CAPÍTULO 18 #4
—Nos encontramos en el pasillo cuando volvía a mi habitación.
—¿Os encontrasteis?
—Choqué contra él.
—Naturalmente.
—Llevaba los zapatos en la mano, estaba buscando la tarjeta dentro del bolso y no miré al doblar la esquina.
—No estaba cuestionando la mecánica del accidente, Maia.
A pesar de la incomodidad, Maia sonrió. Desde el otro lado del cristal, Kenan la vio hablando por teléfono y mantuvo los ojos en ella hasta que Barış reclamó su atención.
—Me acompañó hasta mi habitación —continuó—. Tenía los pies destrozados y apenas podía caminar.
—¿Entró?
—Sí.
El silencio al otro lado de la línea fue completo.
—Necesito que seas un poco más precisa —dijo Zeynep al fin.
—No sé qué quieres que te explique.
—Sabes perfectamente qué quiero que me expliques.
—Estuvo conmigo.
Zeynep no reaccionó de inmediato. Cuando habló, la curiosidad había desaparecido de su voz.
—¿Estás bien?
La pregunta sorprendió a Maia mucho más que cualquier exclamación.
—Sí.
—¿Estás segura?
Maia volvió a mirar hacia el bar. Kenan acababa de conseguir que Demir le entregara la copa de txakoli para anotar algo en la libreta. El profesor protestaba, aunque no parecía tener intención de impedirlo.
—Estoy bien —repitió—. Fue una decisión de los dos.
—¿Os acostasteis?
—No, Zeyno. Lo invité a mi habitación para rezar el rosario y perdió un botón de la camisa de puro fervor.
El silencio al otro lado duró apenas un segundo. Después, la carcajada de Zeynep estalló con tanta fuerza que Maia tuvo que apartar el teléfono del oído. La risa se prolongó hasta quebrarse en un ataque de tos.
—No te mueras ahora —dijo Maia, conteniendo la suya—. No pienso explicárselo a tu madre.
Zeynep tardó unos segundos en recuperar el aliento.
—¿Que Kenan perdió qué?
—Creo que has entendido perfectamente.
—¡¿Kenan Gökalp?! ¿El hombre que probablemente lleva un inventario de los botones de cada camisa?
Maia se mordió el labio para contener la risa.
—Estás concentrándote en un detalle muy secundario.
—¡Es la única prueba material que me has dado! Quiero saber cómo empezó, quién besó a quién, cuánto duró y por qué demonios había un rosario en la habitación.
—Era una metáfora, Zeyno.
—¡Eso ya lo sé, Maia!
—Te dejo sola tres días y desmontas al hombre más controlado de Estambul.
—Solo fue un botón.
—Por ahora.
La ligereza duró poco. Zeynep guardó silencio y volvió a hablar con más cautela.
—¿Se marchó después?
—Se quedó conmigo. Volvió a su habitación antes de que empezara a salir gente al pasillo.
Maia no habló de despertar sobre su pecho, de los mensajes ni de la conversación sobre la farmacia. Aquellos detalles seguían demasiado próximos para convertirlos en un relato.
—¿Te arrepientes? —preguntó Zeynep.
—No.
La respuesta llegó sin vacilación.
—Eso es lo que me preocupa.
—¿No deberías preocuparte si me arrepintiera?
—También. Pero sabría qué decirte.
Maia oyó movimiento al otro lado de la línea y la voz lejana de la madre de Zeynep preguntando si quería otra infusión. Su amiga respondió que todavía no había terminado la anterior y esperó a que la mujer se alejara.
—¿Habéis hablado de lo que significa? —preguntó después.
—No sé qué significa.
—Sí lo sabes. Lo que no quieres es decirlo en voz alta.
Maia apretó el teléfono contra la oreja.
—Han pasado unas horas, Zeynep. No estoy enamorada de él.
—No he dicho que lo estés.
—Pero lo estás insinuando.
—Estoy diciendo que te conozco. Nunca has sabido acercarte a alguien sin empezar a preguntarte qué hay detrás, cuánto puede durar y qué parte de ti estás dispuesta a dejar allí.
