.
Kenan la besó mientras su mano se acomodaba entre sus muslos y el pulgar comenzaba a acariciarla despacio.
Maia se estremeció.
El agua estaba fría, pero no fue eso. Sus piernas se cerraron con mayor fuerza alrededor de la cintura de Kenan y hundió una mano en el cabello mojado de su nuca.
—Mírame —murmuró él.
Maia abrió los ojos.
A plena luz del día, sin la oscuridad de la habitación donde ocultarse ni la urgencia que los había dominado la noche anterior, la petición adquirió una intimidad distinta. Kenan no apartaba los ojos de su rostro mientras aumentaba la presión de la caricia e introducía lentamente un dedo en ella.
Maia recorrió su espalda con la mano libre. Al alcanzar la cinturilla del bañador, introdujo los dedos bajo la tela y descendió por su vientre hasta rozarlo.
Kenan interrumpió el beso.
—Despacio.
—¿Muy sensible?
—Mucho.
—Pobrecito.
—No pareces arrepentida de haberme provocado durante todo el camino.
—No lo estoy.
Maia lo rodeó con la mano.
Kenan quedó inmóvil durante un segundo.
—Creía que estabas intentando ayudarme a relajarme.
—También he comprado pipas.
—Las pipas están a cincuenta metros.
Maia deslizó la mano hacia abajo y volvió a subir lentamente.
—Entonces tendrás que conformarte conmigo.
Sus dedos quedaron inmóviles durante un instante antes de recuperar el movimiento, y el pulgar retomó la caricia.
Maia lo acarició bajo el bañador. El agua volvía más lento el movimiento, pero su muñeca mantenía apartada la tela y la mano pegada a su cuerpo. Cerró los dedos con mayor firmeza y adaptó el ritmo a cada reacción que descubría en su rostro.
—Ahora mírame tú —murmuró.
Kenan obedeció.
Maia volvió a recorrerlo con la mano. El cuerpo de Kenan se tensó y, durante un instante, él perdió el ritmo.
Sonrió contra sus labios.
—Eso pensaba.
Kenan introdujo un segundo dedo.
La sonrisa desapareció.
Maia apoyó la frente contra la suya mientras él los movía dentro de ella, combinando cada penetración con la caricia del pulgar.
La besó mientras aceleraba la caricia. Maia reconoció el cambio y trató de mantener los ojos abiertos, pero el placer empezó a concentrarse con demasiada rapidez.
La presión de su mano, el cuerpo de Kenan encajado entre sus piernas y el movimiento pausado del agua se confundieron hasta dejar de ser sensaciones separadas.
Se apartó de su boca para respirar.
—Kenan…
Él la sostuvo cuando el cuerpo de Maia se tensó y mantuvo el movimiento sin permitirle alejarse. Ella hundió el rostro junto a su cuello para contener el sonido, pero una exclamación escapó antes de quedar amortiguada contra su piel.
El placer terminó por desbordarla y Maia se aferró a los hombros de Kenan mientras las últimas oleadas continuaban recorriéndola. Él redujo el movimiento poco a poco, prolongando cada una, hasta que ella dejó caer la frente sobre su hombro.
Durante unos segundos, Maia solo oyó su propia respiración y el agua golpeando suavemente contra ellos.
Kenan retiró despacio los dedos de su interior, pero Maia mantuvo la mano bajo el bañador.
—¿Sigues pensando que habías ganado? —preguntó él junto a su oído.
Maia necesitó unos segundos para recuperar la voz.
—Esto no ha terminado.
Volvió a cerrar los dedos alrededor de él y reanudó la caricia con una lentitud que borró la satisfacción del rostro de Kenan.
—Maia.
—Nadie está mirando.
—Eso no lo convierte en una buena idea.
—Hace un momento no te preocupaba demasiado.
Maia redujo la caricia hasta convertirla apenas en un roce.
Kenan sostuvo su mirada durante un instante. Después cerró las manos alrededor de sus caderas.
—Sigue.
Maia aumentó de nuevo el ritmo.
Aun así, la tensión que apareció en él no procedía únicamente del placer.
Ella le sostuvo la mirada.
Kenan dejó de buscar argumentos. Apoyó la frente contra la suya y cerró las manos alrededor de sus caderas mientras Maia adaptaba cada caricia a las reacciones que ya conocía.
La serenidad fue abandonando poco a poco su rostro. Su respiración se volvió irregular y el cuerpo que la sostenía se tensó contra el suyo. Maia lo besó en el instante en que él perdió por fin el control.
Kenan apenas consiguió responder antes de hundir el rostro junto a su cuello. La sujetó con tanta fuerza que Maia sintió la presión de sus dedos incluso a través del agua mientras las últimas sacudidas terminaban de desarmarlo.
Cuando volvió a mirarla, Maia continuaba sonriendo, aunque no había burla en su expresión.
—Ahora sí —murmuró—. Estamos en paz.
—Eso lo decidiré yo.
—Qué sorpresa. El presidente de la fundación quiere tener la última palabra.
Kenan retiró la mano de debajo del bikini, pero no la soltó. Ajustó los brazos bajo sus muslos y empezó a desplazarse lentamente por el agua con Maia todavía enroscada alrededor de su cintura.
—¿Adónde me llevas?
—No lo sé.
—Eso sí que es nuevo.
—Estoy probando tu concepto del tiempo libre.
Maia sonrió y se acomodó contra él. Kenan avanzaba sin prisa, aprovechando el impulso de las piernas y el movimiento del agua, mientras ella permanecía sostenida con una facilidad que habría resultado más impresionante si no acabara de comprobar hasta qué punto podía hacerle perder el control.
—Creo que empiezas a entenderlo.
—No estoy seguro. Hasta ahora ha incluido amenazas a un empleado, un baño en agua helada y varias infracciones graves de las normas de conducta en espacios públicos.
—Pero no has mirado el teléfono.
—Has conseguido dejarlo a cincuenta metros.
—De nada.
Kenan soltó una risa y giró con ella en el agua. Maia se abrazó con más fuerza a sus hombros cuando el movimiento los hundió unos centímetros y una ola pequeña le alcanzó la barbilla.
—Eso ha sido a propósito.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
Maia intentó liberarse para salpicarlo, pero él cerró los brazos con mayor firmeza y la mantuvo contra su cuerpo. Ella volvió a intentarlo con menos convicción y terminó riéndose mientras Kenan se alejaba otro poco de la orilla.
—Vas en la dirección equivocada.
—No hemos decidido ninguna dirección.
—Mis pipas están allí.
—Hace unos minutos no parecían tan importantes.
—Ya han cumplido su función. Estás mucho más relajado.
Kenan negó con la cabeza y volvió a girar, más despacio esta vez.
El agua se desplazaba alrededor de ambos y Maia dejó caer la cabeza hacia atrás para mirar el cielo.
La luz empezaba a suavizarse sobre la bahía y las nubes conservaban reflejos cálidos en los bordes, aunque todavía faltaba bastante para que anocheciera.
Emprendió el regreso hacia la orilla con Maia todavía abrazada a él.
—Ya puedo caminar —señaló.
—Lo sé.
Él no hizo ningún intento por bajarla.
Maia tampoco insistió.