CAPÍTULO 17 #4
—Una persona no deja de ser quien era solo porque aprenda a sobrevivir en otro lugar.
—No he dicho que dejara de serlo. Pero no habría llegado tan lejos si se hubiese aferrado a ella.
Maia apartó la vista de la carretera.
—¿Crees que renunció a Nastasia voluntariamente?
—Creo que comprendió que nadie iba a devolvérsela.
No había dureza en la respuesta, únicamente una certeza que parecía haber adquirido mucho antes de aquella conversación.
—Eso no significa que dejara de echarla de menos.
—La canción demuestra que no lo hizo.
—Siempre se habla de lo que consiguió —dijo Maia—. Poder, influencia, libertad dentro de un mundo que no estaba construido para concedérsela. Como si el resultado justificara todo lo que tuvo que perder para llegar hasta allí.
—No lo justifica. Pero tampoco convierte sus logros en una mentira. Consiguió una influencia que pocas mujeres habían tenido hasta entonces dentro de la corte otomana.
—Y, aun así, no sabemos si fue feliz.
—Terminó casándose con el hombre más poderoso de su tiempo.
Maia continuó mirando la lluvia.
—Después de que le arrebataran su hogar, su familia y la posibilidad de elegir. El poder que consiguió no convierte en voluntario todo lo que ocurrió antes.
Kenan guardó silencio. La canción volvió a alcanzar el estribillo antes de que respondiera.
—Süleyman la amó por encima de todas las demás.
Maia volvió la cabeza.
—Debió de amarla solo a ella. Para ella no existió nadie más.
La mirada de Kenan permaneció unida a la suya. Maia había dejado de escuchar la música.
—Quizá llegó un momento en que para él tampoco —dijo Kenan.
—Eso no es lo mismo.
—No.
La facilidad con que Kenan aceptó la diferencia impidió que Maia continuara discutiendo.
—El punto de vista de un hombre y el de una mujer no siempre coincide —añadió él.
Maia dejó pasar un instante antes de responder.
—El de un hombre acostumbrado a que lo persigan y el de una mujer que no piensa competir con nadie, probablemente tampoco.
Kenan giró el rostro despacio.
—¿Estamos hablando todavía de Hürrem?
Maia le sostuvo la mirada mientras la canción continuaba sonando en el auricular compartido.
—Por supuesto.
La sonrisa de Kenan apareció lentamente. Maia volvió hacia la ventanilla, pero no cambió de canción.
La reproducción continuó con una pieza instrumental. Permanecieron en silencio, unidos por la música y por el contacto de sus brazos cuando el minibús tomaba una curva. Aquel auricular convertía el espacio entre ambos en algo privado a pesar de las voces de las filas posteriores.
La lluvia disminuyó a medida que se acercaban a San Sebastián. El cielo continuaba cubierto, pero el paisaje empezó a abrirse entre colinas cada vez más bajas. Maia consultó la hora y después el mapa que había guardado en el teléfono.
—Nos quedan unos veinte minutos —anunció el conductor.
El comentario rompió el aislamiento. Maia retiró el auricular y Kenan depositó el suyo en la palma que ella extendía.
—Gracias —dijo.
Maia guardó ambos auriculares en el estuche.
—No sabía que tuviera que preocuparme tanto por compartir contigo mi lista de reproducción.
—Deberías revisar lo que viene después antes de volver a hacerlo.
—¿Por precaución?
—Por mi capacidad de concentración.
Maia cerró el estuche antes de que la sonrisa terminara de formarse.
La frase resultaba inocente para cualquiera que no hubiera compartido su auricular. Maia abrió la carpeta del itinerario.
—Dejaremos primero el equipaje en el hotel. Si las habitaciones todavía no están preparadas, podemos empezar el paseo desde allí y comer en la Parte Vieja.
Las conversaciones se orientaron hacia los planes del día. Barış preguntó por la distancia hasta La Concha, Ece quiso saber si la lluvia les permitiría recorrer el paseo y Demir declaró que no había viajado hasta San Sebastián para observar el mar desde el interior de una cafetería.
Maia respondió a todos sin dificultad.
Solo cuando el minibús atravesó las primeras calles de la ciudad advirtió que Kenan había dejado una mano descansando sobre su muslo, a pocos centímetros de la que ella mantenía sobre el suyo. Sus brazos continuaban rozándose por la estrechez del asiento.
—Volveremos a estar rodeados de nueve personas.
—Lo sé.
—Entonces tendremos que intentar mantener las distancias.
Kenan dejó pasar unos segundos.
—Delante de ellos.
Maia miró su perfil.
—Delante de ellos —aceptó.
Sin apartar los ojos de él, salvó la escasa distancia entre sus manos y recorrió con las yemas de los dedos el dorso de la mano de Kenan, desde los nudillos hasta la muñeca.
La caricia quedó oculta entre sus cuerpos y duró apenas unos segundos, pero él no retiró la mano hasta que Maia apartó la suya.
Kenan se volvió hacia ella.
—Cuando lleguemos a San Sebastián, procura no alejarte demasiado.
La frase podía referirse a su función como intérprete, a una ciudad llena de turistas o al grupo que debía mantenerse unido.
Maia entendió que no se refería a ninguna de las tres cosas.
—Procuraré volver a tomar el camino equivocado.
La sonrisa de Kenan apareció despacio.