Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 18
54%

CAPÍTULO 18

La lluvia arreció mientras el minibús recorría las últimas calles de San Sebastián. Las gotas se unieron en corrientes que desdibujaban las fachadas y el pavimento devolvía el reflejo pálido de un cielo que parecía haber descendido hasta los tejados.

El conductor se detuvo frente al hotel y dejó el motor encendido mientras observaba la entrada.

—Si esperamos cinco minutos, quizá escampe —propuso uno de los profesores.

Demir se inclinó hacia el pasillo para mirar el cielo a través del parabrisas.

—Si esperamos a que deje de llover en esta parte del país, perderemos el vuelo del lunes.

La respuesta provocó algunas protestas y el movimiento de quienes empezaban a buscar chaquetas, paraguas y mochilas. El aislamiento de la primera fila desapareció de inmediato.

Kenan se apartó para dejarla salir.

Durante el trayecto, su proximidad se había convertido en una presencia constante. En cuanto las voces de los demás volvieron a rodearla, el espacio que él dejó entre ambos le pareció mayor de lo necesario.

Delante de ellos.

El acuerdo apenas llevaba unos minutos en vigor y ya empezaba a resultarle irritante.

Maia confirmó con el conductor que podrían dejar el equipaje en el hotel y repasó la hora de recogida del día siguiente. Cuando terminó, solo quedaban dentro Barış, que revisaba los asientos, y Kenan, detenido junto a la puerta.

—Puedes bajar —le dijo Maia—. No hace falta que esperes.

—No estoy esperando.

La respuesta habría resultado más convincente si no llevara más de un minuto inmóvil en el mismo sitio. Kenan descendió y Maia bajó detrás de él tras comprobar los asientos.

La lluvia le alcanzó apenas puso un pie en la acera. Antes de que pudiera cerrarse la chaqueta, Kenan abrió el paraguas y lo sostuvo sobre ambos.

El espacio bajo la tela los obligaba a caminar cerca, aunque Kenan procuró no rozarla.

—Creía que no estabas esperando —murmuró Maia.

Kenan ajustó el paso al suyo.

—No quería que fueras la última en bajar y también la primera en mojarte.

La explicación podía pasar por cortesía. El tiempo que había permanecido junto a la puerta, no.

A pocos metros, Barış distribuía las maletas mientras Ece y Demir se refugiaban bajo el toldo.

Maia avanzó hacia el equipaje. Kenan la acompañó sin dejar de cubrirla y recibió sobre un hombro el agua que resbalaba por uno de los extremos del paraguas.

—Te estás mojando.

Maia pasó el brazo por el de Kenan y tiró suavemente de él hasta cerrar la distancia que conservaba entre ambos. El paraguas volvió a cubrirlo por completo, aunque ahora caminaban con los hombros unidos y el costado de Maia apoyado contra el suyo.

—Me lo estás poniendo muy difícil —susurró.

Kenan bajó la mirada hacia ella.

—¿Mantener las distancias?

—Sería más sencillo si dejaras de comportarte como un hombre tan encantador. Ahora mismo me apetece besarte.

Los dedos de Kenan se tensaron alrededor del mango del paraguas. Miró un instante hacia Barış, Ece y Demir antes de regresar a ella.

—No eres la única que está haciendo un esfuerzo.

Maia aflojó la mano sobre su brazo, aunque no volvió a separarse.

—Empieza a caerme mal nuestro acuerdo.

—A mí empezó a caerme mal en cuanto bajamos del minibús.

Al alcanzar la entrada, cerró el paraguas y se apartó. El gesto puso fin a aquel espacio compartido con una naturalidad que habría impedido a cualquiera encontrar algo extraño en él. A cualquiera salvo a Barış.

Su mirada descendió hasta el hombro húmedo de Kenan antes de detenerse en Maia. No hizo ningún comentario; se limitó a entregarle el asa de su maleta.

—Las habitaciones no estarán preparadas hasta después de las dos.

—Podemos dejar el equipaje y empezar la visita —respondió Maia—. Si la lluvia continúa, entraremos primero en algún sitio y esperaremos a que afloje.

—Demir ya ha decidido que la lluvia forma parte de la experiencia cultural.

Desde el interior, el aludido levantó una mano para indicar que había oído la observación.

—He decidido que no pienso pasar el día mirando San Sebastián a través de un cristal.

—Dentro de diez minutos recordarás que tus zapatos no son impermeables —le advirtió Ece.

El hotel ocupaba un edificio estrecho de fachada clara, separado del paseo marítimo por una calle en la que el viento arrastraba el olor salado de la bahía.

Desde la entrada se alcanzaba a ver una franja de agua gris entre los edificios y, por encima del tráfico, llegaban el golpe apagado de las olas y los gritos de las gaviotas.

Tenía apenas tres plantas y tan pocas habitaciones que la delegación ocuparía buena parte del hotel. El vestíbulo, más parecido al recibidor de una casa que a la entrada de un hotel, se llenó enseguida de huéspedes, maletas y paraguas húmedos. El aire olía a ropa mojada, café y madera encerada.

La mujer que atendía la recepción salió de detrás del mostrador para ayudarlos a colocar el equipaje donde no estorbara.

Tendría unos sesenta años, llevaba el cabello gris recogido en la nuca y se movía entre el grupo con la familiaridad de quien no solo trabajaba allí, sino que conocía cada tabla del suelo.

