CAPÍTULO 20 #3
El movimiento fue ganando intensidad. Maia se sostuvo en sus hombros y elevó las caderas antes de volver a descender, encontrando un ángulo que le arrancó otro gemido.
Los dedos de Kenan se cerraron sobre su cintura y el impulso con que la recibió desde abajo repitió el roce que acababa de hacerla estremecer.
El ritmo se aceleró. Kenan enterró el rostro junto a su cuello y dejó que los labios recorrieran la piel húmeda, conteniendo contra ella sonidos que Maia sentía vibrar en su cuerpo.
Ella se aferró a su nuca y continuó moviéndose sobre él, cada vez con menos medida, impulsada por la tensión que crecía en su vientre.
Kenan levantó el rostro y la miró.
No había distancia posible en aquella posición. Maia percibió cada cambio en sus facciones y supo que él leía los suyos con la misma precisión. La intensidad de aquella mirada la hizo sentirse más expuesta que su desnudez, y cerró la escasa separación que quedaba entre sus bocas.
Kenan recibió el beso sin dejar de moverse bajo ella. Sus brazos la rodearon y la estrecharon contra su pecho, hasta que ya no fue posible distinguir quién marcaba el ritmo y quién lo seguía.
Maia sintió cómo cada impulso alcanzaba el punto en el que el placer se había ido concentrando.
Se aferró a sus hombros y aceleró el movimiento, incapaz ya de conservar la lentitud con que había empezado.
La cama crujió suavemente bajo ambos, aunque el sonido quedó sepultado por sus respiraciones y por el rumor distante del mar al otro lado de la puerta cerrada.
Kenan abandonó su boca para recorrerle el cuello. Sus labios descendieron hasta la clavícula mientras una mano se deslizaba por la espalda de Maia y la otra permanecía firme en su cadera, acompañándola sin arrebatarle el control.
La tensión aumentó con tanta rapidez que Maia cerró los ojos y apoyó la frente sobre su hombro. Kenan pronunció su nombre junto a su oído, con la voz alterada por el esfuerzo de contenerse, y el sonido terminó de deshacer algo dentro de ella.
El placer la alcanzó en una oleada que le contrajo todo el cuerpo.
Maia dejó escapar un gemido contra su cuello y se aferró a él mientras las sacudidas se sucedían.
Kenan la sostuvo pegada a su pecho y redujo el movimiento sin detenerse por completo, prolongando cada una de ellas.
Sus labios buscaron la sien de Maia, su mejilla y finalmente su boca, recogiendo los sonidos que ella ya no intentaba contener.
Cuando las contracciones comenzaron a espaciarse, Kenan deslizó las manos bajo sus muslos y se puso en pie con ella todavía abrazada a su cuerpo.
Maia le rodeó la cintura con las piernas por instinto.
Él giró sin separarse de ella y la depositó sobre el colchón, siguiéndola hasta quedar tendido entre sus muslos.
Maia apenas había recuperado el aliento cuando Kenan volvió a moverse.
El primer impulso le cortó la respiración. Él sostuvo su mirada durante un instante, atento a su reacción, y Maia cerró las piernas alrededor de sus caderas para atraerlo con más fuerza.
Aquella respuesta terminó con su contención.
Kenan apoyó un antebrazo junto a su cabeza y aumentó el ritmo.
La cama recibió cada movimiento con un crujido leve mientras Maia recorría su espalda con las manos y sentía contra las palmas la tensión de los músculos.
Él escondió el rostro junto a su cuello, respirando de manera entrecortada contra la piel, y sus impulsos perdieron poco a poco la medida.
Maia pronunció su nombre.
Kenan levantó el rostro y buscó su boca justo antes de alcanzar el orgasmo. El gemido quedó atrapado en el beso mientras su cuerpo se tensaba sobre el de ella y los últimos movimientos se volvían más lentos, separados por respiraciones que ninguno conseguía completar.
Después permaneció inmóvil, todavía dentro de ella, sosteniendo parte de su peso sobre los brazos.
Maia conservó las piernas alrededor de su cintura y los dedos extendidos sobre su espalda húmeda. Ninguno pareció dispuesto a ser el primero en separarse.
La respiración de Kenan fue recuperando el ritmo contra su cuello. Maia sentía el latido acelerado de su corazón allí donde sus pechos permanecían unidos y el peso contenido de su cuerpo sobre el suyo.
Cuando él levantó el rostro, la observó en silencio. Apartó con los dedos un mechón adherido a su sien y recorrió después la curva de su mejilla. La yema del pulgar se detuvo sobre el labio inferior, hinchado por sus besos. Después Kenan buscó sus ojos, todavía velados por el placer.
—Preciosa —murmuró.
La palabra encontró a Maia sin ninguna defensa. Permaneció mirándolo mientras le acariciaba el cabello húmedo, incapaz de recurrir a una de las respuestas con las que solía protegerse.
Fue ella quien acercó la boca a la suya.
El beso resultó distinto a los anteriores: lento, sin urgencia ni intención de conducirlos hacia ninguna parte. Kenan mantuvo una mano en su rostro mientras lo prolongaba, como si separarse exigiera reconocer que aquel momento también tenía un final.
