Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 19 #5
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CAPÍTULO 19 #5

—Después de anoche, me pareció prudente no confiar demasiado en las decisiones de ninguno de los dos, señorita Madinabeitia.

—Creía haber dejado bastante clara la mía esta tarde.

—Con absoluta claridad.

Kenan se inclinó hacia ella, obligado en apariencia por la música, aunque su voz descendió mucho más de lo necesario.

—Hace unos minutos, sin embargo, ha mostrado usted una forma muy particular de defenderla.

Maia sostuvo su mirada.

—Solo estaba bailando.

Los ojos de Kenan descendieron hasta su boca antes de regresar a los suyos.

—Entonces procure no volver a bailar así conmigo, señorita Madinabeitia. Podría hacerme pensar que está reconsiderando su decisión.

Maia recorrió con el pulgar la condensación de su copa. La respuesta prudente habría sido negarlo, pero todavía conservaba en el cuerpo el recuerdo de lo ocurrido en la pista y no encontró voluntad suficiente para fingir.

—Empiezo a pensar que mi decisión será la parte menos complicada de esta noche.

La diversión desapareció lentamente de la expresión de Kenan.

—Las habitaciones.

Maia dirigió una mirada hacia el local. Barış continuaba esperando junto a la barra y Ece y Emine todavía no habían regresado del baño. Nadie parecía pendiente de ellos, aunque eso no significaba que pudieran desaparecer juntos sin que su ausencia terminara por resultar evidente.

—No pienso convertir esto en un espectáculo para toda la delegación —dijo.

Kenan miró hacia Barış y después recorrió el local, valorando el obstáculo con una calma que inquietó a Maia mucho más que cualquier respuesta impulsiva.

—Volveremos al hotel con ellos y cada uno subirá a su habitación.

Maia esperó. La mano de Kenan abandonó el vaso y quedó sobre la mesa, cerca de la suya sin llegar a tocarla.

—Una hora después de que volvamos al hotel llamaré a tu puerta —continuó—. Si para entonces has recuperado el sentido común, no abras.

El modo en que lo dijo eliminó cualquier posibilidad de que estuviera bromeando.

Maia pensó en Barış, aunque ya sabía qué respondería Kenan si volvía a señalar aquel problema.

Bajó la vista hacia los pocos centímetros que separaban sus manos.

—Pareces haberlo pensado todo.

Kenan deslizó el meñique sobre la mesa hasta rozar el suyo.

—Llevo pensándolo desde anoche.

Maia no retiró la mano.

—No he dicho que vaya a abrir.

—No —admitió él, manteniendo aquel contacto mínimo—. Pero tampoco me has pedido que no vaya.

Barış regresó en aquel momento con una nueva ronda que nadie había pedido. Colocó las copas sobre la mesa con extremo cuidado y ocupó su asiento sin reparar, o fingiendo no hacerlo, en la forma en que Maia y Kenan se apartaban.

Ece y Emine volvieron poco después. La conversación recuperó su curso y la oportunidad de quedarse a solas desapareció, pero Maia continuó sintiendo la mirada de Kenan cada vez que llevaba la copa a los labios.

No volvieron a bailar.

Tampoco habría sido prudente.

Pasadas las doce y media, el cansancio terminó imponiéndose. Emine reprimió un bostezo y Ece admitió que empezaba a dudar de su capacidad para levantarse a tiempo al día siguiente. Barış pidió la cuenta antes de que cualquiera pudiera proponer otro local.

Salieron al paseo sin demasiada prisa. La noche era fresca, pero no fría, y el viento había desaparecido casi por completo.

La bahía se extendía oscura al otro lado de la barandilla.

Las olas seguían llegando a la orilla, mucho más calmadas que durante la mañana, y dejaban una línea de espuma que la iluminación del paseo volvía visible.

Ece y Emine avanzaban juntas. Barış caminaba cerca de ellas, atento a una historia que ninguna de las dos parecía capaz de contar en orden. Maia quedó unos pasos atrás con Kenan.

El hotel apareció al final de la calle cuando la conversación empezaba a languidecer. Ece se despidió nada más entrar en el vestíbulo y arrastró a Emine hacia el ascensor, mientras Barış las seguía consultando en el teléfono la hora prevista para la salida del día siguiente.

Maia entró con ellos. Kenan ocupó el espacio a su lado sin tocarla y, durante el breve ascenso, atendió una observación de Barış sobre el desayuno como si no acabara de decirle que llamaría a su puerta dentro de una hora.

El ascensor se detuvo en la planta donde se alojaba el resto de la delegación. Ece y Emine salieron primero, seguidas por Barış. Kenan fue el último en cruzar las puertas, aunque se volvió antes de apartar la mano que impedía que se cerraran.

—Buenas noches —dijo Maia desde el interior.

Barış respondió con un gesto distraído antes de seguir a las mujeres por el pasillo. Kenan permaneció un instante frente a ella.

—Buenas noches, Maia.

Retiró la mano y las puertas se cerraron despacio entre ambos. Maia continuó sola hasta la planta superior.

Solo entonces calculó cuánto faltaba para que Kenan llamara a su puerta. Miró la pantalla del teléfono: era la una menos diez.

Maia recorrió el pasillo hacia su habitación. Kenan había dicho «dentro de una hora», pero también había entrado en aquella farmacia después de que ella le asegurara que no la necesitarían.

Resultaba evidente que confiaba bastante menos que Maia en la firmeza de sus decisiones.