Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Maia cerró la puerta de la habitación y permaneció apoyada contra ella, con el teléfono todavía en la mano.

La una menos ocho.

Cincuenta y ocho minutos.

La precisión del cálculo le pareció absurda. Kenan no había fijado una hora ni prometido puntualidad. Necesitaría esperar a que Barış se acostara, encontrar una excusa para salir de la habitación y recorrer el hotel sin cruzarse con nadie. Podía tardar más. Podía cambiar de opinión.

Ella también.

Dejó el teléfono sobre la cómoda y se quitó la chaqueta.

El silencio de la habitación, tan agradable unas horas antes, adquirió una densidad distinta.

La cama ocupaba casi todo el espacio. La puerta del balcón continuaba entreabierta y el rumor del mar llegaba desde la bahía, amortiguado por la distancia.

Maia se sentó en el borde del colchón para descalzarse.

La decisión sensata era sencilla. Podía ponerse el pijama, lavarse los dientes y acostarse. Si Kenan llamaba, bastaría con no abrir. Él mismo le había ofrecido aquella salida y, por mucho que su seguridad resultara irritante, no había dado por sentado que lo recibiría.

El problema era que Maia no quería acostarse.

Tampoco quería que él cambiara de opinión.

Se levantó antes de que aquella certeza pudiera adquirir una forma más incómoda y entró en el baño. La luz sobre el espejo reveló el cansancio bajo sus ojos, el cabello algo desordenado por el baile y el resto de color que el calor del local había dejado en sus mejillas.

No había bebido lo suficiente para culpar al alcohol. Tampoco estaba agotada hasta el punto de confundir deseo con debilidad. Sabía que Kenan había comprado preservativos, para qué pensaba utilizarlos y qué ocurriría si le abría la puerta.

La noche anterior se habían detenido porque no tenían protección.

Aquella noche no quedaba ese obstáculo.

Abrió la ducha.

El agua tardó unos segundos en alcanzar una temperatura agradable. Maia se quitó la ropa y entró antes de permitirse analizar lo que significaba estar preparándose para recibirlo. El agua caliente eliminó de su piel el calor del local y la humedad de la caminata junto al mar.

La memoria de las manos de Kenan recorriendo aquel mismo camino la noche anterior llegó con una precisión que la obligó a cerrar los ojos.

Recordó su boca junto a la clavícula, el peso de su cuerpo y la paciencia con que había conseguido llevarla hasta un placer que todavía podía reconstruir si se concentraba demasiado.

Pero fue el recuerdo de la pista de baile lo que hizo que su respiración cambiara: la tensión de los dedos de Kenan sobre su cintura, su voz pidiéndole que no se moviera y la evidencia de cuánto lo había afectado sentirla contra él.

Maia cerró el grifo antes de que la ducha dejara de cumplir una función práctica.

Se secó deprisa y se cepilló los dientes.

Al regresar a la habitación, abrió la maleta y apartó varias prendas antes de reconocer que no buscaba nada concreto.

No había llevado ropa interior elegida para una situación semejante.

El viaje debía ser una prolongación profesional de las jornadas, no una oportunidad para acostarse con el presidente de la fundación que encabezaba la delegación.

Encontró un camisón sencillo y lo sostuvo unos segundos.

La prenda le llegaba a mitad del muslo y carecía de cualquier intención seductora. Era de algodón suave, con tirantes estrechos, elegida por comodidad y doblada sin pensar que Kenan llegaría a verla.

Maia dejó a un lado la ropa interior que había sacado junto con él.

Permaneció inmóvil durante un instante. Después se puso el camisón y dejó caer la tela sobre su cuerpo todavía caliente por la ducha.

Se contempló en el espejo del armario.

A simple vista, no había nada provocador en su aspecto: el cabello algo desordenado, el rostro limpio y una prenda sencilla con la que podría haberse preparado para dormir.

Solo ella sabía que debajo no llevaba nada.

Y dentro de poco, si decidía abrir la puerta, también lo sabría Kenan.

Miró la hora al dejar el teléfono sobre la mesilla.

La una y diez.

Kenan aún no podía haber llegado. Saberlo no impidió que Maia prestara atención al menor sonido procedente del pasillo.

Se sentó en la cama, tomó el libro en alemán de la mesilla y lo abrió por la página marcada. Leyó dos veces el mismo párrafo sin retener una sola palabra. Al tercer intento descubrió que seguía escuchando cualquier ruido al otro lado de la puerta y lo cerró.

Kenan llevaba pensándolo desde la noche anterior.

La frase regresó acompañada por el recuerdo de su cuerpo contra el de ella en la pista, de la advertencia pronunciada junto a su oído y de la firmeza que había sentido bajo los vaqueros.

Maia se tumbó boca arriba y cerró los ojos, pero aquella postura solo consiguió que tomara una conciencia más precisa de la cama.

No era la misma cama ni llegaban a ella del mismo modo que la noche anterior.

Esta vez no habría un encuentro fortuito en el pasillo, un bolso abierto sobre la moqueta ni unos zapatos caídos a sus pies.

