CAPÍTULO 19 #2
Maia descendió por una de las rampas y se alejó de los accesos más concurridos. Encontró un espacio cerca del muro, extendió el peştemal y dejó la mochila en una esquina para impedir que el viento lo levantara.
Se quitó la camiseta y los pantalones, aplicó crema sobre los brazos, el rostro y las piernas y se tumbó boca abajo. El calor del sol se acumulaba sobre su espalda mientras el aire fresco procedente del agua impedía que resultara incómodo.
Sacó el libro.
Durante unos minutos tuvo que releer varias veces el mismo párrafo. La cabeza continuaba llena de imágenes inconexas: Kenan atendiendo a Demir, la mirada con que había intentado averiguar qué habían hablado y la revelación del parentesco.
Cerró los ojos y escuchó las olas.
No tenía derecho a completar los espacios que Demir había dejado vacíos. Tampoco quería pasar la única hora libre del día interpretando a Kenan como si fuera otro discurso que debía traducir.
Cuando abrió de nuevo el libro, consiguió avanzar más de una página.
Poco a poco, las voces de la playa dejaron de reclamar su atención.
El alemán volvió a ocupar el lugar que le correspondía dentro de su cabeza, separado del turco y del euskera que llevaba horas alternando.
El sol le calentaba la piel, el viento movía las puntas del algodón y el mar llenaba con su ruido todos los silencios.
Por primera vez desde que había comenzado la semana, nadie sabía dónde encontrarla.
Consiguió leer durante un rato. Cuando volvió a levantar la vista, la línea del agua se había retirado un poco más y las olas, aunque menos violentas que durante la mañana, todavía obligaban a los bañistas a afirmarse sobre la arena.
Maia dejó el libro abierto boca abajo sobre la toalla.
Llevaba casi un año sin entrar en el Cantábrico. Había pasado los últimos meses trabajando, viajando y aplazando el regreso al mar como si pudiera sustituirse por cualquier otro paisaje. Ahora lo tenía delante y la necesidad de sentirlo sobre la piel se volvió imposible de ignorar.
Comprobó el color de la bandera y observó durante unos minutos a quienes se bañaban cerca de la orilla. Nadie se alejaba demasiado y la mayor parte permanecía donde no cubría mucho.
Se puso en pie.
El viento le enfrió la crema sobre la piel cuando caminó hacia el agua. La arena húmeda cedía bajo sus pasos y conservaba el calor del sol hasta pocos metros antes de la orilla.
Se apartó el cabello de la cara y esperó la siguiente ola.
Esta vez flexionó las rodillas y, cuando la tuvo encima, se sumergió por completo para atravesarla buceando.
El agua le envolvió la cabeza con un frío limpio y ensordecedor antes de que volviera a impulsarse hacia la superficie.
Emergió apartándose el cabello de los ojos, tomó aire y comenzó a nadar unos metros en paralelo a la orilla, sin alejarse de la zona donde podía tocar el fondo, hasta que el cuerpo dejó de interpretar el agua como una agresión y empezó a recordar el movimiento.
El mar la sostenía y la empujaba en direcciones que no podía controlar por completo. Maia se dejó llevar durante unos minutos, atenta al fondo bajo sus pies y al ritmo de las olas, hasta que el frío empezó a entumecerle los dedos.
Regresó a la orilla.
El viento resultó todavía más frío cuando salió del agua. Maia recorrió deprisa la distancia hasta la toalla, con los brazos cruzados sobre el pecho y el cabello pegado a la espalda. Se envolvió en el algodón y permaneció de pie bajo el sol mientras el calor regresaba poco a poco a su piel.
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan despierta.
Se sentó sobre la arena y extendió la toalla alrededor del cuerpo. El libro continuaba donde lo había dejado, aunque ya no tenía ninguna prisa por volver a abrirlo. Contempló la bahía con la barbilla apoyada sobre las rodillas, todavía temblando y con una sonrisa que no conseguía borrar.
* * *
Kenan regresaba de la farmacia cuando, al pasar junto a la barandilla del paseo, dirigió una mirada hacia la playa.
Después de la tormenta de la mañana apenas quedaban bañistas. Distinguió a Maia en cuanto la vio salir del agua, avanzando deprisa por la arena mojada.
Se detuvo.
El pelo húmedo se había oscurecido sobre sus hombros, aunque el sol arrancaba destellos dorados de los mechones que empezaban a secarse alrededor de su rostro. Maia alcanzó la toalla, se envolvió en ella y levantó la cara hacia la luz mientras recuperaba el aliento.
Kenan no la había visto sonreír de aquella manera.
No había ironía, cautela ni conciencia de estar siendo observada. Solo la felicidad sencilla de volver a encontrarse en un lugar al que pertenecía. Incluso desde el paseo percibía el cambio en su cuerpo: los hombros relajados, la cabeza inclinada hacia atrás y los pies hundidos en la arena.
El acceso a la playa se encontraba unos metros más adelante. Le habría bastado bajar la rampa y llamarla; Maia probablemente le habría permitido sentarse a su lado, tal vez incluso habría sonreído al verlo.
