Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 22 #2
73%

CAPÍTULO 22 #2

Kenan no se apartó. El silencio se prolongó lo suficiente para que la seguridad de Maia empezara a resquebrajarse, pero una pareja dobló la esquina y la acera dejó de pertenecerles.

Él retrocedió lo necesario para permitirles pasar.

—Todavía estamos demasiado cerca del hotel.

Maia reanudó la marcha.

—Qué prudente te has vuelto de repente.

—Hace menos de cinco minutos había nueve personas alrededor.

—Ahora hay dos desconocidos que no tienen ningún interés en nosotros.

Kenan caminó a su lado. La calle descendía suavemente hacia la bahía y, a medida que se alejaban del hotel, el aire se volvía más fresco. Los últimos restos de calor permanecían adheridos a las fachadas, pero el viento traía olor a sal y el rumor del tráfico empezaba a mezclarse con el del mar.

—También podrían aparecer Ece y Emine —señaló él.

—Van a La Concha. Murat quiere regresar a la Parte Vieja y Demir no caminaría veinte minutos para bañarse, aunque le prometieran que el Cantábrico está a treinta grados.

—Eso significa que has elegido Ondarreta porque esperas que estemos solos.

—Significa que conozco a mi delegación.

—Mi delegación.

Maia volvió la cabeza hacia él.

—Llevo una semana alimentándolos, contándolos y evitando que se pierdan. A estas alturas he adquirido ciertos derechos.

—Has conseguido que diez adultos funcionales parezcan incapaces de cruzar una calle sin tu ayuda.

—Porque todavía no has visto lo que ocurre cuando dejo de vigilarlos.

Kenan pareció considerar la posibilidad.

—Demir intentaría reorganizar el programa.

—Barış lo animaría únicamente para molestarte, Ece y Emine desaparecerían dentro de la primera tienda y Murat se detendría a hablar con cualquier persona que mostrara interés por Turquía.

—¿Y yo?

La pregunta hizo que Maia lo estudiara mientras continuaban caminando.

Sin la chaqueta y la corbata con que lo había conocido en Vitoria, Kenan parecía menos inaccesible, pero seguía moviéndose con la contención de quien llevaba demasiado tiempo sabiendo que cualquier gesto podía ser observado.

Incluso allí, donde nadie volvía la cabeza al verlo pasar, conservaba algo de aquella vigilancia en la postura.

—Tú fingirías que todo está bajo control —respondió— mientras esperas que Barış resuelva el desastre.

—Tengo una confianza absoluta en su capacidad profesional.

—Acabas de calcular su finiquito.

—Y, aun así, continúa trabajando conmigo. Eso debería darte una idea de cuánto lo valoro.

Maia se rio. La respuesta había llegado con la seriedad impecable que Kenan utilizaba para hablar de la fundación, aunque al final la boca lo traicionó con un amago de sonrisa.

No pudo resistirse a empujarlo un poco más.

—¿Alguna vez te relajas?

—Estoy relajado.

—Claro.

—¿Qué significa eso?

Maia lo observó mientras caminaban.

—Que llevas casi diez minutos sin organizar nada, dar instrucciones ni comprobar la hora y ya crees que estás de vacaciones.

—Hace menos de diez minutos te he dicho que subieras a tu habitación.

—No me lo has dicho. Me has dado una orden.

Kenan suspiró y miró hacia la bahía.

—Ya ves de qué me ha servido. Está bastante claro quién toma las decisiones cuando estamos juntos.

La sonrisa de Maia se hizo enorme.

—Qué curioso. Anoche no parecías tener ningún problema con eso.

Kenan volvió despacio la cabeza hacia ella.

—Anoche no estabas disfrutando tanto de llevarme la contraria.

—No necesitaba hacerlo. Estabas exactamente donde yo quería.

Kenan dejó escapar una risa breve, casi sorprendida, antes de negar con la cabeza.

Alcanzaron el paseo de La Concha y continuaron hacia el oeste.

La bahía se abría a su derecha bajo una luz todavía clara, con la isla recortada frente a ellos y las embarcaciones balanceándose más allá de la zona de baño.

Había corredores, familias que regresaban de la playa y parejas caminando sin prisa, pero nadie prestó atención al hombre que en Turquía difícilmente habría podido recorrer un lugar semejante sin ser reconocido.

Maia lo observó de reojo.

—¿Te gusta?

Kenan contempló la bahía antes de responder.

—Mucho.

—No me refiero a San Sebastián.

Él tardó un instante en comprender.

—¿A que nadie sepa quién soy?

—A poder caminar sin pensar en quién está mirando.

La respuesta no llegó de inmediato. Kenan se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de la camisa.

—Todavía pienso en quién está mirando.

—Eso debe de ser agotador.

—Te acostumbras.

—Acostumbrarse a algo no significa que deje de ser agotador.

Kenan volvió el rostro hacia ella. Durante unos segundos, el juego que había acompañado el comienzo del paseo desapareció de su forma de mirarla.

—No —admitió—. Supongo que no.

Maia no intentó profundizar.

Había formulado la pregunta porque quería conocer la respuesta, no porque pretendiera arrancarle una confidencia en mitad del paseo.

Unos metros por delante, un hombre intentaba hacer avanzar a un perro diminuto que se negaba obstinadamente a moverse.

