Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El minibús se detuvo frente al hotel poco después de las siete.

Maia esperó a que se abriera la puerta antes de levantarse. Había pasado los últimos kilómetros mirando al frente con una serenidad que no se correspondía demasiado con la satisfacción que aún le producía recordar el último mensaje de Kenan.

No se había vuelto ni una sola vez.

Tampoco lo hizo mientras recogía el bolso y bajaba detrás de Ece. El aire de San Sebastián conservaba algo del calor de la tarde, aunque la cercanía del mar volvía más fresca la sombra entre los edificios.

Maia se apartó unos pasos para dejar libre la puerta y comprobó que Emine llevaba su bolsa antes de hacer el recuento por costumbre.

Uno, dos, tres.

Murat bajó hablando con Ece. Demir apareció detrás y se detuvo en la acera para esperar a los demás.

Barış fue el siguiente.

En cuanto pisó el suelo, dirigió la mirada hacia Maia.

La curiosidad apenas disimulada de su rostro consiguió que ella sospechara de inmediato que el regreso no había transcurrido con absoluta normalidad en las últimas filas. Barış la observó durante un par de segundos y después volvió la cabeza hacia la puerta del minibús.

Kenan apareció detrás de él.

Maia dejó de contar.

Había imaginado cómo la recibiría durante buena parte del trayecto y descubrió que se había quedado corta.

Kenan descendió los escalones con las gafas de sol en una mano y el rostro dominado por una seriedad absoluta.

No parecía enfadado en el sentido estricto de la palabra; había algo demasiado contenido en la forma en que localizó a Maia apenas puso un pie en la acera, como si llevara varios kilómetros esperando tenerla por fin delante.

Cuando sus ojos se encontraron, Maia le sostuvo la mirada, aunque sabía que no debería sonreír.

Había tenido tiempo de sobra para prepararse, componerse y recibirlo con la misma profesionalidad con que llevaba una semana organizando horarios, resolviendo problemas y contando miembros de la delegación.

Una comisura se le levantó.

Los ojos de Kenan se estrecharon.

Aquello fue peor.

Maia bajó la vista hacia el teléfono para ocultar el resto de la sonrisa.

—Ah —dijo Barış a su lado.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

Barış alternó la mirada entre ambos, aunque tuvo la prudencia de no preguntar nada. Había pasado el trayecto sentado junto a Kenan y debía de haber percibido suficientes silencios y cambios de humor para comprender que algo había ocurrido sin necesidad de conocer los detalles.

—Nada.

—Pues estupendo.

Maia decidió ignorarlo.

El conductor había abierto el maletero y varios miembros de la delegación se acercaron a recoger las pocas cosas que habían llevado durante la excursión. Maia comprobó por última vez que estaban todos antes de dirigirse hacia la entrada del hotel.

No había avanzado más de dos pasos cuando Kenan apareció a su lado.

No la tocó.

Ni siquiera volvió la cabeza hacia ella mientras caminaban.

—¿Has tenido buen viaje?

La voz era tan neutra que Maia tuvo que apretar los labios.

—Muy agradable.

—Me alegro.

—He aprovechado para entretenerme.

Kenan se detuvo.

Maia avanzó un paso más antes de volverse. El resto del grupo continuaba alrededor del minibús; Barış ayudaba a Emine con una bolsa, Demir hablaba con Murat y nadie parecía prestarles especial atención.

La distancia que durante el trayecto había protegido a Maia acababa de desaparecer.

Kenan se acercó lo suficiente para no tener que elevar la voz.

— Cariyem .

El tono resquebrajó bastante más de lo conveniente la seguridad de Maia.

—¿Sí?

—Sube a tu habitación.

Ella parpadeó.

—No.

Kenan debió de esperar cualquier respuesta menos aquella.

—¿No?

—Es demasiado temprano para encerrarme en el hotel. Voy a la playa.

La mirada de Kenan permaneció sobre ella unos segundos.

—¿A la playa?

—Quiero bañarme.

—Te has bañado esta mañana.

—Ya lo sé.

Maia se colocó el bolso sobre el hombro y miró hacia el final de la calle, donde la brisa procedente de la bahía apenas agitaba las hojas de los árboles.

—Pero tengo calor.

El silencio que siguió la obligó a hacer un esfuerzo considerable para no sonreír.

Cuando volvió hacia él, descubrió que Kenan la observaba.

—¿Ah, sí?

—Mucho.

Sus ojos descendieron despacio por ella antes de regresar a su rostro. Maia sintió que la temperatura que acababa de utilizar como excusa aumentaba de manera bastante poco conveniente.

Le sostuvo la mirada hasta que las voces de los demás rompieron la tensión que los había aislado en mitad de la acera.

La delegación empezaba a dispersarse: Ece y Emine hablaban de ducharse y bajar después a pasear por La Concha; Murat parecía decidido a volver a la Parte Vieja, mientras Demir escuchaba otra propuesta que ella no alcanzó a distinguir.

—¿Entonces tenemos libre el resto del día? —preguntó Ece.

—El único plan organizado para hoy era la excursión —respondió Maia—. A partir de ahora podéis hacer lo que queráis.

—¿Hasta mañana?

—Hasta mañana.

