Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 19
59%

CAPÍTULO 19

Cuando regresaron al hotel, las nubes se habían retirado hacia el interior y el cielo lucía un azul limpio que parecía pertenecer a otro día. La luz de la tarde se reflejaba en las fachadas aún húmedas y llegaba desde el mar mezclada con un viento fresco, cargado de sal.

Maia contempló aquella claridad desde la entrada mientras esperaba a que el último miembro de la delegación cruzara la puerta.

Después de varias horas recorriendo bares, el grupo presentaba grados muy distintos de entusiasmo y estabilidad.

Ece y Emine conservaban una alegría discreta; Barış parecía encontrarse casi sobrio, aunque hablaba más de lo habitual, y Murat seguía defendiendo las virtudes del patxaran ante cualquiera dispuesto a escucharlo.

Los demás oscilaban entre la euforia y un cansancio que empezaba a imponerse al alcohol.

Demir apenas disimulaba el suyo.

Kenan lo acompañó hasta uno de los sillones del vestíbulo y esperó a que se sentara antes de acercarse a recoger las llaves. Maia aprovechó que los demás se agrupaban alrededor de Barış para anunciar la hora a la que volverían a reunirse.

—Nos vemos aquí a las ocho y media. Hasta entonces no hay ninguna actividad prevista y os recomiendo que durmáis un poco.

Nadie discutió con verdadera convicción.

Las llaves empezaron a circular y el vestíbulo recuperó el silencio a medida que los miembros de la delegación encontraban a sus compañeros de habitación.

Murat todavía intentó convencer a Ece de que una siesta de dos horas eliminaría los efectos culturales de la tarde, pero ella lo empujó hacia el pequeño ascensor sin molestarse en traducir la protesta.

Maia aguardó hasta comprobar que todos supieran dónde debían dirigirse. Solo entonces recogió su propia llave y buscó a Demir.

El profesor había cerrado los ojos en el sillón. Kenan permanecía junto a él, inclinado lo suficiente para hablarle sin que su voz llegara al resto del vestíbulo. Demir respondió con un gesto impaciente, aunque aceptó la mano que le ofrecía para levantarse.

Maia se acercó por si necesitaban ayuda.

—Puedo acompañarlo —dijo.

—Yo me encargo.

Kenan pasó un brazo por la espalda del profesor y ajustó el paso al suyo. No había impaciencia en su manera de sostenerlo ni el menor rastro de incomodidad ante el peso que Demir descargaba sobre él. Esperó a que recuperara el equilibrio antes de conducirlo hacia el ascensor.

Maia entró con ellos.

Durante la subida, Demir permaneció apoyado contra la pared, con los ojos entornados. La cabina conservaba el olor a vino y comida de las tabernas, mezclado con el perfume de Kenan, ya debilitado después de tantas horas al aire libre. Nadie habló hasta que las puertas se abrieron.

La habitación de Demir se encontraba al principio del pasillo. Kenan utilizó la llave, encendió una de las lámparas y lo acompañó hasta el interior. Maia se quedó junto al umbral mientras él retiraba la colcha de una de las camas.

—No voy a acostarme como un niño —protestó Demir.

Kenan dejó un vaso de agua sobre la mesilla y colocó la botella a su lado.

—Entonces túmbate como un profesor que ha bebido demasiado.

Demir le dirigió una mirada ofendida, pero se sentó en el borde de la cama y empezó a quitarse los zapatos.

Kenan esperó hasta comprobar que no necesitaba ayuda.

Después corrió parcialmente las cortinas para impedir que el sol le diera de lleno y recogió la chaqueta que el profesor había dejado caer al suelo.

Maia observó la escena desde la puerta. Ahora que conocía el parentesco entre ambos, la paciencia de Kenan y la familiaridad con que se movía alrededor de Demir adquirían un significado distinto.

No era la atención del presidente de la fundación hacia uno de los invitados más veteranos, sino un cuidado aprendido mucho antes de aquella semana.

Kenan dejó la chaqueta sobre una silla y se dirigió hacia la salida.

—Duerme un poco. Volveré antes de la cena.

Demir ya se había recostado sobre la almohada. Levantó una mano sin abrir los ojos y murmuró algo ininteligible.

Maia esperó a que Kenan saliera antes de cerrar la puerta.

El pasillo estaba vacío. Desde las habitaciones llegaban voces apagadas, el arrastre de alguna maleta y una breve discusión sobre quién debía ocupar la cama más cercana a la ventana. Kenan guardó la llave de Demir y permaneció frente a Maia.

—¿De qué estabais hablando?

La pregunta llegó sin preámbulos. Maia fingió concentrarse en comprobar el número impreso sobre su propia llave.

—De tonterías. El txakoli le había soltado la lengua.

Kenan no respondió. Se limitó a mirarla con una atención tan sostenida que Maia acabó levantando los ojos.

—Si sigues mirándome así, voy a pensar que estás buscando otra cosa.

Su mirada descendió hacia su boca. El cambio fue pequeño, pero bastó para desviar la tensión que había aparecido en su rostro.

