CAPÍTULO 21 #2
La puerta del comedor se abrió y Ece entró seguida de Emine. Ambas llevaban el cabello todavía húmedo y se dirigieron hacia la mesa después de localizar la cafetera.
La llegada de las dos modificó la conversación. Barış abandonó las indirectas y Kenan dejó de vigilarlo, mientras Maia agradecía que la atención se desplazara hacia el tiempo y el recorrido previsto para aquella mañana.
Ece se sirvió café antes de sentarse.
—¿Tenemos que llevar algo?
—Nada especial. Una chaqueta, por si refresca, calzado cómodo y bañador. Si el día mejora, tendremos tiempo de acercarnos a la playa.
Emine tomó asiento y acercó hacia ella la cesta de pan. Poco después entraron Demir y Murat, y el comedor empezó a recuperar el ruido de las mañanas anteriores.
Las conversaciones se superpusieron mientras llegaban los demás. Alguien pidió otra cafetera, Demir quiso saber cuánto tiempo pasarían en Zarautz y Maia tuvo que repetir la hora de salida para quienes acababan de incorporarse.
La rutina del grupo se impuso con facilidad. Eran las mismas voces cruzándose de un extremo a otro de la mesa, las mismas preguntas sobre horarios y la misma tendencia de Demir a negociar cualquier programa como si todavía existiera la posibilidad de modificarlo.
Sin embargo, algo había cambiado.
Maia no necesitaba buscar a Kenan para saber dónde estaba. Su voz destacaba entre las demás sin que ella lo pretendiera y, cuando intervenía en una conversación, tenía que resistir el impulso de levantar la cabeza. Las pocas veces que lo hizo descubrió que él parecía sufrir un problema parecido.
Ninguno sostuvo demasiado aquellos encuentros.
Tampoco hacía falta.
Maia terminó el café mientras escuchaba a Emine y Ece discutir qué llevarían para la excursión. La satisfacción que había descubierto frente al espejo continuaba allí, pero dejó de preocuparse por si los demás podían verla.
Nadie estaba prestándole tanta atención.
Salvo, quizá, el hombre sentado enfrente.
Zarautz los recibió con olor a sal y un viento que llegaba del mar con fuerza suficiente para obligar a Maia a sujetarse el cabello en cuanto bajó del minibús.
La mañana había mejorado durante el corto trayecto desde San Sebastián. Entre las nubes empezaban a abrirse zonas de un azul todavía pálido y la luz caía a intervalos sobre la playa, haciendo cambiar de color el agua cada vez que el sol conseguía atravesarlas.
Maia esperó junto al vehículo mientras descendían los demás y señaló al conductor el lugar en el que habían acordado encontrarse más tarde. Después contó por costumbre.
Diez.
No necesitaba hacerlo. Llevaba casi una semana con ellos y ya reconocía la presencia de cada miembro de la delegación sin recurrir a números, pero el gesto se había convertido en un automatismo difícil de abandonar.
El paseo marítimo se extendía junto a una playa mucho más abierta que las que habían recorrido el día anterior. La marea dejaba una franja ancha de arena húmeda y, más allá, varias figuras negras esperaban sobre tablas mientras otras aprovechaban las olas que entraban desde el Cantábrico.
Ece y Emine se acercaron a la barandilla para observar a los surfistas. Murat sacó el teléfono y Demir, que apenas unos minutos antes había protestado por la hora de salida, avanzó hacia el paseo con el interés de quien acababa de decidir que el lugar justificaba el esfuerzo de haberse levantado.
Maia redujo el paso.
Había estado allí muchas veces, pero aquella mañana percibió el paisaje de una forma distinta. Quizá fuera la luz cambiante o el aire frío contra una piel que todavía parecía conservar demasiado calor. Respiró profundamente y dejó que el olor del mar desplazara los últimos restos del hotel.
Kenan se situó a su lado.
No la tocó.
Después de la noche anterior, la distancia entre sus brazos resultó casi absurda.
—¿Qué vamos a ver? —preguntó él.
Maia señaló hacia el paseo.
—Primero podemos caminar un poco. No tenemos ninguna visita concertada y tampoco quiero convertir esto en otra jornada de trabajo. Después os enseño el centro y decidimos si seguimos hacia Getaria antes o después de comer.
—¿«Decidimos»?
—Estoy haciendo un esfuerzo.
—Lo aprecio.
Caminaron unos metros en silencio mientras el resto se distribuía delante y detrás de ellos. Una ráfaga más fuerte levantó el cabello de Maia y le lanzó varios mechones sobre la cara. Ella intentó apartarlos, pero el viento volvió a deshacer el gesto casi de inmediato.
Kenan extendió la mano.
Se detuvo antes de tocarla.
El movimiento fue tan pequeño que cualquiera habría podido pasarlo por alto.
Maia no.
Durante unas horas, tocarla había sido lo más natural del mundo.
Ahora había nueve personas alrededor y aquella mano que la noche anterior había recorrido cada centímetro de su cuerpo permanecía suspendida a pocos centímetros de su mejilla porque ninguno de los dos sabía todavía cuáles eran las reglas a la luz del día.
Kenan terminó bajándola.
Maia apartó por sí misma el cabello y siguió caminando.