Maia volvió los ojos hacia el cristal.
Kenan escuchaba a Emine mientras sostenía el plato que Maia todavía no había probado y que había conseguido rescatar de Demir. Levantó la vista y la encontró mirándolo. Esta vez no apartó los ojos; se limitó a alzar ligeramente el plato, recordándole desde el interior que seguía sin haber comido.
Maia sintió que algo se ablandaba dentro de ella con una facilidad que habría preferido ocultar incluso a Zeynep.
—Tengo que volver.
—Maia.
—Tendré cuidado.
—No te he pedido eso. Sé que lo intentarás y también sé que no te va a servir de nada.
Maia permaneció callada.
—Solo no te mientas —añadió Zeynep—. Ni siquiera para poder disfrutar de unos días más con él.
Maia miró a Kenan al otro lado del cristal.
—Te llamaré esta noche.
—Eso dijiste esta mañana.
—Esta vez procuraré cumplirlo.
Zeynep aceptó la promesa con una despedida que no ocultaba su preocupación. Maia permaneció bajo el saliente unos segundos antes de regresar.
Kenan seguía esperándola con el plato entre las manos. Maia regresó junto a él, recuperó la libreta y aceptó el pintxo que todavía le reservaba.
A las cinco de la tarde, Maia había perdido la cuenta de los bares en los que habían entrado.
El grupo avanzaba con una cohesión cada vez más precaria. Algunos conservaban los palillos de la última ronda; otros discutían cuál había sido el mejor pintxo. El txakoli , consumido en copas que parecían inofensivas, había producido efectos muy distintos a los esperados.
Maia no había bebido. Había probado algunos pintxos apartados por Kenan o Barış, pero continuaba trabajando: traducía ingredientes, comprobaba alergias, pagaba cuentas y había evitado dos veces que Murat olvidara el teléfono.
Ahora él caminaba unos pasos por delante, defendiendo con entusiasmo la necesidad de probar el patxaran .
—Nos han dicho que es tradicional —argumentó, volviéndose hacia Maia mientras continuaba andando—. No podemos marcharnos sin conocerlo.
—Quemar brujas también fue tradición y no por eso voy a organizaros una pira.
Barış dejó escapar una carcajada, pero el resto continuó mirándola con una esperanza que empezaba a resultar agotadora.
Maia suspiró.
—Uno por persona y en algún lugar donde podamos sentarnos.
Murat aceptó las condiciones y reanudó la marcha junto a Ece, satisfecho con haber conseguido autorización para continuar la degustación.
—Después volvemos al hotel —anunció Maia—. Vais a participar en una tradición española mucho más conveniente.
Barış, que avanzaba cerca de ella con una serenidad solo ligeramente alterada por el vino, volvió la cabeza.
—¿Cuál?
—La siesta. Una hora como mínimo. Si continuáis a este ritmo, esta noche no conseguiré sacaros del hotel o tendré que llevaros de regreso uno por uno.
La propuesta fue recibida con protestas que Maia no se molestó en discutir. Aún faltaban varias horas para la cena y estaba decidida a reducir el número de personas bajo su responsabilidad.
Buscó a Demir entre el grupo.
El profesor caminaba a su izquierda, rezagado y más silencioso desde que abandonaron el último bar. El cansancio se había hecho visible en la inclinación de su espalda y el txakoli empezaba a imponerse.
Maia redujo el paso hasta situarse junto a él.
—¿Se encuentra bien?
Demir hizo un gesto desdeñoso con la mano, aunque necesitó corregir la trayectoria para no chocar con una papelera.
—Perfectamente. Estas calles no están bien alineadas.
—Las calles no se han movido.
—Eso dices tú.
Maia le ofreció el brazo y Demir lo aceptó con una dignidad que habría resultado más convincente si no hubiera descargado sobre ella buena parte de su peso.
—Vamos a sentarnos —dijo Maia—. Después regresaremos al hotel.
—No necesito dormir.
—No he dicho que lo necesite. He dicho que va a hacerlo.