Interrumpió el beso con una última caricia sobre su mejilla. Se retiró con cuidado y se puso en pie, todavía desnudo, antes de dirigirse al baño sin buscar la ropa abandonada junto a la cama.
Maia permaneció donde estaba, tendida sobre las sábanas revueltas y con una pierna aún doblada sobre el colchón. Su respiración empezaba a serenarse, pero el corazón continuaba golpeándole el pecho con una fuerza que ya no podía atribuir al esfuerzo.
Apoyó una mano sobre el esternón, como si el gesto pudiera contenerlo.
El agua comenzó a correr al otro lado de la puerta. Maia cerró los ojos y trató de asimilar lo ocurrido: la facilidad con que lo había hecho entrar, la certeza con que había pedido lo que deseaba y aquella palabra pronunciada por Kenan cuando ya no quedaba pasión detrás de la que esconderse.
Preciosa.
Había sido eso, más que la desnudez o el placer todavía latiendo en su cuerpo, lo que le había arrebatado la última defensa.
Volvió la cabeza hacia el baño. Kenan no se había llevado la ropa ni había dado ninguna señal de que pensara marcharse, pero Maia descubrió que estaba esperando su regreso con una inquietud que no tenía nada que ver con la posibilidad de repetir lo que acababan de hacer.
El cuerpo conservaba una languidez agradable, aunque Maia empezaba a notar la garganta seca.
Se incorporó y bajó de la cama sin buscar el camisón.
La pequeña nevera estaba oculta en el mueble situado bajo la televisión; al abrirla encontró varias botellas de agua alineadas junto a bebidas que no tenía intención de pagar.
Sacó dos.
El frío del cristal contra las palmas le produjo un estremecimiento.
Abrió una de las botellas, bebió varios sorbos y después se acercó a la puerta del balcón.
Al girar el tirador, la brisa nocturna entró en la habitación cargada con el olor del mar.
Maia permaneció desnuda junto al umbral mientras esperaba.
La puerta del baño se abrió.
Ella se volvió con la botella todavía junto a los labios.
Kenan se detuvo al verla. También continuaba desnudo. Se había enjuagado el sudor y llevaba el cabello mojado sobre la frente. Su mirada recorrió a Maia sin la urgencia anterior, con una apreciación tranquila que hizo innecesario que ella buscara algo con que cubrirse.
Maia le tendió la segunda botella.
Kenan la aceptó y bebió mientras ella pasaba a su lado para entrar en el baño. Se aseó con rapidez, se refrescó la cara y permaneció unos segundos apoyada en el lavabo, observando en el espejo sus labios hinchados y la sombra que marcaba su clavícula.
Cuando regresó a la habitación, Kenan se encontraba junto al balcón, desnudo, con la botella en una mano. La oscuridad del mar recortaba su figura contra la puerta abierta y la luz de la mesilla dibujaba la amplitud de sus hombros, la espalda firme y la línea estrecha de la cintura.
Al verla salir, dejó de mirar el mar.
Maia se aproximó sin apresurarse. Recorrió con la palma el centro de su espalda y dejó que la mano descendiera hasta la curva de una nalga. La acarició con una lentitud apreciativa antes de apretar ligeramente.
—Confirmado —dijo—. La primera valoración no estaba condicionada por las circunstancias.
Kenan volvió el rostro hacia ella. Una sonrisa breve apareció en su boca.
—Me tranquiliza saber que has mantenido el rigor profesional.
Con la botella aún en una mano, rodeó la cintura de Maia con el otro brazo. La atrajo hacia su costado y le besó la sien, demorando los labios sobre la piel.
Ella mantuvo la mano sobre su cuerpo. Al deslizarla hacia la cadera, encontró la marca rojiza que había dejado allí y la recorrió con la yema del dedo.
Kenan bajó la vista hacia su mano.
—Has escogido un lugar bastante más discreto que el mío. Podré ocultarlo bajo los vaqueros.
Maia sonrió. La piel estaba más caliente alrededor de la marca y el color había empezado a oscurecerse.
Kenan dejó la botella sobre la cómoda y extendió la mano hacia la sombra que aún permanecía junto a la clavícula de Maia. Pasó los dedos sobre ella con una suavidad muy distinta a la del beso que la había provocado.
—La noche anterior ninguno de los dos estaba pensando demasiado en las consecuencias —dijo ella—. Esta vez no puedes utilizar la misma excusa.
La mirada de Kenan permaneció sobre la marca antes de regresar a su rostro.
—Esta vez he pensado en demasiadas consecuencias. Por eso fui a la farmacia, aunque me aseguraste que no sería necesario.
Maia recordó la seguridad con que había pronunciado aquellas palabras y la facilidad con que se habían derrumbado pocas horas después. Bebió otro sorbo mientras regresaba hacia la cama.
—Podrías abstenerte de recordarme todo lo que he afirmado durante los últimos dos días. Empieza a resultar evidente que no soy especialmente fiable cuando se trata de ti.
Kenan la siguió. Cerró un poco más la puerta del balcón y se tumbó frente a ella.