CAPÍTULO 22 #3
Kenan tomó las botellas de la cesta y las sostuvo mientras ella escogía unas cerezas, un paquete de galletas saladas y dos pequeños bocadillos refrigerados.
—No tengo alergias —dijo.
—Información valiosa. La añadiré a tu expediente.
—¿Tienes un expediente sobre mí?
Maia lo miró por encima del hombro.
—Varias páginas. La sección de incidencias ha crecido mucho desde anoche.
Kenan sostuvo su mirada, pero ella se volvió antes de que pudiera responder. En el extremo de uno de los estantes encontró varias bolsas de frutos secos y cogió un paquete de pipas.
—Esto es imprescindible.
—¿Por qué?
Maia dejó el paquete en la cesta.
—Porque sé que los turcos no sois capaces de relajaros si no tenéis pipas.
Kenan la contempló como si intentara decidir por cuál de las muchas objeciones posibles debía empezar.
—Eso no tiene ningún sentido.
—He vivido un año en Turquía. Poseo información contrastada.
—¿Sobre nuestra dependencia colectiva de las semillas de girasol?
—Exactamente. Podéis pasar horas arreglando el mundo siempre que tengáis una bolsa delante. Sin ella os volvéis inquietos y empezáis a fundar empresas, organizar instituciones o conquistar territorios.
Kenan se rio antes de conseguir contenerse. Bajó la cabeza con el pretexto de devolver las botellas a la cesta, pero la sonrisa continuó visible cuando volvió a mirarla.
—Esa es una interpretación bastante discutible de la historia de Turquía.
—Tengo otras.
—No me cabe ninguna duda.
—También una teoría sobre la relación entre el té y vuestra incapacidad para terminar una visita.
—Deberías tener cuidado. Cada vez estás ofendiendo a más millones de personas.
—Solo hay uno cerca y acaba de reírse.
Kenan levantó los ojos hacia ella.
El brillo continuaba allí, más cálido que durante el desayuno y desprovisto de la cautela con que acostumbraba a vigilar cuanto ocurría a su alrededor.
Parecía descolocado, aunque no de una forma incómoda.
Maia tenía la impresión de haberlo sacado de un papel que conocía demasiado bien y colocado en un lugar para el que nadie le había entregado instrucciones.
Le gustaba verlo así.
Kenan Gökalp sabía dirigir una fundación, enfrentarse a periodistas y conseguir que una sala entera le prestara atención.
Lo que no parecía saber era qué hacer con una mujer que lo llevaba de la mano hacia la playa, compraba pipas para garantizar su capacidad de relajarse y no esperaba de él ninguna decisión más importante que escoger entre cerezas y galletas.
Maia se dirigió hacia la caja.
—Pago yo —dijo Kenan.
—¿Por qué?
—Porque tú has elegido todo.
—Esa lógica parece incompleta.
—No pienso discutir por una bolsa de pipas.
—Perfecto. Entonces pago yo.
Kenan sacó la cartera.
Maia fue más rápida y acercó la tarjeta al lector antes de que él pudiera impedirlo.
—Esto empieza a convertirse en una costumbre muy irritante —dijo.
—Estás de vacaciones. Tienes que aprender a permitir que otros se ocupen de ti.
La frase produjo una pausa apenas perceptible.
Maia recogió la bolsa sin detenerse a examinarla y salió de la tienda. El sol descendía hacia los edificios situados al otro lado de la bahía y la luz empezaba a adquirir una calidez dorada que se extendía sobre el paseo.
Kenan salió detrás de ella.
Maia le entregó la bolsa de la compra.
—Ahora puedes llevar esto.
—Qué generosa.
—No quiero que te sientas inútil.
Él negó con la cabeza, pero la calidez no desapareció de su expresión.
Maia volvió a tomarlo de la mano.
Esta vez Kenan no se quedó inmóvil ni necesitó decidir qué hacer. Entrelazó los dedos con los suyos en cuanto ella lo tocó y continuaron hacia Ondarreta mientras Maia retomaba la historia sobre Elvira exactamente en el punto donde la había dejado.
Hablaba más de lo habitual y lo sabía. Las ideas se le enlazaban unas con otras sin que sintiera la necesidad de vigilar cuánto revelaba ni de refugiarse detrás de la intérprete eficiente que los había acompañado durante toda la semana.
Podía bromear, contradecirlo, cambiar de tema y volver atrás cuando recordaba algo que quería contarle.
Kenan la escuchaba sin apresurarla y empezaba a responder con una facilidad que no había mostrado delante de los demás.
La playa apareció al final del paseo, más tranquila que La Concha y protegida por la forma de la bahía. A aquella hora quedaban familias recogiendo sus cosas, algunas parejas junto a la orilla y pequeños grupos instalados cerca del agua, pero había espacio de sobra para encontrar un lugar apartado.
Nadie de la delegación iría hasta allí teniendo La Concha junto al hotel.
Nadie los conocía.
Maia caminaba de la mano de Kenan, con el mar extendido frente a ellos y varias horas sin horarios, traducciones ni personas esperando algo de cualquiera de los dos.
No necesitaba pedir nada más.
Descendieron por una de las rampas de acceso y cruzaron la zona de arena seca.
El calor acumulado durante la tarde empezaba a desaparecer y el viento llegaba con menos fuerza que en Zarautz.
