CAPÍTULO 21 #4
Kenan habló junto a su oído, con voz muy baja.
—Te he visto salir del agua.
El pulgar volvió a moverse sobre su cintura.
—Y he pensado en lo fácil que habría sido acercarme si hubiéramos estado solos. En quitarte esa toalla antes de que pudieras envolverte en ella, en tenerte otra vez contra mí y no tener que fingir que no sabía exactamente cómo se sentía tu piel debajo de mis manos.
Maia tragó saliva.
La calle seguía igual. Una pareja pasó al otro lado sin prestarles atención; desde el interior de la tienda llegó la voz de Ece y, más abajo, una embarcación maniobraba en el puerto con el motor grave resonando entre los edificios.
Todo aquello hacía más absurda la intimidad de la mano escondida bajo su camiseta.
Maia volvió la cabeza.
Kenan estaba demasiado cerca para que pudiera verlo bien sin girarse, pero hacerlo significaría perder la protección que le proporcionaba estar de espaldas a él.
—¿Y qué más?
Esta vez el silencio duró algo más.
La mano de Kenan se deslizó apenas hacia delante, desde su cintura hasta apoyarse sobre su vientre, y la presión de su cuerpo aumentó lo justo para que Maia sintiera el cambio sin que, desde la acera, nadie pudiera advertirlo.
—No deberías hacer preguntas cuya respuesta ya conoces.
El calor que Maia había conseguido atribuir al sol dejó de admitir explicaciones meteorológicas.
—Cobarde.
Kenan acercó la boca a su oído sin llegar a tocarla.
—Prudente. Porque si empiezo a contarte todo lo que he pensado mientras te veía salir del agua, vas a tener que entrar en esa tienda y esperar un rato antes de que pueda volver con los demás.
Maia permaneció inmóvil.
Después guardó el teléfono en el bolso con bastante más cuidado del necesario.
—Eso ha sonado a amenaza.
—Era una advertencia.
Una voz sonó dentro de la tienda y Maia vio a Emine acercarse hacia la puerta con una bolsa pequeña.
Kenan retiró la mano de inmediato.
El aire ocupó su lugar bajo la camiseta y la ausencia del contacto resultó tan perceptible que Maia tuvo que resistir el impulso absurdo de retroceder para recuperarlo.
Él cruzó los pocos metros que separaban la tienda del muro de piedra y apoyó los antebrazos sobre él, inclinado hacia el puerto y convenientemente de espaldas a la calle.
Maia comprendió la maniobra justo cuando Emine salió de la tienda.
—Mira lo que he encontrado.
Aceptó lo que le mostraba y consiguió atender a su explicación mientras Emine le enseñaba el pequeño recuerdo. Ece apareció poco después y Maia levantó la vista un instante hacia el otro lado de la calle.
Kenan continuaba apoyado sobre el muro, contemplando las embarcaciones con un interés que el puerto difícilmente podía haber despertado de forma tan repentina. No parecía tener ninguna prisa por reunirse con ellas.
Maia volvió a concentrarse en Emine antes de que se le escapara la sonrisa.
Había sido él quien se había acercado, quien había decidido provocarla y quien había alimentado su propia imaginación hasta llegar a aquel punto. Ahora podía quedarse un rato admirando las vistas.
El regreso desde Getaria comenzó poco después de las seis.
Maia ocupó de nuevo el asiento detrás del conductor y dejó el bolso junto a sus pies. Desde allí podía mirar hacia delante sin que nadie reparase demasiado en ella y, lo que resultaba bastante más útil, nadie sentado detrás podía verle la expresión.
Había comprobado la distribución antes de sentarse.
Kenan estaba varias filas más atrás, junto a Barış. Demir ocupaba el asiento al otro lado del pasillo.
Perfecto.
Durante los primeros minutos escuchó las conversaciones dispersas del grupo mientras contemplaba la carretera.
Había conseguido recuperar una temperatura corporal razonable después del baño, la marca de la clavícula volvía a estar escondida bajo la camiseta y el episodio de Demir empezaba a quedar lo bastante atrás como para resultarle divertido.
Lo que no había desaparecido era el recuerdo de una mano entrando bajo aquella misma camiseta en Getaria.
Maia sacó el teléfono.
Kenan había tenido una ventaja injusta.
La había sorprendido mientras escribía a Elvira, había podido tocarla sin previo aviso y después se había dedicado a explicarle al oído todo lo que le había provocado verla en la playa.
Para cuando decidió retirarse, ella se había quedado intentando mantener una conversación normal mientras él resolvía las consecuencias de su propia provocación convenientemente oculto tras un muro.
No le pareció equilibrado.
Abrió WhatsApp.
Maia: He estado pensando en lo que me has dicho antes.
La respuesta llegó poco después.
Kenan: Eso rara vez termina bien para mí.
Maia sonrió.
Maia: Esta vez probablemente tampoco.
Kenan: Maia.
Ni siquiera había empezado y ya estaba advertida.
Mejor.