—Eso no va a conseguir que olvide la pregunta.

—No pretendía que la olvidaras para siempre.

Maia dejó que la frase permaneciera entre ellos antes de retroceder un paso, pero Kenan se inclinó y le robó un beso rápido, apenas el roce cálido de sus labios. Cuando se apartó, ella todavía conservaba la llave apretada entre los dedos.

—Descansa —dijo Kenan—. Nos vemos dentro de dos horas.

Kenan se alejó por el pasillo sin comprobar si Maia continuaba observándolo. Ella esperó hasta que desapareció antes de subir a su habitación. Solo al llegar, en la planta superior, advirtió que conservaba una sonrisa difícil de justificar por la conversación que acababa de evitar.

Entró y cerró la puerta.

El silencio la envolvió de inmediato. La habitación conservaba el encanto sereno del resto del hotel: suelo de madera, paredes claras y una cama amplia bajo un cabecero tapizado en lino, iluminada por dos lámparas que derramaban una luz cálida sobre las mesillas.

No era grande, pero todo parecía dispuesto con el cuidado suficiente para que el espacio resultara acogedor en lugar de reducido.

Frente a la cama, unas cortinas blancas cubrían la puerta acristalada que daba al balcón.

Maia dejó la llave sobre una pequeña cómoda, se acercó y apartó la tela antes de abrirla.

La terraza, retranqueada en la fachada y protegida por muros a ambos lados, resultaba más amplia de lo que había imaginado.

Dos sillas iguales de hierro flanqueaban una pequeña mesa redonda, junto a una barandilla más allá de la cual no había tejados, calles ni edificios: solo el Cantábrico extendiéndose hasta el horizonte.

El mar parecía mucho más próximo desde allí.

La luz indecisa de la tarde plateaba la superficie y el rumor de las olas llegaba sin mezclarse con el ruido de la ciudad.

Maia apoyó una mano en la barandilla, todavía fresca por la lluvia, y dejó que la brisa le apartara el cabello del rostro.

Una sonrisa tranquila se abrió paso en sus labios mientras soltaba un suspiro que parecía llevar reteniendo desde que habían llegado.

Un piso por encima del resto de la delegación y aislada de cualquier mirada, tuvo por primera vez la impresión de encontrarse a solas con el mar.

Se volvió y contempló la cama.

Llevaba despierta desde demasiado temprano, había dormido pocas horas y pasado el día recorriendo la ciudad, traduciendo y vigilando a diez adultos que parecían decididos a poner a prueba su resistencia. Debería cerrar las cortinas, quitarse la ropa y dormir hasta la hora de la cena.

Pero no lo hizo.

Abrió la maleta y sacó el bikini que había tenido la prudencia de incluir antes de salir de Vitoria. No sabía si el Cantábrico estaría en condiciones de permitirle bañarse después de la mañana de temporal, pero no necesitaba entrar en el agua para disfrutar de la playa.

Se cambió deprisa y se puso encima unos pantalones ligeros y una camiseta.

En una mochila plegable guardó el peştemal que utilizaba durante los viajes, la crema solar, la cartera y el libro en alemán que llevaba semanas intentando terminar.

Dudó antes de añadir el teléfono; durante unos segundos consideró concederse una hora en la que nadie pudiera pedirle traducciones, horarios o soluciones, pero terminó guardándolo con las notificaciones desactivadas salvo para las llamadas.

Se recogió el cabello en una coleta, calzó de nuevo las zapatillas y salió.

El pasillo había quedado en silencio. Avanzó hacia el ascensor, aunque cambió de idea antes de pulsar el botón: si las puertas se abrían en otra planta, podía encontrarse con cualquiera de los miembros de la delegación y terminar explicando adónde iba. Utilizó las escaleras.

En el vestíbulo solo permanecía la dueña del hotel, ocupada atendiendo una llamada.

Al ver aparecer a Maia, levantó las cejas con una sonrisa interrogante.

Maia respondió llevándose una mano al pecho y alzando el pulgar para hacerle saber que la habitación le había encantado.

La mujer sonrió, satisfecha, antes de volver a concentrarse en la conversación, y Maia atravesó la entrada sin interrumpirla para salir a la calle.

El aire había perdido la humedad fría de la mañana. Todavía quedaban charcos junto a los bordillos y las fachadas conservaban manchas oscuras bajo los balcones, pero el sol calentaba el pavimento y obligaba a entrecerrar los ojos.

El hotel estaba separado de La Concha por una sola calle. Maia siguió el sonido del mar y, unos minutos después, alcanzó el paseo.

La playa había recuperado parte de su actividad.

Varias familias ocupaban la arena seca cerca del muro; algunos niños se acercaban a la orilla hasta que una ola más fuerte los obligaba a retroceder, y unas cuantas personas se habían tumbado al sol como si la tormenta de la mañana no hubiera existido.

El mar continuaba revuelto, aunque la marea empezaba a retirarse y dejaba sobre la arena una superficie lisa donde se reflejaban las nubes dispersas.