Kenan no la acompañaría hasta la puerta creyendo que se limitaba a ayudarla, y Maia tampoco podría refugiarse en el impulso de un beso que ninguno de los dos había previsto.

Vendría porque quería acostarse con ella.

Y ella abriría porque deseaba exactamente lo mismo.

La aceptación debería haberla tranquilizado. En cambio, hizo que el calor se extendiera lentamente desde su vientre.

Volvió a mirar la hora.

La una y veintisiete.

Se incorporó con una impaciencia que no estaba dispuesta a analizar y salió al balcón. La terraza quedaba encajada entre dos muros laterales que la aislaban de las habitaciones próximas. Frente a ella no había edificios, ventanas ni paseo: solo el mar.

Maia se sentó. El aire fresco le erizó la piel de los brazos y se deslizó bajo el borde del camisón, acariciando lugares que la ausencia de ropa interior había dejado expuestos.

La sensación le provocó un estremecimiento y, por primera vez desde que había tomado aquella decisión, no sintió pudor ni la necesidad de cuestionarla.

Se sintió deseable.

Atrevida de una manera que no necesitaba mostrar a nadie y que, dentro de poco, solo Kenan llegaría a descubrir.

Frente a ella, el mar se extendía oscuro, roto únicamente por los reflejos lejanos de la bahía. Durante unos minutos consiguió concentrarse en el sonido de las olas.

Después creyó oír pasos en el pasillo.

Entró en la habitación antes de decidir hacerlo. Se detuvo junto a la cama y esperó, pero los pasos se alejaron hacia el ascensor.

La decepción fue tan inmediata que Maia dejó escapar una risa silenciosa.

Toda aquella cautela, todas las razones por las que no debían hacerlo y la preocupación por lo que pudiera advertir el resto del grupo se habían reducido a esperar descalza, en camisón, que Kenan llamara a su puerta.

A la una y cuarenta cerró la puerta del balcón, apagó la lámpara principal y dejó encendida solo la de la mesilla. No pretendía crear ambiente; la luz del techo era demasiado intensa y empezaba a molestarle.

A la una y cincuenta y dos, alguien llamó.

Fueron dos golpes suaves, lo bastante discretos para no romper el silencio del pasillo.

Maia no se movió de inmediato.

El corazón comenzó a latirle con una fuerza desproporcionada. Había imaginado aquel sonido durante casi una hora y, ahora que había llegado, la posibilidad de permanecer en silencio seguía abierta.

Kenan esperaría unos segundos y regresaría a su habitación.

A la mañana siguiente ninguno de los dos mencionaría lo ocurrido. Podrían ir a Zarautz, caminar junto al mar y fingir que el acuerdo de mantener las distancias aún conservaba algún valor.

Llamó una segunda vez.

Maia cruzó la habitación.

No preguntó quién era. Tampoco miró por la mirilla. Apoyó la mano sobre la manilla y abrió.

Kenan esperaba al otro lado con los vaqueros y la camisa que había llevado durante la cena, aunque se había quitado el jersey. Las mangas estaban remangadas hasta los antebrazos y los dos primeros botones permanecían abiertos. Tenía el cabello húmedo, peinado hacia atrás con los dedos.

El aroma limpio de un jabón masculino alcanzó a Maia antes de que él dijera nada.

Su mirada descendió por el camisón y regresó despacio hasta su rostro.

—Eres puntual —dijo ella.

—No quería darte ocasión de cambiar de idea.

—No pensaba hacerlo.

Maia abrió la puerta un poco más.

Kenan entró y ella la cerró tras él, consciente de que aquel gesto eliminaba la última distancia que todavía podían atribuir a las circunstancias. El chasquido de la cerradura pareció extenderse por toda la habitación.

Dejó la tarjeta sobre la cómoda. Cuando volvió a mirarla, la serenidad con que había llegado había desaparecido.

—Dímelo ahora, Maia.

No necesitó precisar a qué se refería.

Ella permaneció apoyada contra la puerta. Kenan esperaba una respuesta clara, sin acercarse todavía ni permitir que el impulso decidiera por ninguno de los dos.

Maia sostuvo su mirada.

—Quiero que me quites el camisón. Quiero volver a sentir tus manos y tu boca sobre mí.

—Quiero que esta vez no tengas que detenerte —continuó ella—. Quiero tocarte, sentirte dentro de…

No llegó a terminar.

Kenan acortó la distancia y la besó con toda la urgencia que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Una mano se cerró alrededor de su nuca mientras la otra encontraba su cintura y la apartaba de la puerta para atraerla contra él.

Kenan no le concedió espacio. Volvió a besarla antes de que pudiera recuperarse, abriéndole los labios con los suyos hasta que sus lenguas se encontraron en un roce profundo e impaciente que anuló cualquier resto de prudencia.

Ella le rodeó la nuca y tiró de él, respondiendo con la misma hambre.

Ya no quedaba nada del juego sostenido durante la cena ni de las miradas que ambos habían fingido ocultar.

Las concubinas, los sultanes y cada uno de los roces aplazados a lo largo del día parecían haber desembocado en aquel beso.