CAPÍTULO 17 #3
Los primeros compases aislaron parte del ruido del minibús.
Kenan reconoció la pieza antes de que terminara la introducción.
—Es Can Atilla.
Maia lo miró, sorprendida.
—No esperaba que lo conocieras.
—Soy turco, Maia.
—Eso no garantiza que tengas buen gusto.
La sonrisa de Kenan apareció mientras apoyaba la cabeza en el respaldo. Maia contempló la carretera, agradecida por no tener que buscar temas de conversación que sonaran inocentes.
La voz femenina empezó a cantar.
Maia reconoció la canción cuando ya era demasiado tarde para cambiarla sin llamar la atención. La letra hablaba de cuerpos desnudos al final de la noche, de labios, calor y una entrega que resultaba imposible escuchar junto a Kenan sin recordar sus manos sobre ella.
Permaneció inmóvil.
Kenan volvió despacio la cabeza.
Maia fingió concentrarse en la lluvia.
—¿Has elegido esta canción a propósito? —preguntó él en voz baja.
—Estaba en reproducción aleatoria.
—Qué casualidad.
Maia tomó el teléfono para pasar a la siguiente canción, pero Kenan apoyó dos dedos sobre su mano.
—Déjala.
Maia levantó los ojos. La expresión de él permanecía serena, aunque la intensidad de su mirada devolvió a su cuerpo el recuerdo exacto de la noche.
En lugar de responder, abrió la aplicación de mensajería y buscó la conversación con Kenan entre los intercambios prácticos de los últimos días.
Él observó lo que hacía y alzó una ceja.
Maia escribió sin apartar el teléfono de su regazo.
Maia: Pensaba que queríamos comportarnos.
El móvil de Kenan vibró dentro del bolsillo de sus vaqueros. Lo sacó, leyó el mensaje y volvió los ojos hacia ella. La sonrisa que apareció despacio en su rostro demostró que acababa de comprender todas las posibilidades de aquel medio de comunicación.
Kenan: Este sistema me parece mucho más seguro.
Maia: Eso dependerá de lo que pienses escribir.
Kenan sostuvo su mirada mientras escribía.
Kenan: Hay partes bastante precisas.
Maia notó que el calor empezaba a ascenderle por el cuello.
Maia: ¿Cuáles?
Él tardó lo suficiente en responder para que Maia se arrepintiera de haber preguntado.
Kenan: Tu cuerpo en mis manos.
Maia bajó el brillo de la pantalla, como si aquello pudiera reducir el efecto de las palabras. Al otro lado del pasillo, nadie prestaba atención a la primera fila.
Maia: No recuerdo haber puesto mi cuerpo bajo tus órdenes.
Kenan leyó el mensaje y la comisura de sus labios se elevó apenas.
Kenan: No lo hiciste. Casi todas las diste tú.
Maia recordó su propia voz pidiéndole que no se detuviera y que la mirara.
La canción llegó de nuevo al fragmento que hablaba de permanecer callada mientras el deseo ardía en el cuerpo.
Maia: Hay una parte que no se parece en nada a lo ocurrido.
Kenan volvió la cabeza.
Kenan: La del silencio.
Maia: Podrías fingir que no la recuerdas con tanto detalle.
Kenan: No quiero fingir eso, ni siquiera por mensaje.
Ella dejó el teléfono sobre el muslo. No había considerado que Kenan utilizaría aquella libertad para decir exactamente lo que pensaba.
El móvil vibró de nuevo.
Kenan: Me gustó oírte.
Maia cerró los ojos un instante.
Maia: Kenan.
Kenan: Has buscado una forma de que podamos hablar sin que nos escuchen.
Maia: Empiezo a pensar que ha sido un error.
Kenan: Yo no.
Maia miró por la ventanilla, aunque el reflejo le devolvió su propia cara encendida y la expresión de Kenan mientras aguardaba una respuesta.
Maia: Deberías concentrarte en la música.
Kenan: Eso estoy haciendo. La música es el problema.
Kenan cruzó una pierna, volvió a descruzarla y desplazó las caderas antes de apoyar ambas manos sobre los muslos. Maia comprendió la razón.
Abrió de nuevo la conversación.
Maia: ¿Te resulta incómodo el asiento?
Kenan leyó la pregunta. La mirada que le dirigió bastó para que Maia tuviera que morderse el interior de la mejilla.
Kenan: El asiento no tiene ninguna responsabilidad.
Maia: Entonces quizá deberíamos cambiar de canción.
Kenan: No creo que sirva de mucho a estas alturas.
Maia bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre su regazo.
Kenan mantuvo los ojos en ella antes de volver hacia la carretera, perfectamente consciente del color de sus mejillas. Cuando terminó la canción, comenzaron a sonar las primeras notas de la siguiente.
Maia reconoció Aşk-ı Hürrem casi de inmediato. Tras los primeros compases, la voz alternó el turco y el ruso, y la provocación de la canción anterior dio paso a una melancolía que pareció ensanchar el espacio entre ambos.
Kenan se acomodó en el asiento.
—Este cambio parece deliberado.
—Sigue siendo la reproducción aleatoria.
—Tu teléfono tiene un sentido del humor bastante peculiar.
Esta vez Maia no abrió la aplicación de mensajería. Agradecía disponer de un asunto que pudiera pronunciar en voz alta sin sentir que le ardía la cara.
—¿La conoces?
—Claro. —Kenan la miró con una curiosidad nueva—. Lo que no esperaba era encontrarla en tu teléfono.
—Tengo más música turca de la que imaginas.
—Empiezo a sospechar que todavía hay muchas cosas sobre ti que desconozco.
Maia volvió la atención hacia la ventanilla. La lluvia continuaba deslizándose sobre el cristal, deformando los caseríos que aparecían entre las laderas.
—Habla de Nastasia, de la muchacha que fue antes de convertirse en Hürrem —dijo ella—. De Rohatyn y de la vida que perdió.
—Y de despedirse de ella.
—No estoy segura de que pudiera hacerlo.
Kenan guardó silencio mientras la canción cambiaba de idioma.
—No podía permitirse lo contrario —respondió al fin—. La mujer que llegó a ejercer tanto poder junto a Süleyman no podía continuar siendo la niña que bailaba bajo la lluvia.