Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Maia despertó poco después de las ocho con la sensación de haber dormido mucho más de lo que indicaba la claridad que entraba entre las cortinas.

Permaneció unos segundos inmóvil, todavía boca abajo, con una mejilla hundida en la almohada y el cuerpo agradablemente pesado contra el colchón.

Después recordó.

No necesitó reconstruir la noche en ningún orden concreto.

Llegaron primero sensaciones dispersas: el olor de Kenan, el recuerdo de sus manos, de su boca junto al cuello y del peso de un brazo alrededor de la cintura.

La memoria de haberse quedado dormida de espaldas contra su pecho apareció acompañada por una satisfacción tan inmediata que Maia enterró un poco más la cara en la almohada.

Aquello era ridículo.

La sonrisa que se abrió paso en sus labios lo era todavía más.

Se obligó a incorporarse.

El lado de la cama que Kenan había ocupado estaba vacío y frío.

Maia pasó una mano sobre la sábana antes de recordar vagamente haber notado movimiento al amanecer.

No sabía a qué hora se había marchado. Conservaba una impresión confusa de haber protestado por algo y después volver a hundirse en el sueño.

Miró el reloj.

Tenía tiempo suficiente para ducharse y bajar a desayunar sin prisas.

Salió de la cama y recogió el camisón del suelo. La camisa de Kenan ya no estaba allí. Tampoco los vaqueros, los zapatos ni ninguna otra evidencia de que hubiera pasado varias horas en aquella habitación.

Salvo ella.

Maia entró en el baño y encendió la luz.

Se detuvo frente al espejo.

—Estupendo.

La mujer que la observaba desde el cristal no parecía haber dormido poco. Ese era precisamente el problema.

Tenía los ojos demasiado brillantes, la piel tersa y todavía ligeramente coloreada sobre los pómulos. Los labios estaban más llenos de lo habitual, enrojecidos y algo hinchados, y ni siquiera el cabello desordenado alrededor del rostro conseguía darle un aspecto razonablemente cansado.

Además, estaba sonriendo.

Maia intentó corregir la expresión, pero las comisuras volvieron a levantarse antes de que hubiera transcurrido un segundo.

—No.

Giró ligeramente el cuerpo y examinó la marca junto a la clavícula. Había oscurecido durante la noche, aunque al menos esa podía ocultarla con la ropa adecuada.

Lo demás iba a resultar bastante más complicado.

Abrió la ducha.

El agua caliente terminó de despertarla y eliminó de su piel los últimos rastros de sueño, pero no consiguió devolverle una apariencia más neutral. Cuando salió envuelta en una toalla, el espejo se había empañado por completo.

Mejor.

Se secó, aplicó hidratante y regresó unos minutos después, cuando el cristal volvió a mostrarla con claridad.

Maia abrió el neceser por costumbre, pero se detuvo antes de sacar el maquillaje. La ducha no había eliminado el brillo de la piel ni el color suave de los pómulos, y cualquier intento de corregirlos solo conseguiría llamar más la atención sobre algo que, en teoría, pretendía disimular.

Se aplicó crema solar en el rostro y volvió a guardar el maquillaje sin utilizarlo.

Los labios planteaban otro problema. Los estudió de cerca, tentada de recurrir a algún tono neutro, pero comprendió que el resultado sería todavía más evidente. Los dejó al natural, aunque continuaban pareciendo haber sido besados durante una cantidad indecente de tiempo.

—Magnífico.

Cerró el neceser y se apartó del lavabo. Necesitaba vestirse y bajar a desayunar con diez personas que llevaban varios días observando demasiado.

La idea no parecía especialmente preocupante hasta que recordó quién había compartido habitación con Kenan.

Maia se detuvo.

Barış.

Volvió lentamente la cabeza hacia el espejo.

—Mierda.

Maia bajó al comedor a las nueve menos cuarto.

Había dedicado más tiempo del necesario a escoger la ropa.

Ante la posibilidad de que terminaran acercándose a alguna playa, se puso el bikini debajo y eligió unos vaqueros, una camiseta con el cuello lo bastante cerrado para ocultar la marca de la clavícula y una chaqueta ligera que podría quitarse si acababa despejando.

El resultado era discreto, cómodo y completamente apropiado para una excursión por la costa.

Con un poco de suerte, conseguiría que nadie prestara demasiada atención a lo que quedaba por encima del cuello.

La esperanza duró hasta que entró en el comedor.

Solo dos miembros de la delegación habían bajado.

Kenan y Barış ocupaban una mesa junto a las ventanas.

Había café servido frente a ambos, aunque ninguno parecía estar desayunando.

Kenan hablaba en voz baja, inclinado ligeramente hacia su compañero, con el ceño fruncido y una expresión que Maia había aprendido a asociar con las conversaciones en las que esperaba ser tomado en serio.

Barış, por alguna razón, parecía encontrarla divertidísima. La satisfacción contenida de su sonrisa era la de quien escucha una reprimenda que no tiene la menor intención de obedecer.

Maia redujo el paso.

Kenan fue el primero en verla.

El cambio resultó tan rápido que habría podido pasar inadvertido para cualquiera que no llevara varios días observándolo. El ceño se relajó y algo distinto atravesó su expresión antes de que recuperara una apariencia mucho más prudente.

