Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

La zona destinada al baile era pequeña y estaba ocupada por grupos que poco respetaban el ritmo de la música. Emine empezó a moverse junto a Ece, mientras Barış se dejaba arrastrar con una soltura inesperada.

Maia necesitó apenas unos compases para familiarizarse con el ritmo. Nunca había bailado aquella música, pero sabía escucharla con el cuerpo y no tardó en seguirla con soltura.

Cuando se volvió hacia la mesa, descubrió que Kenan la observaba.

Él continuaba sentado, con un brazo apoyado en el respaldo del sillón y el vaso de whisky entre los dedos. Mostraba una expresión demasiado tranquila para alguien que pretendía quedarse al margen.

Maia alargó una mano hacia él.

Kenan contempló primero la mano y después su sonrisa.

Dejó el vaso sobre la mesa y se levantó.

Maia tardó pocos segundos en descubrir que también sabía bailar.

Kenan se movía sin exhibirse, cómodo en su propio cuerpo y sin perderla de vista, como si el resto del local hubiera quedado reducido al espacio que había entre los dos.

Ece y Emine reían a pocos pasos; Barış había terminado bailando con dos desconocidos que celebraban cada uno de sus movimientos.

En algún momento, Kenan quedó frente a Maia.

Bailaron sin tocarse, separados por la escasa distancia que permitían las personas que se movían alrededor.

Maia era demasiado consciente de él para fingir que aquella proximidad no alteraba nada, pero la música rápida y las risas del grupo les ofrecían una apariencia de normalidad.

La canción terminó y fue sustituida por otra de ritmo más lento. Varias personas abandonaron la pista. Barış aprovechó para regresar a la mesa, mientras Ece y Emine continuaban bailando unos pasos más allá.

Maia pensó que Kenan haría lo mismo.

Él apoyó una mano en su cintura.

El gesto resultó natural dentro de la pista, aunque la presión de sus dedos atravesó el tejido suave de la camiseta con una claridad que no tenía nada de inocente. Maia colocó una mano sobre su hombro y permitió que la atrajera un poco más. Kenan tomó la otra y la sostuvo cerca de su pecho.

Empezaron a moverse despacio.

La música apenas exigía separar los pies del suelo. Maia notaba el calor de su cuerpo, el roce ocasional de sus piernas y la respiración de Kenan cerca de su sien.

—Podrían vernos —murmuró.

Kenan dirigió una mirada por encima de su hombro. Barış intentaba llamar la atención del camarero; Ece y Emine se reían de algo sin dejar de bailar.

—Están medio borrachos. Nadie está mirando.

Era cierto. Y aquella comprobación previa revelaba que Kenan había pensado en ello antes de acercarla.

—No sabía que bailaras tan bien —dijo ella cerca de su oído—. Empiezo a sospechar que no hay nada que se te dé mal.

Kenan negó con una sonrisa.

—Se me da bastante mal seguir mis propios consejos.

—Eso ya lo había notado.

—Y mantener las distancias, por lo visto.

—Por fin algún defecto.

—Tengo muchos más. Pero no pienso enseñártelos todos en dos días.

La mano que sostenía su cintura ejerció una presión leve y Maia terminó de acomodarse contra él. La música ocultaba sus voces y reducía el resto del local a un movimiento confuso a su alrededor.

—Anoche creí que hoy sería más fácil no tocarte —dijo Kenan cerca de su oído.

El recuerdo llegó acompañado por una reacción inmediata de su cuerpo. Maia sintió bajo la palma la tensión de su hombro y el calor de sus dedos extendidos sobre su espalda.

—¿Y lo está siendo?

Kenan inclinó la cabeza. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de su sien.

—Llevo todo el día pensando en cuánto deseo volver a tenerte así.

La franqueza debería haber devuelto a Maia la conciencia del grupo. En cambio, dejó de buscar a Ece y a Barış entre las personas que los rodeaban. Deslizó la mano desde el hombro de Kenan hasta su nuca y acortó por voluntad propia la distancia que aún quedaba entre ambos.

—Yo llevo todo el día intentando no pensarlo.

—¿Lo has conseguido?

Maia apoyó la frente bajo su mandíbula. Allí nadie podía verle la expresión, aunque ya había dejado de importarle.

—No.

Kenan respiró hondo. Ella percibió el movimiento de su pecho contra el suyo y supo que aquella única sílaba había tenido el efecto que buscaba.

Continuaron bailando sin hablar. Ya no había cautela en la forma en que Maia se mantenía pegada a él ni fingimiento en la mano que conservaba alrededor de su nuca.

Al cambiar de movimiento, su cadera rozó la de Kenan y percibió contra el vientre la dureza que él ya no podía ocultar. La constatación le cortó la respiración, pero no la hizo retroceder. Al contrario, dejó que el siguiente balanceo repitiera el contacto con una lentitud mucho más consciente.

Los dedos de Kenan se tensaron sobre su cintura.

—Maia.

Siguieron moviéndose al ritmo de la música, demasiado cerca para que el baile conservara ya ninguna inocencia.

—No te muevas —murmuró junto a su oído.

La petición habría podido parecer una orden de no ser por la falta de firmeza con que fue pronunciada.

Maia permaneció contra él mientras otras parejas se acomodaban al nuevo ritmo.

Ya no bailaban realmente; apenas se balanceaban lo suficiente para no llamar la atención, protegidos por los cuerpos que se movían a su alrededor.

Kenan apoyó durante un instante la mejilla junto a su sien y dejó escapar el aire muy despacio.

—Esto también es consecuencia de no mantener las distancias —dijo ella, sin atreverse a mirarlo.

—Más bien es consecuencia de cómo estabas moviéndote.

—Ahora mismo no estoy haciendo nada.

La risa de Kenan quedó reducida a una breve vibración contra su cuerpo.

—Exactamente —dijo él—. Sigue así.

Transcurrieron unos compases más antes de que la mano situada en su espalda perdiera parte de la presión. Kenan se apartó entonces lo imprescindible, sin soltar todavía sus dedos, y Maia tuvo la delicadeza de no comprobar hasta qué punto había conseguido recuperar el dominio que fingía.

Salieron de entre la gente cuando la pista volvió a llenarse. Él caminó muy cerca detrás de ella durante los primeros pasos y solo se colocó a su lado al aproximarse a la mesa. Para entonces, su expresión había recuperado una serenidad aceptable, aunque no la soltó hasta que Maia tomó asiento.

Barış seguía junto a la barra. Ece y Emine habían regresado a sus asientos y se abanicaban con la carta de bebidas.

Ece la dejó sobre la mesa.

—Necesito ir al baño antes de que se forme más cola.

Emine se levantó con ella. Barış continuaba esperando junto a la barra, atrapado detrás de un grupo que discutía con el camarero. En pocos segundos, Maia y Kenan quedaron solos.

La música impedía que su conversación alcanzara las mesas próximas, pero también los obligaba a inclinarse el uno hacia el otro.

—¿Dónde me viste? —preguntó Maia.

Kenan no necesitó que precisara a qué se refería.

—Desde el paseo. Volvía de la farmacia.

Maia alzó una ceja y lo observó por encima del borde de la copa.

—Está usted muy seguro de sí mismo, señor Gökalp.

La boca de Kenan se curvó despacio.