—Soy Miren, la propietaria —se presentó cuando Maia se acercó al mostrador—. ¿Venís todos juntos?

Maia le entregó la documentación de la reserva.

—Son profesores de varias universidades turcas. La UPV los ha invitado por un programa de movilidad Erasmus y este fin de semana vamos a enseñarles parte de la costa vasca.

Miren observó al grupo. Barış intentaba cerrar un paraguas sin salpicar a Ece, Demir examinaba las fotografías antiguas de San Sebastián colgadas en la pared y los demás comenzaban a discutir dónde podrían comer.

—Y tú eres quien consigue que todos sepan adónde tienen que ir.

—En teoría.

La respuesta hizo sonreír a Miren antes de regresar tras el mostrador.

Maia confirmó la reserva con Barış. Mientras la propietaria comprobaba los pasaportes, Ece intentaba convencer a Demir de que no podía utilizar el carné de la universidad como documento de viaje y el resto consultaba restaurantes en sus teléfonos.

Revisó la lista. La universidad había gestionado los alojamientos y hasta entonces no se había detenido a pensar en cómo los distribuirían.

El establecimiento tenía pocas habitaciones y no podía alojarlos a todos por separado.

Ece y Emine compartirían una de las dobles; Maia, al ser la tercera mujer del grupo, ocuparía la única individual. Los ocho hombres se habían repartido por parejas en las cuatro restantes.

Kenan compartiría habitación con Barış.

Maia contempló los dos nombres escritos en la misma línea. Aquella distribución complicaba posibilidades que unas horas antes ni siquiera existían.

—¿Hay algún problema? —preguntó Kenan a su espalda.

Maia miró por encima del hombro. Los demás continuaban ocupados con los pasaportes y nadie parecía prestarles atención. Bajó la voz antes de responder.

—No va a ser necesario que busquemos ninguna farmacia.

Kenan alzó una ceja. La falta de comprensión en su rostro obligó a Maia a señalar discretamente la lista.

—Compartes habitación con Barış.

Él siguió la dirección de su mirada hasta encontrar sus nombres en la misma línea.

—Eso cambia la habitación, no la farmacia.

—También significa que Barış sabrá si no duermes en ella.

Kenan volvió los ojos hacia Barış, ocupado en ordenar los pasaportes mientras atendía varias explicaciones a la vez.

—Trabaja conmigo desde hace años. Sabe cuándo algo no le concierne.

—Ser discreto no es lo mismo que no darse cuenta.

—No he dicho que no vaya a darse cuenta.

—No pienso anunciarle nuestros planes.

Kenan se inclinó apenas hacia ella, lo suficiente para que su respuesta no llegara más allá del mostrador.

—Yo tampoco. Pero, si lo que te preocupa es que pueda perjudicarte, Barış no hablará. Y no haré nada que te exponga delante de los demás.

—No me preocupa que lo cuente. Me incomoda que lo sepa.

Kenan guardó silencio, obligado a considerar que confiar en la discreción de alguien no equivalía a querer convertirlo en testigo de su intimidad.

—Lo entiendo —dijo al fin—. Y lo respeto, Maia. No haremos nada que te haga sentir expuesta.

Maia lo observó fijamente, buscando en su expresión algún rastro de decepción o el menor intento de hacerla cambiar de opinión. Kenan sostuvo su mirada sin ofrecerle ninguno.

—A veces sospecho que lo haces a propósito.

Él aguardó sin pedirle que se explicara.

—Esa forma de aceptar todos los límites que te pongo y comportarte como si respetarlos no te costara ningún esfuerzo. Empiezo a pensar que es una estrategia para que a mí me resulte mucho más difícil mantenerlos.

La sonrisa de Kenan apareció lentamente, pero no dijo nada. Barış continuaba ocupado con los pasaportes.

—Como sigas siendo tan comprensivo, Barış va a terminar creyendo que la habitación individual se la han dado a él.

Kenan intentó contenerse, pero la risa escapó antes de que pudiera hacerlo. No fue una de aquellas sonrisas breves con las que solía recibir las provocaciones de Maia, sino una carcajada abierta que interrumpió las conversaciones alrededor del mostrador.

Todos se volvieron hacia él.

Ece dejó a medias su discusión con Demir y Barış alzó la cabeza por encima de los pasaportes. La carcajada volvió a atraer su atención. Maia bajó la vista hacia la lista para ocultar su propia sonrisa, aunque eso no impidió que Barış mirara primero a Kenan y después a ella.

Cuando la atención del grupo comenzó a dispersarse, Kenan se inclinó apenas hacia Maia.

—Nuestra discreción está siendo impecable.

—La carcajada ha sido tuya.

La sonrisa continuaba en su rostro cuando Miren regresó al mostrador, antes de que ninguno de los dos pudiera seguir atribuyendo responsabilidades.

—Ya está todo —anunció mientras ordenaba los pasaportes—. Las habitaciones todavía no están preparadas, pero podéis dejar aquí el equipaje y recoger las llaves cuando volváis.

Después consultó una anotación y miró a Maia.

—Esta mañana hemos tenido que reorganizar un par de habitaciones y ha quedado libre una de la última planta. Es mi favorita y he decidido dártela a ti.

—Yo he reservado una individual.