CAPÍTULO 18 #3
Kenan se alejó para reunirse con los demás antes de que la reacción de Maia pudiera delatarlos. Ella se inclinó sobre el teléfono de Ece, fingiendo interesarse por una imagen que no consiguió enfocar.
El descenso hacia Ondarreta dispersó de nuevo al grupo. Los surfistas aparecían y desaparecían entre las olas, reducidos a siluetas oscuras sobre el agua.
Emine contó a Maia que había mostrado muchas veces a sus alumnos imágenes del Peine del Viento, pero nunca lo había visitado. Observar la obra dentro del paisaje parecía entusiasmarla más que cualquier actividad oficial.
Al final de Ondarreta, las tres piezas de acero surgieron oscuras y ancladas a la piedra, mientras las olas se quebraban alrededor de las formas curvas.
El grupo se dispersó por la plataforma.
Una columna de aire y agua escapó por uno de los respiraderos. Ece se apartó con un grito y chocó contra Murat; la sorpresa dio paso a las risas cuando otro golpe de mar hizo vibrar las aberturas.
Demir se acercó con más prudencia. El siguiente resoplido le levantó el borde de la chaqueta y su expresión ofendida provocó otra carcajada.
El viento se llevaba las voces y el agua pulverizada alcanzaba la plataforma, pero nadie parecía recordar el cansancio ni la mañana gris.
Kenan estaba junto a una de las esculturas, con el cabello revuelto por el aire y una sonrisa abierta mientras escuchaba a Barış.
Durante unos segundos, pareció olvidarse de quién podía estar observándolo, y Maia comprendió cuánto deseaba conocer al hombre que aparecía cuando dejaba de vigilarse.
Permaneció observándolo hasta que otra ráfaga de agua pulverizada alcanzó la plataforma y la obligó a cerrar los ojos.
Al recuperar la vista, descubrió que Kenan la estaba mirando.
La sonrisa continuaba en sus labios, distinta de las que utilizaba para recibir a periodistas o suavizar una negociación. No parecía destinada a producir ningún efecto y quizá por eso Maia tuvo la impresión de contemplar algo oculto.
Kenan se acercó mientras el resto rodeaba a Emine, que intentaba explicar las esculturas protegiendo el teléfono de las salpicaduras.
—Te estás perdiendo la visita —dijo Maia.
—Puedo escucharla desde aquí.
—No parece que estés prestando demasiada atención.
—Tres esculturas de más de nueve toneladas, instaladas en 1977 y concebidas para formar parte del paisaje, no para imponerse a él.
Maia lo observó con sorpresa.
—Estabas escuchando.
—Puedo hacer más de una cosa al mismo tiempo.
Otra corriente escapó por los respiraderos. Maia retrocedió al sentir la vibración bajo las zapatillas y Kenan extendió una mano hacia su brazo, aunque se detuvo antes de tocarla.
—Delante de ellos —murmuró.
—Delante de ellos —repitió Kenan.
No había reproche en su voz. Aun así, permaneció lo bastante cerca para sujetarla.
Demir se había separado del grupo y los observaba desde una de las rocas más bajas. Cuando Maia encontró su mirada, el profesor señaló el mar con un gesto inocente, como si aquella hubiera sido siempre la razón de su atención.
Emine pidió a Maia una fotografía junto a una escultura. Después quisieron varias combinaciones y finalmente una del grupo completo.
Esta vez Kenan se colocó junto a Barış, lejos de ella.
Cuando terminaron, el cielo empezaba a abrirse sobre Igueldo y la luz extraía destellos cobrizos del acero húmedo. Iniciaron el regreso hacia el autobús.
El vehículo llegó casi lleno. Maia subió la primera para preguntar por las paradas y, cuando por fin estuvieron todos dentro, apenas quedaban asientos.
Permaneció de pie, sujetándose a una de las barras. Kenan se situó varios pasos más atrás, separado de ella por dos profesores y una mujer con un cochecito infantil. Durante el trayecto no intercambiaron una sola palabra.
Bajaron cerca del Boulevard. La lluvia había desaparecido y desde la Parte Vieja llegaban voces, olor a comida y el golpear de la vajilla.
—Antes de entrar en ningún sitio, necesito saber si queréis sentaros a comer o preferís ir probando pintxos —dijo Maia.
La decisión fue inmediata. Nadie había viajado hasta San Sebastián para pedir un único plato.
Barış contempló el tamaño del grupo y la entrada del primer bar, donde varias personas comían de pie alrededor de mesas pequeñas.
—No vamos a caber todos.
—No hace falta —explicó Maia—. Entraremos unos cuantos a pedir y sacaremos los pintxos fuera. En el siguiente bar pueden entrar otros.
Barış miró hacia el mostrador, apenas visible detrás de los clientes.
—¿Y cómo sabremos qué estamos pidiendo?
—Señalar con el dedo es un idioma bastante universal. Yo entraré con el primer grupo para explicaros los ingredientes.
Dentro, el ruido de las conversaciones, los platos y la cafetera apenas dejaba oír al camarero.
Maia escuchó en euskera la explicación de los pintxos expuestos sobre la barra y comenzó a traducirla al turco, pero Barış la interrumpió para preguntar por el txangurro , Ece quiso saber cuáles llevaban pescado crudo y Demir cambió de elección en cuanto descubrió que la brocheta de al lado tenía pimiento.
