Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 22 #4
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CAPÍTULO 22 #4

La pequeña batalla que siguió acabó con cualquier posibilidad de que alguno de los dos conservara la dignidad. Maia intentó escapar nadando, Kenan la alcanzó antes de que recorriera unos metros y ambos terminaron salpicándose con una falta de consideración absoluta hacia el frío.

Cuando se detuvieron, Maia tenía la respiración acelerada y las mejillas doloridas de reír.

Kenan permanecía frente a ella con el agua a la altura del pecho. Se pasó una mano por el cabello para apartarlo de la frente y contempló alrededor, como si acabara de recordar que continuaban en una playa pública.

Nadie parecía prestarles atención.

Una niña construía una última muralla de arena antes de que sus padres terminaran de recoger. Los adolescentes seguían ocupados con un altavoz situado junto a sus mochilas y una pareja caminaba por la orilla sin mirar hacia el agua.

Maia se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Has puesto otra vez cara de director de fundación.

—Estaba comprobando si habíamos molestado a alguien.

—No saben quién eres.

—Eso no significa que podamos comportarnos como dos niños.

Maia pasó los brazos alrededor de su cuello.

—Demasiado tarde.

Kenan mantuvo las manos sobre su cintura. El agua los empujaba suavemente el uno contra el otro y el frío había dejado de resultar desagradable allí donde sus cuerpos se tocaban.

—No recuerdo la última vez que hice algo parecido —admitió.

—¿Bañarte?

—Divertirme sin pensar en nada más.

La respuesta eliminó la broma que Maia estaba a punto de pronunciar.

Los dedos que mantenía sobre la nuca de Kenan se internaron despacio en su cabello mojado. Lo acarició sin provocación ni prisa, y él permaneció inmóvil bajo su mano.

No preguntó cuánto tiempo llevaba viviendo de aquella manera.

—Entonces no pares ahora.

Kenan no apartó los ojos de ella. La ternura que encontró en su mirada pareció sorprenderlo más que la caricia. Maia dejó que la viera, libre de lástima y de preguntas.

Mantuvo los dedos en su nuca sin apresurar el momento. Fue Kenan quien terminó por romper aquella quietud: la presión de sus manos aumentó alrededor de su cintura y el espacio entre ambos desapareció bajo el agua. Su mirada descendió hacia la boca de Maia, pero no la besó.

Ella miró por encima de su hombro.

Desde allí podía ver la playa. Las pocas personas que quedaban continuaban ocupadas con sus propias cosas y, a aquella distancia, Kenan ocultaba casi por completo su cuerpo. Para cualquiera que volviera la cabeza no serían más que una pareja abrazada dentro del agua.

Maia volvió el rostro hacia él.

—Nadie está mirando.

—Eso dijiste antes de describirme un balcón.

—Y aun así no te negaste del todo.

—No he tenido ocasión de contestarte como quería.

—La tienes ahora.

Kenan deslizó una mano desde su cintura hasta la parte baja de la espalda. El movimiento fue lento, casi prudente, pero la acercó lo suficiente para que Maia comprendiera que la discusión sobre el balcón había dejado de ser una broma mucho antes de que bajaran del minibús.

—Aquí no puedo hacer todo lo que me pediste —dijo él.

—No recuerdo haberte pedido nada.

—Lo describiste con demasiado detalle para que fuera una pregunta inocente.

Maia sonrió.

—Quizá solo quería saber si te atreverías.

—¿Todavía tienes dudas?

Kenan inclinó la cabeza y esta vez sí la besó.

El primer contacto conservó algo del juego anterior, una presión breve que podría haber terminado casi en el mismo momento en que empezó. Maia no se lo permitió. Hundió los dedos en el cabello mojado de su nuca y giró el rostro para retenerlo.

La respuesta de Kenan llegó de inmediato.

La mano apoyada en su espalda ascendió mientras la otra se cerraba sobre su cadera y el beso perdió cualquier rastro de prudencia. El agua amortiguaba los sonidos de la playa y se movía alrededor de ellos con un vaivén suave que volvía innecesario distinguir quién estaba acercando a quién.

Maia se apretó contra él.

Kenan interrumpió el beso lo justo para respirar.

—Estás jugando con ventaja otra vez.

—No veo a Barış por ninguna parte.

—Ese no es el problema.

Maia desplazó una pierna entre las suyas bajo el agua. La reacción de Kenan fue mínima, una tensión repentina en los dedos que permanecían sobre su cadera, pero ella la sintió.

—Maia —advirtió él.

