Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 20 #2
65%

CAPÍTULO 20 #2

Kenan cambió la inclinación de la cabeza y profundizó el contacto, recorriendo la lengua de Maia con la suya hasta arrancarle un sonido ahogado. Ella lo recibió sin retroceder y le mordió el labio inferior antes de volver a buscarlo.

Aquello ya no era una provocación ni una pregunta.

Sus cuerpos chocaron al intentar acercarse más. Maia percibió contra el vientre la dureza contenida bajo los vaqueros y se apretó contra ella sin disimulo. Los dedos de Kenan se hundieron en su cintura y el beso perdió el último resto de medida.

Las manos de él recorrieron el cuerpo de Maia sin conseguir permanecer mucho tiempo en ninguna parte.

Ella sintió sus palmas sobre la espalda, la presión de los dedos en la cintura y el calor de su contacto al cubrirle los pechos.

Cada caricia parecía nacer de la necesidad de abarcarla entera, de recuperar en unos minutos todo lo que ambos habían pasado el día aplazando.

Maia respondió explorándolo con la misma impaciencia.

Abrió la camisa sin apartar la boca de la suya y deslizó las palmas sobre su pecho, los músculos del abdomen y la línea de vello que desaparecía bajo los vaqueros.

Empujó la prenda por sus hombros y Kenan liberó los brazos sin interrumpir el beso, dejando que la tela cayera al suelo.

La piel conservaba el calor de la ducha.

Su boca abandonó los labios de Maia para descender por la mandíbula. La leve aspereza de la barba incipiente le rozó la piel cuando él se detuvo bajo su oreja, alternando besos con pequeñas mordidas que le arrancaron un estremecimiento.

Kenan lo sintió. Sus manos descendieron hasta el borde del camisón y se detuvieron allí.

—Esto era lo primero que me has pedido —murmuró contra su cuello.

Maia levantó los brazos.

Kenan hizo ascender la tela por su cuerpo, rozándole la piel hasta liberarla por encima de la cabeza. La dejó caer junto a la camisa y permaneció unos segundos contemplándola, con las manos apoyadas en sus caderas y el pecho agitado.

Maia no le permitió prolongar aquella pausa.

Volvió a besarlo y cambió la posición de ambos sin separar la boca de la suya.

Comenzó a avanzar hacia la cama, obligándolo a retroceder, mientras sus manos descendían por su torso hasta alcanzar la cintura de los vaqueros.

Kenan advirtió el cambio, pero no intentó recuperar el control; se dejó guiar mientras profundizaba el beso.

Ella abrió el pantalón e introdujo las manos bajo la ropa interior hasta abarcar sus nalgas desnudas. El sonido que Kenan dejó escapar se perdió contra su boca cuando Maia apretó los dedos y lo atrajo hacia sí, recreándose en la firmeza de su cuerpo.

Sin retirar las manos, empujó a la vez los vaqueros y la ropa interior. Ambas prendas descendieron por sus piernas y quedaron acumuladas alrededor de los tobillos. Kenan se libró de ellas y volvió a erguirse frente a Maia, completamente desnudo.

Ella interrumpió el beso y se apartó apenas lo suficiente para contemplarlo.

Su mirada descendió sin disimulo por el pecho, siguió la definición del abdomen y se demoró en sus caderas. Después realizó el mismo recorrido con las manos, acariciando los músculos que se tensaban bajo sus palmas hasta que una de ellas descendió entre ambos y sus dedos lo rodearon.

Kenan tomó aire de forma brusca.

Maia deslizó la mano despacio, sin apartar los ojos de su cuerpo.

—Eres todo un espectáculo, señor Gökalp.

Él la observó con el aliento entrecortado y una intensidad que volvió más grave su voz.

—Sigue mirándome así y el espectáculo va a durar muy poco.

La risa de Maia apenas llegó a escapar antes de convertirse en otro beso.

—No pensaba conformarme con mirar.

Dejó un beso en el centro de su pecho y descendió por el abdomen, siguiendo con los labios el mismo recorrido que antes habían trazado sus manos. Los músculos se contraían a su paso, pero ella no se apresuró.

Al alcanzar la línea de vello que descendía hacia el vientre, desvió la boca hacia una de sus caderas. Reconoció un punto que los vaqueros ocultarían al día siguiente y clavó los dientes con una presión lenta, suficiente para hacer aflorar el color sin causarle daño.

Kenan contuvo el aire.

Maia alivió la mordida con la lengua y acarició con el pulgar la huella que acababa de dejar. Cuando levantó los ojos, él la observaba con una intensidad que demostraba que había comprendido la respuesta a la marca que todavía permanecía junto a su clavícula.

Ella sostuvo su mirada mientras descendía hasta quedar arrodillada ante él.

—Ahora me toca a mí.

La mano de Kenan se posó en su cabello sin intentar guiarla. Maia volvió a recorrerlo con los dedos antes de inclinarse y dejar un beso lento sobre la punta.

El aliento de él se interrumpió.

Maia lo recibió en la boca y comenzó despacio, alternando la calidez de los labios con el recorrido de la lengua.

Sentía los músculos de sus piernas endurecerse bajo las manos que había apoyado en sus muslos y se recreó en cada reacción del hombre que siempre parecía conocer el alcance exacto de sus propios impulsos.

