CAPÍTULO 19 #3
Se había duchado y cambiado de ropa. Llevaba unos pantalones oscuros y un jersey fino sobre una camisa clara, una elección sencilla que lo alejaba de la imagen formal de los días anteriores. El cabello continuaba húmedo, con algunos mechones secándose sin orden sobre las sienes.
Su mirada encontró a Maia antes de que las puertas terminaran de cerrarse. Se detuvo un instante en su cabello húmedo y algo parecido a una sonrisa suavizó su expresión, aunque desapareció antes de que ella pudiera atribuirle un motivo.
Se reunió con el grupo sin hacer ningún comentario.
—Demir está bien. Se ha despertado para beber agua y ha vuelto a dormirse. He dejado el teléfono con sonido por si necesita algo.
—¿Vas a quedarte con él? —preguntó Maia.
—No quiere que lo haga. Su compañero de habitación tampoco va a salir y me avisará si se encuentra mal.
Maia asintió. La respuesta eliminaba la última razón para modificar los planes y, al mismo tiempo, confirmaba que Kenan no había dejado al profesor sin asegurarse de que alguien permaneciera cerca.
Barış guardó el teléfono.
—Entonces somos cinco.
Salieron del hotel.
El cielo conservaba una franja azul sobre el mar, aunque la luz empezaba a adquirir un tono dorado en las fachadas. Las calles seguían húmedas en las zonas donde no había alcanzado el sol y el aire se había enfriado lo suficiente para que Maia agradeciera la chaqueta.
Kenan esperó a que los demás avanzaran antes de situarse a su lado.
—Has aprovechado bien la siesta.
Maia volvió la cabeza.
—No he dormido.
Él dirigió una mirada hacia el cabello húmedo que le rozaba los hombros.
—Ya lo sé.
Kenan no añadió nada. Aumentó el paso hasta reunirse con Barış, dejando a Maia unos metros atrás con la certeza de que la había visto y ninguna forma de averiguar desde dónde.
Maia se quedó inmóvil.
Kenan ya había alcanzado a Barış y caminaba junto a él como si no acabara de confirmar que sabía dónde había pasado ella la tarde.
No explicó desde dónde la había visto ni por qué no se había acercado.
El resto del grupo ocupaba toda la anchura de la acera y Maia tuvo que esperar hasta llegar a la esquina para incorporarse detrás de Ece y Emine.
Encontraron un restaurante pequeño cerca del paseo, con las ventanas abiertas hacia una terraza resguardada del viento. Después de la sucesión de barras de la tarde, nadie protestó cuando el camarero los condujo hasta una mesa donde podrían sentarse y utilizar cubiertos.
La carta produjo un silencio agradecido.
—No quiero ver otro pintxo hasta mañana —declaró Ece.
Emine dejó escapar una risa mientras abría el menú.
—Has dicho lo mismo al salir del último bar y después te has comido dos.
—Aquello formaba parte de la visita. Esto es la cena.
Maia se sentó entre Emine y Barış. Kenan ocupó la silla de enfrente, una disposición que no habían elegido pero que lo mantendría dentro de su campo de visión durante toda la noche. Él dejó el teléfono boca abajo junto al plato y abrió la carta.
—¿Seguimos teniendo alguna obligación oficial? —preguntó Barış.
Maia consultó la hora por costumbre.
—Conseguir que mañana estéis preparados a las nueve y media.
—Eso no responde a la pregunta.
Ella recorrió con la mirada las cuatro caras que la rodeaban. Ninguno mostraba los efectos del alcohol de una manera preocupante y todos eran capaces de regresar al hotel sin su ayuda.
—No. Hasta mañana sois libres.
La declaración pareció modificar el ánimo de la mesa. Barış se recostó en la silla; Ece dejó el teléfono dentro del bolso y Emine pidió una botella de vino blanco antes de que Maia pudiera recordarles lo ocurrido durante la tarde.
—Nosotros somos los responsables —aseguró Ece al advertir su expresión.
—Eso decían también quienes ahora están durmiendo.
—Ellos empezaron antes.
El camarero regresó para tomar nota. Eligieron varios platos para compartir, pescado a la parrilla y una ensalada que Barış insistió en añadir después de calcular cuánto pan habían comido desde el mediodía.
Maia habló con el hombre en euskera; esta vez nadie necesitó traducciones y todos parecieron dispuestos a aceptar cualquier cosa que llegara a la mesa.
Cuando sirvieron el vino, Emine llenó cinco copas.
Maia observó la suya.
No había bebido durante el almuerzo porque seguía trabajando. La jornada, sin embargo, había terminado y las cuatro personas sentadas con ella no necesitaban que las condujera de regreso.
Tomó la copa.
—Eso significa que oficialmente hemos dejado de ser un problema —dijo Barış.
—Significa que confío en que sepáis caminar dos calles sin perderos.
La sonrisa de Kenan apareció al otro lado de la mesa, aunque no intervino. Levantó su copa cuando Emine propuso brindar por el final de las jornadas y por los días de viaje que todavía les quedaban.
El vino estaba frío y sabía a fruta verde. Maia bebió un sorbo y sintió cómo el cuerpo empezaba a desprenderse de una tensión que había mantenido durante toda la semana sin ser consciente de ella.