Maia sintió que las comisuras de su propia boca amenazaban con traicionarla.

Genial.

Todo el trabajo realizado frente al espejo para nada.

—Buenos días —saludó al acercarse.

—Buenos días —respondió Kenan.

Su voz no reveló nada. La mirada que recorrió su rostro durante un instante, sí.

Barış ni siquiera intentó disimular.

—Buenos días, Maia.

—Pareces especialmente contento esta mañana.

—Lo estoy. He descansado bastante bien.

Maia dejó el bolso sobre la silla libre.

—Me alegro. Dormir bien es importante.

—Muchísimo. Aunque cuando bebo me despierto con mucha facilidad. Cualquier ruido basta.

Kenan volvió lentamente la cabeza hacia él.

Barış tomó la taza y bebió con absoluta tranquilidad.

Maia comprendió hasta qué punto Barış estaba enterado.

Por muchas precauciones que Kenan hubiera tomado para salir sin ser visto, había tenido que abandonar una habitación en la que su compañero dormía a pocos metros.

Y, varias horas después, volver a entrar.

—Qué mala suerte —dijo Maia.

—A veces —respondió Barış—. Anoche, por ejemplo, me desperté un par de veces.

Kenan dejó la taza sobre el plato.

—Barış.

La advertencia hizo que la sonrisa de su compañero se volviera todavía más inocente.

—¿Qué? No he dicho que fuera culpa tuya.

Barış la observó, deteniéndose apenas en su cara radiante.

El calor le subió a las mejillas. Maia bajó la mirada hacia la mesa y alcanzó la taza de café, aunque todavía estaba vacía.

Barış tuvo la delicadeza de no decir nada.

Su sonrisa, en cambio, se ensanchó.

Un camarero se acercó antes de que Kenan pudiera intervenir y Maia aprovechó para pedir café. Cuando volvió a levantar la cabeza, Barış seguía observándola.

En su expresión no había malicia, solo una diversión inmensa.

Maia sostuvo su mirada.

—¿Ocurre algo?

—Nada.

—Entonces deja de mirarme así.

—¿Así cómo?

Kenan cerró los ojos durante un instante.

Maia intentó intimidarlo con la mirada.

Barış abrió las manos.

—Solo estaba pensando que hoy pareces muy descansada.

Aquello fue un golpe bajo.

Maia mantuvo una expresión perfectamente neutra.

—He dormido estupendamente.

El silencio duró apenas un segundo.

Kenan tomó café.

Barış se mordió el interior de la mejilla.

Maia comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

—Me alegro —respondió Barış.

Esta vez Kenan lanzó una patada por debajo de la mesa.

El golpe contra la pata de la silla fue perfectamente audible.

Barış soltó una carcajada.

—Eso ha sido completamente innecesario.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no.

El camarero regresó con el café de Maia y ella agradeció la taza como si acabaran de entregarle un instrumento de salvación. Añadió leche mientras procuraba no mirar a ninguno de los dos, aunque cada vez le resultaba más difícil contener la risa.

Kenan parecía bastante menos divertido que Barış. No daba la impresión de avergonzarse de nada; lo irritaba haber intentado mantener aquella noche lejos de los ojos ajenos y descubrir que su compañero de habitación había resultado ser un testigo mucho menos dormido de lo previsto.

Maia levantó la taza y sus ojos encontraron los de él por encima del borde. El contacto apenas duró un instante, pero bastó para que ambos tuvieran que contener una sonrisa. Ella bebió café para ocultar la suya.

Barış contempló primero a uno y después al otro.

—Hoy va a ser un día muy largo.

—Ni una palabra —advirtió Kenan.

—No he dicho nada.

—Precisamente. Continúa así.

Barış asintió con una solemnidad que consiguió que Maia perdiera finalmente la batalla y se riera contra la taza.

El sonido pareció acabar también con la irritación de Kenan. Una de las comisuras de su boca se movió antes de que bebiera café, mientras Barış, satisfecho con el resultado de su intervención, se ocupaba por fin del desayuno.

—¿A qué hora tenemos que estar preparados? —preguntó.

—A las nueve y media sale el minibús. He hablado con el conductor y nos dejará en Zarautz. Desde allí podemos decidir cuánto tiempo queremos quedarnos antes de continuar hacia Getaria.

—Eso suena peligrosamente parecido a un programa.

—Lo es. Llevo varios días intentando que aceptéis que viajar con diez personas requiere cierta organización.

—Y nosotros llevamos varios días intentando que aceptes que ya no estamos trabajando —replicó Kenan.

Maia untó mantequilla en una tostada.

—Hasta el lunes sigo siendo responsable de vosotros.

—Eso no significa que tengas que organizar cada minuto hasta entonces.

—Alguien tiene que conseguir que los diez lleguéis al aeropuerto.

—Hasta entonces podrías probar a disfrutar del viaje.

Maia levantó la vista hacia él. La frase era perfectamente inocente, aunque su forma de mirarla admitía una segunda lectura que Kenan tuvo la prudencia de no sostener demasiado tiempo.

—Estoy disfrutando bastante —respondió.

Barış dejó de untar la tostada.