Kenan introdujo una mano en el bolsillo y rozó la bolsa de la farmacia a través de la tela.
Había salido del hotel pensando en la posibilidad de volver a tocarla. Ahora, al verla sola y ajena a cuanto había ocurrido durante la semana, comprendió que acercarse significaría arrebatarle una parte de aquel descanso.
Permaneció junto a la barandilla hasta que Maia dejó de temblar y se sentó sobre la arena. Solo entonces apartó la mirada.
Después reanudó el camino hacia el hotel sin acercarse.
* * *
Ajena a su presencia, Maia se secó el cabello con un extremo del peştemal y volvió a abrir el libro.
Esta vez, el alemán ocupó su atención sin esfuerzo, acompañado por el ritmo de las olas y el murmullo de las pocas personas que continuaban en la arena.
Leyó hasta que la luz empezó a cambiar.
El sol había descendido sobre los edificios y las sombras alcanzaban ya buena parte de la playa. Maia cerró el libro sobre un dedo y consultó la hora en el teléfono.
Eran las siete y media pasadas.
Tenía varios mensajes.
Ece le comunicaba que Emine y ella bajarían a la hora acordada; Barış había escrito para advertirle que tres de los profesores preferían quedarse en el hotel y que Murat, después de defender durante toda la tarde las propiedades digestivas del patxaran , estaba intentando dormir con una botella de agua junto a la cama.
No había ningún mensaje de Kenan.
Guardó el libro y la crema en la mochila, se vistió sobre el bikini todavía húmedo y sacudió la arena de la toalla antes de doblarla.
Al ponerse en pie, descubrió en las piernas el cansancio acumulado durante la jornada.
El baño había conseguido ocultarlo durante un rato, pero el cuerpo empezaba a recordarle las pocas horas de sueño y los kilómetros recorridos.
Abandonó la playa con la mochila sobre un hombro.
El paseo estaba mucho más concurrido que cuando había llegado.
Las terrazas empezaban a llenarse y el aire traía olor a café, sal y comida desde los restaurantes cercanos.
Maia recorrió despacio la distancia hasta el hotel, todavía con la piel fresca bajo la ropa y el cabello húmedo sobre la espalda.
Entró sin encontrar a nadie de la delegación en el vestíbulo.
Miren levantó la vista y le dedicó una sonrisa antes de continuar ordenando unas fichas. Maia subió por las escaleras, agradecida por no tener que explicar dónde había estado ni por qué regresaba con arena adherida a los tobillos.
En su habitación, dejó la mochila en el suelo y abrió el balcón. El rumor del mar entró con mayor claridad mientras ella extendía la toalla sobre una silla y colgaba el bikini en el baño.
La ducha eliminó la sal y la arena, pero no la sensación de bienestar que el baño había dejado en su cuerpo. Maia permaneció bajo el agua caliente hasta que el espejo quedó cubierto de vaho y el cansancio empezó a convertirse en una pesadez agradable.
Se vistió sin demasiada ceremonia. Al inclinarse hacia el espejo, descubrió que la marca junto a la clavícula continuaba allí. El agua del mar y la ducha habían eliminado el corrector, dejando otra vez visible la sombra rojiza que la boca de Kenan había impreso sobre su piel.
Maia pasó la yema de un dedo por el borde sin llegar a tocarla del todo. El recuerdo físico apareció con una precisión que no necesitaba en aquel momento, y retiró la mano antes de que su atención se demorara más de la cuenta.
Escogió unos pantalones oscuros y una camiseta de tejido suave cuyo cuello cubría buena parte de la marca.
Aplicó un poco de corrector sobre lo que aún quedaba visible, añadió una chaqueta ligera para el regreso nocturno y dejó el cabello suelto, todavía húmedo, sobre los hombros.
Redujo el resto del maquillaje a lo imprescindible.
Cuando terminó, faltaban cinco minutos para las ocho y media.
El vestíbulo presentaba un aspecto muy distinto al de su llegada. Barış esperaba junto a la entrada, ya cambiado de ropa, mientras consultaba el teléfono. Ece y Emine ocupaban uno de los sofás y conversaban en voz baja. Ninguno de los demás profesores parecía dispuesto a abandonar su habitación.
—La siesta ha causado más bajas de las previstas —dijo Barış cuando la vio acercarse.
—Eso significa que ha funcionado.
—Murat opina lo contrario, pero no está en condiciones de defender su postura.
Maia contó por costumbre a quienes se encontraban en el vestíbulo.
—¿Demir?
—Sigue durmiendo. Kenan ha ido a comprobar cómo estaba hace unos minutos.
La información alivió una preocupación que Maia no había advertido que todavía conservaba. Se sentó junto a Ece mientras esperaban.
Emine le preguntó si había conseguido descansar.
Maia aseguró que sí, sin precisar que no había dormido ni un minuto, y la conversación derivó hacia qué tipo de comida preferían para aquella noche.
Habían empezado a discutir si todavía eran capaces de enfrentarse a otra barra de pintxos cuando se abrió el ascensor.
Kenan salió solo.