No dijo nada.
Pero algo en aquella renuncia mínima le dejó una sensación extraña bajo las costillas.
El grupo se había adelantado y Emine les hizo una seña desde la barandilla. Maia aceleró para alcanzarlos.
Kenan caminó a su lado.
Esta vez dejó entre ambos algo más de medio metro.
La playa terminó imponiéndose al programa antes de que hubieran recorrido la mitad del paseo.
La idea surgió cuando Ece preguntó cuánto tiempo pensaban permanecer en Zarautz y descubrió que nadie tenía una respuesta concreta.
El cielo se había abierto lo suficiente para que el sol calentara a intervalos y, aunque el viento seguía llegando desde el mar, sobre la arena la temperatura resultaba agradable.
—Para esto os dije que trajerais bañador —recordó Maia cuando varios miraron hacia el agua.
No hizo falta discutir mucho más.
Buscaron un lugar donde dejar las cosas y el grupo empezó a dividirse entre quienes parecían dispuestos a bañarse y quienes consideraban que acercarse al Cantábrico ya constituía una demostración suficiente de entusiasmo.
Demir pertenecía decididamente a los segundos y se quedó en el paseo con la chaqueta puesta, dispuesto a contemplar desde una distancia prudente cualquier insensatez ajena.
Maia se quitó las zapatillas y hundió los pies en la arena.
Había llevado el bikini debajo de la ropa, de modo que solo necesitó dejar los vaqueros y la camiseta junto al bolso. El viento alcanzó de inmediato la piel que había permanecido cubierta y le recordó que el sol de junio no había conseguido hacer nada por la temperatura del Cantábrico.
A pocos metros, Kenan se quitó la camiseta.
Maia procuró que aquello no modificara en absoluto lo que estaba haciendo.
No lo consiguió.
La noche anterior había descubierto aquel cuerpo sin prisas y a una distancia que volvía absurdo fingir ahora que no lo conocía.
La luz del día marcaba de otra manera los hombros, el pecho y el abdomen que pocas horas antes había recorrido con las manos, pero bastó con reconocerlos para que una sucesión de recuerdos poco apropiados para una excursión en grupo amenazara con instalarse en su cabeza.
Se agachó para doblar la camiseta.
Cuando volvió a incorporarse, Kenan estaba mirando hacia ella.
Las gafas de sol ocultaban sus ojos, aunque la inmovilidad momentánea bastó para que Maia sospechara que él acababa de sufrir un problema parecido.
Ece pasó entre ambos camino del agua.
—¿Venís o vais a quedaros ahí todo el día?
Maia aprovechó la interrupción.
—Estoy esperando a descubrir quién es el primero que se arrepiente.
—Probablemente yo.
Murat había alcanzado la orilla y retrocedió en cuanto una ola le cubrió los tobillos.
Las protestas empezaron casi de inmediato.
Maia entró detrás de Ece y Emine. El frío le mordió las piernas al principio y se volvió más difícil de ignorar cuando el agua alcanzó la cintura, pero ya sabía que lo peor eran los primeros segundos. Se sumergió de una vez y emergió apartándose el cabello de la cara.
Kenan entró poco después.
El baño terminó siendo mucho menos heroico de lo que algunos habían imaginado. Hubo carreras para evitar las primeras olas, quejas sobre la temperatura y varios intentos de convencer a quienes se habían quedado en la arena de que el agua estaba mejor de lo que parecía. Nadie creyó la mentira.
Maia nadó unos minutos antes de regresar hacia donde hacía pie. El agua había terminado por resultarle agradable y, por primera vez aquella mañana, consiguió olvidarse de la conciencia constante de tener a Kenan cerca.
Fue de las primeras en abandonar el agua.
El frío resultaba soportable mientras nadaba, pero en cuanto el viento alcanzó la piel mojada se arrepintió de haberse entretenido tanto. Cruzó deprisa la franja de arena húmeda y recogió la toalla que había dejado junto a la ropa.
Se secó el rostro y empezó a frotarse los brazos con energía mientras observaba cómo los demás regresaban poco a poco hacia la orilla. Ece y Emine salieron casi juntas; Murat permanecía todavía con el agua por encima de la cintura y Kenan avanzaba detrás de él, apartándose el cabello de la frente.
Maia bajó la vista hacia sus piernas y continuó secándose.
No necesitaba volver a mirar.
Lo hizo de todas formas.
Kenan acababa de alcanzar el lugar donde habían dejado las cosas. Se inclinó para recoger la toalla y, al incorporarse, levantó los brazos para frotarse el cabello. El movimiento estiró su cuerpo y desplazó apenas la cinturilla del bañador, todavía pesada por el agua.
La marca apareció junto al hueso de la cadera.
La visión le recordó de golpe la huella que ella misma llevaba junto a la clavícula. Se llevó el cabello mojado hacia delante y lo extendió sobre el hombro para ocultarla.
Maia abrió la boca.
El aviso murió antes de llegar a ninguna parte porque, a pocos metros, Barış acababa de verla también.
Durante un instante, él mantuvo la vista fija en la huella rojiza que asomaba sobre el bañador. Después levantó los ojos hacia Maia.
No necesitó preguntar.