La noticia terminó de deshacer el grupo. Ece entró en el hotel con Emine todavía discutiendo si preferían descansar antes de salir; Murat se llevó consigo a un par de los demás mientras hablaban de la Parte Vieja, y Demir se despidió de Maia antes de seguirlos hacia el interior.

Ella los vio marcharse sin hacer el menor intento por sumarse a ninguno de los planes. Todos podían desenvolverse en inglés y, después de dos días en San Sebastián, tampoco necesitaban que los guiara por la ciudad. Durante las siguientes horas, ninguno de ellos sería responsabilidad suya.

La puerta del hotel se cerró tras los últimos rezagados y el ruido de las conversaciones quedó amortiguado al otro lado del cristal.

Al mirar alrededor, Maia comprobó que solo Barış y Kenan continuaban con ella en la acera.

—Yo voy a Ondarreta —dijo, volviéndose hacia la bahía—. Quiero darme otro baño.

Kenan, que había permanecido en silencio mientras los demás hacían planes, volvió la cabeza hacia ella.

Barış guardó el teléfono en el bolsillo.

—Buena idea. Voy contigo.

Maia lo miró.

Kenan también.

Barış sostuvo la mirada de su jefe con una expresión de absoluta inocencia que habría resultado más convincente si no llevara todo el día divirtiéndose a su costa.

Durante el trayecto de regreso había estado sentado junto a Kenan y acababa de encontrar una forma de prolongar el entretenimiento.

Kenan se volvió hacia él.

—No.

Barış levantó las cejas.

—¿No qué?

—Tú no vas a ninguna parte.

—Creía que acabábamos de establecer que tenemos libre el resto del día.

—Lo tienes.

Maia bajó la cabeza y fingió buscar algo dentro del bolso. Barış llevaba demasiados años trabajando con Kenan para sentirse impresionado por la mirada que estaba recibiendo y tampoco parecía dispuesto a renunciar tan pronto a aquella oportunidad.

—¿A qué hora quieres ir? —le preguntó a Maia.

—¿Prefieres el dinero del finiquito en un sobre o por transferencia?

Maia se mordió el interior de la mejilla.

Barış pareció considerar seriamente la pregunta.

—Transferencia. Siempre es mejor que quede constancia.

—Perfecto. Dame cinco minutos.

—¿Incluyes las vacaciones pendientes?

—Barış.

—Es importante saberlo antes de irme a la playa.

Maia perdió la batalla y soltó una risa.

Kenan volvió la cabeza hacia ella.

Error.

Continuaba muy serio, pero ahora Maia podía distinguir demasiado bien lo que había debajo de aquella aparente irritación.

Recordó el teléfono guardado en el bolso, el balcón que había descrito con una precisión que empezaba a parecerle bastante menos divertida ahora que Kenan estaba a pocos pasos y, sobre todo, su último mensaje.

Es un no hasta que pueda levantarme de este asiento.

Ya podía levantarse.

Barış siguió la dirección de la mirada de su jefe hasta Maia y la sonrisa terminó de abrirse en su rostro.

—Pensándolo mejor, quizá pueda dejar la playa para otro día.

—Decisión inteligente —dijo Kenan.

—Siempre he valorado mucho mi estabilidad laboral.

—No lo parece.

Barış echó a andar hacia el hotel.

—Hasta luego, Maia.

—Hasta luego.

—Barış.

Él se volvió desde la puerta.

Kenan señaló el interior con la cabeza.

—Desaparece.

—Ahora mismo, jefe.

La puerta se cerró tras él y Maia consiguió contenerse apenas un par de segundos antes de volver a reír.

Kenan no compartió su diversión.

—Me cae bien —dijo ella.

—Lo sé.

Maia lo observó, todavía riéndose. Kenan había recuperado parte de la calma desde que bajó del minibús, pero no por completo. Algo permanecía demasiado quieto en su postura, como si toda aquella serenidad dependiera de que ella no decidiera provocarlo una vez más.

La sensatez recomendaba no hacerlo.

—Bueno, bombón, ¿te vienes a la playa?

Kenan la contempló en silencio.

—¿Piensas bañarte de verdad?

—Eso suele hacerse en las playas.

—Contigo nunca estoy seguro.

La sonrisa de Maia se ensanchó. Ajustó la correa del bolso sobre el hombro y echó a andar hacia la bahía.

—Deberías decidir si el Cantábrico te da más miedo que yo.

Kenan la alcanzó sin dificultad.

—El Cantábrico no lleva toda la tarde intentando provocarme.

—No sabía que fuera tan fácil.

—No te confundas. Que hayas podido hacerlo mientras estaba atrapado en un asiento no significa que hayas ganado.

Kenan dejó de caminar.

Maia avanzó un paso antes de advertirlo y se volvió hacia él. La acera permanecía vacía durante unos metros; los demás ya habían desaparecido dentro del hotel y el rumor del tráfico llegaba amortiguado desde la avenida próxima.

Kenan acortó la distancia hasta situarse frente a ella. No llegó a tocarla, pero se acercó lo suficiente para obligarla a levantar un poco el rostro y convertir el escaso aire que los separaba en una forma distinta de contacto.

—Es más, no has ganado —dijo en voz baja—. Solo has conseguido que lleve todo el camino pensando en cómo hacerte perder a ti.

Maia sostuvo su mirada sin responder. Había esperado una amenaza, incluso había creído estar preparada para recibirla, pero no para aquella promesa pronunciada con absoluta calma.