—Mira. Alguien con menos autoridad que tú.

Kenan miró hacia ellos. El perro se había sentado sobre las patas traseras y su dueño intentaba convencerlo de continuar mediante una negociación que parecía haber fracasado antes de empezar.

—No veo la diferencia —dijo—. También me paso el día tratando con criaturas que ignoran mis instrucciones.

—Barış estaría encantado de saber que lo comparas con un chihuahua.

—No estaba pensando en Barış.

Maia le dio un pequeño golpe con el hombro.

La sonrisa de Kenan se abrió por completo.

Maia reconoció al hombre que había entrevisto en el Peine del Viento, aunque esta vez la transformación no duró solo un instante. Siguió caminando junto al mar con el cabello todavía revuelto por el baño de aquella mañana y una sonrisa cada vez menos infrecuente cuando estaba con ella.

A Maia le gustó haberla provocado.

Siguieron hablando mientras dejaban atrás la parte más concurrida del paseo.

La conversación saltó de Demir y su guerra personal contra los horarios a las diferencias entre las universidades turcas y españolas, y de allí a la extraña habilidad de algunas instituciones para convertir cualquier idea sencilla en un procedimiento de doce páginas.

Kenan tenía un humor más seco de lo que ella había supuesto al conocerlo, capaz de aparecer en mitad de una observación seria y obligarla a decidir si acababa de bromear o no.

Maia dejó de intentar decidirlo. Contestaba, lo provocaba y se reía cuando conseguía que abandonara durante unos segundos aquella reserva que parecía acompañarlo incluso cuando nadie sabía quién era.

Al llegar a un cruce, esperaron a que cambiara el semáforo. Maia continuaba explicándole una anécdota sobre Elvira y una comisión universitaria cuando tomó la mano de Kenan.

El gesto surgió sin cálculo. Entrelazó los dedos con los suyos y reanudó la marcha en cuanto la luz se volvió verde, sin interrumpir la historia.

Kenan cruzó a su lado, pero dejó de responder.

Maia terminó la frase antes de volver la cabeza.

—¿Qué ocurre?

Él miraba sus manos unidas.

No intentó soltarse. Tampoco movió los dedos durante los primeros pasos, como si aquel contacto sencillo lo hubiera sorprendido mucho más que todas las provocaciones que ella llevaba lanzándole desde Getaria.

—Nada —dijo finalmente.

Maia reconoció la respuesta.

—Perfecto, entonces.

Kenan le dirigió una mirada de advertencia, pero Maia ya estaba sonriendo. Cuando él redujo el paso, tiró suavemente de su mano para hacerlo continuar.

—Vamos. El Cantábrico no espera a nadie.

Kenan entrelazó por fin los dedos con los suyos.

Lo hizo despacio, afianzando el contacto como si necesitara tomar una decisión consciente para corresponder a un gesto que ella había realizado con absoluta naturalidad. Después continuó caminando a su lado sin decir nada durante varios metros.

Maia respetó el silencio el tiempo suficiente para comprender que no estaba incómodo. Kenan seguía sujetando su mano y, cuando tuvieron que apartarse para dejar pasar a un grupo que avanzaba en dirección contraria, estrechó los dedos entre los suyos en lugar de soltarlos.

Aquella pequeña insistencia resultó más reveladora que cualquier respuesta, y Maia retomó la conversación.

Le contó que Elvira consideraba Ondarreta la única playa razonable de San Sebastián porque La Concha recibía demasiada atención y la Zurriola estaba llena de personas capaces de mantenerse en pie sobre una tabla, algo que ella interpretaba como una provocación personal.

Kenan escuchaba con la vista al frente y hacía algún comentario cuando encontraba espacio entre una historia y la siguiente, aunque la ligereza que había aparecido en su expresión desde que ella le tomó la mano no desapareció.

Al pasar frente a una pequeña tienda de alimentación, Maia redujo el paso.

—Necesitamos provisiones.

—Vamos a estar en la playa, no a cruzar una frontera.

—Nunca se sabe. Puede entrarme hambre.

Entró sin soltarlo y Kenan tuvo que seguirla.

El establecimiento era estrecho y olía a pan, fruta madura y café recién molido.

Una nevera ocupaba una de las paredes y los estantes llegaban casi hasta el techo, cargados de productos entre los que apenas quedaba espacio para los carteles con los precios.

Solo había una mujer mayor detrás del mostrador y un hombre examinando botellas de vino al fondo.

Maia soltó por fin la mano de Kenan para coger una cesta.

El gesto habría resultado insignificante unos minutos antes, pero él bajó la vista hacia la mano que acababa de quedar libre antes de guardársela en el bolsillo de los vaqueros.

—Agua —dijo Maia—. Algo de fruta y cualquier cosa que no requiera cubiertos ni una mesa.

—Has comido hace pocas horas.

—No estoy diciendo que tenga hambre ahora.

—Entonces, ¿para qué compras comida?

Maia abrió la nevera y sacó dos botellas.

—Porque quiero sentarme en la arena sin tener que levantarme cuando la tenga. Esto es planificación razonable.

—Eso es exactamente lo que haces con la delegación.

—No. Si estuviera trabajando, habría preparado una lista, te habría preguntado por tus alergias y Barış ya estaría cargando con la bolsa.