Ahora era ella quien decidía hasta dónde.

Aumentó el ritmo mientras continuaba observándolo. Kenan sostuvo sus ojos hasta que un gemido grave le hizo echar la cabeza hacia atrás y cerrar los dedos entre su cabello, conteniendo la presión en cuanto advirtió el movimiento.

—Maia…

No sonó como una advertencia, sino como una petición que él mismo parecía incapaz de formular.

Ella se apartó apenas lo necesario para respirar, manteniendo la mano en movimiento.

—¿Quieres que pare?

Kenan bajó la mirada hacia ella. El pecho se elevaba con rapidez y los dedos permanecían inmóviles entre su cabello.

—Sabes que no.

La respuesta la hizo sonreír. Volvió a inclinarse y esta vez no le concedió ninguna pausa. La mano libre de Kenan se cerró sobre su hombro, como si necesitara aferrarse a ella para conservar la quietud.

Cuando Maia lo recibió más profundamente, las caderas de él avanzaron por reflejo.

Ella se retiró lo imprescindible.

—No te muevas.

Kenan abrió los ojos. El reconocimiento de sus propias palabras apareció en su mirada, acompañado por algo parecido a un desafío que las circunstancias volvían bastante difícil de sostener.

Maia regresó a él antes de que pudiera responder.

Continuó hasta sentir cómo los muslos de Kenan se endurecían bajo sus manos. La respiración de él perdió cualquier regularidad y sus dedos se cerraron con mayor firmeza entre su cabello.

Ella no se detuvo.

Kenan le apartó con cuidado el cabello del rostro. Cuando Maia volvió a mirarlo, encontró en sus facciones una tensión que ya no podía ocultar.

— Cariyem … para.

La falta de aire convirtió las palabras en algo muy distinto de una orden.

Maia redujo el movimiento, aunque no se apartó de inmediato. Kenan soltó un gemido y terminó inclinándose hacia ella para sujetarla por los brazos y atraerla hacia arriba.

Se levantó despacio, dejando que sus labios recorrieran una última vez su vientre y su pecho antes de quedar frente a él. Kenan le sostuvo el rostro con ambas manos y la besó con una urgencia casi desesperada.

—Estabas a punto —murmuró ella contra su boca.

—Precisamente.

—Podrías haberme dejado terminar.

Kenan apoyó la frente en la suya, todavía intentando recuperar el aliento.

—Llevo desde anoche esperando estar dentro de ti. No pienso terminar antes.

Maia sostuvo su mirada.

—Entonces no esperes más.

Kenan la besó con una fuerza que convirtió la respuesta en algo físico y se inclinó hacia los vaqueros abandonados en el suelo. Extrajo de uno de los bolsillos un preservativo, pero Maia se lo quitó de los dedos antes de que pudiera abrirlo.

Él permaneció inmóvil mientras ella rasgaba el envoltorio y se lo colocaba, recorriéndolo después con la mano hasta sentir cómo el aire volvía a quebrarse en su garganta.

Sin apartar los ojos de Kenan, Maia apoyó las manos en su pecho y lo empujó suavemente hasta hacerlo sentarse en el borde de la cama. Se acomodó a horcajadas sobre sus muslos y le rodeó la nuca, manteniendo sus rostros muy cerca.

Las manos de él se posaron en su cintura sin intentar dirigirla.

Maia elevó las caderas y lo guio hacia ella. Antes de descender, buscó los ojos de Kenan. Él sostuvo su mirada, con el pecho agitado y los dedos tensándose sobre su piel.

Ninguno necesitó preguntar nada.

Maia comenzó a descender. En cuanto sintió cómo él entraba, Kenan le sujetó la nuca y la atrajo hacia su boca, manteniéndola cerca mientras la besaba despacio. El gemido de Maia quedó atrapado entre sus labios y se mezcló con el sonido grave que nació en la garganta de él al sentirse recibido.

El beso continuó mientras ella descendía, lento y profundo en contraste con la tensión que recorría sus cuerpos.

Abrumada por la intensidad de sentirlo dentro después de haberlo deseado durante todo el día, Maia se detuvo un instante.

Kenan no intentó apremiarla; conservó la mano en su nuca y recorrió su espalda con la otra, dejándole decidir cuándo continuar sin permitir que sus labios se alejaran demasiado.

Maia apoyó la frente en la suya, tomó aire y reanudó el movimiento hasta recibirlo por completo. Kenan volvió a besarla en ese instante, recogiendo entre ambos el nuevo gemido que ninguno consiguió contener.

Permanecieron así durante unos segundos, respirando el mismo aire. Sentirlo dentro de ella convertía en algo real todo lo que habían aplazado desde la noche anterior; ya no existía una barrera que los obligara a detenerse ni una excusa detrás de la que ocultar lo que ambos habían elegido.

Maia inició un balanceo lento. Kenan la acompañó sin arrebatarle el ritmo, recorriendo con las manos la curva de su espalda y sus caderas mientras ella exploraba cada cambio de presión.

Cuando sus bocas volvieron a encontrarse, el beso conservaba el hambre de antes, pero había adquirido una profundidad nueva.