Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 18 #5
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CAPÍTULO 18 #5

Demir volvió hacia ella unos ojos empañados por el cansancio y el alcohol. Pareció considerar una protesta, pero terminó acomodando mejor la mano sobre su brazo.

—Eres una mujer autoritaria.

—Eso me han dicho.

La mayor parte del grupo avanzaba por delante. Barış y Ece buscaban un local con espacio mientras Kenan escuchaba las recomendaciones de un camarero.

Demir siguió la mirada de Maia.

—Lleva toda la vida haciendo eso —dijo Demir.

Maia volvió el rostro hacia el profesor. Él continuó mirando a Kenan, que caminaba unos metros por delante.

—¿Haciendo qué?

—Vigilar que todos estén bien, aunque nadie se lo haya pedido.

Lo aprendió demasiado pronto. Su padre no era un buen hombre.

La familia vivía pendiente de su carácter y Kenan tuvo que crecer mucho antes de lo que le correspondía.

Era el mayor. Se convenció de que proteger a su madre y a sus hermanos era responsabilidad suya.

La dureza con que hablaba no se parecía al tono despreocupado de la jornada.

—Profesor, quizá no debería contarme esto.

—Probablemente no. —Demir bajó la vista hacia el pavimento, aunque el alcohol había debilitado ya la prudencia que habría detenido la conversación—. Solo quiero que comprendas que mi sobrino es mejor hombre de lo que él mismo deja ver.

—No tiene que convencerme —respondió Maia sin pensarlo—. Ya sé que Kenan es un buen hombre.

Había dado varios pasos, pendiente de que Demir no tropezara, cuando las palabras del profesor consiguieron abrirse paso entre el cansancio.

Redujo la marcha hasta detenerse.

—Espere. ¿Ha dicho «mi sobrino»?

Demir la miró con la expresión de quien no comprendía la causa de aquella sorpresa.

—Mi mujer es hermana de su madre.

Maia volvió los ojos hacia Kenan y después hacia el profesor.

—¿Kenan es su sobrino?

La incredulidad con que lo preguntó pareció divertir a Demir.

—Desde el día en que nació. He visto crecer a los tres hermanos.

La revelación reorganizó la familiaridad con que Demir lo provocaba, la tolerancia de Kenan y aquella forma discreta de vigilar su cansancio.

—¿Por qué no lo han dicho?

—No lo ocultamos. Mi presencia en la delegación se debe a mi trabajo, no a mi parentesco con Kenan, y los dos preferimos que nadie confunda una cosa con la otra.

Demir miró de nuevo hacia su sobrino. La ligereza que el alcohol había introducido en su expresión desapareció poco a poco.

—He hablado demasiado.

Maia no lo contradijo ni preguntó qué clase de hombre había sido el padre de Kenan. El profesor apenas había entreabierto una puerta que no le correspondía cruzar y, si algún día conocía esa historia, quería escucharla de él.

—Está cansado.

—También estoy cansado cuando no bebo y consigo mantener la boca cerrada.

Demir volvió a mirar hacia su sobrino.

—Kenan es muy celoso de su intimidad. Nunca habla de su familia y no perdona con facilidad que otros lo hagan en su lugar.

Maia siguió la dirección de sus ojos. Kenan escuchaba a Murat al otro lado de la calle, ajeno a la conversación.

Por primera vez no pensó en todo cuanto se empeñaba en ocultar, sino en lo mucho que le había permitido ver durante aquellos días.

Cada respuesta personal, cada fisura de su control y cada silencio compartido adquirieron un peso distinto.

—No voy a decir nada —aseguró.

Demir volvió la mirada hacia ella.

—Maia…

—Esta conversación no ha ocurrido. Jamás traicionaría así su confianza, hoca . Puede estar tranquilo.

El profesor la observó durante unos segundos, como si necesitara decidir si podía confiar en una promesa formulada con tanta sencillez.

—Ahora entiendo por qué te mira de esa manera.

Maia bajó los ojos.

—Ha bebido más de lo que creía, profesor.

Demir sonrió, aunque esta vez tuvo la prudencia de no añadir nada.

Barış levantó una mano desde la esquina. Habían encontrado un local con mesas libres en el interior.

Kenan se volvió hacia ellos y advirtió por primera vez el peso que Demir descargaba sobre Maia. Cruzó la calle sin esperar a que el resto entrara.

—¿Qué ocurre?

—Nada —respondió Demir—. Estaba contándole a Maia…

—Que necesita dormir —interrumpió ella—. Aunque todavía no hemos conseguido convencerlo.

Kenan miró primero a su tío y después a Maia. Entrecerró los ojos ante la rapidez con que ella había completado la frase, pero no preguntó.

Se situó al otro lado de Demir y le ofreció el brazo.

—Puedo caminar solo —protestó el profesor.

—En realidad, era él quien me estaba ayudando a mí —intervino Maia—. Mis pies siguen sin estar en condiciones de llevarme hasta el hotel.

Demir volvió la cabeza hacia ella. La sorpresa duró apenas un instante antes de que enderezara la espalda.

—Exactamente.

Kenan bajó la vista hacia las zapatillas deportivas de Maia y después encontró sus ojos. Algo en su expresión reveló que había comprendido la maniobra, pero no la contradijo.

—Entonces apóyate también en mí —le dijo a Demir—. Así podrás seguir ayudándola.

Mantuvo el brazo ofrecido hasta que el profesor, después de un paso poco firme, aceptó el apoyo.

Al separarse de Maia, Demir le dirigió una mirada en la que convivían el agradecimiento y la conciencia tardía de haber hablado más de lo debido.