Respondió a cada uno en turco, regresó al euskera para trasladar las preguntas al camarero y volvió a cambiar de idioma cuando recibió las respuestas. Antes de que pudiera terminar, Barış señaló otro plato y obligó a comenzar de nuevo.
—Si volvéis a cambiar de opinión, pediré lo que quiera y os enteraréis de los ingredientes cuando lo tengáis en la boca.
El camarero sonrió sin haber entendido la amenaza.
Kenan, que había permanecido junto a ella contemplando el intercambio, se dirigió al grupo en turco y consiguió que las preguntas empezaran a llegar de una en una.
—Gracias —murmuró Maia.
—No quería que abandonaras la interpretación y empezaras a elegir víctimas.
Cuando por fin completaron el pedido, Kenan tomó las bebidas y Barış salió con los primeros platos para repartirlos entre quienes esperaban bajo el toldo.
Después encontraron un establecimiento con una barra larga. El interior olía a pimientos asados, pescado y pan tostado, y las conversaciones obligaban a acercarse para entender cualquier pregunta.
La delegación se distribuyó frente a la barra. Emine intentaba identificar los ingredientes; Murat señalaba cuanto quería probar y Demir conversaba en turco con un camarero que no comprendía una sola palabra, aunque ambos parecían entenderse.
Maia se dirigió en euskera al camarero. Después de varios días escuchándola pasar del castellano al turco, no todos parecían recordar que existía una tercera lengua en la que se desenvolvía con la misma naturalidad.
Traducía las preguntas, pedía bebidas y explicaba que debían conservar los palillos para calcular la cuenta, mientras respondía en euskera al camarero. Pronto dejó de saber quién había solicitado cada cosa.
Los dos idiomas empezaron a mezclarse en su cabeza. Maia recogió un plato de la barra, se volvió hacia Demir y le preguntó en euskera si era él quien había pedido aquel pintxo.
El profesor la contempló con el tenedor detenido a medio camino de la boca y miró el plato, esperando que alguno de los dos elementos le permitiera comprender la pregunta.
Maia tardó un instante en advertir lo ocurrido.
—Perdón, hoca —dijo en turco—. Ya no sé en qué idioma estoy hablando.
Repitió la pregunta y Demir negó con la cabeza, aunque aceptó el plato cuando nadie lo reclamó.
Kenan permanecía apartado junto a una mesa alta, observando el desorden con una copa de txakoli todavía intacta. Cuando Maia consiguió entregarle un plato que Barış había dejado olvidado, él miró primero los pintxos y después las manos vacías de ella.
—No has pedido nada para ti.
Maia miró hacia la barra, donde el camarero esperaba que identificara al propietario de otras dos consumiciones.
—Comeré cuando consiga averiguar qué habéis pedido vosotros.
Kenan acercó el plato al centro de la mesa y dejó libre para ella uno de los pintxos, sin convertir el gesto en otra discusión.
Maia iba a asegurarle que comería después, pero vibró su teléfono. Era Zeynep.
La pantalla se apagó y casi de inmediato llegó un mensaje.
Zeynep: Ese «te llamaré cuando tenga un momento» empieza a parecer sospechoso.
Maia bloqueó el teléfono y lo guardó otra vez.
Al levantar la vista, descubrió que Kenan había alcanzado a leer el nombre.
—Deberías responderle.
—No puedo hablar aquí con ella.
—Puedes salir. Yo me ocuparé de que no pidan toda la barra mientras estás fuera.
Maia contempló a Demir, que acababa de añadir tres pintxos a un plato ya lleno.
—No estoy segura de que puedas impedirlo.
—Probablemente no.
Maia dudó antes de entregarle la libreta donde anotaba las consumiciones. Kenan la abrió por la primera página.
—¿Qué debo hacer?
—Evitar que mezclen los palillos, comprobar que nadie pida algo a lo que sea alérgico y recordar cuántas copas de txakoli bebe Demir.
Kenan miró al profesor. El camarero acababa de llenarle la segunda.
—Empiezo a entender por qué querías mantenerlos a todos juntos.
Maia salió antes de que Zeynep llamara otra vez y se refugió bajo el saliente de una fachada, donde el ruido del bar no ahogara la conversación.
Su amiga respondió antes de que terminara el primer tono.
—Por fin.
—Estoy trabajando.
—Llevas utilizando esa excusa desde que te conozco. Esta vez no pienso aceptarla.
La voz de Zeynep sonaba menos congestionada, aunque tuvo que apartarse del teléfono para toser.
—¿Cómo estás?
—Mucho mejor. Mi madre sigue convencida de que voy a morir si me levanto del sofá, pero ya no tengo fiebre. Ahora cuéntame qué ocurrió anoche.
Maia miró hacia el interior. Kenan sostenía la libreta mientras intentaba seguir las explicaciones simultáneas de Barış y Emine. Demir se había apropiado del pintxo que él había dejado para ella.
—Kenan se disculpó por lo de Saim.
—Eso esperaba. ¿Te explicó lo de Aylin?
—No hay nada entre ellos. Se conocen de Estambul y han coincidido en actos de la fundación. Los rumores surgieron porque los fotografiaron juntos varias veces.
Zeynep permaneció en silencio unos segundos.
—Todo eso podrías habérmelo escrito en un mensaje.
—Después ocurrió algo más.
—Eso ya lo había deducido.