CAPÍTULO 21 #3
La compostura que había recuperado después del desayuno empezó a descomponerse. Barış apretó los labios y volvió la cabeza hacia el mar, pero no con suficiente rapidez para ocultar la sonrisa.
Maia cerró la boca.
Avisar a Kenan ya no serviría para nada. Solo confirmaría algo que Barış ya sabía desde que había oído a Kenan abandonar la habitación en mitad de la noche y regresar varias horas después.
Lo fulminó con la mirada.
Barış respondió levantando ambas manos, como si quisiera dejar constancia de que no había pronunciado una sola palabra.
Kenan seguía sin enterarse.
Terminó de secarse el pelo y dejó caer la toalla alrededor del cuello. La cinturilla permaneció unos centímetros más baja de lo habitual y la marca siguió a la vista mientras buscaba las gafas de sol entre sus cosas.
Maia se envolvió mejor en la toalla e intentó atraer su atención. Buscó sus ojos y llegó a desplazarse ligeramente para entrar en su campo de visión, pero Kenan continuó inclinado sobre la ropa, ajeno a la insistencia con que ella lo miraba.
Barış observaba el intento con una diversión cada vez menos disimulada.
Él encontró por fin las gafas y se las puso sin mirar en su dirección.
Con Ece y Emine acercándose desde la orilla, Maia abandonó el intento y fingió concentrarse en secarse las piernas. Si Kenan no se había dado cuenta hasta entonces, ella no iba a llamar su atención sobre el asunto delante de Barış.
—Espero que haya merecido la pena.
La voz de Demir la hizo levantar la cabeza.
El profesor se acercaba desde el paseo, donde había permanecido durante el baño, y se detuvo junto al montón de ropa que el grupo había dejado sobre la arena. Dijo algo a Ece y después se volvió hacia Kenan.
Su mirada descendió.
Maia vio el momento exacto en que reparó en la marca.
Demir no reaccionó de inmediato. Observó la marca apenas un instante antes de levantar los ojos hacia su sobrino, pero algo debió de encajar entonces porque su atención se desplazó hacia Maia.
Ella reconoció demasiado tarde aquella expresión.
Había visto una muy parecida en Vitoria, después de que Demir los sorprendiera junto al ascensor y ella dedicara todo el trayecto hasta el vestíbulo a explicarle, sin que él se lo hubiera pedido, que Kenan y ella solo habían hablado y que no había ocurrido nada.
Maia negó muy despacio con la cabeza.
Ni se le ocurriera.
Demir arqueó una ceja.
Kenan siguió la dirección de la mirada de su tío y bajó por fin los ojos hacia su propia cadera. La comprensión fue inmediata y se ajustó la cinturilla del bañador.
—Ni una palabra.
Demir volvió hacia Maia y se acercó lo suficiente para que solo ellos pudieran oírlo.
—¿Sigue sin haber ocurrido nada?
El calor le subió a ella desde el cuello hasta las mejillas con una velocidad que volvió inútil cualquier intento de fingir incomprensión.
Kenan cerró los ojos.
—Demir hoca .
Demir se quitó la chaqueta y se la pasó por el brazo.
—Solo quería asegurarme.
La mirada que recibió de su sobrino habría conseguido silenciar a cualquiera que tuviera un mínimo interés en conservar una relación cordial con él. Demir llevaba casi cuarenta años conviviendo con versiones de aquella mirada y se limitó a ponerse las gafas de sol.
Maia oyó un sonido extraño a su derecha.
Barış estaba tosiendo.
O eso pretendía.
Se había vuelto de espaldas y tenía una mano sobre la boca, pero los hombros lo traicionaban de una manera bastante más evidente que la marca había traicionado a Kenan.
—¿Estás bien? —preguntó Emine desde unos metros más allá.
Barış levantó el pulgar sin volverse.
Maia decidió que no quería saber cuánto tiempo necesitaría para recuperarse.
Se concentró en el pelo mojado, apretándolo dentro de la toalla mientras los demás empezaban a vestirse.
La conversación se desplazó hacia Getaria con sorprendente facilidad y, para alivio de Maia, nadie más pareció haber concedido especial importancia a lo ocurrido.
La marca había quedado nuevamente escondida bajo el bañador de Kenan y Demir ya se alejaba por la arena como si no acabara de cobrarse una deuda pendiente desde Vitoria.
Barış recuperó finalmente el dominio de sí mismo.
Maia evitó mirarlo.
Él tuvo la sensatez de no acercarse hasta que Kenan se hubo apartado unos metros para hablar con Murat. Entonces pasó junto a ella camino de sus cosas y, al cruzarse, llamó su atención con un gesto mínimo.
Maia lo miró con desconfianza y Barış se tocó discretamente la clavícula. Al verla fruncir el ceño, repitió el gesto y señaló después hacia ella con la barbilla.
Siguió la indicación y comprendió que, al secarse el cabello, lo había apartado del hombro. La marca que Kenan había dejado junto a su clavícula destacaba ahora sobre la piel húmeda con una nitidez imposible de disimular.
Cerró los ojos un instante.
El Cantábrico acababa de dejar al descubierto la única prueba que ella había conseguido ocultar aquella mañana.
Cuando volvió a abrirlos, Barış ya no sonreía.
