CAPÍTULO 20 #4
Maia todavía conservaba la botella en la mano. Bebió el último sorbo y se inclinó para dejarla en la mesilla, pero Kenan aprovechó el movimiento para rodearle la cintura y atraerla de nuevo hacia el colchón.
—¿Qué haces?
—Impedir que te alejes.
—Está a menos de medio metro.
—Me ha parecido excesivo.
Maia dejó escapar una risa y terminó de colocar la botella antes de permitir que la acomodara contra su cuerpo.
Kenan apoyó la cabeza en la almohada y pasó una pierna entre las suyas.
El contacto ya no contenía la urgencia que los había llevado hasta la cama; era cálido, pesado y perezoso, el abrazo de dos cuerpos demasiado satisfechos para soportar una separación innecesaria.
—¿La valoración ya es definitiva? —preguntó él.
Maia recorrió con la mano el costado que continuaba a su alcance. La piel había empezado a enfriarse, aunque aún conservaba restos de humedad junto al pecho.
—Tengo suficientes datos para emitir una valoración provisional.
—Parecías bastante convencida hace unos minutos.
Kenan le dejó un beso lento en la mandíbula y acomodó el rostro junto a su cuello.
—Eso podría considerarse un intento de influir en el resultado.
—Lo es.
La admisión llegó amortiguada contra su piel. Maia cerró los ojos mientras la mano de Kenan se detenía en la parte baja de su espalda y permanecía allí, abierta y cálida, manteniéndola junto a él.
El aire que entraba desde el balcón movía apenas el borde de las cortinas. La habitación olía al jabón de Kenan y al calor que aún permanecía atrapado entre las sábanas.
Más allá del cristal, el rumor de las olas llegaba con una regularidad que empezaba a mezclarse con el cansancio.
Kenan volvió a besarle el lóbulo.
—Si continúas, vas a despertarme —murmuró Maia.
—Todavía no estás dormida.
—Porque continúas besándome.
Él dejó otro beso en el hueco bajo su oreja.
—Puedo detenerme.
Maia introdujo los dedos en su cabello húmedo y lo mantuvo junto a su cuello.
—No he dicho eso.
La risa de Kenan apenas fue una vibración contra su piel. Durante un rato siguió alternando besos distraídos con pequeños roces de los labios, cada vez más espaciados a medida que el sueño comenzaba a imponerse.
Maia dejó que la mano descendiera por su pecho y descansara sobre su abdomen. Ya no sentía la necesidad de provocarlo ni de comprobar el poder que ejercía sobre él. Le bastaba con el peso del brazo que la rodeaba y el calor de su cuerpo extendiéndose a lo largo del suyo.
Cuando la postura empezó a resultarle incómoda, se volvió dentro del abrazo.
Kenan levantó el brazo para permitirle girarse y Maia quedó de espaldas contra su pecho, con las piernas todavía entrelazadas.
Él se acomodó detrás, le apartó el cabello de la nuca y depositó allí un último beso antes de cerrar la mano sobre su abdomen.
Maia entrelazó los dedos con los suyos. El pulgar de Kenan se movió una vez sobre su piel y después quedó inmóvil.
—Así tampoco podré alejarme medio metro —murmuró ella, con los ojos ya cerrados.
Kenan tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz llegó apagada contra su nuca.
—Empiezo a conocer tu fiabilidad.
—¿Y por eso me sujetas?
Él ajustó apenas el brazo alrededor de su cintura, más por respuesta que por necesidad.
—Es una medida preventiva.
Maia respiró hondo y se acomodó un poco más contra su pecho.
—Creía que ya habías comprado una.
La risa de Kenan fue apenas una vibración tibia en su espalda. Sus labios rozaron la nuca de Maia, aunque el cansancio convirtió el gesto en poco más que un contacto.
—Aquella evitaba otro tipo de consecuencias.
El brazo de Kenan se cerró un poco más sobre ella.
Maia cerró los ojos.
No pensó en el lunes, en Estambul ni en ninguna de las consecuencias que había asegurado tener presentes antes de abrirle la puerta.
El cuerpo le pesaba agradablemente contra el colchón y la satisfacción continuaba extendida bajo la piel, amortiguando incluso el cansancio acumulado de los últimos días.
La respiración de Kenan se volvió más lenta a su espalda. De vez en cuando, sus labios todavía rozaban la nuca de Maia, aunque los besos terminaron convirtiéndose en un contacto inmóvil y tibio. Ella ajustó los dedos alrededor de los suyos y se dejó arrastrar por el sueño sin volverse a mirarlo.
Cuando Kenan despertó, la primera claridad del amanecer empezaba a filtrarse entre las cortinas. Maia continuaba de espaldas contra él, con una pierna atrapada entre las suyas y los dedos aún entrelazados.
Permaneció inmóvil unos segundos. Después localizó el teléfono sobre la mesilla y comprobó la hora.
Retirarse sin despertarla resultó más difícil de lo previsto. Maia protestó en sueños cuando él liberó la pierna y buscó a tientas el calor que desaparecía de su espalda. Kenan detuvo el movimiento hasta que volvió a quedarse quieta y solo entonces abandonó la cama.
Recogió la ropa del suelo y se vistió sin encender ninguna luz. Antes de salir, regresó junto al colchón. Maia había ocupado parte del espacio que él acababa de dejar y dormía con el rostro hundido en su almohada.
Kenan se inclinó sobre ella, apartó el cabello que le cubría la sien y dejó allí un beso. Maia se movió un poco, todavía atrapada en el sueño, y él permitió que los labios se demoraran un instante más antes de incorporarse.
La puerta se cerró con un clic amortiguado.
Maia no llegó a despertarse.
Solo volvió el rostro hacia el lugar donde había estado Kenan y siguió durmiendo, envuelta en una sábana que todavía conservaba el calor de ambos.