Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Y va a ocuparla una sola persona.

—Si cuesta más, pagaré yo la diferencia. No quiero que la universidad asuma un gasto que no estaba previsto.

—Lo sé. He hecho un cambio. La universidad pagará exactamente lo acordado y tú seguirás ocupando una habitación sola.

Miren señaló la lista de las demás habitaciones.

—Ellos estarán en la primera planta. Tú serás la única arriba, así que tampoco tendrás que escuchar a todos esos ruidosos cuando decidan prolongar la noche.

Maia sintió la mirada de Kenan antes de atreverse a volver la cabeza. La expresión de él no había cambiado, pero la habitación compartida con Barış acababa de perder buena parte de su importancia.

—Empiezo a entender por qué es tu favorita —dijo Maia.

Miren sonrió.

—Después de pasar el fin de semana organizándolos, agradecerás la distancia.

Abrió una puerta junto a la recepción que comunicaba con una pequeña sala destinada al equipaje. El grupo fue dejando allí las maletas.

Maia escuchó las indicaciones sobre el horario del desayuno, la conexión inalámbrica y la posibilidad de recoger las llaves a partir de las dos. Cuando terminó, Kenan ya se había apartado.

Permanecía junto a Demir, atendiendo a una conversación sobre el recorrido hasta La Concha con una normalidad que hizo dudar a Maia de que el breve intercambio hubiera tenido para él el mismo efecto.

La ilusión duró poco.

Maia continuó observándolo hasta que Kenan la sorprendió. No sonrió ni hizo ningún gesto que pudiera delatarlos; se limitó a sostenerle la mirada desde el otro lado del vestíbulo.

—Podemos salir —anunció al grupo—. Empezaremos por el paseo de La Concha y continuaremos hacia la Parte Vieja. Si la lluvia empeora, buscaremos un lugar donde refugiarnos y adaptaremos el recorrido.

Demir fue el primero en levantarse, satisfecho con cualquier propuesta que no implicara permanecer en el hotel. Las protestas y comentarios del resto acompañaron a Maia hasta la puerta.

Barış repartió los paraguas y Ece se colocó la capucha antes de salir. Maia abrió el bolso para buscar el suyo.

No estaba.

Apartó el teléfono, los auriculares y la documentación antes de recordar que lo había dejado en Vitoria.

Cuando levantó la cabeza, Kenan la esperaba junto a la salida con el paraguas abierto.

Esta vez no hizo falta ninguna invitación. Maia se colocó a su lado, pasó el brazo por el suyo y ambos se incorporaron al grupo bajo la lluvia.

—Esto empieza a convertirse en una costumbre —dijo él.

—La última vez acabamos bebiendo whisky y jugando a las cartas.

—No recuerdo haberme quejado.

—Le diste las gracias a la lluvia.

Kenan volvió la cabeza hacia ella, sorprendido quizá por la facilidad con que había recuperado las palabras de la nota.

—Sigo teniendo motivos para hacerlo.

Los demás también se habían distribuido por parejas, de modo que nada en aquella proximidad contradecía el acuerdo.

Caminaron algo rezagados. El agua golpeaba la tela y amortiguaba las voces del grupo, creando otra intimidad provisional.

Al llegar a la esquina, la cruz verde de una farmacia apareció al otro lado de la calle. Kenan volvió la cabeza apenas un instante, el tiempo suficiente para localizar la entrada y leer el horario fijado en el cristal. No hizo ningún comentario ni redujo el paso.

Maia tampoco dijo nada.

Antes de alcanzar al grupo, Kenan aumentó la distancia entre ambos y corrigió la posición del paraguas. Su hombro había adquirido un tono más oscuro que el resto de la camisa.

Ece se volvió hacia ellos.

—Empezábamos a pensar que habíais decidido hacer otro recorrido.

—Maia estaba comprobando que nadie se quedara atrás —respondió Kenan.

El semáforo cambió y cruzaron con los demás mientras una ráfaga empujaba la lluvia bajo los paraguas y obligaba a todos a apretar el paso.

La lluvia se debilitó antes de que alcanzaran el paseo. Al llegar a la barandilla de La Concha, solo quedaba una humedad fina suspendida en el aire.

La bahía se abrió frente a ellos bajo un cielo cubierto. El mar avanzaba en franjas grises agitadas por el viento y las olas dejaban largas extensiones de espuma sobre la arena, mientras Santa Clara aparecía y desaparecía detrás de la bruma.

Las conversaciones fueron apagándose.

Demir se detuvo en cuanto alcanzaron la barandilla. Apoyó ambas manos sobre ella y permaneció contemplando la bahía con una quietud que ninguno pareció dispuesto a interrumpir.

—Esto justifica los zapatos mojados.

Algunos sacaron los teléfonos, pero durante unos minutos se limitaron a mirar.

Maia respiró el aire húmedo. El viento arrastraba olor a sal y le apartaba el cabello de la cara, frío todavía por la lluvia. Había contemplado aquel paisaje muchas veces y, sin embargo, la violencia del agua conseguía que nunca pareciera el mismo.

—Había echado de menos el mar —murmuró.