Se limitó a hacer un pequeño gesto hacia la toalla que Maia sostenía entre las manos y continuó andando, concediéndole la discreción que las circunstancias habían negado a Kenan.
Maia se la colocó inmediatamente alrededor de los hombros y cruzó uno de los extremos sobre el pecho.
Al levantar la cabeza encontró a Kenan mirándola desde unos metros más allá. Su mirada descendió hacia la toalla que acababa de cruzar sobre el pecho y se detuvo exactamente en el lugar que Maia había cubierto antes de regresar despacio a su rostro.
No necesitaba ver la marca para saber qué escondía. La había dejado él y, por la quietud repentina con que la observaba, Maia sospechó que el recuerdo de cómo lo había hecho acababa de imponerse sobre todo lo que ocurría a su alrededor.
Durante unos segundos, Kenan no apartó la vista de ella.
Maia sintió que el frío que todavía le erizaba la piel después del baño dejaba de importarle. Apretó un poco más la toalla contra el cuerpo, no tanto para cubrirse como para recordarse que estaban en mitad de una playa y rodeados de gente.
Volvió a mirar una última vez el borde de la tela.
Maia arqueó una ceja en advertencia antes de darle la espalda y agacharse para recoger su ropa.
Abandonaron Zarautz cerca del mediodía y siguieron la costa hacia Getaria. Para entonces las nubes se habían retirado casi por completo y el sol empezaba a calentar con una intensidad que hacía difícil reconocer la mañana gris con que había comenzado el día.
Cuando llegaron, se acercaba la hora de comer. Después de detenerse en uno de los restaurantes próximos al puerto, dedicaron el resto de la tarde a recorrer el pueblo sin ningún programa concreto.
Getaria parecía comprimirse entre el mar y la montaña.
Las casas se apretaban alrededor de calles estrechas que descendían hacia el puerto, con balcones asomados sobre fachadas de piedra y rincones donde la sombra conservaba todavía algo del frescor de la mañana.
A medida que se acercaban al agua, el olor de las cocinas dejaba paso al salitre y al pescado, mezclado con el gasóleo de las embarcaciones que entraban y salían del puerto.
Maia dejó que caminaran a su aire.
Habían terminado las jornadas, no existía ningún horario que cumplir hasta el regreso a San Sebastián y, después de casi una semana contando personas y anticipándose a sus necesidades, agradecía no tener que conducirlos hacia ninguna parte.
Respondía cuando alguien le preguntaba algo, explicaba lo que conocía y el resto del tiempo se limitaba a acompañarlos.
En una de las calles próximas al puerto, Ece se detuvo ante una tienda de recuerdos. Emine entró detrás de ella y Murat acabó siguiéndolas después de descubrir algo en el escaparate que quiso ver de cerca. Barış dudó unos segundos antes de entrar también.
Maia se quedó fuera.
Desde la puerta llegaban fragmentos de conversación en inglés y la dependienta parecía entenderlos sin dificultad. Por una vez, nadie necesitaba que mediara entre dos idiomas.
Sacó el teléfono al notar una vibración.
Elvira le había escrito.
Elvira: ¿Siguen todos vivos?
Maia sonrió mientras respondía.
Maia: Los diez. Incluso Demir. Estamos en Getaria y, de momento, no he perdido a ninguno.
Estaba escribiendo una segunda frase cuando una mano se deslizó bajo la camiseta y se posó sobre la piel desnuda de su espalda, justo por encima de la cintura.
El sobresalto le hizo perder el teléfono entre los dedos y consiguió atraparlo contra el abdomen antes de que cayera al suelo.
—¿Qué haces? —susurró.
Kenan estaba detrás de ella.
No supo en qué momento se había acercado. La palma permaneció inmóvil, caliente sobre la piel que él llevaba toda la mañana obligándose a no tocar.
—Nadie nos mira.
Maia volvió la cabeza lo suficiente para verlo por encima del hombro.
—Eso no convierte la calle en nuestra habitación.
—Ya me he dado cuenta.
La mano no se retiró.
Sus dedos se desplazaron apenas sobre la cintura, sin avanzar hacia ningún lugar comprometido, y aun así el contacto directo después de toda una mañana evitando tocarse tuvo un efecto desproporcionado.
—Kenan.
—Llevo horas comportándome bien.
—Qué sacrificio.
—No tienes ni idea.
La voz había bajado hasta quedar casi perdida bajo los sonidos que llegaban del puerto. Maia miró hacia el interior de la tienda. Ece estaba enseñándole algo a Emine y Barış permanecía al fondo, de espaldas a la puerta. Los demás paseaban y sacaban fotos.
Kenan aprovechó para acercarse un poco más.
—Esta mañana, cuando te quitaste la ropa en la playa, tuve que recordar varias veces dónde estábamos.
Maia dejó de fingir que no pasaba nada.
La mano de Kenan abandonó su cintura y ascendió lentamente por el centro de la espalda, siguiendo con las yemas el trazado de la columna hasta encontrar la banda del bikini. Después volvió a descender y uno de sus dedos recorrió la curva de su cintura antes de detenerse.
—Me has visto con menos que eso.
—Antes podía mirarte e imaginar el resto.
La cercanía de su voz le erizó la piel de la nuca.
—Ya no necesito imaginar nada.
Maia bloqueó el teléfono y lo sostuvo entre ambas manos.