La comida llegó poco después y durante los primeros minutos apenas hablaron, concentrados en repartir los platos. Barış dejó de consultar el teléfono y Emine contó que llevaba años posponiendo una visita a San Sebastián por trabajo o por obligaciones familiares.
—Mañana nadie habla de universidades, convenios ni proyectos —advirtió Ece—. Quiero pasar un día entero sin escuchar la palabra fundación.
—Eso elimina la mitad del vocabulario de Barış —dijo Emine.
Él aceptó la observación sin ofenderse.
—Puedo hablar de otras cosas.
—No desde que te conozco.
La conversación continuó sin que Maia tuviera que dirigirla.
Hablaban en turco, cambiaban de tema y discutían sobre qué fotografías enviarían a sus familias.
Por primera vez desde que había comenzado la semana, ella no estaba sentada con la delegación como parte de su trabajo.
Era una más en una mesa de personas cansadas que acababan de terminar varios días de obligaciones y todavía disponían de un fin de semana junto al mar.
La diferencia se hizo visible también en Kenan.
Había apartado el teléfono y participaba solo cuando tenía algo que añadir.
Escuchó a Ece contar los problemas que había tenido para conseguir los permisos del viaje, corrigió una fecha que Barış recordaba mal y se rio cuando Emine describió la expresión de Demir al descubrir los respiraderos del Peine del Viento.
No parecía pendiente de quién ocupaba las mesas cercanas ni de si alguien lo reconocía.
Maia lo observó durante más tiempo del que pretendía. Quizá el vino empezaba a hacer efecto o quizá ya no tenía sentido fingir que la presencia de Kenan no dominaba buena parte de su atención.
Él levantó los ojos.
Maia no apartó los suyos.
Durante unos segundos permanecieron así, separados por las copas, los platos y la conversación de los demás. Kenan fue el primero en volver hacia Emine, aunque sus dedos continuaron inmóviles alrededor de la copa.
Después del café, nadie mostró intención de volver al hotel.
Al salir del restaurante, la noche había terminado de caer. La bahía aparecía oscura al final de la calle y las luces del paseo se reflejaban sobre el pavimento todavía húmedo. El aire había perdido la violencia de la mañana y conservaba solo una brisa fresca que llegaba desde el agua.
Ece se detuvo bajo una farola.
—No son ni las once.
—Eso suele ocurrir cuando se cena a una hora razonable —dijo Barış.
—Estamos oficialmente de vacaciones y llevamos una semana acostándonos agotados.
Emine señaló una terraza al otro lado de la calle. Varias mesas continuaban ocupadas y desde el interior del local llegaba música a un volumen que permitía conversar.
—Podríamos tomar una copa.
La propuesta no necesitó demasiada defensa. Eran precisamente los cinco que menos habían bebido durante la tarde y ninguno tenía intención de pasar su primera noche libre encerrado en el hotel.
Maia miró hacia Kenan.
—¿Demir?
—Tiene mi número y su compañero está con él. Si ocurre algo, llamarán.
Ella asintió. No quedaba ninguna razón práctica para negarse.
Cruzaron la calle.
El local tenía una terraza cerrada por paneles de cristal y una zona interior iluminada con lámparas bajas.
Eligieron una mesa al fondo, cerca de una ventana desde la que se veía una franja de mar entre los árboles.
El ambiente era tranquilo, aunque más animado que el restaurante: conversaciones, hielo golpeando vasos y una música suave que se confundía con el rumor lejano de las olas.
Barış pidió un whisky. Ece y Emine eligieron dos combinados distintos después de estudiar la carta con una seriedad que no habían dedicado al menú de la cena.
Maia todavía estaba decidiendo cuando el camarero se volvió hacia Kenan.
—Whisky —pidió él.
La palabra devolvió a Maia otra noche, una baraja extendida sobre la mesa y el sonido de la lluvia contra las ventanas.
Kenan debió de advertir el recuerdo en su expresión.
—Esta vez no tenemos cartas —dijo.
—Las circunstancias han mejorado.
La observación quedó entre ellos mientras el camarero esperaba. Maia terminó pidiendo una ginebra con tónica y dejó la carta sobre la mesa.
Ece empezó a contar una anécdota sobre la primera delegación extranjera que había recibido en su universidad.
Barış, como enlace con la Fundación Gökalp, que había colaborado en aquella visita, la corrigió dos veces hasta que Emine le pidió que dejara de comportarse como si estuviera revisando un informe.
Las bebidas llegaron en medio de la discusión y el primer brindis surgió sin que nadie necesitara buscarle una razón concreta.
Las copas chocaron en el centro de la mesa. Durante un rato permanecieron allí, escuchando la música y viendo cómo el local se llenaba poco a poco. Ece fue la primera en impacientarse.
—No hemos venido hasta San Sebastián para pasar la noche sentados.
Dejó la copa sobre la mesa, tomó a Emine de la mano y, antes de que Maia pudiera anticipar sus intenciones, tiró también de ella. Barış las siguió con una resignación que no ocultaba del todo las ganas de divertirse.