El agua se extendía tranquila dentro de la bahía, recorrida por pequeñas ondulaciones que reflejaban la luz del cielo.
Maia eligió un lugar próximo al muro, lo bastante apartado de las familias que todavía permanecían en la playa y de un grupo de adolescentes instalado cerca de la orilla. Dejó el bolso sobre la arena y extendió la toalla que había utilizado aquella mañana.
Kenan depositó la bolsa de la compra junto a ella.
—Está húmeda.
—Es una toalla. Se recuperará.
—Podríamos haber subido a coger otra.
Maia se quitó la chaqueta.
—Eso habría supuesto entrar en el hotel.
—Sí.
—Subir en el ascensor.
—Probablemente.
—Y llegar hasta mi habitación.
Kenan observó cómo doblaba la prenda y la dejaba sobre el bolso.
—No veo el problema.
—Precisamente.
La camiseta siguió a la chaqueta.
Maia la sacó por encima de la cabeza y sintió la mirada de Kenan antes de volver a verlo.
Ya la había contemplado en bikini aquella mañana, pero las circunstancias eran distintas.
No había nueve personas alrededor, Barış no podía aparecer a su espalda y Demir se encontraba lo bastante lejos para que ninguna marca despertara de nuevo su curiosidad.
La mirada de Kenan descendió hacia la clavícula que la tela acababa de dejar al descubierto.
La huella seguía allí.
—¿Vienes? —preguntó Maia.
Él levantó los ojos con lentitud.
—Has elegido no entrar en el hotel porque creías que no conseguiríamos salir de tu habitación.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
Maia se descalzó y desabrochó los vaqueros.
—También quería bañarme.
Kenan siguió el movimiento de sus manos hasta que ella dejó la prenda doblada sobre la camiseta. El bikini se había secado durante la tarde y la tela conservaba todavía algunos restos de sal de la playa de Zarautz.
—Empiezo a creer que el baño es una excusa —dijo.
—Puedes quedarte aquí vigilando las pipas si no te fías.
Maia echó a andar hacia el agua sin esperar una respuesta. La arena se volvió más fría y compacta al acercarse a la orilla. Una pequeña ola le cubrió los pies y el contacto bastó para recordarle que el Cantábrico no había ganado temperatura desde aquella mañana.
Oyó pasos detrás.
—Podrías haberme avisado de que sigue estando helada —dijo Kenan.
Maia volvió la cabeza. Kenan había dejado el resto de la ropa junto a sus cosas y caminaba hacia ella. La marca de su cadera permanecía escondida bajo el bañador, aunque Maia no necesitaba verla para recordar que seguía allí.
—Te has bañado hace unas horas.
—Confiaba en que tu mar hubiera mejorado.
—El Cantábrico no negocia.
—Ahora entiendo por qué te gusta.
Maia le lanzó agua con el pie.
Kenan se detuvo cuando las gotas le alcanzaron las piernas.
—No hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque sabes cómo termina.
—No estamos en mi habitación.
—Ese razonamiento no te ha detenido en todo el día.
Maia retrocedió otro paso, sonriendo, y volvió a levantar el pie. Esta vez Kenan anticipó el movimiento y la sujetó por la cintura antes de que pudiera salpicarlo.
El contacto llegó acompañado por el frío de sus manos sobre la piel calentada por el sol. Maia soltó una risa y trató de apartarse, pero Kenan la levantó apenas de la arena y siguió avanzando hacia el agua.
—Ni se te ocurra.
—Querías bañarte.
—Puedo entrar sola.
—Estás tardando demasiado.
El agua le alcanzó las rodillas.
Maia se aferró a sus hombros cuando comprendió que él no pensaba detenerse.
—Kenan.
—¿Sí?
—Como me tires, vas a arrepentirte.
—Llevas toda la tarde provocándome. Tendrás que aceptar alguna consecuencia.
Entró hasta que el agua le cubrió por encima de la cintura. Maia sintió el frío alcanzar las piernas y apretó los brazos alrededor de su cuello.
—Última oportunidad.
Kenan la miró.
Durante un segundo, Maia creyó que iba a soltarla.
En lugar de hacerlo, flexionó las rodillas y se hundió con ella.
El agua se cerró sobre sus cabezas. Maia perdió el contacto con la arena y emergió unos instantes después, todavía agarrada a Kenan y con el cabello pegado a la cara. El frío le arrancó una exclamación que quedó ahogada por la risa.
—Te odio.
—No lo parece.
Maia se apartó el cabello de los ojos y descubrió que Kenan estaba sonriendo.
No era uno de aquellos amagos que apenas alteraban su boca ni una risa breve que parecía sorprenderlo antes de que pudiera contenerla.
La sonrisa le transformaba el rostro por completo y borraba los últimos restos del hombre que había descendido del minibús dispuesto a ajustar cuentas con ella.
Le apoyó ambas manos sobre los hombros.
—Estás muy satisfecho contigo mismo.
—Mucho.
—Eso también se te va a pasar.
Antes de que pudiera protegerse, Maia se impulsó y utilizó todo su peso para hundirlo. Kenan desapareció bajo el agua, aunque el triunfo duró poco: no había soltado su cintura y tiró de ella consigo.
Volvieron a emerger casi juntos.