Demir volvió la cabeza hacia ella. Kenan permanecía al otro lado del profesor, cerca de la barandilla, mientras los demás miembros de la delegación se distribuían por el paseo para sacar fotografías.

Maia continuó con los ojos cerrados y una sonrisa leve.

—La familia de mi padre procede de un pueblo junto al mar. Durante generaciones fueron pescadores y marinos mercantes. Yo también crecí cerca del Cantábrico y, cuando paso demasiado tiempo sin verlo, empiezo a echarlo de menos de una manera completamente irracional.

Cuando Maia abrió los ojos, descubrió que Kenan ya no contemplaba el mar: tenía la mirada fija en ella, como si acabara de descubrir una parte que hasta entonces nadie le había permitido ver.

El profesor no dijo nada, pero tampoco apartó la mirada de él cuando Kenan empezó a hablar.

—Entiendo que no puedas apartar la vista. No parece un mar fácil. Incluso cuando está en calma, da la impresión de que podría arrastrarte.

El estruendo de una ola llenó el silencio. Maia sostuvo sus ojos, consciente de que llevaba demasiado tiempo sin prestar atención a la bahía.

—No habría podido explicarlo mejor.

—¿También tu padre es marino? —preguntó Demir.

—No, aunque creció rodeado de ellos. En su familia siempre había alguien embarcado y otro esperando que regresara.

El profesor asintió con una gravedad que contrastaba con el entusiasmo mostrado desde que habían salido del hotel.

—No debe de ser una vida sencilla.

—Supongo que uno termina acostumbrándose a las ausencias. O aprende a convivir con ellas.

Maia había respondido sin pensar. Las palabras permanecieron unos segundos entre ambos, expuestas a una interpretación que no deseaba desarrollar. Demir, sin embargo, tuvo la delicadeza de no preguntar más.

La quietud se rompió cuando una claridad tenue atravesó las nubes y convirtió en plata algunos tramos de la bahía.

Los teléfonos volvieron a alzarse casi al mismo tiempo.

Murat pidió a Maia que le hiciera una fotografía junto a la barandilla; después se acercaron Emine y Ece, y en pocos minutos ella se encontró sosteniendo varios móviles mientras el grupo ensayaba combinaciones distintas frente al mar.

Demir recuperó su disposición habitual en cuanto se situó ante la cámara. Rechazó la postura que Murat intentaba imponerle y apoyó un codo sobre la barandilla con una solemnidad exagerada.

—Mi mujer necesita comprobar que sigo vivo —explicó—. No que estoy disfrutando demasiado sin ella.

Las risas deshicieron el recogimiento. Maia tomó varias fotografías y devolvió los teléfonos.

Kenan no se acercó para pedir ninguna.

Permanecía con Barış unos metros más allá, escuchando algo relacionado con una llamada de Estambul. La conversación había devuelto a su postura la atención vigilante que Maia asociaba con los días de trabajo.

Maia apartó la vista.

Habían acordado mantener las distancias y él estaba cumpliéndolo con una facilidad que debería haberla tranquilizado. Aun así, Maia percibía su ausencia después de haber compartido apenas un paraguas.

Esperó a que todos terminaran de hacer fotografías antes de señalar el extremo occidental de la bahía.

—Seguiremos el paseo hasta el palacio de Miramar y cruzaremos después Ondarreta para llegar al Peine del Viento. Desde allí podemos volver en autobús hacia la Parte Vieja y buscar un sitio donde comer.

La propuesta despertó el interés de varios profesores. Emine empezó a explicar a Ece la relación entre las esculturas y el paisaje mientras iniciaban el recorrido.

Caminaron bordeando La Concha bajo una luz indecisa. A su izquierda, las olas alcanzaban la orilla en diagonales desordenadas y retrocedían arrastrando la arena con un sonido grave.

El grupo se estiró a lo largo de la barandilla. Maia dejó de intentar mantenerlos reunidos y se limitó a comprobar que pudiera verlos a todos.

Kenan caminaba con Barış cerca del final. No parecía seguir hablando de trabajo. En algunos tramos permanecía en silencio, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, contemplando la bahía mientras su compañero hacía comentarios que el viento impedía oír.

Al aproximarse al palacio de Miramar, la pendiente redujo el paso. Desde los jardines, la bahía se extendía entre Urgull e Igueldo, con Santa Clara resguardada en el centro.

Demir volvió a detenerse.

Esta vez organizó una fotografía del grupo completo antes de que alguien pudiera escapar. Barış tomó el teléfono de Ece y se lo entregó a una pareja que paseaba por los jardines.

Maia se situó entre Emine y Murat. Kenan quedó detrás de ella, separado por el escaso espacio que obligaba a conservar la disposición del grupo. No llegaron a tocarse, pero Maia reconoció su presencia antes de oírlo respirar cerca de su cabello.

Cuando la pareja terminó de hacer las fotografías, el grupo deshizo la formación. Ece se acercó a recuperar el teléfono mientras los demás se apartaban del sendero para dejar pasar a otros visitantes. Maia dio un paso hacia delante, pero Kenan permaneció un instante más a su espalda.

—Muy guapa —dijo.

Ella se volvió lo justo para mirarlo.

—No has tenido tiempo de ver la foto.

—No hablaba de la foto, Maia. Te estaba mirando a ti.