La advertencia carecía por completo de convicción.

—Todavía no he hecho nada.

Kenan la miró como si reconociera la devolución exacta de su respuesta anterior.

—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.

—Curioso, viniendo del hombre que ha empezado este juego metiéndome la mano bajo la camiseta en plena calle.

Una pequeña ola los empujó y Maia aprovechó el movimiento para rodear su cintura con una pierna. Kenan la sostuvo por el muslo antes de que perdiera el equilibrio. El gesto pudo ser instintivo, pero, cuando el agua volvió a estabilizarse, Maia no apartó la pierna y él tampoco retiró la mano.

Ninguno mencionó que ella ya no necesitaba ayuda para mantenerse en pie.

El pulgar de Kenan se movió una sola vez sobre la piel, justo bajo el borde del bikini.

La respiración de Maia cambió.

Kenan lo notó. Sus ojos descendieron hacia la boca de Maia antes de que volviera la cabeza hacia la orilla para comprobar la distancia que los separaba de los demás.

—Nadie nos presta atención —repitió Maia.

—Tú sí.

—¿Y qué tiene de malo?

—La forma en que lo haces.

Maia no necesitó preguntarle a qué se refería. La diversión no había desaparecido, pero debajo permanecía la misma ternura que lo había sorprendido unos instantes antes, ahora entrelazada con el deseo.

Apoyó la frente contra la suya.

—No sabía que hubiera una forma incorrecta de mirarte.

La mano de Kenan se tensó sobre su muslo.

Durante un instante, Maia creyó haber ido demasiado lejos. No por las palabras, sino por la suavidad involuntaria con que habían salido. Sin embargo, él no se apartó. Giró el rostro y depositó un beso junto a su mandíbula antes de descender lentamente hacia el cuello.

Maia cerró los ojos.

La boca de Kenan encontró la marca que había dejado la noche anterior. La rozó sin morder, apenas con los labios, como si pudiera reconocerla incluso bajo el sabor salado del agua. Después siguió hasta el hueco situado detrás de su oreja.

—Kenan.

—¿Sí?

Ella olvidó lo que pensaba decir cuando sus dedos se deslizaron desde el muslo hasta la parte posterior de su rodilla y la animaron a rodearlo por completo.

Maia pasó la otra pierna alrededor de su cintura.

Kenan la sostuvo con ambas manos mientras el agua cargaba con parte de su peso. El cuerpo de él quedó encajado entre sus muslos y la evidencia de cuánto lo había afectado todo el trayecto dejó de admitir disimulo.

Maia contuvo una sonrisa contra su cuello.

—Parece que las pipas han llegado demasiado tarde.

Kenan levantó la cabeza.

—No vuelvas a mencionar las pipas ahora.

—Solo intentaba ayudarte a relajarte.

—No está funcionando.

—Yo te noto bastante menos tenso.

La mirada que recibió habría debido advertirle que se detuviera.

En lugar de hacerlo, Maia movió apenas las caderas bajo el agua.

Kenan cerró los ojos.

— Cariyem .

La palabra sonó contra sus labios como una amenaza que no podía cumplir por completo allí, a pocos metros de la orilla.

Maia sonrió.

—¿Sí?

Esta vez fue Kenan quien la besó de nuevo.

La sostuvo con más firmeza por la cintura y empezó a avanzar hacia una zona más profunda sin separar la boca de la suya. Maia afianzó los brazos alrededor de su cuello mientras el agua subía alrededor de ambos y volvía más lentos los pasos de él.

—¿Adónde vamos? —preguntó contra sus labios.

—Tú has dicho que nadie estaba mirando.

—No lo está.

—Prefiero asegurarme.

Kenan avanzó unos metros más, con pasos lentos bajo el agua.

Cuando se detuvo, esta le llegaba casi hasta el cuello y la distancia convertía a las personas de la playa en figuras dispersas sobre la arena.

Desde allí nadie podía distinguir sus manos ni saber cuánto espacio existía realmente entre sus cuerpos.

—Esto no parece propio de un hombre prudente.

Kenan la sostuvo por debajo de los muslos.

—La prudencia consiste en reducir los riesgos.

—Claro. Por eso nos hemos alejado de la orilla.

—Exactamente.

—No porque quieras tenerme así.

Antes de responder, Kenan esperó a que una ondulación los elevara y volviera a asentarlos en el mismo lugar. Mantuvo una mano bajo el muslo de Maia mientras la otra ascendía lentamente por su espalda.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

La sinceridad hizo que Maia sonriera.