Maia: Yo estaba tranquilamente respondiendo un mensaje hasta que alguien decidió meterme la mano debajo de la camiseta.
Kenan: No parecías querer que la sacara.
Maia recordó el contacto y tuvo que cambiar ligeramente de postura.
Maldito hombre.
Kenan podía devolverle cada provocación desde la seguridad de una pantalla. Necesitaba dejar de discutir con él y cambiar de estrategia.
La respuesta se le ocurrió antes de que pudiera plantearse si era buena idea enviarla.
Maia: No quiero que saques nada de ninguna parte.
Pulsó enviar.
Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.
Maia tuvo que morderse el labio.
Kenan: ¿Estás segura de que quieres seguir por ahí?
La pregunta habría resultado bastante más eficaz si Maia no conociera la ventaja que le proporcionaban aquellas filas de distancia.
Maia: Completamente.
Pasaron unos segundos.
Kenan: Ten cuidado, cariyem .
Ah.
Aquello pretendía ser una advertencia.
Lástima que produjera exactamente el efecto contrario.
Maia: Te quedaba muy bien el bañador.
La respuesta tardó algo más.
Kenan: Gracias.
Demasiado prudente.
Maia: Aunque tengo que reconocer que te prefiero sin él.
Maia apoyó la cabeza contra el respaldo, satisfecha.
Kenan: ¿Qué estás haciendo?
Maia: Dándote mi opinión.
Esta vez no hubo respuesta.
Ella dejó pasar unos segundos antes de continuar.
Maia: Y antes tampoco terminaste de contarme lo que habrías hecho si hubiéramos estado solos.
Nada.
La carretera descendía entre zonas de vegetación y el mar aparecía y desaparecía detrás de las curvas. Maia esperó mientras las conversaciones continuaban varias filas más atrás, hasta que el teléfono vibró.
Kenan: Tengo a Barış sentado a mi lado y a Demir al otro lado del pasillo.
Maia tuvo que contener una carcajada.
Maia: Lo sé.
Kenan: Claro que lo sabes.
Maia: También sé que no puedes moverte de ahí.
Pasaron varios segundos.
Kenan: Maia.
Solo su nombre.
La advertencia contenida en su nombre consiguió que la sonrisa se extendiera un poco más.
Maia: ¿Sí, sultán?
Kenan: Déjalo.
La orden consiguió exactamente lo contrario de lo que pretendía.
Maia: En Getaria tú podías tocarme y yo no podía hacer nada porque cualquiera podía salir de la tienda.
Esperó a que empezara a escribir antes de continuar.
Maia: Ahora tú estás sentado entre Barış y Demir.
Maia sonrió.
Maia: Me parece bastante justo.
Esta vez pasaron casi dos minutos.
Cuando el teléfono vibró, Maia ya sabía que había ganado algo.
Kenan: Estás disfrutando demasiado de esto.
Maia: Muchísimo.
Kenan tardó bastante en responder.
Kenan: Esta noche también estaremos en el mismo hotel.
Maia contempló el mensaje durante unos segundos.
El muy desgraciado.
Hasta ese momento había disfrutado de una ventaja considerable: Kenan estaba atrapado varias filas más atrás y no podía hacer nada con cada imagen que ella decidiera meterle en la cabeza. Acababa de recordarle que aquella ventaja tenía fecha de caducidad.
Podía detenerse ahí y aceptar un empate bastante digno.
Pero había empezado aquella conversación con un objetivo.
Maia: Una última pregunta.
Kenan: No.
Maia se rio en silencio.
Maia: Todavía no la he hecho.
Kenan: Precisamente.
Podía detenerse.
No quiso.
Apoyó los pulgares sobre el teclado y escribió despacio, disfrutando de antemano de la absoluta imposibilidad de Kenan para reaccionar sin delatarse.
Maia: ¿Te atreverías a salir conmigo al balcón esta noche si te dijera que llevo todo el camino imaginándote detrás de mí, con la puerta abierta a nuestra espalda y las luces apagadas?
Porque yo estaba pensando que podrías acercarte igual que has hecho esta tarde, meter otra vez la mano bajo mi ropa y comprobar cuánto tiempo soy capaz de quedarme callada.
Maia leyó el mensaje una sola vez antes de enviarlo y dejó el teléfono sobre el muslo.
No necesitaba volverse para calcular el efecto. Después de lo ocurrido junto al muro de Getaria, podía imaginar con bastante precisión el problema que acababa de crearle.
Pasó casi un minuto antes de que el teléfono vibrara.
Kenan: No vuelvas a escribirme.
Maia tuvo que cubrirse la boca con los dedos.
Esperó unos segundos.
Maia: ¿Eso es un no al balcón?
Esta vez la respuesta llegó inmediatamente.
Kenan: Es un no hasta que pueda levantarme de este asiento.
Maia bloqueó el teléfono.
Guardó el móvil en el bolso y acomodó la cabeza contra el respaldo, contemplando la carretera con una satisfacción difícil de disimular. No volvió a escribirle ni sintió la menor necesidad de girarse.
Sabía perfectamente lo que acababa de hacer.